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Todo Sale Mal

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Blurb

El mundo se mueve por el sexo.

¿Pero quienes se quedan atrás en ese movimiento?

Elliot, una víctima de abuso s****l, es obligado a trabajar con Everest, quien es secretamente un trabajador s****l. Aunque el par es completamente opuesto, una vez descubren el secreto del otro, los sentimientos comienzan a florecer.

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Los Martes se bebe café
Era un Martes de nuevo, el clima estaba nublado, apenas y habían rayos del Sol directamente cayendo en la tierra. Un rubio entró en la oficina del profesor de Orientación Profesional con la nariz ensangrentada y los ojos irritados. El mayor lo vio y soltó un suspiro de decepción. —¿Cómo coño te las arreglas para siempre meterte en líos, hombre? El rubio alzó los hombros, desinteresado de dar una respuesta real. —Joder, es la tercera vez que tendría que llamar a tus padres — se quejó el profesor —, pero eso podemos tratarlo al final. —¿No era para eso que me llamaba? — Preguntó confundido el alumno. —Quiero hablar sobre tu examen de orientación de la semana pasada. —¿Reprobé? —¿Cómo coño reprobarías? — Se burló el mayor. — Sólo era para saber a qué universidad piensan ir. Una prueba basura. —¿Entonces qué hice mal? El profesor le dio un pañuelo desechable al rubio y éste se lo colocó en su nariz, para detener la leve hemorragia. Entonces el profesor miró las hojas del examen y suspiró. —"¿A cuál universidad te gustaría ir?" Y tu respondiste... —A la que sea — completó el alumno. El profesor miró al alumno con cansancio por un momento y luego siguió leyendo el papel. —"¿Qué carrera te gustaría estudiar?" —La que sea. —"¿A qué crees que te gustaría dedicarte?" —A lo que sea. El profesor azotó el papel contra el escritorio, asustando al rubio levemente. —¡¿Por qué coño eres así, hombre?! Las personas como tú realmente me sacan de quicio. El alumno soltó una ligera risita cansada. —¿Los alumnos que no les interesa la universidad? —¡Los alumnos que mienten, Everest! — Lo regañó el profesor. — Eres el mejor promedio de tu clase y me quieres hacer creer que te importa una mierda la universidad. —No es algo que me coma la cabeza. —¡¿Entonces por qué no pusiste el nombre genérico de alguna universidad?! Eres lo suficientemente inteligente como para saber que esto podría causar un conflicto. Everest bajó la cabeza. —¿A qué mierda piensas dedicarte si no es a terminar una carrera, eh? Everest alzó los hombros con desinterés. El hombre le dio un pequeño papel al pobre alumno. —Haz que tus padres firmen esto y ya está. Una carta de aviso. El alumno tomó el papel en manos, dejando una pequeña mancha de sangre en ella, el profesor se dio la vuelta a su escritorio mientras Everest intentaba pelear por sacar la mancha. —Y si vas a falsificar la firma al menos tráemelo a mí, si otro profesor te pilla podrían echarte por cabrón — dijo el profesor. —Gracias, Trevor. El profesor alzó la mano a modo de despedida, perdido entre su propia papelería. Apenas salir de la oficina, un platinado y una adolescente de cabello rosa le esperaban. Ella le sonrió a medias, con el rostro preocupado. El rubio sólo pudo suspirar y avanzó en dirección a su aula. Era sólo un día más. Capítulo I: Los Martes se Bebe Café. —El arte es... — dijo la profesora de artes al grupo mientras los alumnos se quedaban dormidos en clase — ¿una forma de ver? ¿De pensar? Era una preciosa y fría mañana de Otoño. Elliot, con sus ojos de avellana miraba por la ventana contando los segundos que duraba la charla del profesor. —Quizás el arte es un sentimiento — dijo la profesora aburriendo a la clase —, quizás es una idea. Elliot pensaba en lo único que podía importarle desde hacía tanto tiempo. En la hora. Eran las 12:35 del medio día. Faltaban cuatro semanas, once horas y diez minutos para cumplir su espera. —Quizás el arte es nuestra única esperanza — dramatizó la mujer ante los alumnos. Elliot miró a la clase. Apenas conocía a los pocos personajes con quienes tendría que convivir durante un tiempo limitado. La cosa siempre era así. —La forma más pura del arte siempre me ha parecido ser el retrato — anunció la profesora al mismo tiempo que comenzaba a escribir algo sobre la pizarra —. Poner en un papel a una persona suena como una tarea sencilla pero puede resultar en toda una travesía. Una alarma de reloj se escuchó en el aula. Elliot volteó a ver a Giselle, la responsable del ruido, tomando una pastilla. —Así que su proyecto, durante el siguiente mes, será crear un retrato perfecto. Ivan, el delegado de la clase, alzó la mano para hacer una pregunta. La profesora Madeleine lo señaló para dejarlo hablar. —¿Que no usted dijo que el arte nunca es perfecto? Hace como... dos clases — dijo el rubio. La profesora Madeleine aplaudió a su comentario. —Precisamente — respondió la mujer— y me alegro de que al menos una persona ponga atención a la clase. Elliot sacó de su mochila una caja de pastillas con la esperanza de que aún tuviera su