La gente tenía mucha curiosidad, todos miraron a Lana aparecer delante de todos, ella parecía una muñeca de porcelana.
Y aunque, Lana estaba muy linda, tan radiante, hermosa entre las hermosas. Tenía un semblante triste. No había sonrisa en su rostro.
Don Félix la miraba desde lejos, desde ya estaba muy enojado. Se acercó a Panchita, su ama de llaves de mucho tiempo atrás, le dijo:
—Acérquese a la señorita y dile que al menos finja estar feliz por la boda.
—¡Nos hará la comidilla de todos los presentes! —Felix habló con la mandíbula tensa.
—Si señor. Ahora mismo paso el recado a la niña —respondió Pancha.
A lo lejos, Lana vio a su padre, ya se había dado cuenta que su padre ya estaba enojado con ella por alguna razón, quizás absurda.
“Como siempre” pensó, Lana. “Todo lo que se trata de mí, es intolerante, soy la piedra en su zapato.”
Doña Panchita se acercó a Lana y le tocó las manos, Lana le devolvió una sonrisa cautelosa, a lo que la señora se acercó a su oído para decirle.
—Mi niña, sonría aunque sea un poco, tu padre te lo pide —. Dijo la señora mostrando amabilidad.
—¿Que sonría un poco o que finja falsamente que estoy feliz con todo esto? —preguntó Lana de forma irónica.
—Mi niña, ya que ya tomaste la decisión de casarte, al menos, toma al toro por los cuernos, ¿si? —dijo Panchita, mirando con entusiasmo.
—Si, nana. —Lana resopló como si su respiración fuera estropeado o trancado.
—¡Trataré de mostrar buena cara, Nana —dijo mostrando una mirada llena de resignación.
Mientras Pancha estaba tratando de convencer a Lana de mostrar una alegría que no sentía, Álvaro apareció en la entrada.
— ¡¡¡ El novio ya llegó !!! —se escuchó decir a más de un invitado curioso.
La entrada daba con el enorme patio, adornado con muchas flores blancas y rosas rojas sus columnas, se hacía ver el lugar como si fuera el mismo Olimpo.
Las guirnaldas de colores se mecían con el soplo del viento, era todo un espectáculo ver los adornos y colgantes. El lugar era muy bien decorado.
—Hay buen gusto aquí —decía algunos invitados.
—Si, pero como no lo habría, si el padre de la novia tiene dinero hasta para botar.
—Jáj! Eso sí —dijo otra invitada quien parecía estar muy insatisfecha con que la familia de Lana fuera poseedor de una gran fortuna.
—Es mucho dinero para una sola familia —replicó otra invitada.
—Así es. La vida es injusta —replicó otro mas. Sus voces se acallaron con la llegada del novio.
El jardín, era enorme con suficiente espacio y se extendía a lo largo con mas de cinco mil metros cuadrados, este espacio tenía su propia capilla. Y uno muy lindo con un buen cuido y mantenimiento requerido.
Don Félix había traído al padre desde México, el no quería que la unión entre su adoptado hijo yerno, y su única hija fuera caso pequeño, quería que todo fuera grande. Solo que ver la actitud de Lana no era el de su agrado.
Lana sonrió ante doña Panchita, al fin su intentó fingido se vio mas real. Doña Panchita tomó a Lana del brazo a Lana y la condujo hacia la entrada para que ella hiciera su entrada acompañado de su padre.
Álvaro caminó hacia el frente con todas las ovaciones encima, se creía el mas importante y admirado del momento. Su padre lo seguía de cerca.
Don Adolfo desde ya se sentía ganador, su sonrisa brillaba, al fin era el victorioso.
Como si no hubiese tiempo para después, Adolfo, acercó al oído de su hijo y le susurró..
—¿Viste hijo?
—De ahora en adelante tú serás el rey de todo este imperio. Ya don Félix es historia —Álvaro miró a su padre y sonrió con complacencia.
—Ya lo sé —respondió con mirada de suficiencia.
—Bueno, ve y haz lo tuyo —dijo Adolfo con mucho entusiasmo.
Cuando Álvaro se paró a un lado del pedestal, en la capilla, su padre también se hizo a su lado. Esperaba a que don Félix trajera a la novia del brazo.
Minutos más tarde, Lana apareció del brazo de su padre, Don Félix tenía una expresión seria, poco entusiasta, mientras que Lana tenía una sonrisa en los labios, como no era fluido, su alegría, se notaba un poco tensa.
Lana caminó junto a dom Félix hasta llegar ante Álvaro. Don Félix entregó la mano de su hija y ambos novios se posaron ante el padre arrodillados frente al altar. Se iban a dar los habituales votos de esposos.
El padre hizo los cuestionamientos habituales y todo procedió como se esperaba que fuera, hasta que le tocó el turno a la novia y ella por unos largos segundos pareció dudar del paso que iba a dar.
A ese punto, el corazón de Don Adolfo casi iba a salir de su pecho, mientras que Beatriz, la madre de Álvaro, rezaba para que Lana no fuera otra como ella.
Álvaro por su parte, apretó fuerte su mandíbula, se sentía agraviado por la actitud de Lana. La miró de reojo y se dijo que había algo pendiente que pagarle.
Para su tranquilidad, Lana guardó en el fondo de su corazón toda su insatisfacción y decidió dar el paso en falso que iba a dar.
Al dar los votos sagrados del matrimonio, el par de ahora esposos, empezaron a recibir los buenos deseos y las felicitaciones de casi todos los invitados.
Lana se veía poco entusiasmada, Álvaro irradiaba alegría desbordante. En eso, apareció Aura, quien como si quisiera opacar a la novia, traía un vestido blanco en forma de sirena bien ajustado a su cuerpo, toda una dama peligrosa, se la quería dar.
Aura se acercó a Álvaro y le tomó las manos y los acarició, incluso besó las manos a Álvaro, ella incluso dijo: —“quiero que seas el hombre más feliz del mundo.” El resto de invitados pudo darse cuenta de la extraña actitud de la señorita Aura.
Aura miró a Lana, su rostro enmarcaba una tempestad reprimida, era una mujer que sabía fingir muy bien, ella dijo mirando directamente a los ojos de Lana.
—“Deseo que tengas un largo matrimonio, te deseo toda la felicidad que puedas hallar en este mundo. —dicho eso, sonrió y dio la vuelta y se alejó.
A Lana no le importaba este matrimonio, así que no le importaba mucho que era real o que no lo era. Ella solo estuvo allí de pie mirando todas las felicitaciones que se le daba a Álvaro y a ella.
—Creo que estoy cansada, subiré a mi habitación —dijo Lana. Álvaro tensó los músculos de su rostro mientras tomaba a Lana del brazo.
—Tu lugar es aquí junto a mi. ¿No ves que tenemos una boda que celebrar?
—Celébralo tú, no tengo que estar aquí sino quiero —respondió Lana. Álvaro le lanzó una mirada significativa y susurró al oído de Lana.
—¿Quieres molestar a tu padre desde ya? Porque él al fin está sonriendo, Lana. —dijo Álvaro mirando en dirección a donde estaba don Félix.