Llegamos a casa con un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. Rogaba por no cruzarme a mi maldito hermano en el vestíbulo: traidor, miserable, la vergüenza de la sangre que compartíamos. Ya no podía vivir bajo el mismo techo que él; uno de los dos tendría que irse de la casa y de la empresa, y no pensaba ser yo quien se marchara.
Al entrar pedí a la nana que subiera a Lisa y la acostara en su cuarto; necesitaba que mi hija estuviera lejos de todo aquello. Tenía que hablar con mi padre antes de que Roberto lo sedujera con otra de sus artimañas. Toqué la puerta del despacho donde sabía que mi padre leía hasta tarde.
—Papá se puede —pregunté.
Él bajó el libro, lo dejó sobre su escritorio y me indicó con la mano que pasara.
—¿Cómo siguió Lisa hijo?
—Está bien, solo le indicaron reposo por dos semanas, afortunadamente no pasó a mayores —respondí, todavía con la rabia latiéndome en las sienes.
Mi padre frunció el ceño y, sin rodeos, soltó:
—Katherine, no me agrada, se nota que es una mujer que está detrás de ti por el dinero, pero no tiene un cariño genuino por Lisa.
Asentí. Tarde me había dado cuenta de ello.
—No te preocupes por eso papá, ella ya no volverá a nuestras vidas —le dije con voz dura.
Mi padre asintió con aparente satisfacción.
—De hecho hay algo de lo que quiero hablar contigo... —le dije.
Hice una pausa, junté las manos y miré al suelo; la traición que pesaba sobre mi sangre me quemaba por dentro. Él me invitó:
—Siéntate entonces y hablemos.
Negué con la cabeza; no podía esperar más. Lo dije sin rodeos:
—Papá, Roberto, fue amante de Clara mientras ella vivía.
Al instante, mi padre se incorporó.
—¿Qué estás diciendo Arturo?
—Es la verdad papá, Katherine me lo dijo enfrente de Roberto y él no lo negó, lo afirmó, yo no puedo seguir viviendo bajo el mismo techo que él, entenderás mis razones, tampoco puedo trabajar en la misma empresa que él, solo te pido que decidas, quieres tener a alguien como yo al mando de la contructora o a alguien tan traicionero como Roberto.
Mi padre golpeó la mesa con la palma, y justo en ese segundo se oyó la puerta principal cerrarse.
—Debe ser él —dijo mi padre, y salió del despacho a toda prisa. Lo seguí.
En el recibidor Roberto estaba ahí, con esa calma insolente que me envenenaba. Al verme, se detuvo como si nada, como si subir las escaleras fuera parte de una rutina sin culpa.
—Buenas noches, papá —dijo con su sonrisa cínica.
Mi padre no lo quiso oír: le lanzó un golpe en la mejilla y, con la voz quebrada por la vergüenza y la ira, espetó:
—Eres lo más bajo que conozco, eres la vergüenza de esta familia, me decepcionas.
Roberto se llevó la mano al cachete y, sin inmutarse, respondió con furia contenida:
—¿Por qué? ¿Por amar a una mujer que vivía un infierno en su propio matrimonio?
El mundo se volvió un lugar sin aire. Temí que Lisa escuchara, y la idea me hizo retroceder. Entonces vino la acusación más dolorosa:
—Tu querido hijo favorito Arturo era un miserable con ella, la maltrataba.
Mi rostro se descompuso. No pude callarlo: me puse entre mi padre y él.
—Eso no es cierto. Yo jamás le grite ni le levante la mano, jamás... en cambio, intente ser bueno con ella, pero ella siempre me recriminaba que se había casado conmigo por dinero, por que su familia necesitaba ese dinero.
Roberto soltó una risa áspera y fría.
—Ahora vas a mentir, porque ella no está para defenderse.
Negué con la cabeza. No iba a permitir que mancillara la memoria de Clara sin respuesta.
—Seré todo lo que tú quieras, pero yo jamás la maltraté —afirmé con voz firme, aunque dentro de mí se abría una g****a de duda que no sabía si era por las palabras de él o por recuerdos que no encajaban.
Sin aviso, sin decoro, Roberto descargó un golpe directo a mi estómago. Caí doblado; apoyé una mano en el suelo para sostenerme, el aire me fue arrancado. Sentí la humillación arder tanto como el dolor físico.
—Por el golpe que me debías en la clinica —escupió él con veneno.
La casa estalló.
—¡Ya basta! —gritó mi padre con la fuerza de un trueno que no esperaba.
—Lárgate de mi casa Roberto, a partir de ahora no eres más mi hijo, olvídate de mi herencia y de la constructora, eres nada a partir de ahora.
Yo seguía en el suelo, jadeando, cuando mi madre bajó apresurada las escaleras.
—¿Pero qué está pasando aquí? ¿Por qué están peleando? —preguntó, y me ayudó a incorporarme.
Roberto, sin vergüenza ni arrepentimiento, vociferó la ofensa que iba a incendiar la casa:
—Este miserable de hijo, fue amante de Clara, en nuestra propia casa se revolcaban.
El rostro de mi madre se llenó de horror.
—Hijo... ¿Por qué? —murmuró, con la incredulidad tatuada en la voz.
—Porque me enamoré mamá y no me arrepiento —contestó él con la insolencia del que no conoce límites.
Mi padre, furioso, intentó detener la locura:
—Maldito hijo de... —balbuceó entre dientes, pero yo me contuve; no era momento de hundir más el cuchillo frente a mi madre.
—Lárgate ya o te mando sacar —gritó mi padre, intentando imponer orden.
Roberto dio un paso amenazante:
—O si no que, ¿papá?
Se acercó con toda la ira acumulada en su voz:
—Arturo siempre ha sido tu favorito, el amo y señor en la constructora, no me importa que me desheredes, de todos modos, sé que todo se lo dejarás a él, sabes qué, ya estoy harto de todos ustedes... de hacerse los mártires cuando no lo son...
Entonces, la tragedia que nadie esperaba: mi padre se llevó la mano al pecho y se desplomó. El mundo se volvió blanco a mi alrededor.
—¡Papá! —grité, arrodillándome junto a su cuerpo.
Mi madre comenzó a gritar pidiendo una ambulancia. La casa se convirtió en caos organizado: promesas de ayuda, sollozos, órdenes atropelladas.
—Vamos a cargarlo, llegaremos más pronto si lo llevamos —dijo Roberto arrodillados frente a mí, porque en la acción encontraba un foco de cordura.
La rabia me explotó en la garganta y me dirigí a él entre sollozos:
—Eres un maldito, si él se muere te juro que te mato Roberto —lo amenacé, aunque sabía que en ese momento la violencia no solucionaría nada.
—Ahora no es momento para eso —respondió con dureza, pero sin dejar de ayudar.
Entre la angustia y la urgencia, alzamos a mi padre entre los dos. Mi madre y yo subimos al auto; él nos siguió en el suyo.
En el camino, mientras las luces de la ciudad pasaban a toda prisa, comprendí que aquello no era el final de nada, sino el comienzo de una guerra que nos devoraría desde dentro. Y a pesar del puñal que sentía clavado en las entrañas, en el fondo una verdad se imponía: primero, mi padre; después, todo lo demás.