14 | LA BODA

4841 Words
Todo estaba sucediendo demasiado rápido. Ciertamente, el mundo giraba a una gran velocidad que me impedía poder comprender completamente lo que estaba sucediendo dentro de mí. Dentro de mi corazón, de mi cabeza, de mi cuerpo en general. Pero sí era capaz de comprender lo que estaba sucediendo fuera de mí. Todo aquello que no estaba bajo mi control. Lenn saltaba de un lado al otro. Su vestido azul turquesa lucía hermoso en ella. Pero no estaba en condiciones mentales para caer en cuenta de cada detalle. Estaba hermosa, con su perfecto vestido de dama de honor, con su perfecto peinado recogido, con su perfecto maquillaje. Less y Julie no se quedaban atrás. Las tres tenían puesto diferentes vestidos, largos y elegantes, pero todos del mismo color, como costumbre y tradición para las damas de honor. Lenn hablaba por teléfono con alguien. Saltaba de un lado para el otro, reía y daba órdenes. Yo veía como su boca se movía y formulaba las palabras, como sus ojos se dirigían hacia mí con alegría y emoción. La veía hablar pero simplemente no la escuchaba. Así como no escuchaba lo que estaban diciendo Lenn y Julie a unos pocos metros de mí mientras conversaban animadamente. También, Rodrigo y sus dos ayudantes, que estaban a mi alrededor, arreglando mi cabello y mi maquillaje, hablaban como locos. Creo que me preguntaban cosas, pero no puedo estar completamente segura. Todo se sentían como golpes secos en mi entorno. Las voces estaban tan ahogadas como yo. De verdad necesitaba concentrarme para respirar con tranquilidad y relajar mis extremidades. Pero era demasiado difícil concentrarme en estar relajada cuando cada inhalación de oxígeno me dolía. Me dolía respirar. Me dolía pestañear. Me dolía moverme. No podía sacarme aquella imagen de la cabeza. Simplemente, mi cerebro rechazaba cualquier otro tipo de pensamiento, decidido a torturarme una y otra vez con el recuerdo de la noche anterior. O bueno, el recuerdo de esta misma madrugada. Era tanto el esfuerzo que tenía que realizar para concentrarme en otras cosas que simplemente dejé que las personas a mi alrededor me guiaran. Rodrigo me terminó de arreglar el maquillaje. Sus ayudantes terminaron de colocar el último pequeño tocado en mi peinado. Lenn me tomó de la mano y me dirigió a la habitación del hotel, guiándome hacia la cama, en donde mi vestido de novia, blanco y perfecto, esperaba extendido por mí. El recuerdo de Lenn ayudándome a poner el vestido era vago. Sí recordaba cómo sus labios se movían rápidamente mientras me hablaba. Yo no respondía. Aunque en realidad no era necesario, pues ella estaba por las nubes, tan emocionada, que a penas se daba cuenta de que en realidad la razón de mi shock no eran los nervios de novia como habían declarado hace unos minutos atrás cuando dejé de hablar, casi hasta de moverme. Era bueno ver a todos a mi alrededor felices. Estaban emocionados, conmovidos, al borde de las lágrimas. Eran felices y eso aliviaba el dolor en mi pecho de una forma que lo convertía algo soportable. Pero no del todo. Es que no recordaba haber estado en tanto dolor emocional como aquel. Bueno, sí que lo recordaba. Así me sentí cuando murió mi madre. Cuando perdí el bebé. Cuando me vi obligada a alejarme de Eric para protegernos a ambos. Pero eso... era diferente. Igual de intenso, igual de insoportable y adormecedor. Pero no recordaba haber sentido la desesperación de sentir que jamás en mi vida podría superarlo. Porque en ese instante, si alguien me lo preguntaba, estaba cien por ciento segura de que no podría vivir un día entero sintiéndome así. Mucho menos toda una vida. La idea de que quizás estoy exagerando las cosas sí pasó por mi mente muchas más veces de las que puedo contar. Todo podría haber sido un mal entendido. Sinceramente, desde lo más profundo de mi corazón, sé que él no tocó ni un pelo de la mujer desnuda que estaba tirada en nuestra cama. Él no podría hacerme eso, lo conocía tan bien - o al menos eso creía -, tan profundamente, que me era