contenido. Abrió el maltratado y roto empaque, y notó que las láminas estaban casi vacías exceptuando por una sola pastilla. —Mierda — murmuró. —Un retrato cambia con el tiempo. Lo que vemos hoy, no será más mañana. Elliot sacó la pastilla y la miró con asco. —La gente cambia y ese cambio es lo que quiero que me muestren. El joven castaño se tragó la pastilla sin tomar un sorbo de agua, usando su propia saliva para lubricar su garganta y que cayera dentro de su cuerpo. —Crearán equipos de dos personas y harán un primer retrato en la primera semana de conocerse. Luego harán otro en la última semana de su proyecto. Los alumnos se giraron para verse entre ellos y formar las parejas. La profesora miró al pequeño Elliot girarse de nuevo hacia la ventana sin interés de encontrar un equipo. —Si no tienen equipo pueden acudir a mí al final de la clase para acomodarlos con alguien igual de asocial que ustedes — se burló la profesora. Apenas terminar la clase, Elliot guardó lentamente sus pertenencias en su maleta negra con paciencia, esperando a que el aula se vaciara para poder acercarse a la profesora. El último en salir fue Ivan, que le dedicó una suave sonrisa a la profesora con respeto. Ella se ajustó sus gafas y entonces miró a Elliot. —¿De nuevo no puedes hacer amigos, niño? —¿Podría darme un equipo? —Bueno, en realidad eres el único que no encontró un compañero en toda tu aula — ante esas palabras, Elliot se sonrojó con vergüenza —, pero todavía puedo emparejarte con alguien de otra. —¿No puedo hacerlo yo solo? — Preguntó Elliot. — Podría pedirle a mi madre que me ayude... —El punto es que aprendas de lo desconocido, Elliot — dijo ella. —¿No hay otra alternativa? —La otra alternativa es no entregar el trabajo y perder veinte puntos sobre tu calificación final, y viendo cómo están yendo tus notas en estas seis semanas que llevas aquí, los vas a necesitar. Elliot miró al suelo resignado. —Tu compañero es un tipo igual de raro que tú — dijo la profesora buscando una lista de asistencia entre sus cosas —. Tuvo el infortunio de faltar a clases esta mañana y no pudo hacer un equipo. Te recomiendo que lo busques mañana mismo y hablen sobre su proyecto. —¿Y qué coño debería decirle? — Preguntó el castaño al ver que el profesor escribía el nombre del alumno en un pequeño papel. —Mañana es Martes, puedes invitarlo a beber un té. La profesora Madeleine le entregó el papel a Elliot y comenzó a recoger sus cosas del escritorio. Elliot vio en la perfecta caligrafía de la mujer, el nombre de su nuevo compañero. "Everest". —Café — corrigió Elliot. —¿Disculpa? — Preguntó confundida la profesora al alumno. —Es Martes. Los Martes se bebe café. Ella soltó una risita y decidió seguir el juego del alumno. —¿Y por qué ese día y no los Lunes? ¿Por qué no un Viernes? —Los Lunes son muy estresantes para siquiera pensar en beber algo. Los viernes son demasiado relajados, como para beber una soda. —¿Y el té? –El té es cosa de los Jueves. Madeleine asintió ante las palabras del menor con diversión. Después de un breve silencio, el mayor habló. —Entreguen su trabajo a tiempo — dijo la profesora dispuesta a irse —. Todo saldrá bien. Al salir del aula, Elliot se puso la capucha de su sudadera y caminó entre la gente que reía y festejaba el final del horario con sus amigos o parejas. Faltaban cuatro semanas, diez horas y cincuenta y cinco minutos para que su martirio acabara. Mientras caminaba reprodujo algo de música. Solo faltaba un puto mes. No tenía idea de qué hacer. La fecha se acercaba como si fuera un autobús a toda velocidad y le iba a arrollar sin poder hacer nada al respecto. No podía decidir qué hacer. ¿Una fiesta? ¿Beber? ¿Tirarse de un puente? ¿Gritarle al aire? Las posibilidades eran infinitas y ninguna le parecía realista. Vio en su camino al pelirrojo que parecía trastornado, hablar con un tímido chico que no sabía responderle. ¿Quizás Griffin y Donovan habían decidido armar una pareja para su proyecto? Donovan, después de todo, era una persona amable y noble. Sólo alguien como él tendría las bolas de trabajar con semejante tipo. De nuevo miró el papel que Madeleine la había dado. Everest. ¿Qué clase de persona sería? Podría ser un tipo genial, quizás un hombre fuerte pero lo suficientemente dulce y amable que le cuidase el tiempo que estarían solos... en realidad lo único que pedía era que no fuese un problema. Ya tenía suficiente con haber entrado a una nueva preparatoria a mitad del año. Lo conocería el día siguiente y era sencillo soñar despierto. Quizás era rubio y sonriente. De esas personas que contratan para actuar en películas para adolescentes. Faltaba tan poco para que su espera terminara, quizás podría ser el amor de su vida. El novio que tanto soñaba y que le protegería de todo para siempre. Elliot se rio con sorna de sus propios pensamientos mientras abría la puerta principal de su casa. Qué estaba pensando. Lo más probable era que fuera un tipo aburrido. Como el resto. Como todos. Como él. Y en realidad, era lo único que deseaba.

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