Martina no lograba entender por qué Rodrigo la había comprado si no quería tenerla cerca, sin embargo, quedarse en esa hacienda y soportar el mal humor de ese hombre era mucho mejor que volver al jacal de Braulio.
Se levantó de la cama y comenzó a caminar hacia la puerta, iría a la cocina, era su deber como mujer de la casa hacerse cargo de la comida y de atizar el fogón para mantenerlo encendido y hacer las tortillas.
Seguramente también debía encargarse de preparar el almuerzo puesto que eran las labores propias de las mujeres en el pueblo.
—¡Espera! — dijo él antes de que saliera — voy a ducharme y cuando baje quiero que el almuerzo esté listo y que le avisen al capataz que quiero hablar con él.
—Si señor — dijo con voz sumisa agachando la mirada, no se atrevía a mirarlo a la cara, era el hombre más hermoso que hubiera visto en su vida, por el pueblo no solían verse hombres como él: alto, blanco, con los cabellos del color del trigo y los ojos del color del cielo, parecía un ángel, aunque su voz y su mirada parecían las de un demonio.
Bajó las escaleras y caminó despacio recorriendo la enorme casa, ella en muchas ocasiones se había acercado a la casa para verla de lejos, escondida entre los matorrales del café, ella se preguntaba qué se sentiría vivir en una casa tan grande, sin preocuparse por las goteras en tiempo de lluvias temiendo que los fuertes vientos arrancaran el techo y las paredes del jacal.
Como no sabía dónde estaba la cocina, se perdió entre cada una de las puertas de la hacienda, hasta que llegó a un cuarto lleno de libros con un escritorio y una silla que tenía rueditas y se movía.
Estaba absorta observando el cuadro que había en la pared, era un hombre idéntico al que la había comprado, solo que con los cabellos castaños como los de ella y con los ojos del color de la miel. El hombre del cuadro tenía un mechón de canas en la sien y parecía tener la mirada perdida en el horizonte donde se veían los campos sembrados de café.
—¿Qué haces aquí mugrosa? ¿Cómo entraste? Seguramente entraste a robar ¿verdad? — la voz de una mujer detrás de ella la sorprendió con tantas preguntas a la vez.
—No, no señora, yo no vine a robar nada, estoy buscando la cocina para preparar el almuerzo de mi hombre, el señor don Rodrigo, pero me perdí porque no sé dónde está la cocina.
—Ja, ja, ja ¿El patrón Rodrigo tu hombre? No me hagas reír. ¡Lárgate! Tu lugar es allá en los chiqueros con los puercos — le gritó la mujer burlándose de ella.
—¡No estoy mintiendo! Don Rodrigo le pagó cinco mil pesos a mi hermano por mí y pasé la noche con él en su habitación — dijo la muchacha convencida de lo que estaba diciendo.
La mujer se quedó pensando un momento, era bien sabido que esas eran las costumbres del pueblo, pero no era así en la gran ciudad, pero más le valía seguirle la corriente, por si estaba diciendo la verdad.
—Vamos a la cocina, espero que sepas como preparar un almuerzo para gente decente.
Martina suspiró cuando la mujer le dijo que la siguiera a la cocina, estaba segura de que, si lograba preparar un buen almuerzo, Rodrigo comenzaría a verla con otros ojos y quizá le permitiría estar cerca de él.
En la cocina había otras dos mujeres más jóvenes, las dos la miraron de pies a cabeza con desprecio. La mugrosa era conocida por todas las mujeres en la hacienda y en el pueblo y todas tenían miedo que en algún momento ella sedujera a sus maridos. Todas le temían por la reputación de su madre.
—¿Y esta mugrosa que hace aquí? — preguntó la más joven haciendo gestos de asco con el rostro.
—Dice que el patrón pagó para hacerla su mujer, déjala que le prepare el almuerzo, estoy segura de que no pasa de hoy que la regresen a su lugar con los puercos.
A Martina ya no le dolían las palabras hirientes de las mujeres, las había escuchado desde que tenía uso de razón incluso de su padre y de su hermano, así que ya no le importaba lo que dijeran de ella. Era su oportunidad de conseguir que don Rodrigo la tratara como su mujer. Para alguien como ella, que desde niña había visto cómo los hombres en el pueblo golpeaban a sus mujeres y las trataban como sirvientas, era lo más normal del mundo, no conocía otra forma de vida. Lo único que quería conseguir era que no la echaran a la calle.
