Habían pasado tres días desde que todo, en el gran sentido de la palabra, se había ido a la mierda en mi vida. En la vida de él. En la vida de todos, básicamente. O al menos eso me repetía constantemente, para hacerme sentir peor con cada segundo que transcurría.
Entendía que mi depresión era abrumadora. De verdad intentaba no ser tan intensa con al respecto cuando mis amigas y mi padre estaban alrededor. No quería verlos preocupados, suficiente era con observar de reojo como me miraban con dolor y pena, constantemente. Así que luego del primer día decidí que tendría que lidiar con todo aquello de la mejor forma: por mi cuenta.
Eso no quiere decir que no necesite o quiera el apoyo emocional de mis amigos y familia, todo lo contrario. Pero, siempre fui una fiel creyente de que hay problemas que solamente tienen que resolverse estando solo. Ese era uno de esos problemas. Pero, claro que sentir que los arrastraba conmigo a un pozo sin fondo tampoco me ayudaba a levantarme cada mañana.
Mi padre no preguntó demasiado. Le bastó con decirme que me comprendía y me apoyaba en cualquier decisión, y nada más. Me abrazó por mucho rato, también, lo cual agradecí. Obviamente que no fue tan fácil cuando me tocó hablar con mis amigas. Les expliqué lo mejor que pude: lo que había visto la noche anterior en el departamento, como me sentía con respecto a cada decisión que alguna vez tomé en esos años de relación, lo vacía y perdida que me sentía constantemente, pero lo bien que cubría todas esas sensaciones simplemente por estar completamente enamorada y amarlo con cada parte de mi existencia.
Todas comprendieron, a su manera. Less estaba triste, no sabía cómo contenerme muy bien, pero entendía que necesitaba mi tiempo y mi espacio. Lo que no le entraba en la cabeza era el hecho de que yo lo hubiera dejado ir tan lejos. Julie, por otro lado, opinaba igual que Less con respecto a aceptar el casamiento cuando yo sabía bien que no quería hacerlo. Pero estaba enojada, no conmigo, sino con él. Decía que ella siempre supo que él terminaría por dejarme triste y vacía. Lenn... ella estaba triste, enojada, decepcionada, desesperada... todo eso, más el embarazo y el hecho de que me confesó que Zach le dijo que no quería verme hasta dentro de un buen tiempo. El hermano mayor, la única figura casi paterna que él (lo llamo así porque me cuesta pensar, decir y hasta escribir su nombre) tenía, me detestaba en ese instante. Y con justas razones.
Lenn no podía creer lo que vi en el departamento, tampoco entendía porqué le dejé pasar de alto tantas cosas, porqué accedí a tantas cosas. Pero terminó por decirme algo que me dejó pensando toda la noche. "Al fin y al cabo", dijo, "a veces el amor no es suficiente".
Todos estaban conmocionados y me trataban algo diferente. No había visto a mi hermano, mi mellizo, hasta ese momento, porque se la pasaba con él, en su departamento, cuidándolo de la misma forma en que mis amigas y Gregg me estaban cuidando a mí, y yo le agradecía ese gesto.
Ah, Gregg... la única persona que parecía no tratarme con manos delicadas y trapos de seda en todo ese momento. Agradecía infinitamente que su manera de dirigirse y comportarse conmigo no hubiera cambiado, no demasiado. Sí me insistía en que coma, me duche y me levante de la cama. Pero me dejaba descansar cuando veía que, verdaderamente, no tenía energías para nada. Me dejó quedarme en la habitación de su hotel, dormir en la cama, miraba la tele sin verdaderamente mirarla conmigo, me traía la comida, intentaba hacer chistes, y más que nada: respondía cada pregunta que le hacía, cada una de ellas, con todos los detalles que, admito, yo le rogaba que relatara.
Él estaba siendo un gran apoyo y ayuda para mí. No podía imaginarme una manera correcta de agradecérselo jamás.
