Los primeros rayos de la espiral de luz se asomaron en medio de las tinieblas de la madrugada y los ruidos del sitio se fueron apagando. La compañía continuaba mirando fijamente la ciudad que pareció alumbrarse gracias a la llegada del amanecer y el bosque tras de sí se miraba como un gran cementerio de árboles muertos. No hubo más palabras que dirigir por el resto de la madrugada y ahora la gran pregunta era ¿Qué hacer? Sería difícil acercarse a la ciudad en medio de tanto bullicio y estaría controlada por completo de no muertos.
Después de tomar un silencioso desayuno y un descanso más que merecido, se decidieron a entrar por las cloacas de la ciudad que parecían conectarse directamente con el rio, además la zona boscosa parecía estar protegida por el aura de la ciudad. Sería imposible tratar de escalar la muralla y necesitarían ser lo más sigilosos posible evitando llevarse algún flechazo por los guardias de las torres que se extendían a lo largo del gigantesco muro. A pesar de que el silencio reinaba había que ser totalmente precavidos y encontrar su destino en la gran fortaleza de la colina.
Sin más emprendieron el viaje, pero desde el inicio fueron frenados por la engañosa fuerza del rio que parecía estar en medio de una creciente. Para cualquiera de los tres, incluso para el gigante, sería difícil atravesar el rio, por lo que tuvieron que dar una ronda en busca de algún puente o dique que facilitara el paso. Sin embargo, no había nada, a lo largo de casi tres kilómetros siguiendo el cauce del rio no pudieron más que encontrar restos de armaduras, huesos y todo tipo de artilugios que parecían antiguos. Sin importar el bullicio de la noche, el campo parecía desierto y el único sonido que se sentía en millas enteras era el de sus pasos tanteando el terreno y evitando caer en la trampa de algún malhechor. Pero no encontraron ninguna, ningún indicio de que hubiera allí vida o la hubiera habido alguna vez.
El silencio y la soledad empezaban a ponerlos incomodos, de alguna manera distinta a la del bosque, pues allí no se sentían amenazados, sino que la paz era relajante. No podían confiarse en un sitio tan hostil, pero tampoco había indicios aparentes de algún peligro o amenaza a punto de atacarlos. El rio continuaba su cauce y el agua parecía cristalina, pero el olor que despedía el agua era a oxido o hierro lavado. No se dirigieron la palabra, pero podían entender entre sí sus miradas de tristeza y extremo cansancio, cada vez se alejaban más de su objetivo que parecía ocultarse entre los peñascos sin encontrar algún pasaje que les permitiera llegar al otro lado de la orilla.
Tras unas cuantas horas de inútil búsqueda encontraron los restos de un viejo puente de piedra que parecía haberse derrumbado hacía muchos años. Era el que en antaño se conocía como el gran puente de mármol, que conectaba rutas comerciales con la ciudad. Sin embargo, ahora el puente no era más que un montículo de tierra y escombros que no fueron tomadas por la naturaleza que había muerto en medio del territorio del abismo. A pesar de esto, la zona parecía más árida a causa del golpe con el agua y la profundidad del rio parecía decaer en ese sitio, por lo que tras mucho meditar buscaron la manera de tratar de cruzar por ese lado o perder por completo el día.
-Será mejor que trate de pasar por acá, el agua cae escalonada y con suerte llegaré al otro lado, solo atenme a algo cercano-. Dijo Galem después de medir sus extremidades con la profundidad y la fuerza del agua.
- ¿Estás seguro de esto? No tienes que hacerlo-. Le dijo Irina aun sabiendo que su opinión no iba a cambiar de ninguna manera la decisión del gigante.
-No hay más remedio y hemos perdido ya mucho tiempo, no quiero esperar que llegue la noche y esas cosas vuelvan a actuar de forma errática-. Contestó Galem mientras se amarraba en su cintura una fuerte soga del equipaje de Irina -Esperemos que la soga llegue al otro lado, en cuanto les haga señas traten de cruzar.
