Una nueva esperanza

3403 Words
Las calles parecían desiertas a pesar de la gran población que se encontraba tirada en las calles respirando con dificultad. Todos los habitantes de la ciudad se encontraban en un estado deplorable, apenas vestidos, con la piel pegada a sus huesos, gruñéndose unos a otros, sin dientes y con unas cuencas que mostraban la falta de ojos. El camino al castillo se dio en subida y no fue difícil entrar pues las puertas se encontraban destruidas casi en totalidad y el interior no era más que una residencia que parecía abandonada. Galem recordó con nostalgia la ultima vez que había estado en la ciudad, cuando apenas el temor de la guerra se veía en los ojos de la gente y el sol no permanencia oculto. Antaño el castillo había sido una maravillosa fortaleza lujosa y los barrios aledaños pertenecían a las más altas castas de la corte. Por las calles los arboles sembrados cuidadosamente refrescaban los días de verano y en primavera las calles se tenían de rojo a causa de la gran caída de uvas, moras y todo tipo de pequeños frutos rojos plantados a propósito por su belleza. La ostentosa mansión del rey había estado rodeada por una baja muralla interior dando a un amplio patio donde se celebrarán las ceremonias más importantes y los espectáculos anuales ofrecidos por el Rey. A pesar de que no había conocido con detalle el interior del castillo, para Galem era difícil olvidar los grandes tapices del suelo y la cantidad de candelabros que iluminaban los pasillos. De todo esto no quedaba más que un montón de roca y de hierros oxidados que llevaban siglos sin utilizarse. El interior de la fortaleza era sombrío y aterrador. Las figuras de los pocos muebles y estatuas que permanecían en pie se alzaban con grandes sombras ante la luz de la luna, y el viento éntrate por las ventanas azotaba con violencia los escombros que aún se mantenían. Al parecer no había guardias en el castillo, y debían transitar con cuidado para evitar que alguna estructura se derrumbase con el tacto o el roce de los visitantes. Al entrar a la zona de audiencias del rey calaveras humanas se amontonaban a los lados y los restos de huesos crujían al caminar. Las armaduras se mantenían inmóviles a los lados, pero con un tono amenazante al interior de sus cascos. Cuando el grupo estuvo a punto de llegar a la puerta que daba al interior de la zona de residencia, los pasos metálicos de armaduras crujieron a sus espaldas y dos gigantescos caballeros, del tamaño de Galem, se abalanzaron con alabarda y escudo en mano, sus armaduras parecían pesadas y de color plata. La estocada del primero de los caballeros de plata dio a parar directamente al peto de Galem abollándolo en el acto, el gigante desenvainó una de sus espadas e intentó inútilmente cortar el taco de la alabarda. -Hemos venido en paz, somos amigos, solo queremos ver al Rey-. Dijo Galem tratando de usar diplomacia contra los caballeros de plata. El otro caballero lanzó un golpe que fue fácilmente esquivado por la anciana mientras que Marcus se lanzaba por la izquierda tratando de desestabilizarlo, sin embargo, el caballero lo reventó de cara contra el escudo al tiempo que elevaba la alabarda mandando lejos a la mujer. Los ojos del caballero de plata se encendieron y un gruñido se ahogó al interior del casco alado que tenia en su cabeza. El sujeto se abalanzó esta vez sobre Marcus intentando enterrarle la punta inferior del cabo de la alabarda, pero el medico lo frenó con su escudo de madera que se rompió por completo. Al tiempo el gigante combatía contra el otro caballero de plata que se cubría con el escudo a la expectativa del movimiento del gigante. Estuvieron por un periodo de tiempo considerable dando vueltas sobre si mismos, hasta que el plateado se fue en forma de tanque y con el escudo en alto contra Galem, pero este con magnifica fuerza