imposible si quiera pensar en que me haya sido infiel. Exacto, lo conocía tanto como a mí propio corazón como para decir que estaba segura de que, a pesar de como se presentaron las cosas - la mujer desnuda en la cama, riendo a carcajadas, él sin camisa, tirado en el piso junto a la cama riendo con ella -, no me engañó con esa desconocida. Pero no lo conocía tan bien como para decir el por qué hizo lo que hizo. Se veía cómodo con el asunto en general. El escenario de aspirar esa mierda por su nariz se veía normal, rutinario, en su vida. Pero en la mía no. Yo no tenía idea de que era capaz de hacer eso. Sí estaba al tanto de que fumaba, de que bebía pero... ¿eso? ¿cuánto tiempo llevaba ocultándomelo? ¿por qué decidió ocultármelo, en primer lugar? Habían demasiadas preguntas rondando por mi cabeza. Preguntas que no tenían respuestas. Cómo el porqué de repente decidí escaparme del hotel, mientras mis amigas dormían, e ir a nuestro apartamento, con la esperanza de encontrarlo allí, medio dormido, y poder dormir a su lado. Me consolaba sentir que era simplemente como el destino tenía deparado el futuro de esa noche. Me costó volver al hotel después de eso. Me costó dejar el departamento y el edificio. Pero una fuerza superior a mí movió mis piernas y me sacó de ese lugar. Por suerte lo hizo. ¿Por qué sentía ese pánico, esa desesperación incontrolable?, ¿por qué no podía llorar, cuando eso era lo que más deseaba en ese instante?, ¿por qué no podía llamarlo para hablar cuando seguramente era lo que necesitaba?, ¿por qué tenía miedo de escuchar su voz? ¿de ver su rostro?, ¿por qué tenía miedo incluso de ver mí rostro?, ¿por qué me hormigueaban las piernas, los dedos de las manos, la garganta?, ¿por qué todo dolía así de mucho? Trataba de consolarme diciéndome que era una simple brecha más en el camino. Un asunto que tendríamos que discutir, que tendríamos que superar, como todos los anteriores. La idea de dejarlo no entraba en mi cabeza, era inexplicablemente insoportable. Mi cuerpo no lograba procesar si quiera la idea de imaginar el dolor que me causaría dejarlo, perderlo, estar sin él. Eso, sin dudas, me asustó más. ¿En qué clase de mujer me había convertido? la clase de mujer que no puede respirar sin él. La clase de mujer que prefiere que le arranquen el corazón a intentar existir sin él. La clase de mujer que lo cuida más que a sí misma y que no soporta verlo sufrir, verlo triste, verlo desolado. Me convertí en la persona de la cual él depende. Él me necesita. Me lo ha dicho millones de veces. Yo lo sé, también, sin que él diga nada. Sé que me necesita. Yo sé como las cosas le duelen, como lo lastiman, sé que desde el día en que pudimos superar mi accidente de auto, él ha vivido con el pánico de vivir sin mí. Y yo he estado ahí en cada paso del camino, dándole la mano, sosteniéndolo cuando las cosas son demasiado, tomando su dolor y haciéndolo mío. He renunciado a parte de mí, por él. He intentando consolarme a mí misma diciéndome de que ese tipo de cosas es la que uno hace por amor. El amor que le tengo, definitivamente va más allá del que jamás he sentido por nadie que haya pisado esta tierra. No puedo explicarlo. Llegué a la conclusión de que como pareja, uno deja ir cosas. Ajenas y personales. Te amoldas, te vuelves a armar, para el otro. Me he dicho eso miles de veces, sobre todo cuando su carrera empezó. Porque fue allí donde empezaron los verdaderos problemas. Donde empezó la bebida, las drogas, las fiestas, las incontables mujeres que querían estar con él, las cientas de cenas que preparé y dejé enfriarse sobre la mesa, las cientos de noches que sostuve su cabeza sobre el retrete, el dolor de brazos que sentía por intentar sostenerlo dentro de la ducha, las pesadillas que no lo dejaban dormir, su miedo a no ser suficiente para mí, a no ser bueno para mí, las peleas alrededor del país. Soporté cámaras, entrevistas, rumores, días alejados, noches sin dormir, llamadas sin contestar, peleas estúpidas, planteos inmaduros, llamadas a