El sacudón que le dio a mi cuerpo el delicioso orgasmo que me regalé, me dejó tan relajada que no pude más que quedarme dormida, saboreándome los labios.
No había pasado mucho tiempo cuando la Fiera entró a despertarme, tan tiernamente como solo ella podía hacerlo, abriendo las cortinas para que el sol me diera directo a la cara y gritando para taladrarme los oídos.
— Levántate rápido, báñate y vístete, el patrón no tarda en bajar a desayunar y quiere que desayunes con él. Tienes diez minutos, te puedes poner ropa informal, solo van a desayunar, él se tiene que ir pronto.
Me paré en chinga y me metí a la ducha, me lavé la boca y me vestí. Elegí una minifalda de jeans, una blusa blanca y para no perder tiempo, me puse las mismas sandalias de tiras amarillas, me había gustado cómo se veían mis pies, la pedicura francesa me los hacía ver sexys, cepillé mi cabello y lo sequé con la secadora, para que no escurriera, pero no me daba tiempo peinarlo con la plancha, me maquillé como me dijo el estilista y cuando la Fiera regresó por mí, ya estaba lista.
Caminé detrás de ella nerviosa pero excitada, era una mezcla entre emoción, miedo, nervios y deseos que no podía ni siquiera identificar, pero me temblaban las piernas, me sudaban las manos y mi florecita ardía en llamas.
Respiré profundamente antes de entrar en el comedor, él ya estaba ahí, pero estaba de pie frente al ventanal hablando por teléfono.
— ¡Mira Manuel, no te hagas pendejo! Sabes que estás donde estás gracias a mí, y si quieres seguir conservando tu poder te alineas, o te alineo. Tú decides — Su voz y la forma en la que daba órdenes me daba miedo, era de esos hombres capaces de someter a cualquiera con una sola orden, no sabía con quién estaba hablando, pero estoy segura de que ese tal Manuel, se había cagado en los calzones al escuchar esas palabras que claramente sonaron como una amenaza.
— ¡Que sirvan el desayuno! Ordenó y la Fiera fue corriendo a la cocina, yo me quedé parada esperando una orden para mí, no me atrevía a mirarlo a la cara, pero sentí su mirada recorriéndome.
—Siéntate — Me ordenó con una sola palabra, la mesa estaba puesta, así que me senté en el lugar disponible, dejando obviamente la cabecera de la mesa libre para él—Como te habrás dado cuenta, yo tomo lo que quiero, cuando quiero. No tengas miedo y mejor trata de disfrutarlo, si te portas bien nos vamos a divertir un rato y podrás volver a tu casa, incluso, si me gusta estar contigo, hasta podríamos seguir viéndonos después, lo único que tienes que hacer es obedecer. Me di cuenta de que te calentaste mamándomela, pero tienes que saber que solo yo decido si mereces que te de placer o no, y tu mamada no fue la mejor que he recibido, hay muchas cosas que vas a tener que aprender.
¿Cómo contestar a eso? Me quedé como pendeja sin saber qué decir, así que me armé de valor y dije lo primero que se me vino a la mente y que era, lo que en verdad sentía.
— Eso es muy egoísta de tu parte, yo no tengo experiencia hice lo mejor que pude, aun sin desearlo ¿cómo puedo disfrutar algo a lo que estoy siendo obligada?
Respiró profundamente e hizo una mueca de enojo.
— Tú, igual que todos en esta casa, te diriges a mí como señor, y no finjas que no lo deseas, o… ¿Me vas negar que justo ahora estás caliente y deseosa de que te la meta? — dijo metiendo la mano por debajo de mi falda.
Mi estómago se contrajo al sentir la fuerte mano llegar hasta mi entrepierna y lo peor es que no se equivocaba, estaba tan caliente que mis bragas estaban mojadas. No pude evitar un gemido cuando coló sus dedos haciendo a un lado el encaje y comenzó a moverlo.
— Yo…— Tragué saliva, pero en ese momento llegó la sirvienta con el desayuno, me sorprendí al ver que también había un chef. Me ruboricé porque se dieron cuenta de que él sacó su mano de debajo de mi falda.