lo frenó y procedió a lanzar un ataque que mando a volar el casco de su contrincante. El rostro del caballero de plata se ocultaba entre un cúmulo de cabellos sin cortar y una barba crecida como la de un ermitaño. Sus ojos brillaban en un azul intenso y a excepción de los colmillos su boca carecía de dentadura. El caballero se lanzo una vez más y la alabarda dio a parar en un forcejeo contra la segunda espada de Galem. El segundo caballero levantó la alabarda y dirigió una nueva estocada contra el medico quien rodó rápidamente, sin embargo, el caballero logró asestarle una patada que estuvo a punto de romperle las costillas. La anciana se lanzó por la espalda con su estoque en un inútil intento por perforar algún punto vulnerable de la armadura, pero el filo de la cuchilla se dobló y se quebró en pedazos dejándole un mango con un penoso hierro afilado. El caballero de plata soltó su escudo y su alabarda y tomo a la mujer de la cabeza estampándola contra el suelo. La mujer estuvo a punto de quedar inconsciente, pero el caballero ejerció presión sobre su cabeza en un intento por aplastarla. Marcus, que aprovechó el descuido, llegó a su cuello y le enterró una de sus espadas. El caballero se levantó en medio de rugidos y corriendo fue a dar contra un muro cercano contra el que se estrelló cayendo al suelo. El primer caballero de plata continuaba forcejeando contra Galem en el piso, pero al escuchar el golpe a su compañero se levantó a gran velocidad para socorrerlo. Galem tomó la oportunidad para recuperar energías y de nuevo lanzó un zarpazo por la espalda a su contrincante. El caballero de plata cayó de cara y continúo arrastrándose hasta el cuerpo de su compañero tendido en el suelo. No era capaz de emitir palabras, pero los gruñidos daban fe de tristeza, horror y rabia, por lo que sacó la espada de Marcus del cuello del segundo soldado y la hizo trizas con sus propias manos. El caballero soltó su escudo y tomo la segunda alabarda con la mano izquierda levantándose con mayor velocidad. Sus gruñidos se convirtieron en rugidos y se lanzó de lleno contra el medico que apenas podía permanecer de pie y trataba de auxiliar a la anciana en el suelo. Dirigió las cuchillas de ambas alabardas directo a Marcus desprotegiendo su espalda, oportunidad que aprovecho Galem para tomar el pesado escudo y estamparlo de lleno contra el atacante. El caballero de plata cayó lejos rodando, pero sin soltar las armas, las que uso posteriormente para levantarse y preparar una nueva embestida que dio contra la hombrera del gigante alcanzando a cortar parte de la carne de su brazo. La otra albarda dio contra el muro y se quebró en mil pedazos. El caballero de plata soltó el palo y mando un fuerte puñetazo contra Galem que estuvo a punto de caerse. Un segundo puñetazo se dirigió a la cara del gigante que logró esquivarlo haciendo que el puñetazo diera contra el muro y la mano se rompiera al instante. Otro rugido fue lanzado al vacío y el ruido lleno por completo la recamara asustando al grupo aún más. Sin importar que los huesos estuvieran hechos polvo el caballero de plata tomo el arma a dos manos y, como si se tratase de un hacha, trató alcanzar de nuevo a Galem quien con su espada desvió el ataque y aprovechó la oportunidad para enterrar el espadón en el pecho del caballero. El peto quedo por completo perforado y la mirada del caballero se dirigió directamente al rostro de Galem. -Esha gezta jerida, liberala jantes que regrese a jeste injierno. Gracias y que el gestino nos gueúna en el más jalla-. Recitó el caballero en un ultimo aliento de cordura, mientras que de sus cuencas vacías brotaban lagrimas y una sonrisa mueca se cerraba lentamente. Galem lo entendió al instante, le cortó la cabeza al caballero y luego hizo lo mismo con su compañero que respiraba aún con dificultad al otro lado de la sala. En