sus amigos para saber dónde se había metido... soporté eso, me lo tragué, lo entendí, lo amé. Lo hice. Por cinco años. Cinco años que se sienten como cinco minutos. - ¡Val! El chasqueo de los dedos de Lenn frente a mir rostro me vuelven a la realidad de una cachetada. Me concentro en sus ojos marrones chocolate, en su mirada feliz, entusiasmada, me concentro en ella para no caerme. - Sé que estás nerviosa pero reacciona, cariño. Estás dura como una caja y fría como un cubito de hielo - su rostro se preocupó con horror de repente -, ¡oh, espero que ni se te ocurra desmayarte! ¿te sientes bien? ¿quieres un caramelo? ¿te ha bajado la presión? - estaba preocupada, de verdad -. ¡No pensé en eso antes! Has de estar de los nervios y he leído que eso puede hacer que te baje la presión. Podrías desmayarte y... - Estoy bien. Escuchar mi voz fue algo repentino. No me esperaba hablar. Me escuché alejada y completamente... distinta. Fue todo lo que pude responderle para hacer que vuelva a respirar con normalidad. Lenn parecía a punto de tener un ataque de ansiedad, y no podía permitir que eso le suceda sabiendo que yo me estaba apoyando completamente en ella para no perder el control. Soltó un suspiro y una sonrisa cruzó sus labios de nuevo. Me agarré a su tranquilidad con todas mis fuerzas. - ¡Más que bien, Val! ¡estás divina, perfectísima! - me tomó de los hombros y me dirigió hacia el espejo al otro lado de la habitación. Caminar con los tacones ni siquiera me molestó. No sentía nada -. ¡Mírate! Ahí estaba. Yo, en el reflejo del espejo. Aunque no se sentía como yo en absoluto. Era mi rostro, maquillado discretamente, perfecto y arreglado. Era mi cabello, rubio, medio recogido, impecable. Era el vestido del que me había enamorado. El velo en mi cabeza. Era yo. Suspiré, un reflejo involuntario. Entonces sentí los brazos de Lenn girarme rápidamente y abrazarme con mucha fuerza, medio enterrando su rostro en mi cuello. - ¡No puedo explicarte lo agradecida que estoy contigo y Eric por haberme dejado organizar este día tan importante! - chilló, soltándome y arreglando el velo detrás de mis hombros. Sus ojos estaban llorosos -. Estás hermosa, de verdad. Estoy muy feliz por ustedes dos. Admiro el amor que se tienen y todo lo que han superado para llegar a este momento. Eric es muy afortunado de tenerte, Val - escuchar su nombre en voz alta tantas veces me encogía el corazón cada vez más -. Zach siempre dice que no sabe qué hubiera sido de Eric sin ti. Nunca me ha explicado detalladamente nada, pero siempre recalca que le has salvado la vida. Supongo que es cierto, pues Zach no diría algo así simplemente porque sí - suelta una pequeña risa -. Espero que seas feliz para siempre. Que ambos lo sean. No pude darle las gracias por las palabras. Un nudo me impedía si quiera abrir la boca. Pero Lenn entendió mi simple asentimiento de cabeza como un agradecimiento y volvió a abrazarme un segundo más, para luego volver a arreglar mi velo, mi vestido y mi cabello nuevamente. Al salir de la habitación, todos suspiraron y gritaron emocionados. Rodrigo se regocijaba de su estupendo trabajo, me decía que lucía perfecta. Mis amigas intentaban no llorar, me felicitaban y halagaban una y otra vez. Caí, de repente, en la cuenta de que todo eso sí estaba sucediendo de verdad. Me casaría en menos de cuarenta minutos según el reloj que colgaba en la pared. Estaba a cuarenta minutos de caminar por el altar hacia el amor de mi vida. Hacia el único hombre que amé. Hacia el chico de diecisiete años que conocí y me enamoré en mi último año de secundaria. "Todo un récord", siempre decía él cuando caía en la cuenta de que habíamos permanecido juntos tantos años. Estaba orgulloso de poder decirle al mundo que ahí seguíamos: enamorados y juntos, como nos habíamos prometido incluso siendo niños sin entender nada del mundo de verdad. Efectivamente él tenía razón: era todo un récord. La secuencia de todos saliendo de la habitación del hotel pasó lentamente en mi cerebro. Julie llevaba mi