Capítulo 6

2077 Words
Corrí durante un rato hasta que comencé a sudar, el ejercicio me ayudó a liberar el estrés. Y si bien en algún momento me sentí secuestrada y obligada a estar en esta situación, ahora me sentía deseosa de más, de poder conocer a ese hombre misterioso y quizá hasta llegar a convertirme en su mujer. Seguí trotando por el sendero hasta que encontré un gimnasio a un costado de la casa, estaba abierto así que entré y al instante quedé maravillada, tenía todos los aparatos más modernos para ejercitar cada grupo muscular. Una vez en el barrio, entré al gimnasio para preguntar cuanto cobraban, siempre quise ser de esas chicas que se cuidan y tienen un cuerpo espectacular, pero cuando me dijeron el costo de la mensualidad supe que nunca me iba a alcanzar para un lujo como ese, así que la próxima vez que viera al patrón le preguntaría si podía usar los aparatos. El ruido de un objeto pegando contra me dio a entender que había alguien adentro, caminé hacia el lugar de donde provenía el ruido y casi se me caen los calzones al verlo. “Santa virgen de la papaya prieta” pensé, ahí estaba él, tenía un pantalón deportivo y tenis, pero no tenía camiseta, estaba sentado en un aparato para hacer ejercicio, creo que le llaman remo. Con cada movimiento los bíceps y los tríceps se le marcaban a la perfección, pero lo más sexy del mundo eran sus venas resaltando en sus antebrazos tensándole la piel, las pecas palpitando por el ancho de su fibrosa espalda y las gotas de sudor escurriéndole por su cuello. Nunca antes había visto a un hombre tan perfecto, era sencillamente divino. Me quedé por unos momentos observando el espectáculo de su cuerpo en movimiento, lo recordé llenándome la boca de su caliente semilla mientras se me caía la baba al verlo, estaba tan absorta en mis pensamientos que nunca me di cuenta del espejo que estaba en la pared. — ¿Lo quieres intentar? — Me preguntó, en ese momento caí en la cuenta de que me estuvo viendo todo el tiempo por el espejo. — Siempre quise ir a un gimnasio… ¿Puedo? — dije tratando de disimular que tenía las mejillas calientes y la entrepierna también al estarlo viendo. — ¿Los sabes usar? — Me preguntó refiriéndose a los aparatos. — Una vez tomé una clase muestra, me enseñaron a usar algunos, pero luego ya no pude ir, porque… no tenía dinero para pagar la suscripción. Se detuvo y se puso de pie, yo estaba temblando, no podía evitar sentirme intimidada por su presencia, ese imponente hombre me alteraba en todos los sentidos “me había pisado la sombra” diría mi madre. — A ver ven, inténtalo — Me tomó de la mano y sentí como si una corriente eléctrica me recorriera todo el cuerpo, era una sensación que no había sentido nunca antes en mi vida con ningún hombre. Me llevó hasta el aparato y me ayudó a sentarme, cambió el nivel de resistencia de los remos, porque obviamente yo no tendría la misma fuerza que él, el escalofrío que corría por mi cuerpo era incontrolable, sobre todo cuando se sentó detrás de mí y me abrazó para mostrarme cómo debía tomar las barras. Sentí su respiración en mi nuca e hizo que mi piel se erizara, maldición, ni siquiera podía concentrarme en lo que me decía, solo en lo que me hacía sentir. Tomó mis manos con las suyas y me enseñó la forma correcta de hacer el movimiento, cada vez que nos movíamos, yo sentía la dureza de sus ganas restregarse en mi coxis. Gemí cuando sentí su lengua recorrer mi cuello, soltó los remos y se abrazó a mi cuerpo, una de sus manos comenzó a masajear mis senos, y la otra se fue hasta mi entrepierna. — ¡Aaahgg! — Me hizo gemir más fuerte cuando metió su mano por dentro del pants y alcanzó mis labios completamente lubricados, permitiendo que sus dedos se deslizaran