CAPÍTULO 1 - Connor (I)

2604 Words
6 meses después Connor Hayes salió de la pequeña oficina que estaba en la trastienda del nuevo local; había abierto sus puertas un mes antes y de sus paredes rojas y negras colgaban reproducciones de tatuajes, fotografías de trabajos hechos por los artistas de la tienda, afiches de películas y una ampliación de la portada de Inked donde aparecía sin camisa mostrando el arte en su piel. Aaron aseguraba que la razón por la que le pidieron que se quitara la camiseta fue por sus abdominales, porque Connor no poseía más piezas en su cuerpo que la manga que alcanzaba hasta su codo y cubría parte de su cuello. Él no lo negó. Si tenía que mostrar un poco la mercancía, lo haría por la publicidad. Y era buena publicidad. Había ganado la portada en un reality show cuando tenía veintitrés, consagrándose como una de las jóvenes promesas del arte. El premio le sirvió para abrir su primera tienda en Brooklyn al año siguiente; cinco años después abría la segunda en la Quinta Avenida y contaba entre sus clientes a cantantes, músicos, artistas de diversos rubros, actores y un variado público que lo recordaba del programa de televisión. Él había sido el niño bonito del show, con un montón de fanáticas que lo seguían por todos lados y que, en su momento, nublaron su juicio y lo convirtieron en un rompecorazones, a pesar de que en realidad era bastante tímido y necesitaba sentirse en confianza para mostrar su verdadera naturaleza. De forma irónica, a él fue al que siempre le rompieron el corazón. Indistintamente si era una maestra de escuela, como su primera novia, o una modelo de Victoria's Secret como la última que tuvo antes de conocer a Aaron. Se paseó por la tienda sintiéndose orgulloso; esa pequeña era su bebé. La tienda de Brooklyn era buena; de hecho, con su estilo rudo e industrial, se especializaban en forma particular en el tradicional americano y neotradicional, lo que atraía a un limitado tipo de público. En cambio, con la nueva locación se abría a otros estilos, como el trash polka, que era uno de sus favoritos y con el cual destacaba casi siempre. El local estaba compuesto de una zona cómoda de esparcimiento para los otros tres artistas que trabajaban para él; un comedor, cuatro cubículos individuales decorados al estilo de cada uno de sus empleados, y adicionales al suyo; un área de trabajo común donde podían dibujar y elaborar las plantillas requeridas. Uno de los cubículos era especial para perforaciones, así que a diario, y desde que habían abierto, podía disfrutar de un desfile de personas que querían piezas y tatuajes. De hecho, su agenda estaba colmada por los próximos dieciocho meses. Por suerte para él, su socio de la tienda de Brooklyn podía manejar todo sin problemas, lo que le permitía ir dos veces por semana a atender a sus clientes del día y dedicarse a MoKo el resto del tiempo. —Tu cita de las dos está aquí —le informó Sugar-Doll, la recepcionista, una hermosa pelirroja de pronunciadas curvas que siempre se vestía con provocativos atuendos de chica pin-up. —Gracias, pásala a mi estación —le pidió con amabilidad. Su paseo había culminado en el depósito al lado de su oficina, verificando que tuviera suficientes suministros; estaba un poco paranoico de que se le acabaran sin darse cuenta, a pesar de que Sugar-Doll era una excelente empleada que manejaba con precisión, casi quirúrgica, el lugar. Lo que más le gustaba de su tienda eran los paneles de vidrio oscuro que dividían los cubículos, porque aunque se podían percibir las siluetas de las personas y objetos del lugar, al mismo tiempo daba privacidad al cliente y su artista. Cuando entró a su espacio se encontró con dos mujeres, una rubia y una morena, que esperaban su llegada. Carraspeó para llamar su atención; la rubia se giró en su dirección y sonrió emocionada. Era el típico estereotipo de rubia tonta: cabello platinado e impecable, con extensiones que lo hacían ver más largo y abundante; sonrisa de dientes blancos y rectos, piel artificialmente bronceada, cuerpo esculpido en un quirófano, apretado en un conjunto de color rosado que no dejaba casi nada a la imaginación, subida sobre unos tacones que daban vértigo. —Hola, tú debes ser Savannah —le dijo él con una sonrisita profesional; desde hacía poco más de dos años, las chicas como esa no le llamaban la atención, había salido con suficientes trepadoras para reconocer una—. Soy Connor Hayes, y según veo tienes una cita conmigo para un tatuaje. —Extendió la mano para saludarla. Savannah soltó un corto chillido emocionado y casi se le abalanzó encima. —¡¡Por fin!! —exclamó—. Tengo meses esperando por esto, de verdad que dije que si me iba a hacer mi primer tatuaje tenía que ser con el mejor tatuador de todo Nueva York. —Tomó la mano del hombre y le lanzó una mirada cargada