No eres, y nunca serás mi mujer.

1333 Words
Gastó casi todo el dinero que tenía en su cuenta personal contratando una firma de abogados para intentar revertir la sesión de derechos que Selena le había hecho firmar, pero no pudo conseguir nada. Todo estaba en orden y no había nada que él pudiera hacer para que le devolvieran lo suyo. De un día a otro se vio en la ruina y, sin embargo, lo que más le dolía era la actitud de Selena, que no desaprovechaba ninguna ocasión para burlarse de él. Fue la misma Selena quien le llevó el sobre con la documentación de la herencia de su abuelo. Una hacienda casi en ruinas, que desde hacía ya cinco años había dejado de dar ganancias, o al menos, eso era lo que reportaba el administrador. —No te preocupes cariño, no incluí esa hacienda en la sesión de derechos que me firmaste. No soy tan mala, puedes quedarte con ella para que al menos tengas dónde dormir. —¿Por qué me hiciste esto? Yo no he hecho otra cosa que amarte y confiar en ti — le dijo al recibir el sobre con los documentos que lo acreditaban como el dueño de “Los cafetales" —¿Alguna vez has escuchado historias sobre una gemela buena y una gemela malvada? Creo que solo elegiste a la gemela equivocada. Sus palabras no tenían sentido, pero en ese momento la odió y se juró a sí mismo que nuca más iba a volver a confiar en una mujer. Para él, ninguna mujer era merecedora del amor verdadero de un hombre. Con el poco dinero que le quedaba en su cuenta, tomó un avión a Veracruz, tenía que averiguar en qué condiciones se encontraba la hacienda y sobre todo necesitaba saber si tenía algún valor en el mercado. Lo más conveniente, era vender la hacienda y regresar a la ciudad para tratar de emprender un negocio, porque, en definitiva, debía trabajar para volver a hacerse de un patrimonio. Por fortuna encontró un taxi dispuesto a llevarlo a la hacienda por una cantidad razonable ya que no podía seguir derrochando o tal como se lo dijo Selena, terminaría durmiendo en la calle como un indigente. Desde que el taxi entró en los linderos de la hacienda, pudo ver que los cafetales estaban rebosantes de cereza y a una gran cantidad de campesinos transportando los costales hacia un camión. Eso le dio un poco de esperanza, quería decir que la hacienda seguía siendo productiva, solo tenía que averiguar quién o donde se quedaba el dinero de las ganancias. El taxi lo dejó en la puerta de la casa grande, al ver el auto una sirvienta salió a su encuentro. —Buenas tarde señor, si busca al patrón don amador no se encuentra, se fue al pueblo tal vez lo encuentre en la cantina. —¡Lleven mis maletas a la habitación principal! — ordenó viendo al taxi alejarse por el mismo camino por donde llegó. —¿Cómo? ¿A la habitación principal? ¿Pero quién es usted? Esa habitación es la habitación del patrón don Amador — dijo la mujer que claramente no sabía con quién estaba hablando. —¡Yo soy Rodrigo Sánchez Navarro! Soy el único dueño de esta hacienda y, por lo tanto, el único patrón. Y si quiere conservar su trabajo, es mejor que obedezca. Una mujer mayor salió y pareció reconocerlo, era quizá la única persona en la hacienda que se acordaba de él y por supuesto, Amador Salazar el capataz debía recordarlo ya que lo conoció en el sepelio de su abuelo. —¡Niño Rodrigo! — Gritó la anciana acercándose a él — Ahora si se le va aparecer el diablo a don Amador, él se siente dueño y señor, pero yo sabía que tarde o temprano ibas a venir a reclamar lo que es tuyo niño, eres la viva imagen de tu abuelo. Rodrigo le dirigió una sonrisa a la anciana, una sonrisa que más bien parecía una mueca, él no estaba feliz por estar ahí, estaba porque era lo único que le quedaba y por lo visto, iba a tener que hacer valer sus derechos contra el capataz de la hacienda. Recordaba perfectamente dónde estaba la habitación de su abuelo, y caminó hasta ahí, a los criados no les quedó otra que subir las maletas y obedecer sus órdenes. —Saquen todas las porquerías de Amador y cambien la ropa de cama, si es posible cambien también el colchón — ordenó tajante. —¿A dónde llevamos las cosas de don Amador patrón? —No sé, debe haber una casa del capataz, o un cuarto para sirvientes, Amador Salazar es solo empleado aquí, no es más ni menos que ustedes. Bajó y recorrió la casa con la mirada, estaba descuidada, le hacía falta mantenimiento, pintura, impermeabilización, cambiar los viejos y anticuados muebles, pero seguía siendo una hacienda esplendorosa. Fue directo a la cantina, él recordaba que su abuelo tenía una colección de botellas, pero todas estaban vacías, era evidente que alguien se había bebido todo el alcohol que había en la casa y no se había ocupado de surtir de nuevo la cava. —Voy al pueblo, cuando regrese no quiero ver nada de las porquerías de amador en mi habitación — ordenó y se dirigió hacia las caballerizas. Podía tomar una camioneta, pudo ver dos estacionadas frente a la casa, pero para llegar al pueblo en auto había que rodear la propiedad y el camino era sinuoso y largo, en cambio sí cruzaba los cafetales a caballo, era mucho más rápido. Caminó hacia las caballerizas y un peón cepillaba un caballo con muy buena pinta. —Ensíllame ese caballo, voy a salir — le ordenó al peón que no sabía quién era él. —Imposible señor, es el caballo favorito de don Amador y él no deja que nadie lo monte, solo lo monta cuando hay feria ganadera en el pueblo. —Yo soy el dueño de los cafetales, amador es mi sirviente igual que tú, y es mejor que obedezcas mis órdenes y aprendas muy bien quién es tu único patrón. El muchacho obedeció temeroso, Rodrigo recordaba muy bien cómo montar y dominar un caballo. De niño, disfrutaba recorrer el campo a caballo acompañando a su abuelo, sabía perfectamente cómo llegar al pueblo cruzando los sembradíos. Llegó al pueblo y fue directamente a la cantina, pidió una botella de tequila y se la tomó como si fuera agua, solo despegó la boquilla cuando sintió su garganta quemarse por el alcohol. Totalmente ebrio se sentó y pidió un vaso para tomar más despacio, necesitaba embriagarse para olvidar su estupidez al casarse con Selena. Se terminó la botella y pidió una más para llevar cuando un hombre entró arrastrando una jovencita de los cabellos. Por un momento estuvo a punto de levantarse para exigir que la soltaran, él no podía concebir un abuso así hacia una mujer. —No se meta joven, aquí es normal que los padres vendan a sus hijas, así es como se forman los matrimonios. Aquí no es como en la ciudad, aquí si le interesa una mujer, solo es cuestión de pactar el precio con el padre. Y si trata de impedirlo, puede terminar herido, o hasta muerto — Le advirtió el cantinero. Se giró para no ver la venta, aunque le seguía pareciendo inhumano hacer eso con cualquier mujer, y a pesar de estar ahogado en alcohol y odiar a todas las mujeres gracias a Selena, en el fondo deseaba poder hacer algo por liberar a esa chiquilla. Verla así, sentada sobre la cama, con la mirada triste y al mismo tiempo temerosa y confundida, le daba lástima, sentía compasión por ella y su amargado corazón no podía echarla a la calle. —Ve a la cocina, dejaré que te quedes pero no te me acerques— le dijo — No eres mi mujer, yo solo te compré para salvarte, pero no eres ni nunca serás mi mujer.
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