su cuello colgaba un collar con un relicario de corazón, mismo que tenia el otro caballero en su cuello. Tras descansar por unos momentos y ayudando a reincorporar a la anciana y el médico, Galem salió al patio, desenterró una losa del asfalto y sepultó los relicarios juntos sellándolo la tumba con otra losa. Los cuerpos, sumados a las armaduras eran en extremo pesados por lo que se limitó a arrastrarlos y dejarlos juntos al lado del trono que la pareja había custodiado a lo largo de los siglos. Mientras se dirigían a salir de la sala del trono la dulce voz de una mujer se escuchó por la recamara y les dijo: -Poderosos guerreros, Nicolac los espera sentado en su trono. Por favor no causen más alboroto de ahora en adelante. Las almas que descansan en esta fortaleza son inocentes y la oscuridad teme a su presencia-. La voz de la mujer se cortó y el silencio se hizo de nuevo. Callados y caminando con dificultad atravesaron las escalinatas que parecían desiertas. Los caballeros que lograban encontrar permanecían en las esquinas acurrucados y no prestaban demasiada atención a los visitantes. El eco de los pasillos parecía extenderse a lo largo de interminables pasadizos y la poca luz que se filtraba por entre las ventanas a penas mostraba unos pocos pasos delante de ellos. Las miles de ostentosas decoraciones de la fortaleza estaban deshechas pero las losas, la pintura y los techos seguían manteniéndose en un blanco puro. De uno de los cuartos una mujer salió a su encuentro acompañada por dos guardias plateados que la escoltaban. La mujer vestía un fino, pero viejo vestido de color n***o y encajes de plata que hacían juego con una larga cabellera trenzada del mismo color. A pesar de esto no pudieron ver su rostro, pues permanecía con una máscara y en sus manos portaba unos largos guantes blancos. -Gracias por mantener la calma en un lugar como estos, hace mucho no recibimos visitas, de hecho, no sabemos cuándo fue la ultima vez-. La mujer se giró y sin decirles los invitó a seguirla. -La eternidad a simple vista parece una bendición, pero a medida que pasa el tiempo pierdes por completo la noción del tiempo. -Hemos combatido mucho por llegar aquí, y aunque suene irrespetuoso le pido explicaciones, mi señora-. Dijo Galem mientras caminaba -Te recuerdo, recuerdo el rostro de todos los héroes que salieron buscando la esperanza para nuestro pueblo. Al parecer el paso del tiempo no te ha afectado, aunque no llevas la maldición-. Dijo dulcemente la mujer -Por favor, mi señora, no me llame héroe mientras mis compañeros vagan allí afuera y yo permanezco acá. Los cobardes no merecemos ningún tipo de títulos. - ¿Qué te hace pensar que querer guardar tu propia vida es de cobardes? De no haber huido no habrías regresado y nuestro pueblo no tendría más esperanza-. La mujer se giró y con su mano tomó el rostro de Galem dulcemente - No puedo sanar tu culpa, pero si quieres mantener de algún modo el honor, solamente no te olvides de todos los que nos quedamos. El gigante se sonrojó y apartó la mirada de la mujer. Sus acompañantes no habían dicho una sola palabra en el trascurso del recorrido y miraron curiosamente la escena, siempre creyeron imposible abochornar a un hombre como él. Además, ante aquellas personas el gigantismo de Galem no existía, más bien ellos eran los diminutos. -Hace novecientos cincuenta años luego de la partida del último escuadrón de la Legión del bosque maldito y la perdida de toda comunicación con la tropa de los caballeros de plata en Gatehell nuestra ciudad cayo bajo sitio de los latentes-. Informó la mujer que retomó el paso con dignidad. -Nuestra ciudad tenia provisiones para soportar por años un bloqueo de ese estilo, sin embargo, el tiempo pasó y los no muertos regresaban una y otra vez. Nuestra gente enfermó y fue muriendo poco a poco. Tuvimos que lanzar sus cuerpos