deliciosamente, subiendo y bajando a un ritmo perfecto. Un nuevo gemido salió de mis labios cuando sentí dos de sus dedos clavarse dentro de mí, arqueé mi espalda y me recargué en su torso, solté los remos y me sujeté de sus muslos para mover mis caderas en busca de más. Mi boca ya no pudo contener los gemidos, ante cada embestida de sus dedos iban en aumento, sobre todo cuando su otra mano se coló por debajo de la sudadera y se abrió paso debajo del top para pellizcar mi pezón que estaba hinchado y dolía por tanta excitación. — ¡Déjate venir para mí! — Me dijo al oído y sentí sus dientes clavarse en mi cuello, provocándome dolor, pero al mismo tiempo un enorme placer. Era una combinación de caricias calientes y perfectas, sus dedos dentro de mí tocando puntos sensibles que no sabía que tenía, su pulgar presionando mi botón rígido y mojado, podía escuchar el sonido que provocaba el movimiento de sus dedos gracias a mis fluidos, su otra mano masajeando mi seno y torturando mi pezón y su lengua, sus dientes y su aliento provocando estragos en mi nuca. — ¡Aaahgg! — Grité y mi cuerpo comenzó a convulsionar víctima del más delicioso orgasmo que hubiera tenido en mi vida, me dejé caer sobre su pecho con la respiración entrecortada. — ¡Patrón! Perdón que lo interrumpa, pero acaban de avisar que ya aterrizó la avioneta — gritó uno de los guarros desde la puerta. Sacó rápidamente sus manos de donde las tenía y se puso de pie, tomó una toalla que tenía se limpió las manos y la frente, se puso una sudadera. — ¡Metete a tu habitación y no salgas! ¿Entendiste? ¡Rápido! — Me paré y corrí hacia la casa, no entendí lo de la avioneta, en el jardín estaba el helipuerto, pero según yo, una avioneta necesitaba una pista de aterrizaje, así que seguramente la propiedad era mucho más grande de lo que se veía. Llegué corriendo hasta mi habitación con el corazón palpitando a mil por hora, necesitaba prepararme, pude sentir que su cuerpo había reaccionado, sentí el bulto duro restregarse contra mi coxis y también lo vi sobresalir del pants cuando me ordeno que me fuera, así que estaba segura de que esa noche me iba a visitar en mi habitación. Me metí a la ducha y me lavé muy bien, elegí un baby doll de seda, con una tanga a juego, me vi en el espejo, la tanga resaltaba mis nalgas firmes y paraditas, me puse una bata y me sequé el cabello, tomé un perfume que estaba en el tocador y me maquillé un poquito. La sirvienta llegó con mi cena: una hamburguesa, finalmente algo rico de comer, pero en vez de papas fritas, vegetales al carbón. Y el mayor fiasco me lo llevé al ver que en lugar de carne, la hamburguesa tenía un champiñón enorme, yo nunca los había visto de ese tamaño, pero bueno, los condimentos, el queso, el tomate y la lechuga, hacían que supiera como una verdadera hamburguesa. Me lavé la boca y la sirvienta fue por la charola. — ¿El patrón ya regresó? — Me atreví a preguntarle. — No, con él nunca se sabe, nunca le dice a nadie cuando va a volver, algunas veces no vuelve en semanas o incluso en meses. Se rio al ver mi expresión, pero era obvio, mi pregunta fue muy estúpida, se veía claramente que era un hombre que no le daba explicaciones a nadie. — ¿Te puedo preguntar algo? — Me atreví a decir, esa muchachita no me trataba tan mal como la Fiera y asintió — ¿Cómo se llama el patrón? Supongo que tiene un nombre, como todos nosotros. — No lo sé, yo nunca he oído que nadie le diga por su nombre, yo solamente he escuchado que todos le dice patrón, o señor. Le sonreí y se fue, tenía razón, todos ahí éramos sus gatos, incluso a mí me dijo que tenía que llamarlo señor, así que era normal que ella en su condición de empleada, nunca hubiera escuchado su nombre. Encendí