velo entre sus manos, alzándolo del piso. Less me sostenía una mano para ayudarme a caminar y Lenn estaba en el teléfono dando indicaciones. El ascensor se sintió demasiado pequeño - y en realidad, era gigante -, cuando nos metimos en el y empezamos a descender hacia la recepción. Los pisos que bajar eran interminables. No podía respirar. Mejor dicho, no quería respirar, porque me dolía el pecho. Me dolía demasiado. Por una razón que yo no entendía, porque estaba yendo a mi boda, estaba yendo a casarme. Era el momento más feliz de mi vida. Pero ese agujero en medio de mi pecho no dejó de crecer ni cuando pasamos el vestíbulo, ni cuando salimos a la calle y los flashes de algunas cámaras me cegaron por unos minutos, ni cuando me subí a la camioneta y la puerta se cerró a mi lado. Intenté volver a respirar. Mis ojos se encontraron con unos ojos verdes en el espejo retrovisor. - Eres, sin dudas, la novia más perfecta que alguien haya visto jamás. Eric Brennett es un jodido afortunado. La voz y la sonrisa de Gregg me tranquilizaron un poco. Se sintió como beber una cucharada de miel cuando te duele la garganta. Le sonreí. Porque era todo lo que me creía capaz de hacer en ese momento. Varios recuerdos me atacaron cuando nuestras miradas se volvieron a cruzar en el espejo. Recuerdos bonitos, que no veía con los mismos ojos que de aquel entonces. El recuerdo de Gregg besándome y diciendo siempre lo ideal, lo perfecto, en cada situación. Él siendo el mejor amigo que alguien pudiera pedir, el mejor novio que cualquiera pudiera tener. La forma en que sus labios me besaron alguna vez, con un cariño profundo y tierno... todo se veía demasiado lejano, demasiado ajeno. Era loco recordar y saber que alguna vez yo tuve la oportunidad de quedarme con él. Tuve la oportunidad de estar con Gregg, y apuesto a que hubiera sido inmensamente feliz, pero dejé ir esa posibilidad. La dejé ir porque me enamoré tan perdida y profundamente de Eric Brennett que mi todo le pertenecía a él. Eric Brennett. Pensar en su nombre me relajaba, un poco. Me transmitía una marea de tranquilidad capaz incluso de opacar un instante el hueco gigante en mi pecho. Otros recuerdos entonces me atacaron la mente. Recuerdos demasiado vívidos. Su voz me gritaba en la oreja. "Tengo miedo de darte una razón para dejarme", "no quiero seguir lastimándote", "¿me prometes que siempre estaremos juntos?", "no puedo siquiera pensar en una vida donde tú no estés en ella", "te amo tanto que duele", "no quiero... no puedo estar sin ti". ¿Tanto, tanto me amaba como para literalmente ser incapaz de vivir sin mi? Esa pregunta tenía respuesta en mi cerebro, una respuesta instantánea: sí. Yo era más que simplemente su novia, su prometida. Era muchísimo más. Era la persona por la que él se sostenía. Era la persona que lo cuidaba de todo y de todos. Era la persona por la que su mundo giraba. Ni siquiera puedo explicar lo que sé que soy para él. Porque me asusta. Me asusta esa dependencia profunda, esa necesidad de tenerme, esa desesperación a perderme que no lo dejaba dormir algunas noches. Me asustaba pensar que si un día algo me pasara, él no sobreviviría a eso. Yo lo amaba tanto como él me amaba a mí. Estaba cien por ciento segura de eso. Pero yo sí podía vivir sin él. Sí veía un después. Aceptaba a consciencia de que el proceso sería demasiado doloroso, demasiado insoportable, pero caminaría a través de él y poco a poco podría construir una vida normal. Él no. Eric no podría hacer eso. Y estaba completamente mal, tanto que me asustaba. Ya habíamos tenido esa conversación varias veces. En la que discutíamos qué veíamos en nuestras vidas si el otro no estuviera. Eric jamás dudaba en responder: "Nada. Sin ti ahí no veo nada. No necesito ver nada más." Esa respuesta me encogía el estómago. Por esa respuesta jamás me fui, porque tenía miedo por él. Porque lo amaba demasiado, porque yo tampoco quería ver una vida donde él y yo estuviéramos juntos. Y entonces me golpeó como un camión... Lo difícil que sería todo