Me has dado una lección

2109 Words
Martina quería saltar de emoción al ver cómo Rodrigo se terminaba el plato de frijoles y a cada tortilla le ponía una tajada de queso fresco y una cucharada de la salsa molcajeteada. Levantando la barbilla por encima del hombro miraba con orgullo a las mujeres de la cocina que intentaron humillarla. —No te quedes ahí parada, tú también sírvete y come — le dijo Rodrigo al ver cómo lo miraba, confundiendo la emoción de la chica con hambre. Martina corrió a la cocina y se sirvió un plato con frijoles, tomó dos tortillas y regresó al comedor; pero, como en su jacal estaba acostumbrada, se sentó en el suelo a comer, su padre y su hermano no le permitían comer en la mesa con ellos. —¿Qué haces? ¿Por qué te sientas en el piso? ¡Vamos levántate y siéntate en una silla! — le ordenó Rodrigo, a pesar de todos sus prejuicios sociales, no era un hombre acostumbrado a humillar a las personas de baja condición social. Ella apenas pudo esbozar una sonrisa porque sintió que su corazón le iba a salir del pecho al sentir las manos de su hombre tomarla por los codos para ayudarla a levantarse. Fue él quien tomó el plato del piso y lo colocó sobre la mesa. Las sirvientas miraban con envidia y cuchicheaban detrás de la puerta de la cocina. —No, si bien dicen en el pueblo que salió igualita a su madre, pero más lista como para arrejuntársele al patrón — decía María, la más joven de las dos. —Pues de que hay putas con suerte las hay — contestó la cocinera frunciendo los labios dejando salir su odio por la recién llegada. Ambas mujeres estaban acostumbradas a servir a don Amador, que las trataba como si fueran sus mujeres, las dos tenían sueldos elevados y privilegios en la casa a cambio de sus favores sexuales, y tenían miedo de que, con la llegada de Rodrigo y Martina, se les terminaran esos privilegios. Rodrigo miraba a Martina con sombro, la chica era tan salvaje que no conocía los más mínimos modales en la mesa. No usaba los cubiertos, tomaba un pedazo de tortilla y sopeaba los frijoles haciendo un ruido que él le parecía asqueroso; Pero lo que más le llamó la atención fue ver que ella no se había puesto queso en su plato, solo había tomado un poco de salsa. —¿Por qué no comes queso? ¿No te gusta? — Le preguntó por curiosidad. —Las mujeres no tenemos derecho a comer, esas glorias son para los hombres que se ganan la comida trabajando con el sudor de su frente — contestó con la mirada fija en el plato y con las manos temblorosas. Rodrigo contuvo una carcajada al escuchar semejante barbaridad, pero no dijo nada porque seguramente era lo que había escuchado desde niña. Era bien sabido que en pueblos como ese, las mujeres eran tratadas como bestias y como objetos, nunca como personas. —A partir de hoy comerás de todo lo que haya en esta casa, lo mismo que sirvas para mí, puedes comerlo tú también. A Martina se le llenaron los ojos de lágrimas por la emoción al ver que él mismo, tomó un gran pedazo de queso y lo puso dentro de su plato. Luego se puso de pie, tomó una cuchara del trinchador y se la dio para que la usara. » Solo observa como la utilizo yo e inténtalo, no debes comer con las manos, es de mala educación. A la muchacha se le pusieron las mejillas rojas por la vergüenza y Rodrigo se mordió el labio con una sonrisa dejando ver su inmaculada dentadura. Observó por un momento cómo él tomaba él cortaba el queso con el cuchillo y lo colocaba sobre la tortilla y luego lo mordía para después llevarse una cucharada de frijoles a la boca. Apretó los ojos al escucharla sorber el caldo de los frijoles haciendo un ruido peor que cuando comía sopeando las tortillas. Es suficiente para mí, dijo y se levantó de la silla para ir al despacho dejándola comiendo sola. Hacía tantos años que no visitaba ese lugar que todo le parecía anticuado, no