46.La tentaba II

795 Words
—Ana… dejando de lado el espectáculo del novio de Lily y la manera en que la cena terminó, me agrada tu compañía —dijo con voz grave esbozando una media sonrisa, casi un susurro que vibró dentro de mí. Su mirada bajó a mis labios por una fracción de segundo, lo suficiente para que yo me quedara helada, inmóvil, como una cachorrita asustada. —Eres la mujer más atractiva que he conocido, lo digo en serio. Abrí los ojos como platos, sorprendida. Quería decir algo, cualquier cosa, pero mi voz estaba atrapada en mi garganta. Él se inclinó un poco más, y el calor de su aliento rozó mi piel. Cuando estuvo a punto de rozar mis labios, giré la cara bruscamente, presa del pánico. Su otra mano subió hasta mi barbilla, firme pero cuidadosa, obligándome a volver mi rostro hacia él. Mi respiración era errática, entrecortada. —Yo siempre obtengo lo que deseo, Ana. He aprendido a tener paciencia. Sé que estás pasando por la etapa del duelo… yo también ya la viví. Pero no hay dolor que dure cien años… —susurró, y sus ojos volvieron a fijarse en mi boca con descaro—. Nos vemos en el colegio de Lisa. Buenas noches, doctora Lago. Lo vi dar media vuelta y alejarse con paso decidido. Quizá se había enfadado por mi reacción, pero en ese momento lo único que quise fue entrar cuanto antes al departamento. Cerré la puerta tras de mí con manos temblorosas y me recargué en ella, sintiendo cómo mi corazón golpeaba con violencia. Lo que realmente me importaba era que, cuando estuvo a punto de besarme, algo dentro de mí —muy profundo, muy oculto— deseaba que lo hiciera. Pero justo entonces la imagen de Carlos, su sonrisa, su recuerdo intacto, irrumpió en mi mente como una daga, y fue eso lo que me hizo apartar el rostro. Todo esto era un tormento. Yo nunca había dudado del amor que sentía por Carlos… hasta ahora. Encendí rápidamente todas las luces, una tras otra, hasta que la sala quedó bañada en un resplandor casi sofocante. El silencio de la casa se volvió más pesado con cada bombilla encendida. Caminé directo a la habitación de Lily, pero la cama estaba intacta y el aire frío del cuarto me devolvió el vacío que ya sentía en el pecho. Con las manos temblorosas marqué su número, apretando el móvil contra mi oído. La llamada no tardó en mandarme directo a buzón. El sonido metálico del buzón de voz me apretó el corazón. Respiré hondo y escribí un mensaje con rapidez, apenas viendo las palabras mientras mis dedos se movían sobre la pantalla: “Lily, por favor contéstame. Necesito saber que estás bien o voy a tener que llamar a tus padres y a la policía. Estoy angustiada por la manera en que te fuiste del restaurante. Amiga, sabes que puedes confiar en mí, te quiero mucho.” Lo envié. Comencé a caminar en círculos alrededor de la mesita de centro, mis pasos resonando en el piso como un eco de mi propia desesperación. La ansiedad me secaba la garganta, así que fui a la cocina y llené un vaso de agua. Lo bebí de un solo trago, como si pudiera tragarme también el nudo que tenía en el estómago. Al final, sin encontrar consuelo, regresé a mi habitación y me acurruqué en la cama, abrazando una de las almohadas contra mi pecho. Fue entonces cuando el móvil vibró entre mis manos. El nombre de Lily apareció en la pantalla. Con el corazón, latiéndome fuerte, abrí el mensaje: “No te preocupes por mí, Ana. Esta noche no llegaré. Te ruego, no le digas nada a mis padres, estoy bien, solo necesito estar sola.” Me quedé mirando la pantalla durante varios minutos, como si las palabras pudieran cambiar de sentido si las leía una vez más. Pero no, la respuesta no me daba la calma que buscaba, apenas un alivio mínimo y frágil. Escribí de inmediato: “¿Dónde estás? Solo para saber… prometo darte la privacidad que necesitas.” La respuesta llegó en menos de un minuto. Sus letras parpadeaban frente a mis ojos, cortas, firmes, como si ella misma quisiera cerrar la puerta sin darme opción. “Quiero estar sola, Ana.” —Lily… amiga… —exhalé, sintiendo que el aire se me escapaba junto con el suspiro. La conocía bien. Si había decidido estar sola, no me quedaba más remedio que respetar su voluntad. Algún motivo debía tener, y lo más probable es que quisiera evitar cualquier encuentro con Miguel si él venía a buscarla. Me quedé inmóvil, con el teléfono aún en la mano, confiando en que tarde o temprano volvería al departamento cuando estuviera lista.
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