La droga y un adicto

1208 Words
Para Elliot la noche fue estresante. Al menos por un par de horas. Cuando dieron las 2:00 de la mañana suspiró. Faltaban tres semanas, cinco días, trece horas y cincuenta y siete minutos para que su hora llegara, y en insomnios como estos, parecía una espera eterna. Se levantó y encendió la lámpara de su escritorio. Tomó su móvil y pensó en disculparse con Everest por haberle robado. No era algo que hiciera, hablando de robar, pero había llegado a una desesperación terrible. ELLIOT perdón por haber tomado tu móvil no lo saqué de tu bolsillo o algo por el estilo, tu lo dejaste en la mesa el día que empezamos el proyecto de artes y me lo llevé sin pensarlo estaba desesperado y no sabía qué más hacer Lo lamento Elliot terminó de escribir y envió su último mensaje. Bostezó y tomó la libreta de Artes, para leer de nuevo las bases de aquel proyecto. Un retrato escrito, en fotografía o dibujo. En realidad era un espectro demasiado amplio de opciones y hacia mucho tiempo que Elliot no tocaba ninguno de esos temas. Había dejado el arte hacía unos años y parecía imposible que aún pudiera ser lo que alguna vez fue. Aún así, el cuerpo tirado de Everest en el suelo le causaba una sensación de ansiedad terrible que quería sacar. En la última hoja de su cuaderno comenzó a bocetear y conforme dibujaba se iba calmando. Cuando terminó un primer dibujo, su mano se volvió a mover, dibujando a Everest sentado con un rastro de sangre seca saliendo de su cabeza y así siguió durante toda la noche, dibujando a aquél intruso que se había metido en la pelea con Adam. Podía imaginarlo teniendo sexo con otros hombres, Everest no vestía ropa casual casi nunca y la ropa que llevaba le quedaba ajustada y perfecta a su cuerpo. Mierda, era imposible no figurar su imagen si en sus camisas podía ver sus músculos. Eso y que el porno que había estado viendo últimamente le daban un impulso a su imaginación. Capítulo VIII: La droga y un adicto. La campana sonó anunciando el receso. Ivan golpeó a uno de sus amigos en la nuca para que despertara y salió corriendo junto a otro de ellos hacia el pasillo. Elliot vio a los tres alejarse rápidamente, jugando y riendo. A veces sentía un poco de molestia por no poder ser como el resto. Por no poder encajar. Como Norman había dicho el día de su pelea a gritos, era un inadaptado. Sus ojos se posaron en Norman, que por tercera ocasión en la semana, consumía una pastilla para la gripa. La idea surgió. Se había acabado todas las pastillas de la enfermería y probablemente no se habían dado cuenta, e incluso si lo hubiesen notado, no podría correr con la misma suerte dos veces y salirse con la suya. Pero Norman, Norman tenía una caja de pastillas que se veía nueva. La pregunta no era si debía o no, la pregunta era cómo. Alguien azotó sus manos en el escritorio de Elliot, sacándolo de sus pensamientos y el castaño miró al responsable. Griffin. Everest salió del aula y Elle quiso seguirlo. No solo Elle era alta y de un cabello liso que le llegaba a sus caderas, sino que era delgada y su rostro era bellísimo. Era un contraste impresionante con el rubio, que era altísimo y de un físico impresionante. Al alcanzarlo, se posó delante de el rubio con los brazos cruzados, impidiendo que siguiera avanzando. —¿A dónde carajo vas? —Iré a entregarle algo a mi compañero del proyecto de Artes. Elle alzó una ceja. —¿Necesitas ayuda de nuevo? Everest bufó. —Eso fue un accidente y no volverá a pasar, coño. Baja la puta guardia. —Casi te matan a golpes. —No pienso salir de la escuela si eso te hace sentir mejor — dijo Everest —, pero no tengo puta idea de dónde está su aula. —¿No te lo dijo? — Preguntó Elle. —No, él vino hasta acá la primera vez. —¿Y no se te ocurrió preguntarle? — Cuestionó la pelinegra. —N-no... —¿Y por qué no lo llamas para preguntarle? — Preguntó Elle. —Tampoco tengo su número... La pelinegra miró, en ese momento, a Everest con incredulidad. Everest apartó la mirada y en el pasillo vio a Elliot, seguido por un enorme pelirrojo que caminaba apresurado. —¡Allá va! — Dijo Everest corriendo par alcanzarlo. —¿Quieres que vaya contigo? — Preguntó Elle. —¡No! Espera donde siempre comemos y llegaré ahí en cinco minutos. Elle relajó los brazos y suspiró. —Cinco minutos — dijo ella para entonces dirigirse hacia otro lado. Everest corrió detrás de Elliot con la bolsa en las manos. Cuando se pudo acercar un poco escuchó la conversación de ambos. —¡¿Cómo mierda no tienes el puto móvil?! —¡Porque se lo di a alguien más! — Respondió Elliot. —¡¿Pero no dijiste que esperarías a que te diera el dinero?! —Cambié de planes — dijo Elliot —, además era robado, mierda, ¿para qué coño te buscas problemas? Griffin suspiró y dejó de seguir a Elliot. Everest instintivamente se escondió detrás de un casillero para que Elliot no lo viera. —¿Y para qué mierda querías el dinero? —No es de tu incumbencia — dijo Elliot —, ahora si me disculpas, tengo que averiguar cómo carajo saco a Norman del aula. —¿Norman? ¿Ese bajito de cejas enormes? Elliot asintió. —¿Alguna idea? —No es de tu incumbencia — respondió Griffin. Elliot miró con fastidio al pelirrojo. —¿Para qué mierda quieres saber lo del dinero? —Porque te he visto — dijo Griffin —, la ansiedad, la comezón en los brazos, tu forma de hablar... eres adicto a algo y quiero saber a qué. Elliot bajó la mirada nervioso. —¿Por qué? ¿Piensas volverte adicto a lo mismo tú también? —Puedo ayudarte a salir de tu problema — dijo Griffin —, escucha, yo no soy adicto, sí que tomo un montón de mierdas pero nunca me he vuelto adicto a nada. Elliot vio al suelo y cruzó los brazos. ¿En serio el puto volado del aula le iba a dar ese sermón? —Mis amigos han sido adictos a un montón de mierdas — dijo Griffin —, no todos han logrado salir y si lo necesitas, puedo ayudarte a hacerlo. Elliot se tensó y miró a Griffin. —¿Cómo mierda saco a Norman del aula? El pelirrojo suspiró. —Si quieres puedo decirle que un profesor lo busca y haces lo que tengas qué hacer. —Gracias — murmuró Elliot. Entonces ambos caminaron al aula . Pasaron de largo a Everest, sin darse cuenta de su presencia, el mayor se había quedado embobado, en parte por la conversación y porque había visto al fin el mensaje de Elliot. ¿Qué clase de ventajas podría tener? Tenía la droga y a un adicto en sus manos. Sonrió de lado. Había encontrado una puta mina de oro.
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