Pero, a pesar de que me sentía cómoda en mi soledad, en la oscuridad constante de la habitación, sabía que no podría refugiarme allí para siempre. Entendía que mis amigas tendrían que volver a sus vidas normales pronto, que Gregg no podría pagar más noches la habitación del hotel para siempre solo por mí. La vida, injustamente a pesar de todo el dolor, continuaba, y yo tendría que continuar con ella. De alguna forma u otra debía encontrar la forma de hacerlo.
- ¿Estás segura de esto, Val? - me preguntó mi papá cuando terminé de darle el trago a mi vaso de agua. Asentí lentamente mientras tragaba el líquido. Gregg, que estaba de pie en la otra punta de la habitación me miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre su pecho.
- Sí. No pueden quedarse para siempre en Nueva York solo porque a mí se me ocurrió salir corriendo del altar - intenté bromear, pero ninguno de los dos rio. Mi papá rascó su nuca, nervioso -. Sinceramente creo que lo mejor. Solo será por un tiempo.
- Pero, ¿volver a California?, ¿a casa? - la idea no lo molestaba, pero le preocupaba, podía verlo en sus ojos -. ¿Qué pasará con tus clases?
- No son clases presenciales obligatorias, y todos los exámenes importantes ya los tuve, o son dentro de unas semanas - suspiré pesadamente -. Papá, volver a casa es lo mejor que puedo hacer en este momento - intenté hacerle entrar en razón, hacer que confiara en mi juicio, aunque lo veía algo improbable -. Extraño California y extraño nuestra casa. Además, ¿dónde se supone que viviré cuando todos ustedes se vayan? No tengo trabajo, no tengo dinero en mi cuenta de banco como para poder pagar un departamento por mi cuenta... Y no puedo volver a su departamento, claramente. - tragar saliva después de esa última oración fue inmensamente difícil.
Papá asintió lentamente, asimilando y reconsiderando la idea de volver a tenerme alrededor. Hace mucho tiempo que vivía solo, y seguramente mi habitación ya ni era mi habitación. Estaba, además, alterado porque creía que dejaría los estudios. Cosa que, claramente, no sucedería. O bueno... al menos, no había pensando en ese asunto todavía.
Finalmente, terminó suspirando pesadamente. Supe que esa era una señal de que yo había ganado la batalla. Colocó sus puños en sus rodillas y se puso de pie.
- Está bien, tú ganas. ¿Para cuándo quieres que saque los pasajes?
- Para mañana.
Gregg y él me miraron sorprendidos, con los ojos bien abiertos. Yo simplemente les sonreí, y por suerte ninguno dijo nada más. Lo único que de verdad comprendía en ese momento es que necesitaba salir de esa ciudad lo antes posible. Eventualmente volvería, porque allí estaba mi Universidad, pero unas pequeñas vacaciones no me vendrían nada mal.
Papá suspiró, algo cansado debo decir, asintió lentamente y me dio un beso en la coronilla antes de salir de la habitación sin decir ni una palabra más.
Mis ojos se dirigieron a Gregg instantáneamente.
- ¿Me prestas tu celular? - le pedí.
Me miró algo confundido por un segundo, pero no tardó en sacar el pequeño aparato de su bolsillo y pasármelo. Me apresuré a marcar el número de Matt. Gregg vio a quien estaba llamando y frunció el ceño.
- ¿Por qué no lo llamas de tu celular? - no sonó grosero, para nada. Estaba de verdad confundido.
- No quiero que... - aclaré mi garganta -, que él pueda llegar a ver mi nombre en el identificador de llamadas. Ya sabes...
Gregg me miró atentamente, comprendiendo. Asintió y se sentó frente a mí.
No podía correr el riesgo de que, por cualquier tipo de motivo, él pudiera ser el que respondiera la llamada. No creía tolerar escuchar su voz todavía.
Para mi suerte, fue la voz de mi hermano la que escuché del otro lado de la línea.
- Hey, Gregg, ¿sucedió algo? - fue lo primero que dijo. Me hizo sonreír un poco, por lo bajo.
- Matt, soy yo. No digas nada - su respiración como respuesta fue suficiente -. ¿Está él por ahí? - tenía que ser cuidadosa si quería que mi plan saliera como estaba organizado dentro de mi cabeza.
- Sí - fue todo lo que respondió -. ¿Y qué tal? ¿Cómo está todo?