el televisor porque pasaban las horas y él no volvía, me dio la media noche esperando, así que me di por vencida, lo apagué y me acosté a dormir, quizá vendría a despertarme como la noche anterior. Fue la Fiera quien vino a despertarme, con una noticia que no me esperaba. — ¡Levántate! Te van a llevar a tu casa. — ¿A… a mi casa? — Pregunté desconcertada, no entendía lo que estaba pasando. ¿Acaso no le había gustado tocarme? ¿Me estaba corriendo? Fue la Fiera la que sin querer me respondió mis preguntas, sacó una maleta del vestidor. — Escoge la ropa que te vas a llevar, ten este teléfono, el patrón te va a llamar cuando quiera verte, te vas a tu casa, pero hay varias reglas que tienes que seguir: » No puedes salir y mucho menos coger con nadie, ni hombres ni mujeres. » No puedes volver a ver a tu amiga Julia. » No puedes embriagarte ni drogarte. Vas a estar vigilada las veinticuatro horas del día, si desobedeces alguna regla, vas a recibir un castigo, con el patrón no se juega ¿Entendiste?» Nunca debes llamar al patrón, solo él te llamará para darte instrucciones, así que lo único que puedes hacer es esperar. Me sacó casi a patadas de la mansión, pero antes de subirme al coche, me dio un sobre con dinero. — Esto es para tus gastos. Si necesitas más, te acercas al guardia que te va a estar vigilando y le dices, esa es la orden del patrón. Me subieron a la camioneta y me vendaron los ojos, nuevamente me obligaron a ir agachada con la cabeza pegada al asiento. Me dejaron levantarme cuando la camioneta ya circulaba por avenida Reforma y después de varias vueltas, me dejaron afuera de mi casa. Me bajaron y me dieron mi maleta. — Tuviste suerte mi reina — Dijo uno de los guarros — No pues, si estás bien sabrosa. Me metí a mi casa jalando la maleta, mi madre estaba cocinando y mi padre no estaba. — ¡Ya llegué jefa! — Le grité para que me oyera hasta la cocina, pensé que iba a estar bien preocupada, pero fue todo lo contrario. — ¿Ya tan pronto mija? Pensé que te ibas a quedar unos días más — Su respuesta me desconcertó ¿Mi madre sabía dónde estaba? Pero entendí cuando ella misma me dio la respuesta — En el mensaje que me mandaste dijiste que te ibas de vacaciones con la Julia y aunque no me gusta esa muchacha, pues… Supuse que habían enviado ese mensaje desde mi celular por orden del patrón, eso me gustó, si no había querido preocupar a mis padres, seguramente no tenía intenciones de hacerme nada malo. Me metí a mi cuarto, saqué de mi ropero toda la ropa vieja de tianguis que tenía y guardé cuidadosamente mi ropa nueva, iba a extrañar las comodidades de la mansión, pero el iPhone nuevo que me habían dado me daba la certeza de que volvería a verlo. Cerré la puerta con seguro para evitar que mi madre me viera, para sacar el sobre con dinero, casi me voy de espaldas al ver que eran puros billetes de mil pesos nuevecitos, como si los acabaran de hacer. Los conté varias veces ¡Cien mil pesos! No podía creer lo que me estaba pasando, en ese momento me llegó un mensaje al celular. Número privado «Todavía eres mía, más te vale que no hagas pendejadas» Quise contestar, pero recibí un mensaje de que el número estaba restringido. Escondí el dinero entre mis ropas, tenía que pensar muy bien en qué lo iba a usar, porque no quería cometer la estupidez de gastarlo en pendejadas, ya encontraría la forma de darle un buen uso. Me fui a la sala para ver televisión, me asomé a la ventana y la camioneta de guarros seguía ahí, suspiré, estaba en mi casa, pero seguía siendo su prisionera, volví a ver el mensaje «Todavía eres mía» Me mordí los labios y sonreí “Y tú vas a ser mío papacito, o dejo de llamarme Carolina” Pensé.
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