Arturo Abad Rocamonte
—Papá, ¿verdad que Ana es muy linda? —la voz de Lisa sonó entre risas, por un instante todo el coche se llenó de esa luz simple que solo los niños saben traer.
Quise fingir indiferencia; apoyé un brazo en el respaldo del asiento y miré por la ventana el paisaje que desfilaba. Sam concentrado en la conducción hizo como si no oyera nada. Pero por dentro me desarmé con la inocencia de ella.
—¿De cuál Ana hablas? —pregunté, más por jugar que por no saber; en el fondo sabía exactamente a quién se refería. Aun así procuré que mi voz sonara neutra.
—¡De la doctora, papá! —dijo, con una sonrisa enorme que le iluminó la cara. Era la primera vez que la veía interesarse por una mujer adulta sin armar una rabieta. Tal vez le gustaba porque Ana no era como las otras que habían pasado por nuestra casa: no era invasiva ni pretendía ocupar un lugar que no le pertenecía.
Su siguiente frase me atravesó como una flecha.
—¿Por qué no la invitas a salir? —salió sin preámbulos.
Abrí los ojos de golpe. ¿Invitar a salir a Ana? ¿Yo? No pude evitar sentir un vértigo frío en el estómago. ¿Qué pensaría Ana al saber que yo, Arturo Abad, la mirara diferente? Seguramente nada bueno. La idea de que me odiara por lo que creía —que yo había sido, de alguna manera, responsable de la muerte de su prometido— me paralizaba.
—¿Por qué quieres que la invite a salir, hija? —pregunté con voz más suave de lo que la situación merecía. Porque si Lisa supiera, si supiera que Ana me irrita y me conmueve al mismo tiempo, se reiría de mí y yo perdería cualquier control.
Ella bajó la mirada y asintió con la seriedad que solo a los seis años uno tiene cuando enfrenta verdades grandes.
—Ella es muy linda, papá. Es alegre y me cuida cuando me enfermo —dijo, y en su gesto había una ternura que cauterizó un poco la g****a de mi pecho.
No pude evitar soltarla de golpe en un abrazo. La estreché contra mí con toda la fuerza que tengo, como si pudiera contener con ese gesto la fragilidad del mundo.
—¿A ti te gustaría tener una madrastra como Ana? —pregunté, medio en broma, medio en súplica.
Sus ojos se humedecieron. La respuesta fue un silencio que dolía antes de convertirse en confesión.
—En la escuela… soy la única niña que no tiene mamá —murmuró.
Aquella frase fue una piedra en mi garganta. Me dí cuenta de que, bajo mi coraza de hombre de empresa, había un hombre con un hueco inmenso que nadie conseguía llenar: Clara. Pensé en ella, en su risa, en las pequeñas traiciones del tiempo que erosionaron nuestro matrimonio hasta hacerlo irreconocible. Me pregunté, una vez más, qué hice mal. ¿Dónde fallé? ¿En qué momento dejé de ser suficiente? O peor: ¿acaso nunca fui lo que ella necesitaba?
Acaricié el cabello de Lisa y miré el reflejo de mi rostro en el vidrio del auto. Vi a un padre cansado, con los hombros cargados de responsabilidades y rabias, pero también vi a un hombre que aún ama. ¿Amé a Clara? Sí. ¿La amo aún? También. Y eso me obliga a admitir una verdad incómoda: el amor duele, y a veces duele porque no supimos sostenerlo.
—Tú tienes madre Lisa, se llama Clara, solo que ella no puede estar presente ahora con nosotros porque murió, pero sé que desde el cielo siempre te cuida, ella te amaba —le confesé en voz baja, sin saber si buscaba consuelo —. Así que la próxima vez que alguien te diga que no tienes mamá, eso no es verdad, si la tienes, y también tienes un padre que daría todo por ti, hija.
Lisa apretó mi mano con la natural seguridad de quien no juzga, solo pide. En ese gesto encontré la respuesta que me necesitaba: si ella quiere a Ana, si esa mujer calma el vacío de mi hija, tal vez hay algo por lo que vale la pena arriesgar. No por mí —me dije— sino por Lisa, por su risa, por esa forma en la que ilumina mi vida sin pedir nada a cambio.
Miré hacia adelante, fijé la vista en el camino y respiré. Hoy no resolvería fantasmas ni pediría perdón por lo irreparable. Pero podía empezar por lo cercano: por proteger a mi hija, por escucharla, por aprender a estar presente.
—Entonces—susurré, devolviéndole la sonrisa—, quizás la invite a tomar un café, algún día.