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1611 Words
Ha amanecido antes de que pueda ser consciente de ello. No dejo de pensar y sentirme preocupada, así que no es fácil para mí conciliar el sueño y dudo que lo sea por un tiempo. Le ordeno comida a los niños y cuando ellos se despiertan, y vienen a comer, lo primero que preguntan es: —¿Y Abel? —Se ha ido con Caín — respondo a Coda —. Ellos, son soldados, ¿recuerdas? Tienen que hacer su trabajo como papá y mamá, así que no pueden estar con nosotros. —No entiendo por qué todos tienen que escoger trabajos así — se entristece—. Deberían ser como tú que puedes estar conmigo. Sonrío y coloco una mano en su cabeza. —Eso es porque yo aún estoy estudiando. —Cuando hagas películas, iré contigo a todos lados — afirma muy seguro. —Claro que lo harás. —Mamá era escritora — añade Rubí —. Ella pasaba mucho tiempo en casa con nosotras, pero en su oficina, lo bueno es que podíamos acompañarla y le dábamos ideas cuando se quedaba estancada, era muy divertido. Siento su tristeza, siento más que no pueda hacer nada para llevarla con su madre. —Bueno, estoy segura que tú abuela podrá pasar mucho tiempo con ustedes — intento animar —. Me dijiste que ella vive en otra ciudad, ¿no es así? —Sí, abuela es muy buena — dice Gemma —. Ella nos trata bien. —Estará muy contenta de verlas, estoy segura — tomo el mentón de Rubí —. Nunca estarán solas, lo prometo. —Gracias. —Bueno, si ya han terminado, ¿les parece si salimos un rato? —Sí, sí — responden emocionados y se van de la mesa. Busco mi celular, lo quito del cargador y lo coloco en mi bolsillo. No había señal, pero era ya una costumbre muy difícil de quitar, además, intentaría encontrar señal una vez más. Tomo el sobre que me ha dado Abel y lo meto en el bolsillo de mi chaqueta, lo leeré mientras los niños juegan. Tomo a Gemma en brazos y bajamos, aún no quiero dejarla hacer mucho esfuerzo al caminar. Son las ocho de la mañana, pero el sol no brilla en todo su esplendor. El terreno es amplio y no hay carros a la vista así que me despreocupo de Rubí y Coda que empiezan a correr, Gema quiere hacerlo también pero no puede, así que la mantengo conmigo mientras reviso el celular. No hay llamadas, ni mensajes, no ha entrado ni uno solo. Intento por varios minutos pero no encuentro nada. Resignada vuelvo a guardar el celular y sigo jugando con los niños. Es entonces que alzo mi mirada y a lo lejos veo dos autos moviéndose rápidamente. —¿Son Caín y Abel? — pregunta Coda emocionado. —Si fueran ellos, no vendrían en esa dirección — razono de inmediato. —¿Entonces quienes son? La pregunta de Rubí inyecta adrenalina a mi cuerpo. —Hay que corre, rápido — me giro hacia ellos —. ¡Corran, corran! Tomo la mano de Coda, y los guio por un callejón al lado del edificio. Rubí al ser la más grande corre frente a mí y lo agradezco. —Hay que escondernos — le digo una vez que podemos cruzar en una esquina —. Busca un lugar, Rubí. Le pido mientras me asomo por la pared intentando ver a quienes sean que se estacionan frente al nuestro edificio. Le hago una seña a Coda de que haga silencio y él se tapa la boca, mientras yo cubro la de Gemma. Noto a seis hombres armados bajarse de los autos y entrar rápidamente al edificio, siento mi corazón martillar en mi pecho cuando veo sus uniformes: son los mismos que usaban Caín y Abel cuando tocaron a la puerta de mi apartamento. No necesito ver más para entender que los han descubierto de alguna manera. —No nos dejan tener ningún tipo de lazo — había dicho Abel días atrás. Si no era porque sabían que Caín y Abel habían desertado, era porque habían descubierto que tenían un lazo... o tal vez eran las dos. —Caoi, por aquí — susurra acelerada a varios metros frente a mí. Sin dudarlo, tomo la mano de Coda y la seguimos. Corremos a través de dos callejones, hasta que llegamos a junto a un bote de basura. Miro hacia atrás y cuando vuelvo a ver a Rubí, ella abre una compuerta en el piso, por la una señora mayor se asoma. —¡Rápido, hija, entra! No hay tiempo para procesar, escucho los pasos firmes de los hombres a lo lejos, al igual que sus voces. Rubí entra, le sigue Coda. —Dámela — pide