6. No has comprendido hasta qué punto me enloqueces. [Parte 1]

1231 Words
6. No has comprendido hasta qué punto me enloqueces. Matheo. — ¡Kacey! — La llamo, apoyando las manos sobre mi escritorio, intentando con todas mis fuerzas controlar mi temperamento. —¿Señor? — Ella aparece en mi oficina a trompicones, sosteniendo la libreta con fuerza contra el pecho. Sus ojos lucen alarmados, y sospecho que estos últimos tres días lidiar conmigo no ha sido nada fácil. — Envíale un correo electrónico a Defne y pídele que venga inmediatamente a hablar conmigo. Kacey me mira con tanta confusión que, inevitablemente, me enfurezco aún más por la ridícula situación en la que me encuentro. — Señor, ¿y por qué no lo hace desde su propio correo electr...? — Hazlo — repito en voz baja, intentando controlar mi rabia, pero sin lograrlo. Al final, suspiro suavemente —: Por favor. Kacey me sigue mirando extrañada por mi petición, pero sale a hacer lo que le he pedido. Paso las manos por mi rostro, tratando de despejarme y calmar un poco la ira que siento. Pero, ¿cómo demonios Defne se atreve a bloquear mi correo? Siguen rebotando; los correos que le envío a mi subordinada siguen rebotando porque ella me ha descartado. A mí, el puto dueño de la compañía. Su jefe. Cuando Kacey vuelve a entrar y me mira con cautela, ya sé que Defne se ha negado a venir. Es que ni siquiera sé por qué lo intento, maldita sea. — Joder — murmuro por lo bajo y me pongo de pie, yendo directamente hacia la chica que cada día saca más mi mundo de su órbita. Ella se mete con tanta facilidad bajo mi piel. Recuerdo el frío sentimiento que me invadió cuando anunció su renuncia, y luego la ira cuando entendí que me estaba ignorando. Me descoloca, me lleva a los extremos de cada emoción, de un lado a otro, tambaleándome a su antojo. Lo intento, intento armarme de paciencia —lo juro que lo intento—, pero cuando pasan cosas como estas, me ciego totalmente y sólo me importa llegar a ella. Así que al diablo con los ojos curiosos que me observan marchar a toda prisa por el departamento de diseño. No me importa que los demás estén mirando. Sólo me importa ella. Y la veo. La encuentro. Allí está Defne. Exactamente como supe que estaría: con su cabello suelto y desordenado, los rizos cayendo sobre su rostro mientras rebusca entre los post-it de colores de su cubículo; el cubículo más desordenado de toda la planta. Pasando una mano por mi boca para ocultar la sonrisa amarga que quiere escaparse, me agacho hasta su altura y susurro en su oreja, asegurándome de que mis labios rocen su piel —: En mi oficina. Ahora. Defne brinca en su silla y se queda mirando fijamente al frente, inmóvil, mientras respiro en su cuello ese aroma que me está enloqueciendo. — Estoy ocupada. — Defne... — Respondo ante Scarlett, no ante usted. Me río, pero estoy seguro de que no hay alegría allí. Con que así es como irán las cosas. Para ser una mujer que ha estado detrás de mí desde que me conoció, Scarlett realmente ha llevado a Defne bajo su ala. Por un segundo me pregunto si es una estrategia suya, pero descarto la idea de inmediato al recordar cuán enfática ha sido sobre lo talentosa y necesaria que es Defne en su equipo. Aunque siempre sospeché que Scarlett solo me ha perseguido por ambición, no porque realmente le guste —Dios sabe que no hay ni una pizca de atracción entre nosotros—, esto lo confirma. Scarlett me quiere por lo que puedo aportar a su carrera, a pesar de lo enfáticamente que le he dejado en claro que no me involucro con mis empleados. Me río de nuevo porque, ¿qué rayos? Aquí estoy, detrás de este pequeño y brillante petardo, rompiendo todas mis reglas y fuera de mí, todo porque lleva tres putos días ignorándome. — Resulta que Scarlett me responde a mí, así que, si no quieres meter a tu superior en problemas, te sugiero que levantes ese lindo culito y me sigas a mi oficina. — No. — Defne... — Matheo... — Defne, resulta que recordé un rasgo de mí que había olvidado — llevo con lentitud su cabello hacia atrás, exponiendo más su cuello, sin importarme quién esté mirando. Con los ojos fijos en su perfil, me inclino un poco más y susurro —: siempre consigo lo que quiero, Buttercup, sin importar los métodos que tenga que usar. Y te quiero en mi oficina. Ahora. — No. — Lo juro por Dios, Defne — mi voz baja un tono, peligrosa —, voy a ponerte sobre mi hombro y sacarte de aquí frente a todos, sin importarme una mierda delatar lo desquiciado que me vuelvo cuando se trata de ti. — No lo harías. — Pruébame. Por fin gira el rostro y me mira; sus ojos lucen tan furiosos que sé que la llevo al límite, igual o más de lo que ella me lleva a mí. Nos miramos fijamente durante varios segundos, retándonos a ceder, ambos plantados en nuestras posiciones, sin dar el brazo a torcer. Entonces empiezo a escuchar los murmullos a nuestro alrededor y sé que más tarde me arrepentiré de esto, pero justo ahora sólo quiero tenerla a solas. Sólo eso, joder. Me importa una mierda dar de qué hablar; me vale si los demás descubren cuán desquiciado me tiene, no me importa si rompo mi intachable reputación por ella. Defne ignorándome se acaba hoy. Justo ahora. Cuento hasta tres y, cuando ella sigue sin moverse, asiento, porque así es como ella lo quiso. La tomo de la mano y la pongo de pie, ignorando los jadeos a mi alrededor. Cuando me agacho para subirla sobre mi hombro, Defne retrocede un paso y dice, alto y claro —: ¡Bien! — Adelante — señalo frente a mí, invitándola a seguir. La miro en silencio avanzar frente a mí, caminando más rápido de lo que debería, con un movimiento brusco de caderas que deja claro que hace esto en contra de su voluntad. Casi tropieza con dos personas en su triunfal recorrido, pero ambas veces la sujeto del codo, estabilizándola. Mentalmente me recuerdo pedirle a Kacey que envíe un correo a todos, advirtiéndoles que, si mi nombre o el de Defne llega a los medios en forma de chisme amarillista, va a haber despidos. Cuando entramos en mi oficina, le señalo la silla para que se siente, pero ella se queda de pie, con los brazos cruzados en medio del lugar, esperando a que hable sin siquiera dignarse a mirarme. Apoyo mi cadera contra mi escritorio y la miro, igualmente cruzado de brazos mientras contemplo las posibilidades de salir con vida si voy allí y limpio el ceño fruncido de su boca con un beso. Cierro mis ojos y tomo un respiro, eliminando el pensamiento de mi cabeza. — Defne, eres mi empleada — le recuerdo —. Si te pido que vengas a mi oficina, tú vienes a mi oficina. — Si le desagrado tanto, ¿por qué simplemente no se mantiene alejado de mí? Retrocedo ante su pregunta, sorprendido de que sea tan directa y que me hable de usted de nuevo, cuando ya habíamos dejado eso atrás hace mucho.
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