a las afueras de las murallas para evitar la peste, pero el abismo consumía sus cuerpos y los reanimaba. La mujer pareció tener cortada su voz con tristeza y apunto de llorar, pero permaneció con calma y continuó hablando. -Luego de años aguantando el sitio nos dimos cuenta de que algo en nuestro interior se fue perdiendo poco a poco. Despertábamos todos los días en medio de martilleos a las puertas de la muralla, rocas volando en medio de la ciudad y cada vez menos recursos para alimentar a nuestra gente. Nunca nos dimos cuenta como habían pasado tres generaciones y continuábamos aguantando el ataque. Pronto empezamos a perder la cordura y al interior de la ciudad la gente se mataba unos con otros para alimentarse, otros por mera diversión o simplemente por locura. El Rey hacia lo que podía, pero era insuficiente y la moral decayó en todos nosotros. Pedimos ayuda a nuestros aliados, pero nunca nadie respondió, la Legión fue masacrada, los guerreros negros y de plata habían caído a las afueras de la ciudad y solo unos pocos permanecían aguardando el castillo. Atravesaron el patio de armas y las habitaciones de la guardia real. Los cuerpos de los caballeros y las armaduras se amontonaban por todos los lugares. No estaban muertos, pero los miraban con vacío y con tristeza a medida que cruzaban silenciosamente por los recintos. -Con el paso del tiempo, y sin que nos diéramos cuenta la oscuridad consumió todo aquello que había sido luz. La ciudad se hizo silenciosa y la gente se aferró a los dioses con la poca fe que les quedaba, la fe que los hizo permanecer en pie por siglos. Nuestras esperanzas fueron puestas en el exterior y que algún día la ayuda llegaría, pero no fue así. El Rey al ver toda esta miseria reunió a los hechiceros y monjes de la corte y les pidió hacer un portal para que al menos su gente se pudiera salvar y poder huir de la ciudad. Ellos se pusieron manos a la obra, y después de mucho tiempo el portal estaba casi listo, solo faltaba la energía suficiente para avivarlo y soportar la huida. La mujer le hizo señas a los guardias para que se retiraran y en medio de una reverencia se alejaron para custodiar las puertas de la torre. Sin embargo, en lugar de subir las interminables escaleras, la mujer abrió una puerta falsa que conducía a un sótano. -Tras intentos fallidos el portal no se estabilizó y al final mi padre se ofreció para darle la energía. Los sabios canalizaron un trono en el que supuestamente moriría con dignidad. Pareció que aquella sería nuestra esperanza y tras enviar a algunos caballeros empezó la gran migración hacía lo desconocido. Sin embargo, la oscuridad que guardaba mi padre corrompió el portal y abrió un nexo directo con el abismo y las bestias que lo custodian. Un tercio de la población y más de la mitad de nuestra guardia perecieron en el abismo aquel día. Desde entonces mi padre se mantiene sentado y a la expectativa en su trono esperando la ayuda del exterior. Cuando se iluminó la recamara del sótano pudieron distinguir la gigantesca figura del rey sentada sobre un trono de concreto. Su figura se veía poderosa e impotente gracias a una hermosa armadura de cuero con encajes de oro y de plata, su corona ante las llamas brillaba como el sol y sus cabellos y barba se enredaban hasta sus rodillas. Aunque su piel se encontraba arrugada y deteriorada por el paso de los años, aún conservaba una promitente musculatura. -Este es mi padre, el Rey Nicolac. Ha descansado por siglos a la espera de que la luz vuelva a iluminar nuestro reino, y que el calor del sol termine por arder nuestro cuerpos en decadencia. -Hemos venido desde muy lejos, el bosque y las señales del exterior nos decían que nuestro destino sería revelado acá-. Contestó Irina que se mantenía de pie gracias a la ayuda del medico -Me temo que no es así, su destino solo puede ser definido