Ana Paula Lago
Después de ver a Lily marcharse con el corazón hecho trizas, sentí un vacío en el pecho que me oprimió hasta la garganta. Mi amiga, siempre tan fuerte, altiva y llena de luz, ahora parecía una sombra rota que apenas podía sostenerse en pie. Me giré entonces hacia Arturo. Sus ojos me buscaron, reflejando una mezcla de compasión y gravedad.
—Ella estará bien, se ve que es una mujer fuerte. Lamento mucho lo que le hicieron pasar —dijo, y su voz, serena, pero firme, me transmitió algo de calma.
Mordí mi labio inferior para contener las lágrimas que amenazaban con asomarse.
—Me duele verla así… Lily siempre es tan alegre y orgullosa de sí misma. Arturo, ¿podríamos regresar al departamento, por favor? Necesito saber que ha llegado bien a casa.
Él asintió sin dudar, con esa seguridad que me hacía sentir acompañada.
—Sí, por supuesto, vamos.
En ese instante, como si el destino se empeñara en recordarme que nunca nada era sencillo, Amanda apareció entre nosotros. Sus pasos resonaron seguros, y su sonrisa destilaba coquetería. No había duda en su mirada: Arturo se había convertido en su nuevo objetivo.
—Arturo, mi teléfono… —ronroneó con un guiño descarado—. Llámame, cielo.
Observé atentamente la expresión en el rostro de él. Arturo sonrió apenas, en un gesto educado que no delataba más. Pero cuando notó que yo lo estaba mirando, carraspeó nervioso y guardó su tarjeta en el bolsillo de su saco. El gesto me dejó una espina clavada. ¿Tenía intención de llamarla después?
Amanda era una mujer guapísima, segura de sí misma. Además de su belleza, tenía un futuro brillante: era médico con especialidad en ginecología. A su lado, yo no podía evitar sentirme pequeña, opacada. Yo apenas era médico general. Aún no había tenido la oportunidad de estudiar una especialidad porque, desde que me titulé, todo lo que ganaba lo invertí junto con Carlos en los ahorros y en los muebles para el departamento que él había comprado. Habíamos planeado un futuro juntos, un hogar, una vida entera compartida… pero nada de eso sucedió. Todo mi sacrificio se había esfumado al igual que su vida.
Suspiré, tratando de espantar esos recuerdos que aún dolían como si fueran recientes. Quizá ahora, después de todo lo que había pasado, podría enfocarme en mí misma, en mi carrera, en mi futuro. Podría pensar en realizar la especialidad que siempre había soñado. Pero sabía que el camino no sería fácil. Una especialidad requería dinero, y yo no provenía de una familia privilegiada que pudiera sostenerme económicamente. Mis padres eran trabajadores incansables, sí, pero lo poco que tenían lo habían invertido siempre en darnos una vida digna a mí y a mi hermana.
…
Todo el camino de regreso a casa estuvimos en silencio. El sonido del motor y el cruce de las luces de la ciudad eran lo único que nos acompañaba. Yo no podía dejar de pensar en Lily, en su rostro descompuesto al marcharse, en lo rota que se veía por dentro. Mi pecho estaba apretado de preocupación. Mientras miraba por la ventana cómo pasábamos calle tras calle, mi corazón latía con fuerza, rogando que, al llegar, ella ya estuviera segura en casa.
Cuando nos detuvimos frente a la puerta del departamento, sentí un leve temblor en las manos. Respiré hondo y me giré hacia él.
—Gracias por traerme, Arturo —susurré.
Él asintió con un gesto tranquilo, pero yo, incapaz de sostener demasiado tiempo su mirada, dejé que mis ojos se desviaran sin querer hacia sus labios. Fue un instante, apenas un segundo, pero bastó para que un revoloteo extraño, casi doloroso, me estallara en el estómago. Alarmada, desvié la mirada y solté un comentario al azar, intentando disimular.
—Le agradaste a Amanda, quedó fascinada contigo.
—¿A quién? —preguntó confundido.
—La chica, con la que platicabas, la rubia —aclaré, sintiéndome torpe.
Él hizo un movimiento con la cabeza, como quien busca en la memoria.
—Ah, sí… ella. No es mi tipo. —Una mueca de desagrado se dibujó en su rostro.
Y entonces, sin previo aviso, sentí su mano posarse en mi cintura. Su cercanía me estremeció, como si una corriente eléctrica me recorriera la piel. Arturo se inclinó hacia mí, y pude ver que sus ojos ya no eran los mismos de antes: estaban oscuros, dilatados, fijos en mí con una intensidad que me desarmó. Sentí el instinto de retroceder, pero terminé acorralada entre la pared y su cuerpo. Mi respiración se agitó, descontrolada.