Capítulo 2

1703 Words
Las horas corrían al ritmo de la música que se apoderaba de todo mi cuerpo, y yo, vibrante sacerdotisa del placer, recibo las manos del zorro que recorren mis piernas y mi trasero, ellas alimentan la euforia que me provoca la tacha que me había tragado, me tenía muy caliente como para andar disimulando. — ¿Qué onda mamacita? me tienes a mil, ya no aguanto las ganas de metértela hasta el fondo ¿Vamos al depa o qué? — No tan rápido papacito, la noche apenas comienza, quiero seguir bailando —Me di mi importancia para picarlo más, aunque estaba segura que yo tenía más ganas que él, pero según Julia, entre más tiempo lo hiciera esperar, más espléndido iba a ser con la propina, así que lo hice esperar un ratito más. Brindamos y me senté en sus piernas para que sintiera la firmeza del culo que estaba a punto de comerse, y para que viera que la hembra que estaba a punto de cogerse no es cualquier cosa. Mi cuerpo  de excelencia se cotiza por cada milímetro de su extensión, mi carne tiene calidad de exportación y  cada puto centavo que me diera, es ganancia en placer neto. Porque sí, estoy tan buena como para que me paguen por coger. Y si bien es cierto que lo disfruto también me gusta la buena vida, y lo que gano como empleada en la tienda de abarrotes, no me alcanza para ni un poco de la buena vida. Salimos de ahí casi a la dos de la mañana, cuando busqué a Julia no estaba por ningún lado, ella y el Sami se nos habían adelantado, agarré el pomo que quedaba, era un whisky caro como para desperdiciarlo, así que me llevé la botella. Mientras estábamos esperando que el valet parking llegara con la camioneta del zorro nos agarró la calentura otra vez. Y casi que hicimos un round a puro besos y toqueteos de no ser por las dos camionetas negras con vidrios polarizados que se detuvieron. Cuatro guarros armados se bajaron haciendo que al zorro se le cayeran los calzones, y hasta se le bajó la peda por el susto. — ¿Qué pedo? ¿Qué se traen cabrones? — Les preguntó tratando de controlar sus nervios, pero estaba más pálido que un fantasma. — Usted se calla chamaco — dijo uno de los hombres y la respiración del zorro volvió a la normalidad, igual que su color — nos vamos a llevar a la morra, parece que el patrón la quiere probar tantito. — ¿¡Qué!? No ni madres, yo no voy con ustedes, díganle a su patrón que yo elijo con quien coger y me quedo con el zorro. ¡Diles que no me voy a ir con ellos! — Le dije al zorro ya un tanto asustada cuando me tomaron de los brazos. — Mira mamacita, te lo diré simple: si quieres seguir vivita y coleando vas a tener que coger con él, total qué tanto es tantito, eso no se acaba. Ya luego nos desquitamos tú y yo. — ¡No! no mames, no dejes que me lleven, no seas puto, cabrón ¿no que muy hombrecito? — Se me quebró la voz del miedo, al no saber lo que me esperaba con ese hombre que no conocía. — No chilles mamacita, el patrón es más hombre que este mocoso baboso, vas a salir ganando mi reina — dijo el gigantón que me arrastraba hacia la camioneta con tanta tranquilidad que ni siquiera parecía que yo me esté resistiendo con todas mis fuerzas; chillé, supliqué y casi me tiré al suelo a patalear como niña chiquita, pero no conseguí que me soltaran, esos gigantes que no se inmutaban por nada, ejecutaban una orden de su patrón con toda seriedad. Por la ventanilla de la camioneta vi cómo el zorro se quedaba parado como pendejo sin hacer nada, incluso se encogió de hombros como diciéndome “ni modo”. Durante un tiempo dimos vueltas por la ciudad, las luces me deslumbraban y yo comencé a sudar frío, se me había pasado el efecto de la tacha, el alcohol en mi sangre se había cortado por el susto y se me revolvió el estómago al grado de querer vomitar. — A ver mamacita, es mejor que cooperes o te voy a tener que dar un madrazo para que te alivianes — Dijo el hombre sentado a mi derecha obligándome a voltearme para colocar un paliacate en mis ojos a manera de venda. Entendí que iríamos hacia un lugar que no querían que yo reconociera, después de vendarme los ojos, me obligó a inclinarme y casi metió mi cabeza ente las piernas del otro hombre. — Estás bien, bien, buena mamacita, ojalá y el patrón se canse pronto de ti para que nos deje sabrosearte un buen rato. — Por favor — supliqué llorando —Déjenme ir, no dejen que me haga daño. — ¡Ay mi chula! Es que el patrón pone la bala justo donde pone el ojo, ya le gustaste y no hay manera de que