para nosotros. Lo mal que estaban las cosas desde hace tiempo para ambos, pero lo fácil que era disfrazarlo con la paz y la simple felicidad de estar juntos. Toda esa angustia y ese dolor ya no tenían solo que ver con el escenario de la noche anterior. No tenían que ver con haberlo encontrado como lo hice. Iba más allá, era mas profundo, más significativo de lo que yo podía entender. Me golpeó de repente entender a todo lo que había renunciado por él. Había renunciado a mí misma, felizmente, sin ningún problema... todo por él, para él. Mi vida se basaba en hacerlo feliz, en consumir su dolor, en quitarle el peso de la espalda y ponerla sobre la mía. En sufrir más por su dolor que por el mío. Cada decisión que tomaba era para hacerlo feliz. Había aceptado casarme, para él, por él, porque él me dijo que lo necesitaba y lo deseaba más que a nada en el mundo. Había decidido mudarme a Nueva York por él, para que siguiera sus sueños, sabiendo que ni siquiera los hubiera considerado si yo no hubiera estado de acuerdo con irme de California. Le había dicho que pensaría en tener hijos con él, cuando en realidad yo sabía perfectamente que no podría hacerlo, que era demasiado doloroso. Todo por él. Él. Él. Él. Cada una de las cosas que perdoné, cada una de las cosas que comprendí, fueron porque jamás he amado a nadie como a él. Y él me ama también. Me ama con cada célula de su cuerpo. A eso debía aferrarme si planeaba caminar por aquel altar. No supe en que momento llegamos a la biblioteca, pero los cuarenta minutos de espera se habían convertido de repente en veinte. De un instante al otro me encontré a mí misma subiendo las infinitas escaleras agarrada del brazo de Gregg por un lado, y de mi padre del otro. Mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho, todo daba vueltas. Respirar parecía casi imposible pero me encontré a mí misma obligándome a hacerlo, lo cual era más difícil de lo que debería. Mi respiración era pausada y lenta a comparación del ritmo al que iba mi pulso. No lograba entender qué estaba sintiendo. ¿Nervios, miedo, ansiedad, pánico? ¿Todo junto, quizás? - ¿Gregg? - me escuché a mí misma preguntar en una voz tan baja que apenas la escuché. Él detuvo su paso, a unos metros de la puerta gigante de madera frente a nosotros. La puerta que atravesaría sosteniendo el brazo de mi padre. - ¿Si? - su voz fue calmada, amigable y amorosa cuando me miró y respondió. Fruncí el ceño con un pequeño nudo en el estómago. - ¿Él está ahí dentro? - le pregunté, mirando con algo de ansiedad hacia la puerta. Él rio un poco por lo bajo. - Así es, muñeca - respondió con una sonrisa y sus ojos verdes iluminados -. Todos están allí, esperando por ti. Asentí ante su respuesta, intentando relajarme con el pensamiento de saber que estaba a tan solo metros de mí. Por alguna razón su rostro estaba borroso en mi memoria, y opacado por otros pensamientos, no sabría decirlo con exactitud. Gregg me sonrió nuevamente y en cuanto se dio media vuelta para ir a colocarse en su lugar, me encontré a mí misma agarrándome con fuerza de su brazo. Detuvo su paso y me miró con los el ceño algo fruncido en confusión. - ¿Sucede algo? - su tono era algo preocupado, pero podía disimularlo bastante bien. En cambio yo sentía que no podía disimular el pánico en mi rostro. - ¿Qué crees que habría pasado si yo me hubiera enamorado de ti y no de él? La pregunta lo dejó tan congelado como me dejó a mi anodada. No estaba en mis planes preguntarle algo así, ni siquiera en realidad era eso lo que estaba pasando por mi cabeza de verdad. Pero, honestamente, la idea sí había pasado por mi imaginación unos segundos. Gregg aclaró su garganta y acomodó su corbata en un acto algo nervioso. - ¿Por qué la pregunta tan repentina? - dijo entonces, lo escuché nervioso. Intenté disimular. - El pensamiento se me pasó por la cabeza. - fui sincera. - Creo que... - ladeó la cabeza, dudoso, respirando profundamente -, hubiéramos sido felices, eso seguro. No sé por cuanto tiempo pero siento que