—¿Dónde están los víveres para preparar el almuerzo? — preguntó segura de lo que hacía mientras atizaba el fogón. La cocina era muy grande, ella nunca había un fogón de piedra revestido de azulejos con comales limpios y brillantes de acero inoxidable y tampoco había visto nunca una nevera, ni una licuadora.
Sobre el fogón había una olla de barro en la cual hervían los frijoles, ella no sabía preparar grandes platillos, pero su padre y su hermano disfrutaban mucho el almuerzo a base de frijoles, una tajada de queso fresco y una salsa de molcajete con tortillas recién hechas.
Tomó una sartén y colocó un poco de manteca de cerdo para freír los frijoles y colocó unos tomates rojos y unos chiles en el comal para que se tatemaran. Se veía que las mujeres que trabajaban ahí nunca habían usado el molcajete de piedra ya que parecía nuevo, seguro solo lo tenían de adorno. Rápidamente hizo una salsa y preguntó dónde estaba el café.
En una hacienda cafetalera no podía faltar un molino para café recién tostado, pero ella lo hizo del único modo que conocía. Puso a hervir los granos y luego lo coló para servirlo en un jarro de barro.
Las mujeres la miraban divertidas, sabían de antemano que era seguro que el patrón no estaba acostumbrado a esa comida de peones.
Martina muy orgullosa con los resultados de su almuerzo, llevó todo en una bandeja al comedor. Las tres mujeres se quedaron en la puerta observando y se escondieron cuando escucharon que Rodrigo bajaba las escaleras.
Apenas llegó al comedor y vio lo que le habían servido gritó encolerizado.
—¡Qué carajos esto? ¿Acaso pretenden que yo almuerce como si fuera un peón? — dijo empujando la charola con desprecio.
Martina se quedó callada conteniendo las lágrimas, recordó la primera vez que ella tuvo que preparar el almuerzo para su padre cuando su madre enfermó. El hombre encolerizado tomó el plato de frijoles hirviendo y se lo vació en el pecho provocándole quemaduras porque se le había olvidado ponerles sal. Pero esta vez estaba segura de que debían estar muy sabrosos.
—Lo siento señor — corrió la cocinera a recoger la mesa pensando en que podía perder su empleo por haber dejado que Martina cocinara — Enseguida le preparo lo que usted guste, es solo que esta mugrosa dijo que ella iba a cocinar para usted.
Rodrigo miró a la chica, se conmovió al verla temblando y apretando los puños, con la cabeza mirando al piso y los ojos aguados conteniendo las lágrimas.
—¡Déjalo! Me lo voy a comer porque tengo prisa, pero encárgate de enseñarle a cocinar, si quiere hacerlo que lo haga, pero que aprenda a hacerlo bien. En mis almuerzos no debe faltar el jugo, la fruta y huevos en cualquier modalidad. Prefiero el pan, no me gustan las tortillas.
—Sí señor, yo le voy a enseñar a ésta cómo debe preparar un desayuno de ciudad.
—¿Cómo te llamas? — le preguntó a Martina mientras tomaba una tortilla y la miraba con curiosidad.
—Me llamo Martina — dijo entre dientes.
—Se llama Martina, no quiero volver a escuchar que la llaman mugrosa o de cualquier otra forma despectiva ¿entendieron? —Les dijo a las tres sirvientas que estaban paradas frente a él — ya se pueden retirar y díganle a Amador que lo espero en el despacho apenas termine de almorzar.
Martina sintió una emoción en el pecho al escuchar que Rodrigo daba la orden de que no la volvieran a insultar, estaba segura que, a pesar de su carácter, ese hombre no era tan malo, algo le decía que podía confiar en él y que en ese lugar estaba segura y protegida.
Rodrigo no podía creer, el humilde plato con frijoles fritos, queso y salsa, era un manjar de los dioses. Nunca había probado algo tan rico, hacía años que había vivido en el extranjero y cuando volvió, Selena era una mujer con gustos muy refinados y prefería los platillos extranjeros. Las tortillas, no sabían nada mal, por el contrario, eran mucho mejores que el pan integral.