15 | BAJO EL AGUA

4448 Words
Había llegado a muchas conclusiones en el viaje de la biblioteca hacia el hotel donde todos se estaban hospedando. La primera era que aquel llanto no se detendría hasta dentro de unas horas, o un buen tiempo, a decir verdad. La segunda, me confirmaba que, con cada minuto que siguiera pasando, el dolor no mejoraría: todo lo contrario. El agujero en mi pecho no me mostraba indicios de querer detener su crecimiento prontamente.  Me concentré en mi llanto para no pensar en otras cosas. Como en el hecho de que, para ese momento, él ya sabría todo. Todos estarían volviendo a sus casas, decepcionados y curiosos del porqué el casamiento no sucedió. Tuve que distraerme con el sonido de mis sollozos y el dolor de mi pecho para no pensar en como, si el dolor de mi corazón era inexplicablemente insoportable, él suyo sería simplemente irremediable.  Le estaba rompiendo el corazón. Lo estaba dejando caer. Me estaba yendo. Lo estaba dejando. Lo estaba dejando. Un nudo en mi estómago creció hasta el punto que lo sentí ascender hasta mi garganta. Allí se quedó esa sensación y las ganas de gritar desesperada me invadieron. Por lo que tapé mi boca con mis manos, con fuerza. Estaba segura de que si separaba un centímetro de mis labios gritaría. Gritaría con dolor. Eso solamente serviría para preocupar y asustar a Gregg, y el pobre ya tenía suficiente con estar encargándose de mí. Pensé que respirar se volvería más fácil, pero me equivoqué. Me convencí de que el problema era el vestido, que me apretaba horriblemente en ese instante. No me ayudaba bajar la cabeza y ver la tela blanca, perfecta, sedosa y preciosa. No me ayudaba saber que aún llevaba puesto la que debía de haber sido la prenda más preciada de mi vida.  Mis pensamientos se vieron eclipsados cuando el tono de llamada del celular de Gregg me distrajo lo suficiente como para dejar de llorar de repente. Lo miré inmediatamente, él hizo lo mismo. Tenía el rostro contraído por el dolor y la tristeza.  ¿Qué pensará de mí después de hacerle esto a su mejor amigo? ¿Me odiará? Seguramente muchas personas me estaban odiando en ese momento. ¿Pero Gregg? Por alguna razón no podría lidiar con la idea de saber que me detesta. Él, que es tan bueno y comprensivo, con todo el mundo... no podría soportar que me detestara. Suficiente ya tenía con mi propio odio hacia mí. Su celular volvió a sonar. Gregg sacó el aparato del bolsillo de su traje y luego de mirar el identificador de llamadas me dedicó una mirada dolida. - Es él - me avisó, aunque yo lo supe desde la primer llamada. Asentí, porque no tenía otra cosa que poder hacer -. ¿Debería contestar? Mi primer instinto era decirle que no, que no contestara. Pero no podía ser tan egoísta, tan horrorosamente malvada.  Sabía a la perfección que Eric estaría gastando la suela de sus zapatos nuevos, caminando de aquí allá, dándole vueltas a todo. Preguntándose cosas que quizás no tenían respuesta. Apostaba lo que sea a que le preguntó a todos dónde estaba, a dónde me estaba dirigiendo. Seguramente nadie le dijo nada y él solo ató los cabos. Él sabía que estaba con Gregg. No pude abrir la boca, porque nuevamente sentí que gritaría, así que solamente asentí lentamente. Gregg no dudó ni un segundo en contestar, pero antes conseguí articular, en un pequeño susurro roto: - Solo no le digas a donde vamos. Gregg asintió lentamente ante mi petición. Supe a la perfección que eso sería lo primero que Eric le preguntaría. Supe que si Gregg se lo confesaba, él se apresuraría a ir al hotel y verme, poder hablar conmigo. Yo, por mi parte, no estaba en las condiciones emocionales y mentales para poder volver a ver su rostro o escuchar su voz. Si quería sobrevivir a todo eso, no podía verlo.  - Eric... - su voz no era en tono de saludo, soltó aquel nombre en medio de un suspiro.  No podía mirarlo, no podía mirar a su rostro mientras hablaba con él. Clavé mis ojos al frente, me concentré en el auto blanco frente a nosotros. Desgraciadamente, no pude desconectar mis oídos. - Sí, ella está aquí - tragué saliva -. No, no puedo hacer eso, lo siento... - se escuchó un fuerte murmullo del otro lado de la línea. Supuse que Eric estaba gritando -. No, hermano... Ella está - sentí su mirada en mí un segundo. Carraspeó la garganta -... solo llora. Eso es todo. No ha dicho nada - suspiró -...No puedo decirte eso... No sé a dónde estamos yendo, ella está guiando el camino - le agradecí en mis pensamientos por mentir para cubrirme. Eso solamente me hizo sentir peor -... No, Eric. No, no es una buena idea - lo pude escuchar alterarse, lo pude escuchar maldecir a los cuatro vientos -. Lo siento, hermano. De verdad lo siento muchísimo. Después de eso, escuché como cortaba la llamada. Mi corazón cayó diez metros, más, bajo tierra.  Para mi suerte, en la siguiente calle Gregg se adentró al garaje de un edificio altísimo. Me tranquilizó saber que ya habíamos llegado al hotel. Aparcó el auto en el puesto número ocho y yo sentí como mi cuerpo se movía solo. Ciertamente, mi cerebro no me estaba controlando en ese momento, por lo que solo me digné a procesar todo lo que pasaba: la forma en que mis manos abrieron con desesperación la puerta del auto, como mis pies se tambalearon cuando pise la acera. Vi como Gregg corría hacia mí, apresurado por sostenerme. No lo sentí, de igual forma. Cuando su brazo rodeó mi cintura para sostenerme de caer, no sentí el tacto. Todo era muy ajeno, muy difícil de comprender. Nos adentramos en el elevador y de nuevo sentí que me ahogaba. Esa vez fue peor. Me sentía bajo agua. No sé exactamente en qué momento empecé a llorar nuevamente, pero sí pude ser consciente de la forma en que Gregg me abrazaba con muchísima fuerza. Lo sentí como un intento de mantenerme unida. Aprecié y agradecí el dolor de sus brazos fuertes alrededor de mi cuerpo delgado.  Al entrar a la habitación, mis manos se dirigieron desesperadas a mi cabeza, sacando de un tirón el velo y el pequeño tocado que lo sostenía. Sentí mechones de mi cabello caer a mis costados. Arrojé, de una patada, mis zapatos a cualquier lugar de la habitación. Entonces me giré, desesperada, hacia mi amigo, quien me miraba de pie desde la puerta, también desesperado, más que yo incluso. Me observaba y supe leer sus ojos: no sabía qué decir, cómo actuar. Lo comprendí: yo tampoco sabría cómo actuar. - ¡Ayúdame a salir de este vestido, por favor! - no pretendía sonar tan desesperada, pero así fue. Mi grito ahogado lo despertó de su confusión y shock. Los dedos de Gregg bajaron como pudieron el cierre de mi vestido, que se sintió infinito en ese instante. Me apresuré a salir de aquellas mangas. No caí en la cuenta que estaba desnuda de cadera para arriba. Me quedé dura y luego sentí como una tela suave tocaba mis hombros. Miré por encima de ellos y me encontré con una pequeña sonrisa de labios apretados de parte de Gregg. Me ayudó a adentrarme en una de sus camisas a cuadros color negra y azul.  