Cuando entré al baño me quedé dura como una estatua y con la boca abierta de la impresión. Ese baño era más grande que mi habitación, había una tina enorme, un tocador con doble lavabo (también doble regadera). Todo brillaba en blanca pulcritud al igual que el filo del mejor acero, y el piso en la ducha contaba con el fino detalle de estar formado con piedras blancas de río. Nunca en mi vida siquiera imaginé que alguna vez me iba a poder bañar en un lugar así.
Me hubiera encantado meterme a la tina en un baño de burbujas como lo había visto en las telenovelas, pero no tenía idea de cómo llenarla, así que me desvestí y me metí a la ducha, el agua caliente me calmó un poco los nervios y me ayudó a dejar de temblar, el shampoo y el jabón para cuerpo que había en el baño eran de las mejores marcas, carísimas, comprar uno como esos, se llevaría al menos mi sueldo de una semana, sino más.
Cuando salí de bañarme abrí las puertas del closet, en realidad llegué a pensar que estaba soñando, había una gran cantidad de ropa de mujer sin uso, con las etiquetas puestas, abrí un cajón y la ropa interior de encaje era divina, elegí un coordinado color azul eléctrico y una bata de seda del mismo color. Para ese momento mi miedo ya se había convertido en curiosidad, ese hombre tenía un gusto exquisito para elegir ropa de mujer, así que yo ya había aceptado mi destino, y lo mejor era no resistirme, así tendría más posibilidades de salir con vida de ahí y total, abrir las patas no era tan difícil, si me había cogido al feto, bien podía con un ruco panzón, prieto y cara de sapo.
Me estaba cepillando el cabello cuando se abrió la puerta de golpe, la fiera, como le llamaron los guarros a la mujer, entró acompañada de una mujer vestida de enfermera, pero igual de pinche fea y mal encarada que la fiera.
— Acuéstate — me ordenó tajante, yo asentí con la cabeza y caminé hasta la cama, las sábanas de seda se sentían frías, pero muy suaves y despedían un delicado perfume que me hizo desear envolverme en ellas, no es que yo fuera muy obediente que digamos, pero me daba miedo que me metieran mis putazos.
La enfermera preparó una aguja, y yo por un momento pensé que me iba a inyectar algo.
— ¿Qué me va a hacer? — Pregunté asustada, temí que fueran a drogarme, necesitaba estar en mis cinco sentidos para estar alerta y darme cuenta de todo lo que pasaba a mí alrededor.
— ¿Creíste que el patrón se iba a revolcar con una cualquiera sin revisarla primero? No mamacita, antes te van a hacer análisis para ver que no tengas nada que le puedas contagiar, te van a sacar sangre y te van a revisar el culo también.
— ¿E…el culo? Yo… yo nunca lo he hecho por ahí.
— Pues te vas a estrenar del chiquito mija, vete preparando para saber lo que es amar a dios en tierra de indios.
La enfermera asintió con la cabeza, me puse nerviosa, porque siempre he sido bien coyona para las agujas y las inyecciones, pero estaba segura de que si me rehusaba, mi vida corría peligro, o al menos me iba a ganar una madriza y, de cualquier forma, me obligarían a hacerlo. Después de sacarme varios tubos de sangre del brazo la enfermera me ordenó quitarme las bragas y abrir las piernas.
— ¿Cuándo fue tu última menstruación? — Preguntó y sacó una libreta para anotar.
— Hace tres días que me dejó de bajar — dije un poco avergonzada, no eran temas de los que me gustaba hablar y menos con desconocidas.
— ¿Cuándo fue la última vez que tuviste sexo? Sin mentir, me daré cuenta si lo haces — dijo mirándome fijamente.
— Hace como veinte días.
— ¿Tienes un novio fijo? O son solo clientes ocasionales.
— ¡No soy prostituta! — Exclamé indignada — No tengo novio, solo lo hago cuando el chico me gusta.
— ¿Cuántas veces has cogido con el zorro? — Me preguntó la fiera.
— Nunca, iba a ser la primera vez, no lo conocía.
— Cómo se llama y dónde podemos encontrar al wey con el que cogiste la última vez.
— ¿Eso qué chingados les importa? — pregunté ya irritada por tanta pendejada, pero la enfermera movió la mano donde tenía la aguja provocándome dolor.
— Contesta lo que te están preguntando — Ordenó haciéndome chillar de dolor.
— No sé cómo se llama, le dicen “el feto” es el dueño del bar “los potrillos” que está en la plaza Garibaldi.
La fiera salió de la habitación y la enfermera me tomó una muestra de la v****a, nunca me habían hecho un Papanicolaou, esperaba no tener ninguna enfermedad, hasta ahora, siempre había cogido con condón, y no es que tuviera mucha experiencia, antes del feto, estuve con otros dos chavos y ya, pero uno nunca sabe con quién se mete y por lo visto, “el patrón” quería estar seguro de que no lo iba a contagiar de nada, antes de dejármela ir, tragué saliva al recordar que la fiera dijo que me daría por el culo, la Julia me dijo que la primera vez que se la metieron por ahí casi se muere del dolor.
Por último, me tomaron una muestra de la garganta y de la nariz.
— Ya te puedes dormir, el patrón vendrá hasta que tengamos los resultados de todos los estudios así que descansa, porque no querrás que te encuentre desvelada y apestando a alcohol, en el baño hay todo para que te laves la boca.
La enfermera se fue y escuché como cerraban la puerta con llave, era una prisionera en una fina jaula de oro y no tenía forma de escapar, así que no me quedaba de otra que aceptar mi destino y tratar de disfrutarlo. Apagué la luz y me metí entre las sábanas, estaba muy cansada, pero me costó mucho quedarme dormida.