- Estoy... estoy bien - dudé en la elección de mis palabras. No quería preocuparlo -. Escucha, necesito que me hagas un favor, ¿si?
- Claro. Dime.- no dudó en responder al instante, con tono de voz seguro.
- Tengo que ir al departamento a buscar mis cosas - dije, sintiendo mi pecho más pesado que todos los días anteriores -. Mañana sale mi vuelo. Vuelvo a California por unas semanas.
- Ah, ya veo... - se quedó en silencio unos segundos. Noté que la noticia lo shockeo.
- Verás, necesito que... que lo saques de allí para que yo pueda recoger mis cosas - rasqué mi frente, nerviosa, sintiéndome pésimo. Sentía la mirada de Gregg fija en mí -. Haz algo para sacarlo, lo que sea. Inventa una excusa, pero necesito que me ayudes con esto.
- Entiendo... pero, ¿por qué no lo hace alguien más? - entendía a lo que se refiría.
- ¿Crees que él permitirá que alguien entre al departamento y deje que se lleve todas mis cosas? - solté un bufido, alterada -. Solo dime si podrás hacerlo.
- Sí, creo que sí. - escuchaba la duda en su voz.
- Tiene que ser hoy - mordí con fuerza mi labio inferior -. Por favor.
- Entiendo - suspiró pesadamente -. Luego te envío un mensaje. Cuídate, Gregg.
Comprendí que esa era su forma de hacerme saber que, si lograba lo que yo le pedía, me avisaría con un mensaje de texto. Suspiré, aliviada y completamente agradecida.
- Muchas gracias. Te quiero, Matt.
- Sí, por mi parte también.
Sonreí un poco ante su forma rara de decirme que también me quería. Luego de eso, cortó la llamada.
Le devolví el celular a Gregg sin ser capaz de mirarlo.
Sabía que era una cobarde por estar escapándome de esa forma, pero no veía otra forma de afrontar el asunto de otra forma. No estaba ni emocional, mental o físicamente lista para hacerlo.
Miré a Gregg luego de unos segundos. Al hacerlo me sentí aliviada al no ver ningún rastro de resentimiento, odio u rabia en sus ojos. Solo comprensión, plena y pura. Eso me ayudó un poco a respirar más tranquilamente. Más sabiendo que le pediría que me ayudara a realizar todo aquel acto.
Al parecer no me cansaba de agarrar con fuerza a las personas a mí alrededor mientras me hundía, con clara intención de hundirlos conmigo.
[ . . . ]
Respiré pesadamente cuando vi el edificio alzarse frente al auto que Gregg había rentado. Miré nuevamente el mensaje de mi celular y lo repetí dentro de mi cabeza como una mantra.
"Conseguí sacarlo del departamento. Ahora estamos en su auto, saliendo del garaje. Apresúrate. Seguramente estaremos allí en menos de una hora. - Matt"
Habían pasado cinco minutos de ese mensaje. Por suerte el tráfico no estaba espantoso y pudimos avanzar rápidamente. Lo que no tuve en cuenta al idear el plan era lo difícil que sería pisar si quiera el vestíbulo del edificio. No creía poder evitar desmoronarme en el instante en que mis ojos divisaran la sala del que solía ser nuestro hogar.
Cuando Gregg aparcó el auto frente al edificio, mi corazón prácticamente dejó de latir en el instante en que mis pies pisaron la acera. Eso me hizo más consciente de que todo aquello sí estaba sucediendo, y sucediendo de verdad.
Apreté los puños a los costados de mi cuerpo y me armé de valor mientras caminaba hacia la entrada. Sentí las manos de Gregg apretarme de forma amistosa los hombros, intentando, de una manera silenciosa, darme ánimos. Le sonreí, a penas, sobre mi hombro.
El portero, el señor viejito y amigable con el que me había encariñado tanto abrió los ojos como platos al verme entrar por las puertas gigantes y pesadas de cristal. Abrió la boca para decir algo, pero por suerte no lo hizo. Solo me miro de forma triste, supongo que reflejando y leyendo mi rostro en ese instante.
