No fue inmediato. Nada con Gabriel lo fue y eso, para alguien como yo, acostumbrada a leer señales donde apenas había ruido, resultó desconcertante… y peligrosamente atractivo.
Los días siguientes a nuestro “café accidental” se deslizaron con una normalidad engañosa. Nos cruzábamos en pasillos, en reuniones breves, en correos impersonales que escondían sonrisas no dichas. Él siempre era cordial, atento, respetuoso. Demasiado.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no sabía si interpretar esa distancia como desinterés o como una forma distinta de cuidado.
No te hagas historias, Lisa, me repetía.
Trabajan juntos. Respira. No es una novela romántica.
Pero la mente tiene vida propia, y la mía llevaba años entrenándose para imaginar escenarios alternativos.
Una mañana, al llegar a la oficina, encontré una nota sobre mi escritorio.
“¿Café hoy? Prometo no chocar contigo.
G.”
La letra era prolija, segura y el mensaje, simple.
Mi corazón, traicionero, comenzó a imaginar un millón de posibilidades.
Miré alrededor como si alguien pudiera estar observándome. Nadie.
Respiré hondo.
¿Por qué un café me pone así? Porque no es el café. Es lo que podría significar.
Escribí una respuesta breve en un post-it.
“Ok. Pero solo café.
L.”
La dejé en su escritorio y volví al mío, con una sonrisa de estúpida que no logré borrar durante toda la mañana por mas que quisiera.
Nos encontramos a las cuatro en punto. Puntualidad impecable.
Bajamos al mismo café del edificio, ese que ya estaba empezando a acumular demasiados recuerdos para mi gusto.
—Gracias por aceptar —dijo mientras pedíamos— Pensé que quizá dirías que no, por lo del trabajo.
—Lo pensé —admití— Pero también pensé que exagerar sería una forma elegante de huir.
Gabriel sonrió.
—Me gusta que seas honesta.
¿De verdad? pensé.
Porque la honestidad también incluye decir cuando algo te importa antes de tiempo.
Nos sentamos. El ambiente era tranquilo, con ese murmullo constante que hace que las conversaciones se sientan más privadas de lo que realmente son.
—¿Cómo te está tratando la ciudad? —pregunté.
—Me abruma un poco —respondió— Es intensa. Ruidosa. Fascinante.
—Se parece bastante al amor —dije sin pensar y me quise golpear yo misma en ese instante.
Él me miró, curioso.
—¿Te ha tratado bien?
La pregunta era simple. La respuesta no.
—Me ha enseñado —dije al fin— Que no es lo mismo prometer que quedarse.
Gabriel no respondió de inmediato. Asintió, despacio.
—Eso suena a un aprendizaje duro.
—Lo fue pero uno bastante necesario.
¿Por qué le estoy contando esto? Porque se siente seguro. ¿Y desde cuándo confías tan rápido?
No tengo respuesta y omití por el momento.
Hablamos de viajes, de música, de libros. Descubrí que le gustaba caminar sin rumbo, que odiaba las despedidas largas, que creía más en los procesos que en los destinos.
Yo le conté menos de lo que sentía y más de lo que pensaba. Una estrategia vieja: mantener el control.
—¿Siempre analizas tanto las cosas? —me preguntó, con una sonrisa suave.
—Solo cuando algo me importa.
—Entonces debo sentirme honrado.
Sentí ese pequeño nudo en el estómago. Ese aviso silencioso que decía cuidado.
Después del café, subimos juntos. En el ascensor, el silencio se volvió espeso. No incómodo. Expectante.
—Lisa —dijo de pronto—, quiero ser claro.
Lo miré.
—No estoy buscando nada que complique tu trabajo. Ni tu vida. Pero me gustaría seguir conociéndote… fuera de aquí.
Mi corazón se aceleró.
Aquí está. El momento en que decides o el momento en que huyes.
—¿Y si se complica? —pregunté.
—Entonces lo hablamos —respondió— No desaparezco, a menos que tu quieras que lo haga.
Esa frase me atravesó como una promesa no pedida.
—Ok —dije— Pero vamos despacio.
—Despacio es mi idioma favorito.
Esa noche, Anto me escuchó con atención quirúrgica.
—¿Te das cuenta de que estás sonriendo desde que entraste? —dijo.
—No empieces.
—No, en serio. No te veo así desde… nunca. Porque antes siempre había ansiedad. Ahora hay curiosidad.
Me senté en el sofá, pensativa.
—Me asusta que no me asuste —confesé— Con Tomás sentía que tenía que sostener algo pero con Gabriel… no siento que tenga que sostener nada, es como que todo fluyera fácilmente.
Anto sonrió.
—Eso se llama equilibrio, amiga.
—O peligro —respondí.
—Todo lo bueno tiene algo de peligro. La diferencia es si te pierdes o te encuentras en el camino.
Los días siguientes fueron un baile lento.
Mensajes breves. Encuentros casuales. Risas compartidas sin demasiadas expectativas y sin embargo, mi diálogo interno no se callaba.
¿Y si esta vez eres tú la que se va?
¿Y si no estás lista para alguien que sí sabe quedarse?
¿Y si el problema nunca fueron ellos?
No tenía respuestas a mis condenadas pregunras, pero por primera vez, no me castigaba por no tenerlas y estaba disfrutando el no tenerlas.
Nuestra primera cita “oficial” fue un sábado por la tarde. Caminamos por un parque, compramos café, hablamos de todo y de nada.
No hubo fuegos artificiales. Hubo presencia, una suave conexión.
En un momento, se sentó frente a mí y dijo:
—No quiero impresionarte. Quiero conocerte.
Algo en mí se aflojó.
—Eso es peligroso —respondí— Porque si me conoces, no hay marcha atrás.
—Eso espero.
No me besó.
No me tocó.
No apresuró nada.
Y ese autocontrol fue, irónicamente, lo que más me movió el piso.
Al despedirnos, me abrazó. Un abrazo firme, largo, sin intenciones ocultas.
—Gracias por hoy —dijo— Me hizo bien.
—A mí también —respondí, y lo sentí cierto.
Mientras lo veía alejarse, pensé:
Quizá esta vez no se trata de intensidad. Quizá se trata de coherencia y quizá, solo quizá, estoy lista para no huir cuando algo empieza a sentirse real.
Esa noche escribí en mi cuaderno:
“Lo posible no siempre grita. A veces susurra y aprender a escucharlo sin miedo… puede ser el acto más valiente de todos.”
Cerré el cuaderno, me serví una copa de vino y por primera vez en mucho tiempo, no estaba esperando nada... Solo estaba presente.