43. Planeaba dejarla I

916 Words
Lilian Caballero Roberto Abad era un hombre que imponía con solo entrar a un lugar. No hacía falta que hablara, su sola presencia llenaba el espacio como una sombra pesada y magnética. Era atractivo, sí, de ese atractivo arrogante que sabe que lo es, y lo usa a su favor. Se encontraba en esa edad de los treinta donde los hombres parecen sentirse invencibles, seguros de sí mismos y de lo que pueden conquistar. Y yo… yo era parte de su objetivo, para mi desgracia. Lo notaba en su mirada depredadora, en ese gesto ladino que me dedicaba cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Pero yo no iba a caer. No necesitaba un hombre como él en mi vida. Yo ya tenía al novio perfecto. Volteé hacia Miguel, quien me sonrió con esa dulzura que siempre me desarmaba. Su rostro iluminado por la emoción del festejo me hizo sonreír también; me sentía afortunada. La idea de organizar esta cena para su cumpleaños había sido mía y verlo tan feliz era la mejor recompensa. Mi corazón se hinchó de orgullo y ternura al mirarlo. De pronto, Miguel se acercó a mí. Su mano firme me sujetó por la cintura, mientras la otra acarició mi cuello con una posesividad inusual. Me besó con más intensidad de la que solía hacerlo, con un ímpetu que me sorprendió. Ambos estábamos de pie, y sentí cómo me rodeaba con fuerza, como si temiera perderme. —Me encantas, amor, gracias por esta fiesta… —susurró contra mis labios. Le devolví el beso, probando el sabor del vino que aún permanecía en su boca. Me encantaba verlo así, entregado, posesivo. No era común en él; por lo regular, Miguel era relajado, tranquilo, hasta un poco reservado con las demostraciones en público. Tal vez el alcohol le había soltado las riendas, pero no me importó. Pensé que debía aprovechar ese arrebato para hacer de esta noche algo inolvidable. ¿Quién sabía cuándo volvería a tenerlo así, tan desinhibido, tan mío? Miguel comenzó a recorrer mi cuello con besos ardientes, sus labios rozando mi piel como si quisiera devorarme ahí mismo. —Cielos, Lily, ¡Miguel te quiere cenar aquí mismo! —escuché la voz de Amanda, una de nuestras compañeras de trabajo. Ella siempre se mostraba más amiga de Miguel que mía, y aunque me hablaba con cortesía, yo sabía bien que lo hacía más por ser la hija del dueño del hospital que por genuino afecto. Sonreí, entre divertida y avergonzada, mientras lo miraba con ternura. —Creo que bebiste demasiado, amor —murmuré apartándolo un poco para recuperar el aire. Y entonces lo sentí. Esa mirada. Alcé los ojos y, a lo lejos, encontré los de Roberto fijos en mí. Su presencia me recorrió como un escalofrío. No había nada indebido en lo que hacía, pero aún así, un extraño sentimiento de culpa me atravesó. Bajé la vista de inmediato, tratando de ignorar esa sensación invasiva. —No sé qué me pasa —dijo Miguel de repente, su respiración agitada, sus ojos encendidos de un modo extraño—, siento mucha adrenalina y me estoy poniendo demasiado caliente. Necesito desnudarte… ¿Por qué no nos vamos de aquí? Me quedé helada, observándolo con sorpresa. —Pero… apenas son las diez, ¿por qué no esperamos un poco más? Eres el festejado. Noté cómo su rostro comenzaba a perlase de sudor. Llevé mi mano a su frente; su piel estaba fría, como si algo no estuviera bien. —¿Te sientes bien? —pregunté con preocupación. Él asintió con una vehemencia exagerada y se apartó de mí de golpe. Tomó una de las botellas abiertas de vino y, sin pensarlo, comenzó a beber con una desesperación que jamás le había visto. Bebía y bebía, sin detenerse, como si quisiera apagar algo que lo consumía por dentro. Lo miré atónita, incapaz de comprender su comportamiento. Nunca había visto a Miguel así. Al buscar una respuesta, mis ojos se cruzaron con los de Ana, que lo observaba con la misma incredulidad que yo. Mientras tanto, el resto de los invitados gritaban al unísono, entre risas y aplausos: —¡Fondo… fondo… fondo! Y en medio de ese bullicio festivo, yo sentí que algo no estaba bien. Al fondo, la música suave y elegante que acompañaba la velada se interrumpió de golpe. La música ligera y agradable de baladas fue reemplazada por los golpes intensos y repetitivos de un reguetón que hizo vibrar el salón. Mis ojos recorrieron el lugar hasta detenerse en Roberto. Estaba sentado en la barra, con esa seguridad altanera que lo caracterizaba. Al notar que lo miraba, levantó su vaso en mi dirección, dedicándome una sonrisa cargada de burla, como si todo lo que ocurría en ese instante no fuera más que un espectáculo montado para su disfrute. Un mal presentimiento me atravesó como un rayo. Me giré de inmediato hacia Miguel, tomándole el rostro con desesperación. Su piel ardía, pero al mismo tiempo un sudor frío le perlaba la frente. Sus mejillas estaban encendidas y su mirada perdida, como si estuviera atrapado en un mundo del que yo no podía rescatarlo. Seguía moviéndose al ritmo de la música, incapaz de detenerse. Algo no andaba bien. —Tenemos que irnos antes de que hagas una locura —le dije con firmeza, tomándolo de la mano. Él negó con una risa extraña, casi infantil. —No quiero, me estoy divirtiendo… baila conmigo, Lily. Vamos a pasarla bien antes de que me vaya…
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