podríamos haber sido bastante felices. - Sí. Yo también creo eso. - Pero te enamoraste de Eric. - Si. - Y lo amas con todas tus fuerzas. - Si. - Están por casarse. Llené de aire mis pulmones. - Sí. - afirmé. Gregg sonrió un poco. - Entonces, no te preocupes - con una pequeña y media sonrisa acarició mi mejilla con suavidad -. Si eres feliz, has tomado todas las decisiones correctas. Esa vez no volví a tomarlo del brazo cuando dio media vuelta y caminó hacia Julie, ocupando su lugar en la fila. Mi padre caminó en mi dirección con una gran sonrisa y extendió su mano, la cual tomé sin dudar. El apretón que me dio, en forma de aliento, me llenó de una paz repentina. Me sentía segura a su lado, de la forma en que siempre me sentí junto a mi papá: como una niña pequeña siendo constantemente cuidada y protegida de cualquier tipo de mal. Caí en la cuenta que hacía demasiado tiempo que no me sentía así de segura. - ¿Cómo te sientes, cariño? - me preguntó entonces, en tono ansioso. Estaba inquieto. - Como una novia a punto de caminar por el altar. Soltó una pequeña risa. - Claramente - respondió, dedicándome una sonrisa paternal llena de adoración -. Es él, entonces - lo miré confundida -... el indicado, me refiero. El que se queda con el corazón de mi hijita. - Ay, papá - intenté no revolear los ojos -. No te pongas sensible. No me gusta. - Lo sé, lo sé. Lo lamento - ladeó la cabeza lentamente -. Solo me aseguraba de que esto fuera lo correcto - suspiró -, de que fueras feliz. No pude responderle. No tenía las palabras correctas. Fue entonces cuando escuché el sonido de una campana y luego el piano de fondo. Todos me observaron de repente. Preparados para su turno, preparados para la gran entrada. No puedo empezar a explicar las emociones que me abrumaron de repente. Tuve que sostenerme con demasiada fuerza del brazo de mi padre para no caerme. El oxígeno entró en mi sistema de un soplo que casi me ahogó. Me temblaba el cuerpo completo. Pero lo que no pude evitar fue sentir ese horroroso hueco en el medio del pecho, haciéndose cada vez más grande, más profundo, más arrasador. De repente, estaba llorando. Llorando a mares, desconsoladamente. Llorando tan fuerte, con tanto dolor, tanta desesperación que me impresionaba no estar tirada en el piso abrazando mis piernas para mentenerme unida. Y todos estuvieron a mi alrededor en cuestión de segundos. Lenn, más que nadie, acudió a mí rescate. Me miraba desesperada, preocupada. No pude sostenerme de la felicidad, ni de la emoción o entusiasmo de nadie para recomponerme. Todos estaban alterados y preocupados por mí. No había de quién sostenerme. - ¡Val, cariño! ¿qué sucede? ¿qué pasa? - Lenn preguntaba a gritos, tomando mi rostro entre sus manos. Con movimientos bruscos me aparté de tu tacto, sentía que me dolía por todos lados, y si me tocaba tenía miedo de romperme. Me aseguré de apretar el brazo de mi padre con mas fuerza, él me sostenía de la cintura -. ¡Tranquila, por favor! Oh, sabía que esto pasaría, ¡de la nada le han entrado todas las emociones juntas y no sabe como contenerse! - informó a todos, intentando explicar mi estado. Por primera vez, estaba completamente equivocada -. ¡Alguien traiga agua! - Zach salió corriendo ante la exigencia. Lenn volvió a posar sus ojos angustiados en mí, parecía desesperada -. ¡Val, linda! ¡Cóntrolate, por favor! Piensa en tu maquillaje, cariño. Sé que esto es algo intimidante pero piensa que Eric te está esperando. ¡Vamos, por favor! Tranquila. Él te está esperando. Pero eso simplemente me alteró más. Me zafé del brazo de mi padre. Le di mi ramo a Lenn, quien lo agarró sorprendida. Llevé una mano, desesperada, a mi pecho. Me dolía, me dolía demasiado. Me dolía respirar. Me quemaba. - No puedo - sentencié con demasiada dificultad. Todos se quedaron congelados a mí alrededor. Lenn casi se atragantó con su propia saliva. Less se acercó a mí lentamente, con sus manos casi en alto, como demostrándome que no me lastimaría. Mi papá me miraba preocupado, asustado. Matt, mi