Gabriel y Alejandro se conocían desde antes de los trajes, los títulos y las responsabilidades. Se habían hecho amigos cuando aún creían que el mundo se podía conquistar con ideas y café barato. Desde entonces, la complicidad entre ellos era tan natural como respirar.
—Todavía no entiendo —dijo Alejandro, apoyado en el escritorio de Gabriel— cómo alguien que estudia arquitectura se niega a tocar una constructora ni con un lápiz.
Gabriel levantó la vista del plano que fingía revisar y sonrió de lado.
—No me niego. Me protejo.
Alejandro soltó una carcajada.
—Eso mismo dijo mi terapeuta antes de casarse.
Gabriel se levantó, caminó hasta la ventana y miró la ciudad que crecía sin pedir permiso. Edificios por todos lados, grúas, ruido… presión.
—La constructora de mi familia no es solo una empresa —dijo, más serio—. Es una herencia llena de expectativas. Mi padre quiere que diseñe edificios que vendan rápido, no espacios que respiren. Quiere números, no ideas.
Alejandro lo miró con atención. Él sabía leer esos silencios.
—Y tú quieres crear, no repetir.
Gabriel asintió.
—Estudio arquitectura porque amo diseñar, pensar, imaginar. Pero la constructora… —hizo un gesto con la mano— ahí todo tiene un molde. Y yo no encajo bien en moldes.
Alejandro sonrió, orgulloso como solo un amigo de verdad puede estarlo.
—Por eso montaste tu propio camino. Por eso prefieres empezar desde abajo, aunque podrías tenerlo todo servido.
—Exacto —respondió Gabriel—. No quiero que nadie piense que estoy aquí por mi apellido.
Alejandro dio un golpecito en el escritorio.
—Tranquilo. El día que te metas en la constructora será porque tú quieras, no porque te empujen.
Gabriel lo miró, agradecido.
—Y tú estarás ahí para recordarme quién soy cuando se me olvide.
—Siempre —respondió Alejandro—. Para eso están los amigos… y para reírse de tus crisis existenciales.
Ambos rieron.
Porque antes que socios, eran hermanos elegidos.
Y esa lealtad, más sólida que cualquier edificio, era la base que sostenía todo lo demás.
Alejandro estaba más inquieto de lo normal. Gabriel lo notó desde que entraron al despacho y, para no variar, decidió provocarlo.
—No paras quieto —dijo Gabriel—. ¿Café malo o nervios?
Alejandro suspiró y se pasó la mano por el cabello.
—Susana.
Eso lo explicaba todo.
—¿Qué hiciste ahora?
—Nada… todavía —respondió, sonriendo como un adolescente—. Estoy pensando en pedirle matrimonio.
Gabriel se giró con sorpresa genuina.
—¿Hablas en serio?
—Más que nunca. Con ella todo tiene sentido. No me imagino la vida sin Susana.
Gabriel sonrió, sincero.
—Ella es especial. Te equilibra… y eso no es fácil.
Alejandro asintió, pero luego ladeó la cabeza, mirándolo con picardía.
—Hablando de equilibrio… ¿tú no tienes novia?
Gabriel soltó una risa corta.
—No.
—¿Nada de nada? —insistió—. ¿Veintitrés años y cero planes sentimentales?
—Exactamente —respondió Gabriel—. Cero dramas, cero compromisos, cero explicaciones.
Alejandro cruzó los brazos.
—Eso suena más a huida que a libertad.
Gabriel lo miró con calma.
—No todos necesitamos lo mismo al mismo tiempo. Tú encontraste a Susana. Yo todavía estoy intentando encontrarme a mí.
Alejandro se quedó en silencio unos segundos.
—¿Y tus planes? —preguntó al fin—. Trabajo, amor, familia… algo. No puedes vivir siempre improvisando.
Gabriel respiró hondo.
—Quiero hacer las cosas a mi manera. Terminar la carrera, diseñar algo que valga la pena, no repetir la historia de mi padre. Y cuando llegue alguien… —hizo una pausa— que llegue de verdad.
Alejandro sonrió, satisfecho.
—Entonces no estás vacío. Solo estás esperando bien.
—Exacto.
Alejandro se levantó y le dio una palmada en el hombro.
—El día que te enamores, Gabriel Montoya, no va a ser suave. Va a ser un terremoto.
Gabriel rió, sin imaginar cuán cerca estaba esa predicción de cumplirse.
El campus despertaba con su ruido habitual: risas, pasos apurados, mochilas cayendo al suelo y el murmullo constante de estudiantes creyendo que lo tenían todo bajo control. Para Elena, era solo otro día… o eso intentaba convencerse.
Caminaba entre los edificios con una libreta contra el pecho y la mente aún atrapada en la entrevista del día anterior. Había dormido poco, pero algo en su pecho seguía encendido. Una sensación extraña, como si estuviera esperando algo sin saber qué.
Entró al edificio de Arquitectura y buscó asiento en el aula. Siempre le gustaba llegar temprano, observar, escuchar. Allí se sentía pequeña, sí, pero también llena de posibilidades.
La puerta se abrió minutos después y el murmullo cambió de tono.
Gabriel entró hablando con un profesor. Llevaba una camisa clara, sin saco, y el mismo aire seguro del hombre del café… solo que ahora estaba fuera de lugar. O mejor dicho, él era el lugar.
Elena levantó la vista…
y el mundo se le detuvo un segundo.
—No… —susurró, casi sin voz.
Era él.
El mismo hombre con el que había chocado.
El mismo al que había insultado sin pensar.
Gabriel recorrió el aula con la mirada distraída hasta que se cruzó con unos ojos que ya conocía. Se quedó inmóvil apenas un instante. Suficiente.
La chica del café.
Elena bajó la mirada de golpe, el corazón desbocado. Quiso desaparecer, cambiar de carrera, de universidad, de planeta.
Gabriel sonrió apenas, como quien entiende que el destino no tiene ningún sentido del humor… o tal vez demasiado.
—Buenos días —dijo el profesor—. Hoy tenemos un estudiante nuevo que se integra al grupo.
Gabriel dio un paso al frente.
—Gabriel Montoya —se presentó—. Espero no llegar tarde a nada importante.
Elena tragó saliva.
Demasiado tarde, pensó.
Porque en ese instante, sin quererlo, sin buscarlo, sin planearlo…
todo acababa de comenzar