de promesas—. Le dije a Tory que me acompañara porque no quería venir solita, por si me duele. —Hizo un puchero. —Joder, Savannah, ya te dije que no me llames así —respondió la otra mujer volviéndose hacia ellos. Connor no pudo evitar abrir los ojos con sorpresa. La morena en cuestión, que lo observaba con estupor y que rápidamente cambió su expresión por una sonrisita pervertida, era Ría, la mujer del hotel. «Santa mierda», pensó Connor. Jamás se imaginó que la mujer que estaba alimentando las fantasías de Aaron y él se iba a presentar seis meses después en su jodida tienda. —Lo siento, Victoria —se disculpó la rubia con un tonito hipócrita—, pero no me gusta tu nombre, Tory es más bonito, más chic, ¿verdad, Connor? Él sacudió la cabeza para recomponer su expresión, pero fue demasiado tarde, porque Savannah se percató de su cara. —¿Ustedes se conocen? —preguntó con suspicacia. Ría, si es que así se llamaba, asintió. —Nos vimos una vez —explicó ella enfocándose en sus ojos azules y sonriendo con malicia—, Connor amablemente me hizo un favor, posó para mí para unos bocetos. —Oh, cierto… Olvidé que eres ilustradora —soltó Savannah más relajada. —No soy ilustradora, sé dibujar. —La morena chasqueó la lengua con desagrado—. Solo que no sabía que él era un famoso tatuador. —Se encogió de hombros—. Una pena, la verdad. ―No soy tan famoso ―soltó medio nervioso. La cabeza de Connor era un hervidero; las eróticas imágenes que habían estado torturándolo en los últimos meses y que menguaron pocas semanas atrás volvieron con mayor intensidad. Y no era para menos, porque Ría estaba allí, sonriéndole con ojos brillantes y una mirada traviesa que le confirmaba que ella también estaba rememorando la magnífica noche en el Concorde. La revisó de arriba abajo; en realidad era la misma mujer, con casi el mismo estilo de ropa, solo que en vez de llevar botas y una chaqueta de cuero, esa vez llevaba unos zapatos de tacón alto y corrido, y un abrigo de color azul oscuro. —¡Eres taaaaan modesto! —exclamó Savannah con falsedad, deslizando su mano sobre el brazo de Connor, palpando de manera descarada sus músculos. El rubio se aclaró la garganta y puso distancia; se dirigió al mesón alargado donde descansaban sus implementos de dibujo. —Y cuéntame. —Volvió a aclararse la garganta, se sentía torpe y algo tímido—. ¿Qué te quieres hacer y dónde? Savannah empezó una disertación entusiasmada de lo que le gustaría; propuso lugares como las costillas, la espalda baja, el tobillo o la nuca. Connor le iba explicando pacientemente las ventajas y desventajas; también le aclaraba que, dependiendo del tamaño de la pieza, iba a tener que dividirlo en sesiones. —¿Y en serio duele mucho hacerse una sirena en las costillas? —preguntó haciendo un puchero y batiendo sus largas pestañas en dirección a Connor. Seguía empeñada en hacerse un tatuaje en el costado. —No te lo recomiendo si es tu primer tatuaje; sería mejor en un sitio que no sea tan doloroso —explicó por centésima vez—. ¿Quieres terminar con un trabajo a medio hacer porque no vas a querer volver para terminarlo? Ría se había alejado a una esquina; sentada sobre un banquillo, miraba la escena con divertimento. Savannah era una malcriada e intentaba ganarse el interés de Connor con el surtido de trucos de seducción que siempre había usado. —Mierda, bruja —dijo en voz alta conteniendo la risa que pugnaba por salir—, tatuarte una costilla debe ser tan doloroso como follar por el culo. Connor abrió los ojos como platos y comenzó a toser; se estaba ahogando con su propia saliva. Savannah fingía estar escandalizada. ¿En serio la morena acababa de lanzar ese comentario tan descaradamente? —¡Tory! ¡Por Dios! —exclamó—. ¿Cómo puedes decir algo así? Ella se carcajeó sin vergüenza. —¿Alguna vez has tirado por el culo? —le preguntó; Savannah negó con falsa vergüenza—. Con lo zorra que eres, no lo puedo creer. —¡Tory! —la regañó—. Como si tú lo hubieses hecho, eras más estirada… —Yo sí lo he hecho —respondió con desparpajo; Connor se volvió en su dirección con una ceja levantada, preguntándose si de verdad iba a decirle a su amiga lo que habían hecho—. Al principio duele como el infierno, zorra… Pero a diferencia de un tatuaje, después se siente bien… En cambio aquí, siempre te va a doler, estúpida. Connor encaró a Savannah, que estaba con las mejillas sonrojadas y hubiese podido verse adorable si no hubiese tenido ese atuendo de zorra cazafortunas y la cara llena de maquillaje. —Tu amiga tiene razón —le dijo con seriedad, tratando de controlar su respiración. Su m*****o pugnaba por despertarse ante el recuerdo de las sensaciones que tuvo cuando Aaron se deslizó dentro de ella y rozó su propia v***a sobre la delgada capa de carne que los separaba—. Tatuarse las costillas duele, y tú eres muy delgada; te va a