Lo saludé con un movimiento de cabeza y me metí en el elevador. En la subida, que fue la más rápida de todas, me sostuve al brazo de Gregg clavando mis uñas con toda la fuerza que mis pequeñas manos me permitían en ese instante.
Me repetí el mensaje de Matt una y otra vez antes de salir del elevador. Me lo seguí repitiendo, un poco en susurros, mientras sacaba la llave del departamento del bolsillo de mi chaqueta y la colocaba en la cerradura. Fue Gregg quien tuvo que apartar mis manos y terminar de hacer el trabajo por mí. Yo me quedé simplemente congelada en mi lugar, con cemento sobre los pies, sobre las manos y en el pecho.
Lo que le siguió después fue... algo extraño. Doloroso, claro.
El departamento tenía el olor de siempre. Lo recodaba. Era el olor de él. Toda su esencia estaba en cada rincón y me obligué a respirar por la boca para que mi cerebro dejase de llevarme a todos aquellos lugares que me traían demasiados recuerdos. Recuerdos que me pateaban el pecho, una y otra, y otra vez.
Cerré los ojos con fuerza. No encontraba las fuerzas dentro de mi para moverme de la entrada.
- Um... ¿Por dónde deberíamos empezar? - preguntó Gregg, en tono demasiado dudoso, a mí lado.
Entonces, de una cachetada interna, intenté volver a conectarme conmigo misma. La pregunta de Gregg y el mensaje de Matt repitiéndose en mi cabeza me hicieron recordar que no tenía demasiado tiempo, y que si quería salir ilesa de todo aquello debería actuar con rapidez.
- Solo necesito mi ropa - sentencié.
Lo sentí asentir a mi lado y luego vi como se abría paso en el departamento con seguridad y decisión. Tragué saliva cuando desapareció por el pasillo que guiaba hacia las habitaciones y el baño.
Sentí de repente que fue una mala idea volver a ese lugar, ver que todo estaba como la última vez que recordaba haber estado allí. Con la excepción de que unas almohadas y sábanas estaban tiradas, desacomodadas, sobre los sofás de la sala principal.
Era inútil intentar no sufrir estando allí. Así que solo me agarré al dolor y seguí los pasos de Gregg. Me abracé al dolor y a la tristeza, también, para poder entrar en la que era nuestra habitación.
Ahogué un sollozo cuando vi que mi lado de la cama estaba completamente ordenado. En cambio, de su lado, las sábanas y la almohada estaban desacomodadas. Me dio un vuelco en el estómago al recodar la última vez que había visto ese cuarto, e inmediatamente, intentando resguardar lo último de mi corazón que no estaba roto, me acerqué de dos zancadas a Gregg, quien estaba abriendo una de las valijas. La que era mía, la de color morado.
Ninguno de los dos dijo nada en el transcurso en que quitábamos mi ropa del armario. Sentí como, a medida en que las perchas se vaciaban, mi corazón también. Mis cajones fueron los primeros en estar vacíos. Tuve que tomar otro bolso, mío también, que él había comprado para mí, para guardar la mayoría de mis zapatos. Solo mis zapatillas, a decir verdad.
Fue raro, cuando terminamos. Sumamente raro.
Gregg suspiró mientras cerraba, a duras penas, el cierre de la gigantesca valija.
- ¿Eso es todo? - preguntó entonces, conectando sus ojos con los míos y soltando un suspiro.
- Creo que sí - me abracé a mí misma -. Deberíamos irnos ya.
- Sí. Supongo que eso es lo ideal.- asintió lentamente.
Entonces, el sonido del tono de llamada de su celular me hizo dar un respingo.
Cuando me mostró el identificador de llamadas ni siquiera tuve que responder para saber lo que estaba por suceder. Si Matt estaba llamando era porque, el plan de alejarlo del departamento no había salido tan bien como creía.
Dejé de respirar por unos segundos, intentando volver a conectar mi cerebro con mis piernas. Entonces, solo bastó con una mirada para que Gregg se apresurara a tomar la valija y salir apresuradamente por la puerta de la habitación.