por ustedes mismos. De mi parte y en nombre de mi padre no puedo más que hacerles una petición y es que salven a nuestro pueblo-. Contestó la mujer -He venido en busca de mi hija, es la única razón por la que he soportado este infierno-. Replicó la anciana -Lo sé, el bosque me lo ha dicho mientras moría. Ella fue engañada y despertó a la diosa. Me temo que de quedar algo de ella está al interior del abismo, en el más allá, donde los muertos reinan y los demonios son carceleros. - ¿Qué es lo que debemos hacer ahora? - Preguntó Marcus armándose de valor. -Tú eres el ser que portas la luz y lastimosamente sobre ti es quien recae la mayor de las responsabilidades. No te puedo exigir absolutamente nada, pues la oscuridad afecta más a aquellos quienes tienen la marca del sol-. La mujer se arrodilló y miro a Marcus a los ojos. -Si es que tu intención es ayudarnos debes entrar al abismo y encontrar al hechicero quien porta la piedra de la oscuridad. Te advierto que no será un camino fácil y las tentaciones y el dolor serán aún mayores. -Siento que nací para esto, y tomaré la responsabilidad-. Se arrodilló Marcus en mayor solemnidad. -Por último, Ricard, si es que es tu deseo salvar tu honor, tu responsabilidad es resguardar a tus compañeros a través del abismo. Si es que logran su tarea, el abismo por fin podrá cerrarse y los muertos descansaran en paz-. Sin esperar una contestación y dirigiéndose a los demás. -Les recomiendo que descansen ahora y entren al portal en cuanto el sol salga. Por ahora descansen y aprovisiónense con lo poco que les podemos brindar. A la espera del amanecer Irina y Marcus descansaron en las ruinas de lo que alguna vez habían sido las caballerizas y no con un sueño demasiado profundo. Galem no asistió a la zona de descanso improvisada a pesar de las insistencias de sus compañeros, pues la expectativa de la batalla no lo dejaba dormir, según él. - ¿Qué pasará contigo y con la gente de la ciudad una vez que acabemos con el abismo? -. Preguntó Galem a la mujer de plata. -Me temó que eso es lo menos que te debería preocupar, primero ten en cuenta la seguridad tuya y de tus compañeros. Tal vez soy una egoísta, pero lo que más quiero es que el mal sea derrotado. -Solo quiero asegurarme de que nada malo pasará contigo, quiero tener la certeza de que habrá luz al final del abismo-. Insistió Galem -Ricard, lo nuestro fue hace casi mil años, ahora estamos en dos espacios de tiempo distintitos. Lo lamento, pero en lo único que puedo pensar ahora es en descansar-. Contestó la princesa sin verlo a los ojos. -Para mí no ha pasado tanto tiempo, y eres lo único que me queda -Somos de distintos mundos, por favor, descansa y enfócate en tu tarea. En el más allá, una vez deje de estar corrupto, estoy segura de que nos volveremos a encontrar. Prométeme que sin importar qué cerraras el abismo. -No quiero tener que decidir eso, no quiero cometer el mismo error. Quiero tan solo ver tu rostro antes de irme-. Pidió Galem -Me temo que no encontrarás aquello que te enamoró una vez-. Replicó la mujer -No me importa, si quieres que haga esto debes al menos hacer eso por mí- La mujer se quitó la mascara y su rostro estaba cubierto por completo en arrugas, su piel pegada a los restos de su cráneo era de un tono verde oscuro y los cabellos plateados permanecían enmarañados en su frente. Una de las cuencas oculares permanecía vacía y la otra con un ojo amarillento a punto de quedar ciego por la catarata. Carecía de nariz y de oídos, además que conservaba tan solo los colmillos en su boca. -Sigues tan hermosa como en mis recuerdos. Ahora que te vi podré morir en mi misión sin remordimientos, perdóname por dejarte hace años, juro que no hare lo mismo de nuevo-. El caballero de manera sincera la besó en los labios y descanso a la luz del fuego.
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