La mañana era tan radiante, un día soleado, el viento soplando suavemente como trayendo una brisa fresca, y con todo eso, el corazón de Lana sentía frío.
El hecho de haber aceptado casarse con Álvaro, no mejoraba en nada su situación actual, más bien sentía que tenía una enorme carga mental difícil de enfrentar.
En el comedor, su padre, Don Félix ya sentado, esperaba a la pareja recién casada. Felix miró a Pancha quien bajara a desayunar, le preguntó.
—¿Aún siguen dormidos los recién casados? —Pancha asintió, más no aclaró que cada quien había dormido en habitaciones separadas.
—Bien. —Don Félix sonrió, Panchita lo observó sin decir palabra alguna.
—Panchita, creo que debes prepararte para cuidar de mi nieto —Don Félix habló con mucha convicción creyendo que pronto tendría un nieto.
—Señor Félix, debería dejar que las cosas se den, y no especular antes de que haya sucedido.
—¿Qué es lo que estoy especulando? ¿Acaso no es lo que ha de suceder muy pronto? —dijo Félix mostrándose emotivo.
—Bueno, si y no —dijo Panchita —. Así como puede ser un nieto, puede ser una nieta —dijo analizando la situación.
—O bien, se puede atrasar mucho la llegada de los nietos —esta nueva escena descrita por Pancha, no contentó el corazón de don Félix, quien regañó a la mujer.
—Eres pájaro de mal agüero. Te exijo que ya no sigas opinando en este tema. Félix miró bajar a Alvaro, quien se acercó a la mesa y enseguida el suegro le señaló la silla a su lado.
Panchita dedujo que aquí empezaría el verdadero drama del día. Porque el esposo de Lana, diría que no durmió con su esposa.
—¿Qué tal tu sueño, Alvaro? —preguntó don Félix.
—Reparador.
—Me alegra que haya repuesto las energías —dijo el suegro con una sonrisa.
—Me supongo que Lana está exhausta —las palabras de Don Félix tenían doble sentido. Creía que Álvaro y ella habían pasado la noche de bodas conociéndose mas íntimamente.
—Jajaja —se rió Álvaro, y aunque Álvaro abrió la boca para decir algo, la mirada vigilante de Pancha lo hizo cambiar de opinión.
—Es algo que eventualmente pasa en estos casos —dijo Álvaro. Pero no mencionó nada mas.
Don Félix, ya casi terminando el desayuno, dijo a Lupe, la cocinera, que le llevara el desayuno a Lana, le dijo: “lleva todo lo que a ella le gusta y que su comida sea muy nutritivo.”
Dicho eso, se levantó, volvió a ver a Álvaro y le dijo:
—Me dices por un mensaje el lugar que elegiste para la luna de miel. —Álvaro asintió.
Álvaro no tenía prisa de irse de viaje. Su intención era quedarse en la hacienda y aprender acerca de todos los movimientos y los negocios.
Y ya que su suegro estaba regalándole todo el paquete de viajes, no iba a tener desaires, subió a la habitación de Lana, quien, quien en ese había sido despertada por Lupe que subió con el desayuno.
—Lupe, no deberías haber traído el desayuno hasta la cama —dijo Lana.
—Lo ordenó tu padre, mi niña —le respondió Lupe. Aprovechando Álvaro intervino y dijo.
—Tu padre y yo te queremos verte bien —. Toma tu tiempo para desayunar, puedo esperarte en el balcón —dijo Álvaro caminando hacia la terraza de la habitación.
Debía reconocer, la habitación de Lana era espaciosa, tenía una terraza enorme y una vista hacia el bosque lleno de árboles gigantescos.
Lana iba a negarse, pero desistió, miró a Lupe y agradeció, al irse Lupe de la habitación, Álvaro, quien seguía prestando atención a lo que pasaba, le recriminó.
—Porque agradeces a una sirvienta, ese es su trabajo. Servirte.
—Se le paga para atendernos, pero no está demás darle las gracias. —Álvaro puso los ojos en blanco como queriendo decir “no estoy de acuerdo”
—¡Bien! —dijo al final. Miró hacia afuera en el horizonte y musitó en voz baja
—Me gusta la vista, ¿Cuando puedo mudarme aquí contigo? —Lana no estaba preparada para eso, ella miró a Álvaro y dijo nerviosa.
—¿No dijimos que este matrimonio es solo en papel? —Lana no conocía las intenciones de su marido.
—Álvaro respiró hondo, su frustración se hizo evidente.
—No soy un hombre cualquiera, ¿Me escuchaste, Lana?
—Es mejor que entiendas que yo no me casé contigo para vacilar.
—Habla con tu padre para que sepas lo que él realmente quiere. —especificó Alvaro.
—Papá quería verme casada, ya lo estoy. No tenemos que llevar las cosas a otro nivel —Álvaro empuñó su mano, sus dedos quedaron blancos de tanto apretón.
—Pues, no estoy de acuerdo contigo. Si fuera por tu padre, anoche mismo debimos consumar nuestro matrimonio.
Lana miró con disgusto a Alvaro. Ella se levantó de la cama, se metería al baño para que así Alvaro se fuera, pero no esperaba que Alvaro se acercara a ella y la tomara del hombro.
—No es como que no tenga mujeres a mi disposición. Pero ya que tú eres mi esposa, debes cumplir con tu deber de esposa.
—Álvaro, nunca dije que tendríamos…
Las palabras de Lana quedaron inconclusas, pues Álvaro le golpeó en el rostro.
Lana quedó impactada, era el segundo golpe en menos de 24 horas. Lana era una chava guapa y rica, fue mimada por su madre, su padre no intervenía en sus cosas, hasta ahora que se obsesionó con su casamiento.
Si de algo Lana estaba segura era que ella no estaba en esta relación con Álvaro para ser pisoteada.
—¿Cómo te atreves a golpearme?
—¡Tu lo estás buscando! —dijo Álvaro muy campante.
—¿Me lo he buscado?
—Si, te lo estás buscando. Soy tu marido, ahora soy tu dueño —aseguró Alvaro.
—Yo no soy un objeto, deja de referirte a mí como si soy de tu propiedad.
Álvaro levantó de nuevo su mano para darle otro golpe a Lana, pero se detuvo como si se arrepintiera. Luego dijo:
—Tu padre quiere que vayamos de luna de miel.
—Me dio a escoger el lugar, y no pienso tomar tu opinión al respecto. —Álvaro respiró profusamente y dijo.
—Alístate, en tres horas pasaré por ti —las palabras de Álvaro eran órdenes, imposición, no le estaba preguntando a Lana si quería o no.
Lana cayó al piso una vez que Álvaro abandonara su habitación.
¿Que era esto? No podía creer que iba a tener una vida así de ahora en adelante. Si no hacía lo que Álvaro decía, podría ser que su padre iba a salir involucrado y el problema llegaría a escalar a algo mas grande.
Lana suspiró hondo y empezó a empacar una valija pequeña. Mientras tanto, Álvaro apareció en casa de sus padres.
Cuando su padre lo vio, se acercó para saludarlo, enseguida se dio cuenta de su humor. Preguntó.
—¿Tu linda esposita te hizo el desaire? —Álvaro resopló. Adolfo su padre se acercó a su oído y le dijo:
—A ellas debes mantenerles la cuerda bien cortita.