La incomodidad del piso y sentir el cálido cuerpo de Martina bajo el suyo, hicieron que Rodrigo despertara, con un dolor de cabeza espantoso por la resaca, estaba anocheciendo y se sentía un poco de frío. Se quedó mirando un momento a la muchacha que estaba completamente dormida. Hasta ese momento no había reparado del todo en sus facciones. Martina no parecía una mujer nativa del pueblo. Su tez era blanca visiblemente bronceada por el sol, sus cabellos de un color castaño dorado la hacían parecer una muñequita. Su nariz era perfecta y sus labios rosados dibujaban un pequeño corazón. Sus pestañas pobladas y rizadas, serían la envidia de cualquier mujer de ciudad que debía recurrir a las postizas. Su cuerpo delgado y bien torneado a pesar de su juventud, superaría por mucho a cualquier mo