Yo me quedé un segundo más allí. Porque una parte de mí, una gran parte de mí, no quería irse para nada. El sesenta por ciento de mi cuerpo quería acostarse de su lado de la cama e intentar volver a sentir su calor contra mi piel unos instantes. Pero no podía hacer eso, no tenía tiempo para ese tipo de pensamientos, ese tipo de acciones, no podía permitirme desear cosas que no podría tener.
Tomé el bolso lleno de mis zapatillas y, antes de salir de la habitación, me acerqué a su mesita de noche y de forma decidida, rápidamente, saqué el anillo de mi bolsillo y lo dejé allí arriba. Luego de eso, me apresuré a unirme con Gregg.
Pero, preferiría no haberlo hecho. Preferiría no haber corrido hacia la sala, porque nada en mi cuerpo estaba preparado para lo que allí me estaba esperando.
Porque allí estaba él. De pie en el marco de la puerta principal, mirando fijamente a Gregg con ojos filosos, furiosos, para luego dirigirlos a mí y al bolso en mi mano. Tenía el ceño profundamente fruncido.
Algo se rompió. Se volvió a armar. Y luego se volvió a romper dentro de mí mil veces de seguido, dejándome confundida.
No encontraba el oxígeno. No recordaba como respirar.
Nos quedamos en silencio. Él mirándome fijamente a mí, Gregg mirándolo fijamente a él, yo mirando fijamente el bolso en el piso.
Luego de unos instantes, que se sintieron como minutos, lo que rompió el silencio fue el sonido de un fuerte portazo.
- Te estás yendo - sentenció.
Volver a escuchar su voz me alteró el cuerpo. No pude evitar levantar la vista hacia él, incluso aunque no quería. Tragué saliva cuando me encontré con sus ojos llameantes, enojados, ¿quizás? Me sorprendió, más que nada, encontrarme completamente confundida con sus expresiones. Era como si ya no lo pudiera leer, no como antes al menos.
- Bueno, estás huyendo. - su tono incrédulo y sarcástico retumbó en toda la habitación. No apartaba su mirada ofendida de la mía.
- Eric, creo que deberías... - empezó Gregg.
- ¡Tú cierra la boca! - su grito repentino, lleno de odio, me hizo dar un respingo. Miró a Gregg como un depredador miraría a su presa y dio un paso hacia adelante, apuntándolo con su dedo índice -. De verdad, Gregg, si no quieres sacarme de mis casillas, cierra la puta boca.
- Solo iba a decir que deberías relajarte.
Eric soltó una carcajada, una verdadera y sincera carcajada. Cargada de ironía.
- ¿Y quién demonios piensas que eres para meterte en esto? - gritó, dando otro paso hacia adelante, mirándolo fijamente con los puños cerrados a sus costados.
Yo me mantuve alejada, a unos metros, en mi lugar, pero atenta a la escena. No querría que todo terminara en una pelea.
- ¡Dime quien carajo piensas que eres! ¿Eh? - se detuvo, completamente rígido de pies a cabeza -. ¿Qué pasa, Gregg? ¿Piensas que repentinamente vuelves a tener una oportunidad con ella? - soltó un bufido profundo mezclado con una risa -. No eres más que un jodido idiota.
Cuando noté el odio con el que esas palabras dejaron poco a poco su boca, supe que su amistad tardaría en volver a la normalidad, a remediarse. Si es que alguna vez se remediaba.
Pero eso no fue todo, cuando noté que Gregg fue el que dio un paso en su dirección, me moví inconscientemente hacia ellos, sabiendo que, por parte de Eric, no dudaría y definitivamente disfrutaría una pelea en ese instante.
- Gregg - lo llamé. Ambas cabezas se giraron instantáneamente hacia mí. Tragué saliva, tensa, concentrándome en los ojos verdes del castaño -, ¿por qué no te adelantas y me esperas en el auto?
Eso era todo. No podía posponer y seguir evitando ese momento.
- Pero, Val...
- Ve.
Fue todo lo que tuve que decir, y esforzarme en mirarlo con confianza y seguridad, para que me hiciera caso.