había una computadora y lo más probable era que no hubiera servicio de internet, pero al menos sobre el escritorio había un teléfono fijo. Levantó el aparato y exhaló al descubrir que al menos había línea telefónica. Agarró sus cabellos con ambas manos, no tenía idea de por dónde comenzar a revisar y Amador todavía no se presentaba para entregarle las cuentas. Tomó un libro contable que estaba sobre el escritorio y lo abrió esperando encontrar al menos las cuentas para ver en que se habían gastado las ganancias de los últimos cinco años desde que su abuelo murió, pero no había nada, los últimos registros eran de tres años atrás. —¡Maldita sea! — gritó azotando el libro contra un mueble provocando que un adorno de porcelana cayera y se hiciera añicos al estrellarse contra el piso. »¡¡¡¿Dónde carajo está Amador que no llega?!!! — gritó furioso, tanto que su voz se escuchó fuerte hasta la cocina haciendo que las mujeres saltaran por el susto. Las dos sirvientas salieron corriendo a pedirle a uno de los peones que fuera a buscar al administrador para avisarle que Don Rodrigo lo estaba buscando. Martina se asustó tanto que comenzó a temblar de miedo como cuando vivía su padre y sabía que en cualquier momento le esperaba una golpiza, así que no se atrevió a salir de la cocina y se escondió detrás del fogón. —Don Amador no está en la hacienda, se fue antes del amanecer y se llevó la camioneta nueva — dijo el peón cuando regresó. —¿Estás seguro? ¿Ya lo buscaron bien? —Sí patrón, me dijeron unos trabajadores que lo vieron subir unas maletas a la camioneta y que les dijo antes de irse que esta semana usted les iba a pagar su raya. Rodrigo sintió como si un balde de agua fría hubiera caído sobre su cuerpo, era obvio que el Administrador había salido huyendo al ver que su fraude en la hacienda iba a ser descubierto. —¿A qué hora se fue? ¿Dónde pasó la noche? — Se tuvo que sobreponer, debía primero constatar que el hombre no pensaba volver antes de dar parte a las autoridades. Caminó hasta la casa del administrador, una pequeña cabaña con todas las comodidades en la parte posterior de la casa grande. Desde que entró se dio cuenta de que, en efecto, Amador Salazar se había escapado, todo ahí era un completo desorden, parecía como si hubieran saqueado el lugar y ni su ropa ni sus objetos personales estaban en la cabaña. Tampoco había rastros del dinero, ni nada que le pudiera dar a Rodrigo una idea del estado financiero de la hacienda. Sin pensarlo dos veces, pidió que le ensillaran su caballo para ir al pueblo, debía dar parte a las autoridades y denunciar al administrador por robo. Su frustración fue mayor cuando al llegar al pueblo, se enteró que no había una estación de policía, el presidente municipal solo contaba con un gendarme y ninguno de los dos, era capaz de brindar seguridad a nadie, era por demás visible que solo ocupaban un cargo para tener beneficios propios. Llegó a la cantina desesperado por un trago de tequila que le quitara el sabor amargo que sentía en la boca por la frustración. Por un instante pensó que la hacienda si podría ser su salvación, era martes y el siguiente sábado debía pagar la raya a los peones. El dinero en su cuenta bancaria ya era nulo y lo único que quería era pegarse un tiro en la cabeza para terminar con sus desgracias. Pidió dos botellas de tequila y se tomó la primera casi de un solo sorbo, salió tambaleándose del lugar y con gran esfuerzo logró montarse en el caballo. Entró en la casa y parecía no haber nadie, solo estaba ella, Martina que corrió a ayudarlo cuando estuvo a punto de caer. —¡Suéltame! ¡No me toques! Yo…— alcanzó a decir antes de caer de bruces en medio de la sala. Ella corrió a ayudarle, con un gran esfuerzo lo ayudó a ponerse de pie, no iba a lograr llevarlo a la habitación, él penas podía sostenerse