El tiempo, en Creta Magna, se había vuelto una cualidad extraña, medido no por el sol, sino por la paulatina mejoría de Zachary y el incesante goteo de la lluvia. La cueva, su refugio improvisado, había pasado de ser un lugar de desesperación a un santuario de paciente espera. Finalmente, tras días de cuidados constantes de Devin, la herida en el costado del hijo de Hades cerró por completo. El dolor cesó, y Zachary pudo moverse sin dificultad, la piel de su torso lisa y sin marcas, como si el cuerno del Minotauro nunca lo hubiera tocado. Devin lo revisó una última vez, su toque ligero y profesional, buscando la más mínima secuela, y dio el visto bueno, con un suspiro de alivio, al corroborar que todo estaba en perfectas condiciones. —Estás como nuevo, Zach —dijo Devin, una sonrisa genu

