No podía mirarlo.
O sí podía, pero no debía.
Elena fijó la vista en su libreta como si de pronto las líneas en blanco fueran el tema más interesante del mundo. Sentía el corazón golpeándole el pecho con una fuerza absurda. Respira, se repetía. Es solo un compañero más. Mentira.
Escuchaba al profesor hablar de estructuras, de conceptos, de equilibrio y funcionalidad, pero las palabras se mezclaban entre sí, perdiendo sentido cada vez que la voz de Gabriel intervenía desde algún punto del aula.
Porque sí, hablaba.
Y cuando lo hacía, lo hacía con seguridad. Sin alardes, sin necesidad de imponerse. Eso la desconcertaba más que su presencia.
Arrogante, pensó.
Pero la palabra ya no le encajaba del todo.
Anotó cualquier cosa solo para mantener las manos ocupadas. Cada vez que levantaba la vista por inercia, ahí estaba él: concentrado, serio, como si no existiera nadie más. Y aun así, Elena sentía —lo sabía— que la estaba evitando con el mismo esfuerzo que ella.
Cuando el profesor pidió opiniones, Elena dudó. Siempre participaba. Siempre.
Pero esa vez… algo la frenó.
Gabriel habló antes.
Su respuesta fue clara, inteligente, bien estructurada. Elena apretó los labios. No le gustó admitirlo, pero tenía criterio. Y eso la irritó más de lo que esperaba.
Genial, pensó. Encima de todo, piensa bien.
El profesor sonrió, satisfecho.
—Buen punto, Montoya.
Elena sintió una punzada inexplicable. ¿Celos? No. Imposible.
¿Orgullo herido? Tal vez.
Cuando la clase avanzaba, el ambiente empezó a relajarse. El murmullo volvió, las miradas se dispersaron, y Elena, poco a poco, comenzó a olvidar el choque, el café, la prisa… hasta que el profesor hizo la pregunta que la obligó a alzar la mano.
Habló. Clara. Precisa. Con la pasión de quien ama lo que estudia.
Y entonces lo sintió.
La mirada de Gabriel sobre ella. Atenta. Interesada.
No la juzgaba. No la provocaba.
La escuchaba.
Eso la descolocó más que cualquier comentario.
Cuando terminó la clase y el profesor se despidió, Elena guardó sus cosas con rapidez. Necesitaba salir de allí antes de que él dijera algo. Antes de que ella hiciera algo.
Se levantó. Dio dos pasos hacia la puerta… y su mochila se enganchó en la pata de una silla.
—¿Siempre sales huyendo de las clases o solo cuando hay gente conocida? —preguntó una voz tranquila detrás de ella.
Elena cerró los ojos un segundo.
Demasiado tarde, pensó otra vez.
Se giró lentamente.
—¿Perdón?
Y en ese instante, Elena supo que ya no había marcha atrás.
No estaba huyendo —dijo Elena, cruzándose de brazos—. Simplemente terminé la clase.
Gabriel ladeó la cabeza, observándola con una calma que a ella le resultó irritante.
—Curioso. En el café también parecías tener mucha prisa.
Elena sintió el golpe directo al orgullo.
—Mire —respondió, marcando cada palabra—, no sé quién se cree que es, pero no me debe explicaciones ni yo a usted.
—No he dicho eso.
—Pero lo piensa.
Gabriel sonrió apenas. No una sonrisa amable. Una peligrosa.
—Pienso que eres impulsiva.
—Y yo pienso que usted es arrogante.
Silencio.
Un silencio cargado, denso, incómodo… vivo.
Gabriel dio un paso más cerca.
—Tal vez —dijo—. Pero también pienso que no pides disculpas porque no sabes hacerlo sin sentir que pierdes.
Elena apretó la mandíbula.
—Y yo pienso que analiza demasiado a personas que no conoce.
Se dio la vuelta antes de que él pudiera responder. No iba a quedarse ahí. No iba a seguir ese juego extraño que no entendía y que, peor aún, le aceleraba el pulso.
Dio tres pasos.
Cuatro.
Entonces su teléfono sonó.
Elena se detuvo, fastidiada, y contestó sin mirar la pantalla.
—¿Aló?
—¿Elena? —dijo una voz que reconoció de inmediato, aunque no esperaba escuchar—. Le habla Gabriel Montoya.
El mundo se le detuvo.
Frunció el ceño, lentamente… y se dio la vuelta.
Ahí estaba él.
Con el teléfono en la mano.
Mirándola.
Exactamente igual de sorprendido que ella.
—Sí… soy yo —respondió, sin poder apartar la mirada.
—La llamo del la cafetería dulce sabor —Ayer dejaste tu currículum —continuó él, con un tono más profesional, aunque sus ojos decían otra cosa—. Necesitamos a alguien en el turno de la tarde. Si sigues interesada, el trabajo es tuyo..
Elena abrió los labios, pero no salió sonido alguno.
—Si está de acuerdo —añadió—, la espero hoy a las tres de la tarde en la cafetería.
Tragó saliva.
—Sí… sí, claro —logró decir—. Ahí estaré.
Colgaron.
Ninguno se movió.
El pasillo seguía lleno de estudiantes, pero para ellos dos no existía nadie más.
—Así que… —murmuró Elena al fin— ¿usted me acaba de contratar?
Gabriel bajó el teléfono lentamente.
—Parece que sí.
Se miraron.
Largo.
Intenso.
Como si ambos entendieran al mismo tiempo que aquello ya no tenía vuelta atrás.
—Nos vemos a las tres —dijo él, al fin.
Elena asintió, dio media vuelta y siguió caminando…
con el corazón completamente fuera de control.
Porque acababa de aceptar un trabajo.
Y sin darse cuenta, algo mucho más peligroso.