la señora abriendo los brazos. Tengo que tomar a Gemma por la fuerza porque no quiere soltarme. — Ya voy, ya voy — digo intentando pasarla. Al lograrlo, empieza a llorar, la señora se aleja un poco y dice: —Salta, hija, vamos, rápido — me apresura. Yo miro hacia atrás, podrían escucharnos. Siento el miedo recorrerme pero la adrenalina gana así que salto. Era más profundo de lo que esperé al saltar encima de los escalones, así que tambaleo y caigo en el suelo. Noto que la señora cierra la compuerta con cuidado. Siento a Gemma lanzarse a mi cuello, y yo aún trato de enfocarme por haberme doblado el tobillo. —Tienen que hacer silencio — dice un señor metros más allá —. Vengan, muévanse. Su insistencia me hace levantarme y llevar a Gemma conmigo, veo a Coda y le hago una seña de que camine. —Ya, Gemma, tienes que dejar de llorar — ruego nerviosa y preocupada —. Estoy aquí. Pasamos a través de otra puerta y me encuentro con qué hay más de veinte personas, entre adultos, jóvenes y niños mirándonos expectantes. —¿Están bien? — una mujer se acerca a nosotros — ¿te lastimaste? —Solo el tobillo, pero creo que no es nada. —Siéntate — me indica. Otra chica se acerca a nosotros. —¿Quieren agua? Rubí me mira como si quisiera mi confirmación así que asiento. La veo tomar agua al igual que Coda. —Ya, Gemma, ya pasó — acaricio su espalda. —Permíteme — dice la mujer tomando mi pierna, la dejo —. ¿Son tus hijos? —¿Qué? No — río un poco, quizás son los nervios —. Él es mi hermano menor, y ellas, son... parte de la familia. Me mira, mira a las niñas y asiente. —Lo he entendido — responde tranquila —. Haz hecho un gran trabajo, estoy orgullosa de ti. Sus palabras y la forma en la que las dice, tocan mi corazón y entonces soy yo quien empieza a llorar. —Está bien, están a salvo — siento que la señora mayor que abrió la compuerta coloca una mano en mi hombro —. Aquí estamos a salvo — agrega. —Gracias por... —Está bien — niega ella con la cabeza —. Nos mantenemos alertas por si alguien necesita ayuda, o si llega alguien a ayudarnos. —¿Han estado aquí todo el tiempo? —Los que no pudimos evacuar, nos reunimos aquí abajo — explica la señora —. En esta zona hay un par de refugios subterráneos como este. Los mantenemos como un secreto. Tiene sentido para mí que entonces el lugar se sienta desolado. Unos habían salido de la ciudad y otros se habían refugiado. —Te había visto hace unos días — indica el señor mayor desde la puerta —. Llegaste aquí en dos autos y con un par de hombres, ¿por qué? ¿Por qué estás sola ahora? ¿Quién eres? —Yo... —¿y si los viste por qué no los trajiste? — discute la señora — Mejor ahora no, Dan. —No, está bien — respondo secando mis lágrimas, Gemma también se ha calmado —. Yo me llamo Caoimhe, ellos son Coda, Rubí y Gemma, nuestra historia está un poco enredada, pero espero me escuchen hasta el final. —Pues, yo soy Juliette, ella es mi hija Sophia, y mi nieta Rose — indica la señora mayor a mi lado —. Y el hombre este es mi esposo Dan. Me causa gracia la forma en que lo trata, pero solo asiento. —No te has lastimado gravemente — indica Juliette —. ¿La niña se hizo algo? —Fue hace días, un disparo, sacamos la bala y cerramos la herida — informo mostrando su piernita. —Déjame revisarla, soy doctora — indica acercándose. De alguna manera no necesitaba que lo dijera, lo suponía. —¿Quienes eran los que andaban contigo? ¿Por qué ahora huiste? — insiste el señor Dan. Yo entiendo que no confíe en mi así que no me enojo. —Yo vivo... vivía, en el centro monumental de Leópolis. Ellos me miran con preocupación y me doy cuenta que más personas están escuchándome. —Ellos me fueron quienes me alertaron y me sacaron de allí justo antes de que todo comenzara, pero digamos que están en medio de algo mucho más importante ahora, así que estamos por nuestra cuenta. —¿Y por qué hay terroristas allí? — insiste el señor Dan. —Seguro se enteraron de nosotros. Es complicado explicarles y no puedo contarles todos los detalles, pero pueden confiar en mí. —No te preocupes, no tienes que probar nada — dice la señora Juliette —. Este hombre solo está viejo.
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