Me quedé mirando atenta y fijamente como Gregg tomaba la valija y el bolso en sus manos y caminaba lentamente hacia la puerta. Mis ojos se quedaron en su espalda hasta que la puerta se cerró.
Entonces, forzadamente, tuve que mirarlo. Ahogué un pequeño grito de exclamación al tenerlo más cerca que antes. Todo su rostro era más claro al tenerlo a menos distancia. Las ojeras debajo de sus ojos eran profundas, oscuras y prominentes. Sus ojos marrones, por otro lado, estaban rojos, hinchados. Su cabello iba desordenado, su rostro caído, incluso se veía algo pálido. Se veía... bueno, se veía como yo me sentía. Y estoy seguro de que mi rostro combinaba exactamente con mi estado de ánimo.
Tragué saliva. Con un dolor constante en el pecho mientras intentaba ignorar el hecho de que el hombre frente a mí estaba destrozado y hecho un desastre. Y que la culpable de todo ello era yo.
Tuve que tragarme las lágrimas.
Abrí la boca para hablar, para decir lo que sea, pero él se me adelantó.
- ¿Así que es esto lo que harás? - preguntó entonces, luciendo rígido, incapaz de mirar a otro lugar que no fuera mí rostro -, ¿Solo tomarás tus cosas y desaparecerás? Pues si ese era tu plan lamento haberlo arruinado. - el odio y el sarcasmo en su tono eran palpables en mis dedos. Llené de aire mis pulmones sintiendo como me apuñalaban el pecho.
- Yo... nunca... - no encontraba ni mi voz, ni las palabras, miré alrededor intentando recomponerme -. Siento hacer esto de esta manera.
- ¿Lo sientes? - rio -, ¿lo sientes, Val? - sonaba sumamente incrédulo.
- Sí, lo lamento - lo miré a los ojos, intentando transmitir toda la sinceridad del mundo en esa pequeña oración -. Sabía que en algún momento deberíamos hablar. Que debíamos volver a vernos alguna vez. Simplemente no estaba preparada para hacerlo tan pronto y... - las palabras se atropellaron en mi boca. Él me miraba con las cejas arriba y las manos en sus caderas, casi sin poder creer lo que estaba escuchando salir de mi boca.
- Y decidiste venir a nuestro departamento - dijo las últimas palabras con mas fuerza, con otra intención. Me dolió el corazón -, a buscar tus cosas y entonces, ¿qué? ¿Debía actuar como si nunca hubieses existido? - me miraba fijamente, sorprendido, enfadado. No lo culpaba.
- No... No, yo nunca...
- No pensaste a caso en como mierda me hubiera sentido al volver aquí y... ¿Y no encontrar ninguna de tus cosas? - su tono esa vez reflejó un dolor que me recorrió de pies a cabeza -. ¿Cómo pensaste que me haría sentir eso?
No podía argumentar nada en contra de sus palabras. No podía decir nada, porque él estaba en lo correcto, tenía razón. Tenía toda la razón y yo lo sabía. Supe, en el momento en que decidí hacer todo eso, que estaba mal lo que estaba por hacer, pero no me interesó. Porque no pensé en nadie más que en mí. Y lo había lastimado aún más, más que antes. ¿A caso alguna vez dejaría de hacerlo?
- Lo lamento. Tanto.
- Ya dijiste eso. - respondió en tono algo brusco, apartando su mirada por primera vez de la mía, pasando las manos por sus ojos.
Respiré profundamente.
- No podía verte - confesé -. Sabía que tenía que hacerlo, quería hacerlo... pero no podía. - volvió a mirarme. Sus facciones se serenaron.
- ¿Por qué?
- Me duele - admití, nuevamente. Apreté mis manos a mis costados para contener las ganas que tenía de caminar hacia él y acariciar sus mejillas, su frente -. Me destroza verte así.
- Pensé que eso ya no te interesaba.
La sinceridad en su tono y su mirada me mataron. Lo miré con los ojos bien abiertos.
- ¿Qué? - dije apenas -. ¡Por supuesto que sí! ¿Cómo puedes pensar que...?