Lloré mientras me abotonaba la camisa y dejaba caer el vestido a mis pies. De reojo vi como Gregg se agachaba y me daba un pequeño toque en los tobillos, indicándome que debía levantar los pies. Eso hice, como una niña pequeña. Él tomó el vestido y pronto me sentí tan vacía que era desesperante. Entré en pánico mientras mis manos quitaban los clips de mi cabello, arrancándome mechones rubios en el proceso. Ese fue el momento exacto en el que supe que estaba perdiendo la cabeza. O a lo mejor, ya la había perdido. Y así, en la habitación de hotel de Gregg, con su camisa gigante cubriendo mi cuerpo, con mis pies descalzos pisando la madera fría del piso, con mi cabello hecho un desastre, con mi corazón destruido, aniquilado... solamente volví a llorar. Pero aquel llanto fue diferente. Fue silencioso, más doloroso incluso. Eran sollozos agudos que salían involuntariamente de mi garganta. Era sentir que cada una de mis lágrimas quemaba la piel por donde pasaba. Era sentir mi cuerpo doler, temblar, y no poder hacer nada al respecto. Por alguna razón supe que aquel era el último llanto, por ese momento. Creo que sentí que me caí, pero no fue así. Gregg me sostuvo en sus brazos, como a una niña pequeña incapaz de moverse por su cuenta por el shock. Aprecié el gesto, pues si no hubiera sido por él, me hubiese quedado lo que restaba del día, de pie en medio de aquella habitación. Me dirigió a la cama, dejándome sobre el colchón suavemente. Cuando quiso apartar sus brazos de los míos, no se lo permití. No hizo falta que diga nada, él solo me miró a los ojos y asintió suavemente con la cabeza.  Me moví hacia un costado, haciéndole espacio en la cama. Él se acostó a mi lado sin decir nada, con el traje impecable. Yo seguía llorando, sintiéndome como un pajarito de alas rotas. Gregg no me abrazó. Yo solo me acomodé de costado y tomé uno de sus brazos, agarrándome a él con todas mis fuerzas, llorando sobre la manga de su traje. No sé cuánto tiempo estuve así: abrazada a su brazo y llorando, pero en algún momento caí dormida. Cuando desperté, me sentí anestesiada. El dolor del pecho no se había ido, claramente, pero me alivió saber que mis huesos ya no ardían junto con mis músculos cada vez que me movía. Gregg no estaba a mi lado, en cambio yo estaba abrazada a una almohada manchada con el maquillaje de mi rostro.  Me levanté de apoco, enderezándome en el colchón. Las cortinas de las ventanas junto a la cama estaban abajo, pero pequeños destellos del sol se escapaban e iluminaban un poco mis pies. ¿Seguía siendo de día? Pensé que dormiría más. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que llegamos al hotel? ¿cómo estaba... él? ¿Gregg sabrá algo de él? ¿lo habrá vuelto a llamar? Entonces, la figura de Gregg entró por el marco de la puerta. Ya se había sacado el traje e iba vestido con unos jeans holgados y una camiseta blanca lisa, descalzo. Sus ojos se sorprendieron al verme y entonces una sonrisa amigable, cuidadosa se curvó en sus labios. - Al fin despiertas - dijo, con el mismo tono cariñoso de siempre. Caminó hacia la cama y se sentó a mi lado -. ¿Cómo te sientes? - sus ojos verdes estaban dolidos y preocupados. - No lo sé - fui sincera -. ¿Cómo se supone que debería sentirme?  - Como sea que te sientas, todos lo entenderemos - me miró nuevamente y llenó de aire sus pulmones -. Estuviste... - aclaró su garganta -, balbuceando mientras dormías - lo miré curiosa, algo aterrada por lo que sea que haya salido de mi boca. Los ojos de Gregg se tiñeron de compasión -. No te odio, Val. Ni te desprecio. Jamás podría. Su tono fue tan sincero que me tranquilizó. Agradecí a mi subconsciente por haber hablado en voz alta en mi sueños, dado que a yo jamás podría preguntarle en voz alta a Gregg si me odiaba por lo que había hecho, porque estaba cien por ciento segura de que su respuesta sería positiva, y eso no podría tolerarlo. Llené de aire mis pulmones, con algo de esfuerzo y pasé las manos por mi rostro lentamente. Miré alrededor, algo desorientada.  - ¿Cuánto tiempo estuve dormida?  - Ya pasó todo un día. Cuando llegamos no tardaste mucho en dormirte. Son las cinco de la tarde.  Lo miré sorprendida, perdida en la cantidad de tiempo que ya había transcurrido.  ¿Todo un día? parecía simplemente imposible. Había vivido todo un día luego del momento mas doloroso y desesperante que viví en mucho tiempo. Todo un día desde que decidí irme y dejarlo allí. Estaba convencida de que si pude tolerar tanto tiempo fue por el simple hecho de pasarlo dormida, porque consciente jamás toleraría tanto. - ¿Tienes hambre? - negué con la cabeza, arrugó la frente -. Deberías comer algo. - No creo que nada entre en mi estómago en este momento. - ¿Al menos un vaso de agua? - lo miré, cansada, sus ojos medio rogaron -. Por favor, al menos debes hidratarte. No tuve que responder nada. Él tomó una pequeña botella de agua de la mesita de noche y vertió el líquido dentro de un vaso, extendiéndolo hacia mí, sin dejarme argumentar nada. Decidí hacerle caso y beber el agua, lo cual fue un alivio repentino. Le agradecí con una pequeña sonrisa. La sonrisa más dolorosa que le había dedicado a nadie nunca. Gregg suspiró. - ¿Dónde están... los demás? - dudé un poco, mi voz sonaba rara. Él rascó la parte de atrás de su cabeza, algo nervioso. Se veía cansado. - Tu padre está en su habitación al otro lado del pasillo - dijo -. Matt y Zach están en tu... departamento - con eso, supe que quiso evitar decirme que están conteniéndolo a él. Una piedra cayó en mi estómago y algo estrujó fuertemente mi corazón. Miré mis manos -. Julie y Less están con Lenn. Pasaron a verte ayer y hoy temprano pero nadie quiso despertarte. - ¿Dónde están ahora? Necesitaba ver a mis amigas. - Bueno... - se puso algo nervioso -, ahora mismo las chicas están con Lenn. Ella está tratando de recuperar un poco de... bueno, del dinero en algunos de los servicios que no se ocuparon - o sea, de todos los servicios. Gregg soltó una pequeña risita -. A él no le hizo nada de gracia esa idea.  Entonces aclaró su garganta, con la mirada apenada, seguramente sintiéndose estúpido por la última oración. Yo solo agradecí que no haya dicho su nombre en voz alta. No estaba segura de si estaba lista para escucharlo. - Gregg - dudé, llenando de aire mis pulmones y mirando alrededor para encontrar las fuerzas -... ¿has hablado con él? - asintió lentamente en respuesta -. Dime. Pasó las manos por su cabello. - ¿Qué puedo decirte que seguramente ya no sepas, Val? - eso me hizo encoger en mi lugar -. Está alterado, más que nada. Matt me ha dicho que no deja de dar vueltas por del departamento. Está como loco, quiere verte y hablar contigo. En este momento me odia. - una pequeña risa, sin nada de diversión, salió de sus labios. Bajó la cabeza por un momento, acomodando sus sentimientos, antes de volver a mirarme.  Me sentí extremadamente como la mayor mierda del mundo. No quería poner todo eso en hombros de Gregg. Definitivamente no quería que él lo odiase, que creyera que está en su contra. Era egoísta de mi parte tener a Gregg ahí conmigo en vez de dejarlo ir con su amigo en paz.  - Lo lamento tanto - mi voz se rompió al final. Él me miró con pena -. Deberías estar con él ahora, no aquí. Deberías estar apoyando a tu amigo y... - Tú también eres mi amiga, Val  - me interrumpió, tomándome las manos -. No estaría aquí si no quisiera, de verdad. Suspiré, temblando, ante sus palabras. - Gracias - dije, con el tono más sincero que pude encontrar en mí -. De verdad, gracias por todo. - No hay de qué - me sonrió delicadamente. - Él... - bajé la mirada, frunciendo el ceño, intentando acomodar mis ideas -. ¿Volvió a llamar? - Sí, muchas veces - asentí lentamente -. No sé cómo, pero me creyó cuando le dije que no sabía donde estabas - lo miré atentamente, supongo que supo la pregunta que se estaba formulando en mi cerebro porque se apresuró a contestarla -. Todos pensamos que sería mejor decirle que nadie sabe a donde fuiste. Lenn le ha dicho que la has llamado para hacerle saber que estás bien, pero nada más. Ellos podían creer lo que quisieran, estar a gusto con la forma de escapar de todo aquello más fácilmente. Yo, por mi parte, sabía que él no se había creído ni una de las mentiras que han estado diciéndole. Aunque estaba agradecida con todos por mentir por mí, injustificablemente, no podía evitar sentirme mal, pésimo, con respecto a ello. El amor por mis amigos simplemente había crecido más - si es que eso era posible -, sabiendo que, incluso a pesar de no saber qué demonios sucedió conmigo,  estaban decididos en protegerme en ese instante.  Pero no era yo la que necesitaba que la protejan. Él necesitaba su apoyo, su contención. Él los necesitaba, muchísimo más que yo, ha decir verdad. Pero, ahí estaba yo: la persona más egoísta del planeta acaparando la atención que definitivamente no merecía. - ¿Y tu qué le dijiste? - pregunté en voz muy baja, tragándome las lágrimas de la mejor forma que podía. Gregg llenó de aire sus pulmones y miró al techo un segundo. - Cuando hablamos de nuevo, unas horas después de que tu cayeras dormida, él vino aquí - abrí los ojos como platos, desesperada de repente. Gregg me observó y elevó las manos a sus costados, para luego acariciar la piel de mis hombros -. Tranquila, no te vio. No entró aquí. No creo ni siquiera que sepas que estás aquí - intenté volver a respirar con normalidad -. Cuando me llamó dijo que estaba a pocas calles, entonces bajé a esperarlo - apartó su mirada de mi uno segundos, creo que para recomponerse y poder volver a hablar -. Estaba como loco, fuera de sus cabales. Me preguntó donde estabas una y otra vez. Insistía incluso luego de las veinte veces que le dije que no podía decirle, que no sabía con exactitud - miré atentamente mis manos, sintiéndome pesada -. Fue entonces cuando se desesperó. Hace tiempo no me daban un buen puñetazo - terminó la oración con una risita. Entonces mis sentidos se alteraron.  Lo miré desesperada, esta vez intentando prestar más atención a su rostro. La luz de la habitación era tenue, pero al acercarme un poco más a él, pude notar que en su ojo derecho, en la comisura, había un pequeño corte, una zona algo rojiza que seguramente dentro de unas horas estaría verde. Suspiré pesadamente y cubrí mi rostro con ambas manos. Dejé algunas lágrimas escaparse de mis ojos entonces. Como era de esperarse, sentí la mano cálida de Gregg acariciar mi espalda de forma reconfortante.  No podía mirarlo. No sabiendo que yo era la culpable de que esté pasando por ese momento horrible con uno de sus mejores amigos. - No te preocupes, no pasa nada. De verdad - continuaba acariciando mi espalda -. Luego de eso terminé por decirle que te había dejado en un motel. Cuando preguntó cuál solo respondí que me dijiste que querías estar sola. Después de eso se fue. - Gregg, no puedo explicarte cuánto lo siento - sollocé entre mis manos -. No deberías estar peleándote con él por mi culpa. Deberías estar con él, siendo su apoyo, ayudándolo... Yo, simplemente... No sé que decir.  - ¿En serio te preocupas por mi en este instante? - su tono de voz, casi ofendido, me hizo levantar la mirada -. ¿Eres tú la que está viviendo un infierno y te preocupas por mí? - me miró profundamente confundido -. Esto no es sobre mí, Val.E Esto no tiene nada que ver conmigo en absoluto. Deja de preocuparte por mí, por favor. Deberías concentrarte en ti misma. - ¿Para qué? - fui algo brusca al responder -, ¿solo para llegar a la misma conclusión? ¿que soy una jodida perra egoísta? Créeme que lo último que quiero hacer es pensar en mí en este momento. - Pues debes hacerlo - su tono era más fuerte, más decisivo. Esa vez me observaba algo enfadado -. Te guste o no, tendrás que hacerlo en algún momento. Puedes tirarte toda la mierda que quieras, pero todos sabemos que jamás hubieras hecho algo así si no fuera porque de verdad algo andaba mal - abrí la boca para contestar, para reprochar quizás, pero nada salió. Gregg enarcó una ceja -. Y no me puedes mentir a mí, Valerie Drake. Te conozco demasiado bien, aunque no te guste - tragué saliva -. Estuviste demasiado tiempo fingiendo que las cosas andaban bien. - ¡Podría haberme dado cuenta antes! - grité, todos los sentimientos dentro de mí me abrumaron: odio, enojo, rencor, tristeza, angustia -, ¡podría haber cancelado todo días, meses antes! ¿Y qué hice? Dejarlo en el maldito altar. Eso hice. - Deja de sentirte culpable. - me exigió, elevando la voz también. - ¡Pero soy la culpable! - Ni siquiera tú sabías lo que iba a pasar. No podrías haberlo sabido. - ¡Claro que sí! ¡Pude haberlo anticipado! Pude...  - No. Deja de decir eso, joder - bufó, interrumpiéndome ahora alterado -. Escúchame bien, Val, y escucha con atención: - me tomó de ambos brazos -, tú jamás podrías haber sabido lo que ibas a hacer antes de hacerlo. De ninguna manera podrías haber sentido la necesidad de salir corriendo hasta no haber estado allí, de pie frente a esa puerta. Hay cosas que no puedes saber hasta que simplemente las haces o suceden, o se sienten o se viven - sus ojos miraban fijamente los míos -. Así que te exijo que dejes de sentirte culpable. - No puedo - susurré, rompiéndome en el proceso -. No puedo evitar sentirme culpable sabiendo lo que le hice. Sabiendo cómo ha de estar en este momento.  - No puedes evitar que sufra o sienta dolor todo el tiempo, Val. Simplemente no puedes salvarlo de todo.  - Pero tengo que hacerlo. Intentarlo aunque sea... Gregg me miró de una manera rara. No sé exactamente como explicarlo, pero fue casi como ver la forma en que su mirada se rompía mientras me observaba. Podía sentir que sentía mi dolor. - Estar en pareja no debería sentirse como un trabajo o una tarea - sentenció, dejándome algo muda -. Y yo sé, sé que lo amas. Todos lo sabemos. Él lo sabe. Pero hay veces donde tienes que ponerte a ti primero, y ya. Eso no es ser egoísta. Cuidarte a ti misma de vez en cuando no es un acto de egoísmo. - Le rompí el corazón. - susurré en medio del llanto  intentando explicar con esa simple frase el dolor inmenso que recorría todo mi cuerpo a cada segundo, como oleadas de fuego que pasaban por mis venas, quemando, ardiendo, desbaratando todo a su paso. Sus ojos verdes me compadecieron. Se acercó a mí de un movimiento y rodeó mi pequeño cuerpo temblante con sus brazos. Noté entonces que yo estaba fría a comparación de él. Por esa razón, y por la necesidad de contención que no sabía que tenía, me quedé entre sus cálidos brazos por unos minutos más.  - ¿Y a caso tu corazón no está roto también? - susurró. Su aliento caliente contra mi oído me dio escalofríos. Sus palabras, por otra parte, me hicieron derramar más lágrimas. Si es que eso era posible. - Desearía poder remediar todo esto. - Tranquila. No estarás así para toda la vida. Y él tampoco. Ambos lo superarán... cuando sea debido - suspiré ante sus palabras -. Pero admito que me revolvió el estómago verlo... tan fuera de sí - tragué saliva y me sentí ahogada por un instante. Me aparté de su abrazo. Me miró y suspiró -. Sé que puedo estar pidiendo mucho, pero, ¿no crees que puedas hablar con él? La sola idea me quitó el aire.  