y no era buena idea subir las escaleras. Recordó que en el salón que estaba lleno de libros había un sillón que parecía una cama y con mucho trabajo, consiguió hacerlo caminar hasta allí. Lo ayudó a acostarse y se puso de rodillas en el piso para quitarle los zapatos, Rodrigo parecía estar inconsciente, tenía los ojos cerrados y balbuceaba cosas extrañas, palabras que Martina no entendía. Recordó que cuando su padre se embriagaba y se quedaba dormido, cuando despertaba lo hacía con hambre, su madre, y después ella, le preparaban unos chilaquiles bien picosos con un jarro de café para que se le pasara la borrachera. Corrió a la cocina, no sabía dónde se habían metido las dos sirvientas, no las había visto desde que el peón avisó que amador se había ido, pero no las necesitaba, ella podía preparar los chilaquiles y esa nevera estaba llena de alimentos que ella no sabía cómo preparar. Puso a cocer los tomates y los chiles para hacer la salsa mientras doraba las tortillas en el aceite cuando escuchó un disparo. Gritó y salió corriendo, ese disparo venía de donde ella había dejado a Rodrigo. —¡¡¡Don Rodrigo!!! —gritó al ver que el hombre tenía en su mano un revólver y apuntaba directamente a su cabeza. —¡Lárgate! —Vociferó al ver a la muchacha — ¡Vete de aquí! ¿Acaso no entiendes que no te quiero ver? —Por favor don Rodrigo, no me eche, yo no tengo nada ni a nadie en la vida — contestó llorando. —¿No te das cuenta que yo tampoco tengo nada? Me lo han robado todo, en esta vida todas las personas son una mierda. —¿Usted cree que yo no he querido morir? ¿Sabe cuántas veces me han golpeado y humillado en toda mi vida? Y, aun así, no me atrevería a atentar contra mi propia vida, solo Dios puede darla y quitarla cuando sea el momento. Rodrigo vio a esa pobre muchacha, era casi una chiquilla y recordó la forma tan cruel en que su hermano la vendió sin tocarse el corazón. Sus sirvientas la humillaron frente a él y ella tuvo la entereza de seguir adelante con sus limitaciones. ¿Qué podría pasar si siguiera viviendo? Tendría que trabajar e irónicamente gracias a Selena había aprendido a hacerlo. Sin saberlo, Martina le había dado una gran lección, una lección que lo había salvado de cometer una locura. Dejó caer el revólver y comenzó a llorar como si fuera un niño, ni siquiera cuando vio a su mujer con su amante había llorado, ni cuando murieron sus padres, pero; no lloraba por dolor sino porque quizá había renacido a una nueva vida. Martina se acercó a él y se puso de rodillas en el suelo en medio de sus piernas tratando de consolarlo, pero no se atrevió a tocarlo. Instintivamente él le acarició el cabello como si fuera un pequeño animal indefenso. —No llores, vamos a salir de ésta, todavía no sé cómo, pero lo vamos a lograr. Tomó la botella de tequila que todavía tenía un poco de líquido y la arrojó contra la pared. Se puso de rodillas junto a ella y la abrazó. No sabía que tenía esa chiquilla, pero le inspiraba una gran ternura. El alcohol en su sangre era más fuerte que él, apenas podía controlar sus movimientos, sin darse cuenta dejó caer su peso sobre ella y ambos cayeron al piso. Martina quiso ponerse de pie, pero de nuevo Rodrigo se había quedado dormido sobre su cuerpo. Ella aspiró su aroma, acostumbrada al hedor mal oliente de su padre y su hermano cuando se embriagaban, pudo sentir la diferencia, ellos no solo apestaban a alcohol, también a tabaco y sudor. Rodrigo en cambio olía a loción, a fresco, el olor del alcohol que exhalaba al respirar, no era suficiente para opacar su delicioso aroma. Acarició sus cabellos y pasó sus dedos por sus cejas, los labios de él eran rosados y bien definidos a pesar de ser delgados. Instintivamente llevó sus propios labios hasta tocar los de aquél hombre, su hombre.
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