Galem entró al escalón que sería su única oportunidad para pasar. Al parecer la fuerza del rio no era tanta como lo había esperado en un principio y con suerte cruzaría sin mayores dificultades. Los pasos se fueron haciendo más fáciles a medida que cruzaba, pero siguió con cuidado, pues sabía que de caer la soga no soportaría su peso y probablemente moriría. Sacando estos pensamientos de su mente y enfocado mirando al otro lado recordó el sueño que había tenido mientras estaba herido por el ataque de las arpías. Parecía el mismo rio, la misma temperatura y sensación que aquella vez y, aunque trató de quitárselo de la mente, todo aquello era tan similar ¿Y si encontraba en la ciudad a sus familiares? ¿Y si estaban sin control como lo habían estado sus compañeros en el bosque maldito? ¿Y si allá le esperaba la muerte a su nuevo equipo? Sería él el responsable de todo aquello, de nuevo no estaba seguro de soportar tanta presión.
No tuvo tiempo de continuar divagando pues a la mitad del rio lo esperó una saliente que lo desestabilizó haciéndolo caer al agua de inmediato. Sintió la fuerza de miles de monstruos que caían sobre si y lo empujaban a la muerte. El agua, en realidad, no lo era. Estando sumergido en ella encontró como miles de almas se abalanzaban sobre el con sus brazos tratando de atontarlo.
-Ya no hay nada más, la vida acaba y estás robándole el puesto a otro vivo, ven con nosotros allá encontraras de nuevo el calor-. Bellas voces se escuchaban entre el rio y le cantaban con dulces melodías.
-No te resistas, ven con nosotros donde todos seremos uno. Alla no hay dolor, no es eso lo que quieres acaso. Por qué venir a un lugar como este si no es para morir
-No, déjenme. No quiero morir-. Los gritos se ahogaban entre el rio de almas que amenazaban con romper definitivamente la soga que sostenía su cuerpo -No me van a llevar tan fácil.
En la orilla Marcus y la anciana trataban de jalar con fuerza de la soga, pero era inútil, la fuerza del rio era demasiada y parecía haber crecido de un momento a otro. El rio cambió por completo de color y ahora parecía ser completamente blanco y lechoso. Millones de figuras se movían desiguales en su interior y se arremolinaban entorno al caballero que continuaba colgando de la soga sin lograr llegar a la orilla. La soga se tensaba cada vez más y arrastró consigo el tronco del viejo árbol al que se estaba soportando. El ruido del agua fue remplazado por las millones de voces que cantaban al unísono y los presionaban a sumergirse entre ellas.
El caballero empezó a sentir que la soga sería demasiado corta para llegar a la orilla mientras trataba con dificultad de llegar al borde del rio. Su decisión fue que al menos en la última parte se solitaria la soga de su torso y la llevaría con su puño debido a que el arrastre del rio lo había desplazado unos cuantos metros lateralmente.
Soltar la soga fue más complicado de lo que pensó y sus piernas enterradas contra las rocas del rio empezaban a ceder ante la presión. Miles de manos empezaron a tocarlo en todas las direcciones y los rostros de las almas le mostraban perturbadoras sonrisas continuando con su canción. Al fin el nudo empezó a soltarse y su cuerpo dio una voltereta a punto de lanzarlo totalmente al vacío, pero su brazo continuó adherido a la soga. Sus dedos se fueron resbalando de la cuerda, pero hábilmente la tomó con su otro brazo e intento nadar con dificultad hasta la orilla.
Los instantes sumergidos parecieron horas y sus fuerzas estaban ya flaqueando. Las almas se adherían a sus piernas impidiéndole nadar y lo jalonaban junto con el cauce del rio, entraban por su boca, se sostenían a sus hombros y el peso era colosal. Después de chapotear por largo rato al fin pudo sentir de nuevo la solidez del suelo y ello lo lleno de una última fuerza logrando salir del rio a salvo. Sus brazos no querían soltar la cuerda, y retomo el aliento acurrucado en el suelo como si hubieran pasado años desde que estuvo al otro lado del rio. Sobrevivió y ello era lo importante, la primera gran victoria de la compañía.
Galem volvió a subir el cauce del rio y encontró una rama lo suficientemente fuerte para amarrar la soga y tensarla lo más posible para que sus compañeros pasasen el rio.
