Todo mi cuerpo se tensó. Retrocedí un paso, helada.
—¿Qué dices?
Sentí a Ana acercarse por detrás, su mano tibia tocando mi brazo.
—¿Está todo bien, Lily? Miguel parece extraño.
—Pareciera que está drogado y dice incoherencias, Ana —respondí con el enojo atascado en la garganta, casi escupiendo las palabras.
Ana se inclinó hacia él con cautela, como si enfrentara a un paciente en estado crítico.
—¿Qué tomaste, Miguel? —preguntó con voz suave pero firme.
Miguel intentó apartarla de un manotazo torpe. Arturo apareció de inmediato, tensando la mandíbula.
—¡Oye! No la toques de esa manera… —gruñó, interponiéndose.
—Todos ustedes son unos aburridos… —bramó Miguel antes de, con dificultad, subirse a la mesa.
La imagen fue grotesca. A simple vista podría parecer un borracho más haciendo un show, pero yo lo conocía demasiado bien. Esa no era la ebriedad normal. Su rostro, su mirada, su sudor… todo me decía que no era el alcohol el que lo dominaba. Soy médico, y no se puede engañar a un médico.
De pronto, comenzó a cantar la canción a todo pulmón, al igual que los demás invitados que lo ovacionaban con risas. El restaurante entero parecía volcado en esa absurda celebración. Un mesero, animado por la presión del público, le entregó un micrófono de karaoke.
—¡Hoy cumplo años! —gritó eufórico, levantando los brazos. El lugar entero estalló en aplausos y vítores.
Yo, en cambio, sentí que todo se estaba yendo al carajo. Esta no era la noche que había imaginado. Mis manos se cerraron en puños hasta que las uñas me dolieron contra la piel.
—Hay una cosita más que tengo que decirles… —la voz de Miguel volvió a llamar la atención de todos—. Soy médico y hace unos días me aceptaron para una beca en Madrid. Haré mi especialidad allá. ¡Los voy a extrañar tanto!… En especial a ti, mi bella y sexy novia.
El mundo se me vino encima. Mi rostro se descompuso en un segundo; sentí un nudo formarse en mi garganta, seco, asfixiante. No pude reaccionar. Solo busqué a Ana con la mirada, y ella se acercó a mí, apretando mi mano con fuerza.
—Lily… —susurró con compasión.
—Él no me lo había dicho… —alcancé a soltar, con voz quebrada.
Miguel continuaba hablando sin sentido, desvariando entre frases coherentes y otras ininteligibles, pero yo ya no lo escuchaba. Solo podía pensar en lo que acababa de decir.
Con el corazón latiendo desbocado, me dirigí hasta donde estaba Enrique, su mejor amigo. Lo miré directo a los ojos, fuera de mí.
—¿Es cierto lo que está diciendo Miguel? Tú debes saberlo, eres su mejor amigo. Dímelo, te exijo que me lo digas.
Enrique tragó saliva, nervioso, su rostro descompuesto.
—Lily, yo… es que… él dijo que te lo diría hoy. No entiendo por qué se ha puesto así. Tal vez los nervios… Esa beca es algo que él estuvo esperando por mucho tiempo.
Asentí con frialdad, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con el dolor. Me iba a dejar. El muy maldito me había ocultado algo tan importante… ¿Desde cuándo?
—¿Desde cuándo lo sabe? ¿Y cuándo se tiene que ir? ¡Dímelo o te juro que mañana mismo me encargaré de despedirte del hospital! —escupí las palabras, desconocida de mí misma. Nunca había usado el poder de ser hija del dueño del hospital para intimidar a alguien, pero ese momento era distinto. La desesperación me arrastraba.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, y mi voz se quebró en súplica.
—Por favor, Enrique… dime la verdad.
Él bajó la mirada, derrotado.
—Lily… Miguel se va en dos días.
Dos días.
El suelo pareció desvanecerse bajo mis pies.
Algo dentro de mí se rompió en mil fragmentos silenciosos. Me giré y vi cómo dos tipos fortachones de seguridad se abalanzaban sobre Miguel; lo sujetaron por los brazos y lo arrastraron hacia la salida mientras las demás gritaban, desconcertadas, preguntando por qué se lo llevaban. El murmullo del restaurante se convirtió en un zumbido ahogado en mis oídos.
Uno de los guardias, con voz firme y profesional, explicó que el local era exclusivo y que no se toleraban actitudes tan vulgares. Sus palabras se perdieron entre el dolor que me recorría el cuerpo como un frío punzante.
—¡Lily haz algo! —gritó Amanda— ¡es tu novio!
—¡Lily! —corearon las demás.
Sentí todas esas voces como lejanas, como si alguien hubiera subido el volumen de la realidad para luego apagarlo de golpe. Ana, que había permanecido cerca, fue la única que parecía entender la tormenta que me devoraba por dentro. Sus ojos buscaron los míos con una ternura que me clavó un alfiler en el pecho. La miré, y con voz que se me rompía, le dije:
—Yo me largo Ana, quiero estar sola.
—Pero Lily…
—No te preocupes por mí, estaré bien.
No sonó sincero ni para ella ni para mí, pero era lo que pude articular en ese momento. Salí del restaurante como si caminara por una pasarela de vidrio, con la sensación de que el suelo podía ceder bajo mis pies en cualquier instante. Afuera, la noche me recibió con el tráfico y las luces de la avenida, y por un momento pensé que caminar hasta encontrar un taxi sería el remedio: ir a casa, encerrarme en mi cuarto y llorar hasta vaciarme.
Las lágrimas, sin permiso, comenzaron a deslizarse por mis mejillas mientras caminaba por la banqueta. Cada paso era un latigazo de vergüenza y de traición: el hombre que amaba, o al que había amado, me había humillado delante de todos; y en dos días me iba a dejar. Si no fuera por la sustancia que lo dominaba, no lo habría dicho. Era un cobarde. Y yo… yo me sentía una maldita tonta.
Apenas había recorrido unos metros cuando algo frío y húmedo rozó el lateral de mi cuello. Antes de que pudiera reaccionar, una mano cubrió mi nariz con un paño impregnado de olor químico y dulzón. Fue un golpe sordo contra mi respiración; el aire se volvió espeso, el mundo se inclinó y, por un segundo vertiginoso, traté de aferrarme a la calle, a las luces, a un nombre.
La visión se empañó. El ruido se volvió lejano. Intenté gritar y no salió nada. Sentí mis piernas fallar y el suelo aproximarse como si me llamara a dormir. Un último pensamiento, nítido y aterrador, cruzó mi mente: no quiero caer.
Y luego, la oscuridad.