- ¡Por todo lo que has hecho! - gritó, de repente, de nuevo. Vi como todas las emociones se pasaban por sus ojos, y como luchaba para intentar agarrarse a una. Se veía desesperado, alterado -. ¿Qué querías que pensara? ¿Qué me querías? - bufó, alzando los brazos al aire -, ¡Pues eso no lo pensé cuando me dejaste plantado en el puto altar!
- Eric, por favor - rogué, al borde de las lágrimas, dando un paso hacia él para intentar calmarlo. Él dio dos pasos hacia atrás -. Entiendo que estés enojado...
- ¿Enojado? - me miró, los ojos bien abiertos -, No estoy enojado, ¡Estoy sufriendo! - su voz se rompió, respiró profundamente -, ¡Y tú me has traído a esto! ¡Tú! ¡La persona que debía amarme más que a nada! - el dolor en su tono de voz me hizo sollozar. Las lagrimas se acumularon en sus ojos, pero él las limpió antes de que cayeran por sus mejillas.
Me cubrí el rostro con las manos, intentando comprender cómo todo eso nos podía haber pasado a nosotros. Intentando comprender cómo habíamos llegado hasta ese punto. Hasta el punto en donde él cree, con todo su corazón, que no lo amo, o que jamás lo amé, o que dejé de amarlo.
Supe que si esa era la última vez que nos veríamos, quizás en un largo tiempo, no podía irme, no podía dejarlo sintiendo, o creyendo, que yo me iba sin amarlo. Eric no podía pensar que no lo amaba, o que dejé de hacerlo, cuando mirarlo así: destrozado y roto, al borde de un ataque de pánico, se sentía tan dentro de mí que me desesperaba.
Tenía que ser sincera, directa, y debía hacerlo no solo por él, sino por mí.
- Eric... - decir su nombre fue doloroso, definitivamente, me miró con su respiración agitada -. Te vi - no pareció comprender. Llené de aire mis pulmones -. El día de la despedida de soltero... Te vi, en la habitación. Con esa mujer y... - no pude terminar la oración, no podía relatar en voz alta todo lo que había visto.
Su rostro pareció iluminarse por un segundo. Iluminarse con la tranquilidad de una respuesta a una pregunta que sé lo estuvo persiguiendo todos esos días. Pero esa tranquilidad no duró mucho. Enseguida el dolor, el verdadero dolor y el arrepentimiento pintaron su expresión. La agonía tiñó sus facciones. Llevó la cabeza hacia atrás, cubriéndose el rostro con las manos. Entonces, vi como su cuerpo temblaba. Di un paso hacia adelante, estirando la mano, pero me detuve y me abracé a mí misma.
Apartó las manos de su rostro y me miró, con la mirada rota. Dio un paso hacia mí.
- Val... te juro, te juro que nada pasó con ella - su tono había cambiado drásticamente, ahora sonaba como si me estuviera implorando algo que aún no había dicho -. Te lo juro, mi amor. No la toqué. Jamás te haría eso. Jamás.
- Lo sé. - asentí, mirándolo segura. Porque lo sabía, lo quería.
Entonces, su cabeza ató otros cabos.
- Eso... - tragó saliva -. Eso que viste... No... había pasado tiempo desde la última vez. Sabes que llevaba meses sobrio.
- Exacto: llevabas - mi tono también había cambiado, sonaba más dura, dolida pero algo fría -. Hasta que ya no lo estuviste.
- Fue un pequeño y estúpido error - dio otro paso hacia mí, con los ojos llorosos. No me moví -. Estuve cinco meses sin nada de esas mierdas. Estuve bien, me estaba recuperando, porque estaba contigo. Estábamos mejor, mejor que nunca - otro paso más, con sus ojos fijos en los míos -. Lamento tanto haberlo hecho. Tanto. Pero podremos superar todo esto... - asintió, con una sonrisa esperanzada que me empujó el corazón hacia el suelo -. Podremos salir de esta. Como siempre lo hacemos, nena...
- No - lo interrumpí. Su sonrisa desapareció -. No, Eric. - sentencié, intentando encontrar mi voz. Soné como un pequeño susurro. Me miró destrozado. Vi como todas las pequeñas esperanzas e ideas en su cabeza caían de repente, sin aviso previo.