Comenzaron a servir y él comenzó a comer sin inmutarse porque nos hubieran visto. Me sirvieron lo mismo que a él, un omelett de verduras, jugo, café y pan tostado.
Tomé el tenedor para empezar a comer, pero… por un segundo me quedé mirándolo, en mi casa no usábamos los cubiertos, comíamos directamente con la tortilla “sopeado”. Yo era de comer tacos, tortas y otro tipo de comida en la calle, la mayoría de las veces con las manos y si acaso con una cuchara.
Traté de usar el tenedor como si fuera una cuchara, porque tomé el cuchillo para imitarlo, pero sin darme cuenta, por los nervios, los tomé con la mano equivocada y no lograba que el omelett dejara de bailar en el plato al intentar cortarlo. Y es que las zanahorias estaban solo salteadas y parecía que no había manera de cortarlas porque estaban totalmente duras. Como pude, me comí solo el huevo que fue lo único que pude cortar solo con el tenedor.
No me atreví a mirarlo a los ojos, me intimidaba demasiado, pero sentía que me miraba como con curiosidad. En cuanto terminó su desayuno se levantó y se fue, no me dijo nada, nunca me había sentido tan ignorada en mi vida, ni siquiera por mi padre cuando parecía no darse cuenta de que existía.
La Fiera llegó y se burló de mí, por lo que me di cuenta de que nos estuvo espiando todo el tiempo.
—Ja, ja, ja, si serás pendeja, ¿te sentiste importante desayunando con él? Para mí que no pasas de esta noche, seguramente se quita la calentura hoy y mañana te bota, otras han conseguido hacer que se quede metido todo el día en la cama, pero tú ni siquiera logras que te mire.
En ese momento ya no pude más, estaba fastidiada de esa situación, me sentía dolida y humillada, quisiera decir que me trataba como a una basura, pero no, ni siquiera eso, me ignoraba como si fuera invisible.
— ¿¡Entonces para qué mierda me quiere aquí!? ¡Que deje que me largue! Ya estoy hasta la madre todo esto, no soy su juguete.
La mujer me agarró de la quijada encajándome los dedos.
—A ver si le bajas de color al pan putita. Para que lo sepas, sí eres un juguete o menos que eso; y aquí solo grita el patrón y cuando no está el, yo. Te vas comportando, o no respondo.
Me dolió tanto, que cuando me soltó sentí como si mi boca se hubiera quedado chueca y me seguía doliendo. Me llevaron a la habitación y me encerraron, comencé a llorar, ahora entendía qué los periquitos cantaban en la jaula, pero no era de felicidad. Me sentía enojada, triste, preocupada, tenía miedo y no sé qué más añadir, pero mi cabeza y mi corazón me dolían por estar en esta situación tan incierta y sí, no niego que seguía pensando que quería tener sexo con él, solo de pensarlo me calentaba, pero también me sentía muy, pero muy desdichada.
Llené la tina del baño y me metí, ya sabía cómo hacer las burbujas, al parecer era como una terapia muy relajante, una vez que estaba dentro del agua, era como si todo se me resbalara, mi cuerpo se relajaba, mi mente se despejaba y dejaba de pensar en todo, solo me concentraba en disfrutar la sensación.
Salí cuando escuché a la sirvienta llevándome la comida, así que supuse que el patrón no estaba en la casa, me llevaron un aguachile con galletas integrales, los camarones se veían bien, pero el pescado se veía rojo y me dio asco.
— ¿Eso no está descompuesto? — Pregunté y la escuincla se burló de mí.
— Es filete de atún fresco, así es el color — me dijo, pero no sabía si creerle, cuando se fue, le quité todo el pescado y me comí solo los camarones con las verduras, la verdad estaba muy rico, solo en ocasiones especiales mi madre compraba camarones, porque eran bastante caros. Me lavé la boca porque me había quedado el sabor a pescado y me puse un conjunto de pants y tenis, me hice una cola de caballo y me senté a ver televisión, tenía servicio de televisión de paga, así que encontré un canal de telenovelas antiguas, y me puse a ver una que había visto antes y me gustaba mucho, la vi durante horas, al menos cuatro o cinco capítulos, hasta que me quedé dormida.
