41. Volvía caminando a casa, era un día realmente agradable como para perderlo dentro de la jaula de mi curso, pero ese era la desgracia de ser adolescente en esos días. Mi buen humor comenzó a verse afectado cuando mi celular volvió a sonar. Por el sonido sabía bien que era una llamada de mi padre. Que me llamase a esa hora solo podía significar una sola cosa: Ya lo sabía todo. Solté un pesado suspiro de resignación y contesté. —Hola papá. —¿Se podría saber qué mierda estás haciendo con el celular en medio de las clases? —siempre era tan directo cuando pasaba algo malo. —No estoy en clases, papá. —Martin, sabes muy bien a lo que me refiero. Ahí estaba de vuelta mi padre histérico, inquisitivo, al que no le agradaba para nada que hiciera las cosas a mi modo, siempre debía ser hechas