La primera en cruzar el rio fue Irina quien no tuvo ninguna dificultad y en cuestión de minutos se encontraba en el otro lado planeando su próximo movimiento. Sin embargo, Marcus no tuvo exactamente la misma suerte. Se encontraba más cansado y agobiado que sus compañeros, solo que no fue capaz de comunicárselos para no sentirse una carga para ellos. Se encontraba mareado con el hedor del ambiente y tenía ganas de vomitar, además no había logrado dormir hacía ya varios días situación que empezaba a pasarle factura. Además, el dolor de su pierna no había desaparecido con totalidad a pesar de la pomada de los guardianes del bosque. Estaba desanimado y no sentía verdaderas ganas de cruzar el rio, no tenía el mismo vigor, ni la misma energía que sus compañeros y estuvo a punto de darse la vuelta y regresar por su propio camino.
- ¡Eh niño, no me digas que le tienes miedo a la adrenalina! -. Grito enérgicamente Irina desde la otra orilla.
No podía fallarle a sus compañeros. Se subió en la soga y empezó a arrastrarse por en medio de la cuerda sin dificultad. A medida que avanzaba empezó a escuchar las voces de las almas del rio. A diferencia de como lo habían hecho antes con Galem, a Marcus llegaron los ruegos de miles de condenados que entre suspiros y gritos maldecían su suerte y le rogaban favor.
-Por favor, tú que eres un ser de luz, libranos de nuestra misera. Por favor, Señor, sálvenos de nuestra miseria y déjenos morir en paz-. Voces de niños y mujeres se confundían, pero el sonido se hacía más claro a medida que avanzaba.
-Frena esta guerra, lo único que queremos es descansar en paz. Por favor, mi Señor, tenga piedad de nosotros y acabe con nuestro sufrimiento.
El sonido desestabilizó el cuerpo de Marcus que quedó colgando de piernas en la cuerda. Con su cabeza sumergida entre las almas no logró escuchar los gritos de terror de Irina en la lejanía, ni el intento de Galem por meterse al rio de nuevo a rescatarlo. Por el contrario, la voz de una mujer le habló en la profundidad.
-No es tu hora de morir, ser de luz. En el momento en que decidiste entrar al bosque tomaste responsabilidad por las miles de almas que reposan estancadas entre el aquí y el más allá-. Le dijo la dulce voz de la mujer que le recordó a su primer amor.
-Ya dije que lo haré, si es mi destino lo haré. Pero no tengo las fuerzas necesarias como las de mis compañeros. Una tarea tan pesada no debería recaer en mí-. Respondió Marcus al darse cuenta de que el rio en lugar de ahogarlo le recuperaba fuerzas
-No dejes que las dudas pasen entre tu mente, son las trampas de la oscuridad y del abismo para con quienes pelean en nombre de la luz. Nosotros estamos ya condenados y si caes en las tinieblas te unirás a nosotros-. La voz de la mujer se empezó a alejar y el rio parecía empujarlo a la superficie.
- ¿Qué son ustedes?
-Somos las almas de los latentes que descansan en la ciudad. Si es que nos encuentras no robes lo que nos queda de humanidad, solo ignóranos y ve directo a conocer tu destino-. Una gigantesca mano salió del rio y llevaron el cuerpo del médico a la orilla donde esperaban sus compañeros.
Cuando Marcus recuperó la conciencia Galem lo llevaba en sus espaldas y la oscuridad de la tarde empezaba a remplazar la luz de la espiral. De entre la tierra logró ver como armaduras de cuerpos esqueléticos salían con machetes, ballestas, arcos y escudos rumbo a las murallas. El medico trató de avisar a sus compañeros, pero parecían estar ya enterados de que el sitio se reiniciaría al caer la noche, por lo que apuraron paso en entrar a la alcantarilla que conectaba con la parte más cercana al rio.
-Oigan, oigan, para dónde vamos- Dijo Marcus que apenas era capaz de articular palabras y su mente aún no estaba por completo lucida.
- Nos adentraremos en las cloacas y descansaremos allá por hoy, si los muertos salen de noche es mejor aprovechar los días, descasaremos allá no te apures-. Respondió Galem mientras corría.