- ¿Qué dices? - fue él quien susurró ahora.
- Ya no saldremos de esto - dije, mirándolo a los ojos, aunque era lo más difícil y doloroso en ese instante: ver como yo destrozaba lo poco que quedaba del hombre que amaba -. Tú tendrás que hacerlo ahora. Tú solo. Yo no puedo. Ya no puedo. Lo lamento.
- No entiendo... - miró alrededor, algo desorientado -. No entiendo, Val. Tú... se supone que... - no encontraba las palabras, no pude evitar soltar unas lágrimas -. No se supone que las cosas fueran así. Siempre estamos juntos, siempre salimos de todo juntos. ¿Por qué...? ¿A caso ya no me... ya no...? - no pudo completar la pregunta cuando volvió a mirarme a los ojos.
- Claro que lo hago - fue todo lo que pude responderle. Me abracé con más fuerza -. Pero no podemos seguir de la manera en la que estábamos. Ya tuve suficiente. Ya fue suficiente, para ambos.
- No. ¡No! - me miró desesperado -. ¿Cómo puedes decir eso? Claro que no - negó rápidamente con la cabeza -. Jamás tendré suficiente de ti. No. Te necesito. Te necesito con mi vida entera. No puedes hacer esto, no puedes dejarme - al dar otro paso hacia mí, intentó colocar sus manos en mis brazos, pero tuve que esquivar el contacto. Sus ojos se rompieron aún más, al igual que mi corazón. Dejó caer los brazos a sus costados, rendido -. Por favor.
Negué con la cabeza, intentando desaparecer ese enorme nudo en la garganta que me no me permitía ni tragar saliva, ni mucho menos hablar.
- Ya no puedo seguir con esto.
- Me lo prometiste, ¿No lo recuerdas?
Lo vi bajar la cabeza un segundo antes de que volviera a levantar la mirada y me observara con sus ojos destrozados, al igual que mi corazón.
- Esto ha sobrepasado mis límites. Te lo dije, te dije que no soportaría más.
- ¿Me dejarás, así... como si nada? - me miró ofendido -. ¿Qué pasó con amarnos a través de todo?
Me tragué las lágrimas.
- Ya no puedo salvarte, Eric. No puedo. Me rindo.
Vi como aquel chico, hombre ya, que amé desde los diecisiete años, se desmoronaba frente a mí. Observé como cada parte de su esencia se destrozaba ante mis ojos. Pero yo no podía hacer más nada para salvarlo. No podía salvarlo de él mismo, y ya no podía continuar destruyéndome a mí misma en el intento.
Comenzó a llorar. Las lágrimas no dejaban de caer por sus ojos. Estaba vulnerable, dolido.
Dios, tuve que contenerme con cada célula de mi cuerpo para no correr a envolverlo entre mis brazos y consolarlo como estaba acostumbrada a hacerlo siempre.
- Por favor. Por favor, nena, no me dejes. - rogó, con la voz rota.
Cerré los ojos, y mi corazón se encogió ante el viejo apodo.
- No sabes cuanto lo siento - lloré -. Desearía poder hacer algo para remediar todo esto.
>
- Puedes hacer algo - lo miré -. Puedes quedarte. Podemos solucionar todo esto. Puedo convertirme en el hombre que necesitas y mereces.
Suspiré en un acto involuntario. Tenía que salir de allí inmediatamente.
- Lamento haber dejado que esto llegara tan lejos.
Mi voz sonó robótica. Mis ojos no podía mirarlo.
- No digas eso.
- Me iré por un tiempo.
- No. No, Val... - el llanto no tenía intención de detenerse pronto.
- Cuídate, ¿si? Por favor - mordí fuertemente mi labio inferior -. Lo siento, Eric. Lo siento tanto.
- Val...
Cuando pasé a su lado, dirigiéndome hacia la puerta, extendió su mano para tomarme del brazo y retenerme allí por unos minutos más. Pero lo esquivé a tiempo, apresurando mi caminar y corrí hacia la puerta, abriéndola de un tirón y cerrándola rápidamente a mis espaldas. Dejándolo atrás. Dejando parte de mí con él también.