Desperté cuando se abrió la puerta, me paré en chinga del sillón al ver que era él.
— ¿Estás aburrida? Me preguntó con una sonrisa que hizo que me derritiera, era la primera vez que lo veía sonreír, y que me hablaba como si yo fuera una persona.
— S…sí —tartamudee —Es muy aburrido estar encerrada.
— ¿Te gusta hacer deportes? — Preguntó haciendo un además con la mano, para referirse a la ropa.
— Sí, suelo hacer ejercicio viendo videos de You Tube y cuando iba a la prepa, me gustaba la clase de educación física, me gustaba el atletismo y el básquet bol.
— ¿Sabes jugar básquet bol?
— Bueno, si un poco, pero prefiero correr.
— ¿Te gustaría salir al jardín a correr un poco?
— Sí por favor, ya estoy muy cansada de estar encerrada.
— Si te dejo salir… ¿No intentarás escapar?
— No —bajé la mirada — Ya me dijo la Fiera lo que me puede pasar si lo intento.
— No hagas caso a todo lo que te diga la Fiera — dijo con una sonrisa que le iluminó el rostro, tenía los ojos como color verde oliva, desde donde estaba se le veían al menos de ese color —Bien, daré la orden de que te dejen salir al jardín, solo tienes que mantenerte dentro de la cerca, nunca trates de cruzarla o tendré que castigarte ¿entendido?
— Sí, entendido — Contesté y salió sin decirme nada más.
Mi corazón estaba acelerado, ¿Sería posible que dentro de esa fachada de hombre autoritario e intransigente hubiera un hombre gentil? Lo único que había comprobado era que no me gustaba, me encantaba demasiado, me moría por estar en la cama con él, que me estrujara en sus brazos y el recuerdo de su m*****o dentro de mi boca me empapaba solo de imaginarlo.
La Fiera llegó y abrió la puerta. Se veía que estaba furiosa.
— El patrón te dio permiso de salir, puedes andar por toda la casa y por el jardín, pero no debes entrar en las demás habitaciones de la planta alta, te limitas a lo que hay abajo y al jardín. Como él te dijo, no puedes cruzar la cerca, te recuerdo que hay guardias por toda la casa, si intentas cruzarla, van a disparar.
Salió y ya no le puso llave a la puerta, apenas se fue me preparé para salir, ya estaba bajando el sol, quería dar una vuelta por el jardín antes de que oscureciera, así que salí y bajé las escaleras despacio, como si temiera que en cualquier momento me fueran a ordenar que regresara, cuando bajé alcancé a escuchar la voz del patrón.
— No vuelvas a cuestionar una orden mía, ya sabes, que no tolero que me contradigan.
— Lo siento señor, no va a volver a pasar — dijo la Fiera en un tono muy sumiso, el miedo hizo que le temblara la voz.
— Vo…voy a correr un rato — dije con voz temblorosa y los dos me miraron, pero él caminó y entró en una puerta, que el parecer era un despacho y la Fiera se dio la vuelta y caminó hacia la cocina.
Salí al jardín y comencé a correr por los andadores, parecían los jardines de la Casa Blanca que había visto en televisión, estaban impecables, sencillamente hermosos, y en el centro había una plancha circular, que era donde aterrizaba el helicóptero, corrí durante quince minutos hasta que me topé con una cerca, la cerca prohibida, de cada lado había un guardia con un arma larga, de esas que les dicen cuerno de chivo, tragué saliva al ver hacia la construcción era la que se veía a lo lejos desde el balcón de la sala, parecía una bodega, con las paredes muy altas de concreto y no tenía ventanas, solo una pequeña puerta de acero.
Uno de los hombres me hizo una seña con la cabeza, yo lo entendí como un “lárgate” y no quise averiguar qué pasaría si desobedecía, “Carolina, no te pases de pendeja, mejor obedece” pensé y seguí corriendo.