Llegar a la cloaca no fue difícil, y el lugar parecía estar desolado, con suerte lograrían llegar al interior de la ciudad y descansar para salir al amanecer al exterior. Avanzaron por algún buen tiempo y en el interior se sentía el fulgor de la batalla que se tenía en el exterior, constantemente el polvo caía sobre ellos y el túnel parecía derrumbarse, pero se acomodaba al instante. Al interior no había los olores propios de una alcantarilla y el suelo era totalmente sólido. El lugar parecía más bien una reliquia antigua que ingenieros más hábiles habían logrado diseñar y mantener a pesar de las guerras.
Irina, quien ya sentía estar un terreno más amigable, sintió pasos que los venían siguiendo. A juzgar por la cantidad y el ritmo, no eran demasiados, pero no estarían lejos y era mejor mantenerse precavidos. Galem, quien logró encender una antorcha iba a la cabeza del grupo, seguido por Marcus son sus armas en la mano y de última Irina que esperaba con el arco y una flecha en la retirada. Los pasos provenían de lejos y era mejor ocultarse a esperar una confrontación directa con lo que estuviera más allá. Al cabo de un rato sus perseguidores parecieron dar la cara y se acercaron hacia ellos. Irina lanzo una flecha al vacío y la flecha dio a parar contra un sonido metálico.
-Alto, no venimos a hacerles daño. Somos la Guardia Real del Rey Nicolac, qué hacen por acá y cómo han llegado unos seres no malditos-. Habló con autoridad un hombre envejecido.
-Hemos venido en busca de su majestad, venimos de más allá del bosque-. Contestó Galem con fuerza.
- ¿Son la ayuda que hemos estado esperando por todo este tiempo?
-No sabemos si somos quienes ustedes piensan, pero solicitamos una audiencia con su señor. Soy Ricard, caballero de la Legión de los Bosques Malditos y fui nombrado por el Rey en persona- Contesto Galem con autoridad
-La Legión desapareció hace ya mucho tiempo y no pareces estar maldito como nosotros. Si eres quien dices ser danos una prueba.
- “Somos la Legión del Bosque Maldito, llevamos luz a la oscuridad de la noche, somos la esperanza de los vivos y hasta el final de los días defenderemos nuestro honor y a nuestro rey” Son las consignas de mi escuadrón
-perdónanos. Los llevaremos ante el Castillo del Rey de inmediato, síganos es por acá-. Contestó sorprendido la voz del soldado que parecía ser el líder.
Una antorcha se encendió en la otra dirección y los soldados los guiaron por entre las cloacas que parecían laberintos interminables. Los huesos y cráneos estaban tirados y parecían decorar el suelo de la alcantarilla. Las vasijas de suministros se apilaban entre las cámaras y el camino parecía interminable hasta que llegaron a unos escalones y abrieron una vieja compuerta de madera.
-Hasta aquí los podremos acompañar. Que el camino se ilumine ante ustedes. No verán demasiada resistencia en el castillo pues todo se encuentra ya en ruinas. Tengan cuidado y no sucumban a la maldición, el Rey los espera sentado en su trono que mira hacia el oeste.
El trio salió a la calle en medio de una helada infernal. Los barrios estaban totalmente destruidos y los cuerpos esqueléticos de los ciudadanos descansaban entre trabajosas respiraciones contra los muros. Las estatuas de los bulevares mostraban dioses antiguos que con el paso del tiempo habían sido borrados. Los ciudadanos que permanecían aun en pie parecían rezarles a los dioses por una pizca de esperanza a su miseria. Les era imposible hablar, pero la mirada que dirigían a la compañía lo decía todo.
Cientos de años de historia reposaban entre cuerpos que apenas mantenían la carne y otros que se encontraban caídos rumbo al castillo que se alzaba en lo alto de la colina. En la distancia, en las murallas de la ciudad, la guerra continuaba y las catapultas lanzaban piedras en contra de la ciudad. Lo que fue alguna vez una capital prospera era ahora un complejo de ruinas y escombros, donde su gente estaba maldita y sin sentido.