La fiera abrió las cortinas dejando que el sol me diera directo a la cara, me dolía la cabeza por la resaca y por el efecto de la tacha, no lograba abrir los ojos porque me lastimaba la luz y tenía un sabor amargo en la boca.
— Levántate y desayuna, luego te bañas y te preparas, vas a tener visitas.
— ¿Visitas? ¿Yo? — no entendía, ¿Quién podría visitarme a mí en ese lugar?
— El patrón quiere que bajes a cenar con él, va a venir un estilista para peinarte y maquillarte y también una chica de un SPA, para depilarte y dejarte todo como a él le gusta. Me dio un ligero escalofrío, esa noche al fin iba a conocer al hombre que se estaba tomando todas esas molestias para coger conmigo.
Entró una sirvienta, era una escuincla más joven que yo, llevaba una charola con un desayuno que se veía delicioso, frutas caras que mi madre no compraba porque no le alcanzaba para tanto, yogurt griego, nueces, almendras, jugo, pan tostado y café (no la estaba pasando tan mal después de todo), me dejaron sola para que desayunara y me dieron el control de la televisión que estaba en la sala, la encendí y le dejé en el canal que veía mi mamá, estaba su programa “caso cerrado” justamente, el programa hablaba de una prostituta, una mujer que se quejaba de que uno de sus clientes se la cogió por atrás y le provocó que parte del recto se saliera por el ano, tragué saliva y mejor apagué la televisión, comencé a sudar al escuchar lo que me esperaba, trataba de no pensar en eso pero no podía, casi no pude probar bocado, estaba todo muy rico pero mi mente me traicionaba y me llegaban imágenes a la cabeza que me hacían sentir un hueco en el estómago del miedo.
Cuando la sirvienta regresó por la charola, le pedí que me enseñara a llenar la tina del baño, ella se rio, ha de ver pensado que de plano era muy chunda como para no saber abrirle a la llave del agua, porque cuando vi que solo giró la manija, me sentí como una boba.
— Si quiere que haga espuma, solo debe colocar una pastilla de estas —Sacó lo que parecía un jabón de barra de un cajón en el tocador y lo dejó caer en el agua, rápidamente las burbujas comenzaron a llenar la tina.
Me metí al agua y estaba deliciosa, caliente, pero sin llegar a quemar, la espuma se sentía suave y el perfume, era exquisito, el baño hizo que me relajara y me olvidara por un momento de lo que me esperaba. Solo me dediqué a disfrutar mi estancia en ese lugar, me sentía como una princesa, como una Barbie.
Recordé cuando era niña y mi madrina me regaló una muñeca Barbie, yo le hacía su tina en una jícara con agua y le hacía la espuma con detergente roma, alguna vez lo vi en una telenovela y se me hacía como un sueño.
La primera en llegar fue la chica del SPA, no me preguntó qué quería que me hiciera, ella ya sabía a lo que iba.
Me revisó las axilas y aunque yo recientemente me las había rasurado, ella me pasó la cera para dejarlas más suaves, también las piernas, el rostro y por último, depilado brasileño, maldición, duele horrible, yo nunca me había depilado ahí, pero me tuve que aguantar, menos mal me colocó una crema refrescante que evitó que se me irritara la piel, luego manicura y pedicura, tampoco me dejó elegir el color del barniz, francés en los pies y nut en las manos, aunque debo reconocer que no eran precisamente los colores que yo hubiera elegido, a mí me gustaban los colores intensos y los decorados de fantasía, pero… supuse que así le gustaba al patrón y me sorprendí al ver que se me veían muy bien, hasta lo sentí elegante.
Cuando ella se fue, llegó el estilista, me cortó el cabello y me lo planchó haciéndome algunas ondas, me maquilló de una forma muy natural, resaltando mis ojos y me dejó en el tocador una paleta de sombras y tres labiales.
— Si te quieres maquillar, solo debes usar esos tonos y máscara de pestañas, entre más natural, más bonita te verás.
— Le sonreí, los colores se me hacían muy tristes, yo amaba los labiales rojos y las sombras azules y fucsias. Cuando le dije que si no me podía dejar un labial rojo me dijo “Mi reina, tu no decides, tenemos órdenes que cumplir”.
Eso fue lo que me supuse, yo no era libre ni siquiera de elegir cómo pitarme la trompa, ese hombre sí que debía ser un enfermo mental, de esos obsesivos compulsivos.
Cuando el estilista se fue, la fiera regresó.
— ¿Todavía no te vistes? ¿Acaso quieres que te venga a vestir yo? El patrón no tarda en llegar, anda ponte cualquier vestido del closet.
Abrí la puerta y no sabía cuál ponerme, había muchos vestidos, largos, cortos, pantalones, faldas, blusas.
— E… es…es que no sé qué ponerme.
— Puta madre, para eso me gustabas, a ver quítate — Sacó un vestido corto, blanco de cuello alter, sacó unos zapatos rojos de tacón, pero me quedaron grandes, así que me dio unas sandalias de tiras amarillas, y de un cajón sacó unos aretes del mismo color que los zapatos. Me vestí rápidamente y salí tras ella.
Mis piernas parecían de gelatina y mi estómago estaba revuelto, además me moría de hambre porque había desayunado muy poquito.
— Aquí espérate — me dijo y se quedó parada al pie de la escalera como si fuera un soldado, así que la imité y me paré un paso atrás de ella.
El ruido del helicóptero aturdió mis oídos, a través de la ventana vi cómo el pájaro de acero descendió en medio del jardín, no podía verlo desde donde estaba, pero dos hombres corrieron hacia él, uno de ellos le quitó un portafolio de las manos y mi pecho estaba a punto de estallar, de miedo y de curiosidad, había llegado el momento de conocer al patrón.