hermano, no entendía nada, pero lo veía casi al borde de las lágrimas, por alguna razón. Gregg me observaba asombrado. - No puedes... no puedes, ¿qué? - Less titubeó -, ¿respirar?, ¿caminar?, ¿no te sientes bien? Dime que podemos hacer para que... - No - lloré aún más -. ¡No puedo! Hasta yo me exalté con mi grito repentino, ahogado. - Val... - los ojos de Lenn: destrozados. - Sáquenme de aquí. Sáquenme de aquí - como una loca, me dirigí hacia la única persona que sabía tenía las llaves de un vehículo: Gregg. Me agarré a él con fuerza, clavando mis uñas en su brazo -. Sácame de aquí - le rogué -. No puedo respirar. No puedo. Y así se sentía. Todos me miraban... destrozados. ¿Cómo se suponía que viviría un segundo más sin sostenerme de algo bueno? ¿dónde estaban los ojos entusiasmados de Lenn en ese entonces, cuando más los necesitaba? ¿la mirada divertida de Matt? Necesitaba irme. Necesitaba desaparecer. Fue como si un clic se activara en la mirada de Lenn. De repente, se recompuso. Se veía triste, pero decidida, determinada. Caminó hacia mi y acarició mi mejilla con delicadeza, mirándome directamente a los ojos. Yo no dejaba de sollozar. - Está bien, cariño. Está bien - su voz era comprensiva, lo cual me destruyó aún más -. Vete. Está bien. Sácala de aquí - esa vez su mirada y su voz, exigentes, se dirigieron hacia Gregg, quien asintió rápidamente -. Nosotros nos encargaremos de todo aquí. Tú tranquila. Iremos contigo lo antes posible, lo prometo. Lo siguiente que supe fue que todo se apagó. No del todo, porque me veía mi camino mientras corría - como podía - hacia la camioneta, con Gregg sosteniendo la mitad de mi peso en su brazo, sin dejarme caer. Escuchaba a lo lejos las indicaciones de Lenn hacia Matt, hacia mi padre, hacia Julie y Less, y por último escuché como decía el nombre de Zach. Eso fue todo, entonces. Solo era cuestión de segundos para que él se enterara. Solo era cuestión de segundos. Gregg me colocó en el asiento del acompañante y cerró la puerta con fuerza, corriendo hacia el lado del conductor y, en un pestañeo, encendió el motor del auto. Lo siguiente que mi cerebro pudo procesar fue que estábamos avanzando en la calle, alejándonos de la biblioteca. Alejándonos de todos. Alejándonos de él. Mi propio llanto me aturdía. - ¿Val?, ¿Val? - escuchaba la voz de Gregg, desesperado, algo lejana. Pero al menos la oía -. ¿Val, a donde vamos? ¿vamos a tu departamento? ¿a donde quieres que te lleve? - ¡No, allí no! - respondí en medio de un sollozo ahogado. ¿Ir al departamento? ¡No! no toleraría, no podría dar un paso allí. Todo allí era él. - ¿A dónde vamos, entonces? - no podía responderle, no estaba en condiciones de hacerlo. Gregg tendría que ingeniárselas, y por suerte lo hizo bastante rápido -. ¿Te parece bien el hotel donde nos estamos quedando? Puedes ir a mi habitación. Asentí. No me importaba a donde mierda iríamos. Preferiría simplemente dejar de existir. Dejar de sentir. Eso era lo que realmente deseaba. - Por Dios, Val... Por favor, por favor intenta respirar - me rogó -. Aparcaré la camioneta si quieres, puedes necesitar un poco de aire fresco para sentirte mejor. No estaba segura de si alguna vez podría volver a sentirme "mejor". - No, no - intenté respirar, simplemente para relajarlo un poco. Su mirada desesperada no cambió mucho -. Solo vamos al hotel, por favor. Solo al hotel. El camino fue rápido, corto. Aunque nada reconfortante. El celular de Gregg no dejó de sonar. Solamente le bastó con ver el identificador de llamadas para no contestar, y eso me dio la respuesta de quién era que estaba intentando comunicarse con él. Mi corazón se estrujó dentro de mi pecho. El hueco, allí, se hizo más grande, más profundo; de repente sentí como alguien colocaba poco a poco una piedra en ese espacio vacío. Una piedra gigante y pesada. Eso solo me afirmó que, lo que se avecinaba, no era nada bueno. Incluso, que tendría que pasarla peor. Definitivamente la pasaría peor. 
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