Capítulo:4

923 Words
Elena salió de casa con el corazón acelerado y el currículo apretado entre las manos, como si de eso dependiera que no se le escapara el futuro. Tenía diecinueve años, demasiados sueños y la sensación constante de llegar tarde a todo. El autobús, el semáforo eterno, el tacón que decidió traicionarla esa mañana… todo parecía conspirar en su contra. Cuando por fin entró al café, el murmullo suave del lugar contrastó con su respiración agitada. Olía a café recién molido y a oportunidades que no siempre se repetían. Miró el reloj: cinco minutos tarde. Perfecto, pensó. Avanzó con rapidez sin mirar bien al frente y, de pronto, chocó contra alguien. —¡Oye! —dijo una voz firme. Elena levantó la vista apenas un segundo. Un hombre alto, traje oscuro, mirada seria. No se detuvo. —Fíjate por dónde caminas —añadió él, molesto. Ella se giró, ya de espaldas, con la sangre caliente. —¡Tal vez si no estuviera plantado en medio del camino! —respondió, sin disculparse—. No tengo tiempo. Gabriel Montoya la observó alejarse, incrédulo. No estaba acostumbrado a que le hablaran así. Mucho menos sin pedir perdón. Frunció el ceño, pero algo —una mezcla extraña de carácter y caos— se le quedó dando vueltas en la cabeza. Elena llegó a la mesa indicada, se acomodó el cabello como pudo y entregó su currículo con manos temblorosas. Contestó las preguntas con honestidad, sin adornos, sin fingir más de lo que era. Cuando terminó, no sabía si había hecho lo suficiente. —Le avisaremos —le dijeron con una sonrisa amable. Salió del café con una mezcla de alivio y decepción, convencida de que aquel era solo otro intento fallido. Minutos después, Gabriel se sentó en la misma mesa. Tomó el currículo que habían dejado allí y leyó el nombre. Elena… Levantó una ceja al reconocer la universidad. La misma a la que él se había cambiado recientemente. Sonrió apenas, como quien entiende que el destino acaba de jugar su primera carta. —Interesante… —murmuró. Y sin saberlo, Elena acababa de entrar no solo a una posible entrevista, sino al inicio de una historia que cambiaría su vida El sonido de la campanilla del café volvió a romper la calma minutos después de que Elena se marchara. Gabriel aún sostenía el currículo entre los dedos cuando una voz conocida, cargada de confianza y burla, resonó detrás de él. —Así que aquí te escondes. Gabriel levantó la vista y, por primera vez en la mañana, sonrió de verdad. —Alejandro. Alejandro Alvarado entró con paso seguro, esa seguridad que solo tienen quienes se saben en casa en cualquier lugar. Alto, sonrisa fácil, mirada viva. A su lado iba Susana Santillana, elegante sin esfuerzo, con una serenidad que contrastaba con la energía inquieta de él. Tomada de su brazo, observaba todo con atención, como si siempre leyera más allá de lo evidente. —Llegamos anoche —dijo Alejandro mientras se sentaba frente a Gabriel—. Pensé que tardarías más en aparecer. —El trabajo no espera —respondió Gabriel, dejando el currículo sobre la mesa. Susana lo notó de inmediato. —¿Entrevistas? —preguntó, inclinándose un poco para leer el nombre. —Una candidata —contestó Gabriel, sin saber por qué bajó la voz—. Bastante… particular. Alejandro arqueó una ceja, divertido. —Eso suena interesante viniendo de ti. Gabriel no respondió. Miró el papel una vez más, como si aquel nombre hubiera quedado grabado más allá de la tinta. Susana sonrió con suavidad. —Cuando alguien te deja pensando, no suele ser solo por trabajo. Gabriel se levantó, ajustándose el saco. —Vamos a la oficina. Les contaré luego. Alejandro tomó la mano de Susana y se puso de pie. —Perfecto. Tengo el presentimiento de que este viaje va a ser más entretenido de lo que pensábamos. Y sin saberlo, los cuatro acababan de entrar en un mismo tablero, donde la amistad, el amor y las decisiones empezarían a cruzarse de formas inevitables. Elena llegó a casa cuando el sol ya empezaba a caer, tiñendo las paredes de un naranja cansado. Cerró la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera despertar sus propias dudas. Se quitó los zapatos en la entrada y caminó descalza hasta su habitación, arrastrando el cuerpo pero no el ánimo. Se dejó caer sobre la cama, mirando el techo, respirando hondo. Estaba agotada. No solo del día, sino de intentar, de insistir, de demostrar que merecía una oportunidad. Pensó en el café, en las preguntas, en la mirada atenta de quienes la entrevistaron. Recordó también aquel choque incómodo con el hombre del traje oscuro. Frunció el ceño. —Qué tipo tan arrogante… —murmuró, aunque algo en su voz no sonó del todo convencido. Se sentó despacio y tomó el teléfono. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Aun así, sonrió levemente. Había hecho lo que pudo. Y, por primera vez en mucho tiempo, eso le bastaba. Sacó el currículo que había guardado de copia, lo alisó con cuidado y lo dejó sobre el escritorio, como un recordatorio silencioso de que no estaba rindiéndose. Se duchó, dejando que el agua se llevara el cansancio del cuerpo, pero no las ganas. Al salir, se envolvió en una camiseta vieja, cómoda, y se asomó a la ventana. La ciudad seguía viva, llena de historias ocurriendo al mismo tiempo que la suya. —Tal vez mañana —susurró. Se acostó temprano. Cansada, sí. Pero con una esperanza pequeña, tibia… suficiente para quedarse.
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