doler más. Tras un debate adicional, la rubia se decidió por un tatuaje de flores y cintas con su nombre en la parte baja de la espalda. Connor se retiró a terminar de hacer el dibujo; una hora después, cuando volvía a la estación, Ría seguía sentada en su sitio con una sonrisita maligna, mientras escuchaba el parloteo de su amiga rubia sobre una fiesta y su último exnovio. Cuando entró, Savannah se enderezó y sacó el busto como para verse más atractiva; él escuchó la sonrisita burlona de la morena, que comprendía que cualquier esfuerzo por parte de la rubia no iba a valer de nada. Savannah chilló, elogió la pieza y los colores; Connor le explicó que si se aguantaba podían sacar todo el trabajo en una sesión de cuatro horas, haciendo una pausa de media hora después de hacer todo el delineado. —Lo que tú digas, bebé. —Y le sonrió tan sugestivamente que por poco creyó que se le iba a lanzar encima. «Desagradable», pensó. —Deja de ser tan zorra, Savannah —se burló Ría. Connor luchó por no reírse ante el comentario tan sucio. Debía verse y actuar como un profesional. —Bueno, chica. —Se levantó y puso distancia con ella; miró a Ría, que parecía que estaba a punto de asfixiarse por aguantarse la risa—. Voy a hacer el esténcil y regreso en unos minutos. —Ambas asintieron. Mientras estaba en la impresora vio que Sugar-Doll se acercaba a la estación y les ofrecía algo de beber; escuchó a Savannah decir que si no tenían bebidas orgánicas o agua de manantial no quería nada. Ría se burló una vez más de su actitud y aceptó lo que tuvieran para ofrecerle. Una notable diferencia de carácter; era como ver agua y aceite, la rubia plástica y la morena natural. Qué cliché. Su recepcionista salió directo al área de descanso, donde sacó una Coca-Cola que sirvió en vaso alto de vidrio con unos cubitos de hielo y envolvió en una servilleta; se encontraron en el camino, entrando al mismo tiempo. —Bueno, Savannah. —Depositó el esténcil en su mesa de trabajo y se calzó los guantes de látex n***o que tenía en un compartimiento con gasas y otros instrumentos de limpieza—. Siéntate de espaldas a mí y te inclinas hacia adelante; bájate un poco el pantalón. Escuchó cuando Ría agradecía a Sugar-Doll por la bebida. —¿Y tú piensas hacerte un tatuaje? —le preguntó la recepcionista a Ría; ella negó. —No lo había considerado —le dijo. —Connor es uno de los mejores —le explicó la pelirroja vendiendo las habilidades de su jefe—. ¿Tienes alguno? —No, ninguno… —respondió. Connor la miró de medio lado; tenía razón, él había visto muy de cerca su piel, que de verdad parecía excelente para un tatuaje. Se percató de que ella lo observaba con atención y una sonrisa divertida en los labios. —Tal vez pueda ser tu primero —dijo con voz un poco ronca, pensando en cómo se había sentido mientras se movía dentro de ella. Estaba siendo demasiado lanzado. Un latigazo de placer amenazó con despertar a su amigo, y no era muy profesional andar desconcentrado cuando iba a tatuar a una clienta. —Tal vez… —espetó Ría con un tonito misterioso. No pudo evitar voltearse a verla; trabaron miradas que decían mucho, muy mal disimuladas, que hicieron que la suspicaz de Sugar-Doll se sonriera con satisfacción. Seguro pensaba que, después de todo, su jefe al fin había encontrado una chica que le interesara y borrara el rumor de que el mejor amigo, Aaron Messina, no era solo su amigo. —Él tiene buenísima mano —le aseguró—, este tatuaje lo hizo él. —Se levantó la camisa y bajó un poco la cintura de su falda, mostrando una hermosa pieza en n***o, rojo y blanco de un felino estilizado. Ría lo admiró; la pieza era bellísima, con las líneas delicadas y las manchas de color haciendo contraste, era fuerte y femenino al mismo tiempo. Se sintió orgulloso de sí mismo al ver cómo observaba su trabajo. —De verdad eres muy talentoso —le dijo con una sonrisa diáfana. Connor también le sonrió; la forma en que alabó su pieza lo hizo sentir de muy buen humor. Le dieron ganas de poner sus manos encima de ella, marcar su piel y no solo con un tatuaje. Se apresuró a desinfectar la zona baja de la espalda de la rubia y luego roció un anestésico local para que no sintiera tanto dolor; encendió la máquina y comenzó el proceso de delineado, concentrado en su trabajo y en las líneas. Savannah se revolvía de vez en cuando, quejándose del dolor, pero él le demandaba con voz fuerte que se quedara tranquila, que si seguía moviéndose el tatuaje podría salir mal. —Nunca imaginé que fueses tan dominante —dijo Ría en voz baja. Él se volvió en su dirección solo un instante; Sugar-Doll se había retirado y ella observaba atenta desde el asiento cómo trabajaba. Agradeció que no estuviera revoloteando a su alrededor, entorpeciendo el proceso—. Por cierto, ¿cómo está Aaron?
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