Edward se encontraba en una sala fría y austera de la cárcel, aguardando la visita de su abogado. Los segundos parecían horas hasta que finalmente la puerta se abrió y un hombre de mediana edad con traje entallado entró, llevando consigo un maletín y un semblante preocupado. —Edward—comenzó el abogado, tomándose un momento para acomodarse antes de hablar—. He revisado tu caso detenidamente. Las cosas no lucen bien para ti. ¿Por qué hiciste tanto esfuerzo en conseguir esa fianza si al final ibas a intentar un atentado contra esa abogada? Edward esbozó una sonrisa maliciosa, jugando con los grilletes que apretaban sus muñecas. —Es cuestión de principios, abogado. Tú no lo entenderías. El abogado suspiró exasperado, pasando sus dedos por su frente. —Y hablando de principios, ¿cómo pien