te libres de él. Pero no tengas miedo, ya verás que no te la vas a pasar tan mal, hay un chingo de viejas que darían lo que fuera por estar en tu lugar y si le gusta coger contigo, chance y te disfrute por un rato, te aseguro que hasta saliste ganando. La última vez que vi por la ventana estábamos dando vueltas por paseo de la Reforma, alcancé a ver el ángel de la independencia, la camioneta siguió dando muchas vueltas, y ya estaba toda torcida de estar en esa posición. No sé si fue mi miedo o qué, pero me pareció que la camioneta estuvo andando durante horas, Ciudad de México es la quinta ciudad más grande del mundo y es muy fácil perderse, incluso para personas que viven aquí. Estaba temblando de frío, de miedo  e incertidumbre, cuando por fin llegamos, ahí el pavor  que me dominaba creció hasta el infinito. La camioneta se detuvo luego de unas breves maniobras para quedar bien estacionada, me obligaron a bajar y en ese momento me quitaron la venda. Pude ver claramente que estaba una mansión a todo lujo ubicada en alguna zona bien alta, porque desde donde estaba parada, las luces de la ciudad parecían luciérnagas bien chiquitas y quietecitas. Me tomaron por el brazo y me arrastraron hacia adentro, me quedé con la boca abierta al ver tanto lujo, que solo había visto en las telenovelas, los pisos de mármol, los candelabros de cristal, los jarrones, las esculturas y los cuadros en las paredes, cada parte de ese lugar, sin duda debía valer una fortuna, eran cosas que ni en sueños pensé en llegar a ver de cerca. Por más que vi a mi alrededor, no veía quien de todos esos hombres podía ser el patrón, todos tenían pinta de guarros, lo que si vi y me dio miedo, fue que todos llevaban tremendas pistolotas. De algún lugar salió una mujer, era una mujer madura, como de unos cuarenta años, supuse que era algo así como una sirvienta o una ama de llaves; noté que estaba muy mal encarada, como si estuviera enojada. — ¿Y esta? ¿Trajeron la nueva putita del patrón? — Y al acercarse vi una horrible cicatriz en su rostro que le corría desde el ojo hasta la comisura de los labios. — Pues, aunque no te guste fiera — dijo uno el hombre que me tenía sujeta por el brazo y no me soltaba, ya debía tener sus dedos bien marcados en el brazo — Las órdenes del patrón fueron que la prepares como tú ya sabes. — Mmm, ya ni la chinga, cada vez cae más bajo, antes al menos elegía mujeres de mejor calidad. A esta se le sale lo corriente por los poros. — Ja, ja, ja, como se ve que te arde que no te invite a su cama, pero ni modo, obedeces y te aguantas porque esta es la que quiere y a él no se le lleva la contraria. Ah, se me olvidaba que si lo sabes, la rajada de tu cara te lo debe recordar a cada rato. Me dolió el estómago al ver que me encontraba en las manos de un hombre desalmado, por las palabras del guarro intuí que había sido “el patrón” quien le había hecho semejante cicatriz a esa mujer. — Ok, ya saben lo que tienen que hacer. La llevan a la habitación de siempre, ya saben, la de las putas. ¡Y tú te metes a bañar! En el vestidor del baño hay toallas y ropa, ponte lo que quieras, y más te vale que obedezcas porque voy a subir a revisar que te hayas lavado bien el culo. Me arrastraron hasta una habitación que era enorme, casi del tamaño de mi casa completa, había una cama extra grande, una pequeña sala y un sillón tántrico, de esos que se ven en los videos en You Tube, así que sabía perfectamente para qué servía, tragué saliva al imaginar que ese hombre podría ser de esos depravados que tienen morbos extremos al tener sexo. Me dejaron encerrada con llave, me habían quitado mi bolso y no tenía manera de avisar a mi casa, mucho menos para pedir ayuda, además no tenía ni idea de dónde estaba, lo único que sabía era que era algún lugar de la ciudad o el estado de México. Me asomé por la ventana, y no había manera de salir de ahí, aparte de estar en una planta alta, las ventanas tenían barrotes, así que respiré profundamente, lo único que me quedaba era hacer todo lo que me dijeran, esa era la única forma de salir con vida de ahí. Solo esperaba que el famoso patrón no fuera de esos violentos a los que les fascina golpear a las mujeres antes de coger, porque una vez a Julia uno de sus clientes, la mandó al hospital de la chinga que le puso. —Ni modo Carolina, ponte flojita y cooperando mija — Me dije a mi misma y me metí a bañar.
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