Negué con la cabeza, enviando mi cabello hacia atrás. - No. No creo que pueda - confesé, pesadamente -. Créeme que quiero hacerlo, pero simplemente no puedo. - En algún momento tendrás que enfrentarlo...  Cerré los ojos, asimilando el escalofrío que abrazó mi tórax de un instante al siguiente. Fue la sensación más rara y dolorosa de todas. - Lo sé, lo sé - suspiré -. Solo no ahora. - Okey - asintió lentamente, ladeando la cabeza -. ¿Cuándo crees que estarás lista? Honestamente, jamás. - Quizás en un día o dos pueda... no lo sé. Necesito algo de tiempo. No sé cuanto exactamente. - Está bien, Val. De verdad, tómate todo el tiempo que necesites, ¿si? - tomó mi rostro entre sus manos e intenté asentir. Me dedicó una pequeña media sonrisa y dejó caer el agarre -. Nosotros intentaremos mantener esta cuartada por el tiempo que sea necesario.  - Muchas gracias, de verdad. - Mientras tanto, ¿por qué no te levantas y te das un baño? quizás eso te ayude a relajarte un poco. Yo iré a buscarte algo de comida. Intenté abrir la boca para quejarme y decirle que no era necesario, pero antes de que pudiera decir nada él ya estaba de pie, dirigiéndose hacia el marco de la puerta que separaba la habitación de una pequeña sala de estar.  - ¡En el baño dejé las toallas y Julie se encargó de prestarte un poco de su ropa! Dicho aquello, escuché la puerta principal cerrarse. Suspirando decidí que lo mejor que podía hacer por Gregg en ese instante era hacerle caso.  Ponerme de pie y dirigirme hacia el baño fue algo difícil. No tenía fuerzas, ni energía. Intenté recuperarme un poco sentándome en la tapa del retrete, observando como el agua caía del grifo y llenaba la bañera lentamente. No me molestó la espera, en absoluto. Fue casi hipnotizante escuchar el sonido de la ducha llenar el vacío de la tina blanca y lustrada del baño. No me miré al espejo mientras pasaba un cepillo por mi enmarañado cabello. Simplemente no podía manejar el hecho de enfrentarme a mí misma, así que solamente lo evité por completo. Cuando la tina estuvo completamente llena, me metí en ella lentamente. El agua cayó por los costados cuando me senté, pero no me importó.  Agradecí por la sensación del agua caliente abrazando mi cuerpo. Gregg tenía razón. El vapor incluso me ayudaba a respirar con más facilidad. Empecé a comparar mi estado de ánimo y emocional con mi cuerpo dentro de aquella pequeña bañera, llena hasta el tope de agua caliente. No encontraba mejor forma para describir mi situación. Me sentí extremadamente más diminuta, más indefensa, el agua de pronto pesaba sobre mis piernas y mis brazos. Llegó el punto donde ya no podía moverme, no al menos para intentar salir de la bañera o lavar mi cabello. Solo podía hundirme más. Solo eso. Me adentré de cuerpo completo, entonces. Dejé que el agua cubriera mi cabeza por completo y entonces miré hacia el techo. La realidad se veía igual de distorsionada que como se sentía en ese instante: con las pequeñas olas del agua desacomodando la forma del techo de madera. Necesariamente tuve que salir de allí cuando necesité respirar, aunque soporté más tiempo del que hubiera pensado. Con la respiración agitada y mi corazón estrujándose en mi pecho me pregunté si en algún puto momento dejaría de sentirme así. Si alguna vez él podría dejar de sentirte como yo sabía que se estaba sintiendo.
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