ERIC
Nada verdaderamente malo pudo haber sucedido en esa charla de cinco minutos entre Val y Mikaela, ¿verdad? Nada relativamente perjudicial e indeseable pudo haber salido de la boca de esa víbora en tan poco tiempo.
¿A quién quiero engañar? Todo lo peor del mundo pudo haber salido de su boca, e incluso en menos de esa cantidad de tiempo. Mi instinto me decía que no debía dejar a Val sola, sabía muy internamente había sucedido en el transcurso de esa conversación. Podía sentirlo en mis huesos estando cerca de mi prometida. Pero las cosas se confundían en cuanto veía su rostro tan relajado, su mirada feliz y distendida. No estaba tensa, ni preocupada, no prestaba atención a nada a su alrededor que no fuera yo, como había sido desde que llegamos a la fiesta. Me tomaba la mano en todo momento, acariciaba constantemente la palma de mi mano con su pulgar, lentamente, cuando notaba que mi cuerpo se tensaba de repente – seguramente ella sabía todo lo que estaba pasando adentro de mi cabeza en ese instante, me conocía lo suficiente como para saber que la presencia de Mikaela en la fiesta me ponía los pelos de punta y los nervios a flor de piel -, se ría de los chistes de su hermano, de sus amigas. Bailaba conmigo, me acariciaba el rostro, me besaba como siempre – con amor, con delicadeza, con una ternura que no creía ser capaz de conocer -, y entonces me sentía en paz, me sentía en casa.
Todo eso simplemente me confundía. No podía determinar qué había pasado entre ambas de verdad en esa conversación, pero las opciones que aparecían en mi mente no eran tan catastróficas debido a cómo ella estaba actuando después. No estaba nerviosa, alterada, enojada... estaba bien. Más que bien. Todo estaba perfecto. Y eso de alguna forma me permitió respirar con normalidad luego de unos cincuenta minutos.
He estado manteniendo unos secretos de Val, y mi miedo era que Mikaela pudiera habérselos revelado. Lo cierto es que hace menos de una semana que oí acerca de Carrick. No llevaba demasiados días en Nueva York, y por lo que entendí tampoco planeaba quedarse tanto. O al menos eso era lo que Joe Hard me había prometido cuando fue testigo de mi reacción al oír ese maldito nombre. El miedo y la inseguridad empezaron a patearme en la parte de atrás de la cabeza, decidí calmarme y mantener la paz simplemente por ella; por Val.
Sabía a consciencia que oír de ese hijo de puta no le haría bien para nada. Lo único que le traería recordarlo, saberlo tan cerca, sería miedo, dolor y angustia. No quería verla pasar por nada de eso, nunca jamás, y con la boda estando – en ese momento – a tan pocos días de distancia, decidí que sería mejor vivir nuestro momento tranquilos, como si no pasara nada.
Es que, en realidad, nada estaba pasando. Nada malo, al menos. Carrick no había pisado un lugar que nosotros recurríamos ni una sola vez. Lo más cercano a él que nos tocó vivir nuevamente fue cruzarnos con su hija, y nada más. Hard me dijo que estaba en la ciudad porque hace no mucho tiempo, un año o menos, había decido meterse en la industria y esta vez volverse representante legal de boxeadores en el país.
Las noticias no me sorprendieron, pues siempre supe que tarde o temprano terminaría haciendo algo parecido. Tarde o temprano dejaría las peleas clandestinas y buscaría más. Lo conocía lo suficiente como para entender cómo funcionaba su cerebro. Luego de que dejé de pelear para él, su negocio se mantuvo en pie, pero no le iba tan perfectamente como cuando me tenía a mí. Y no es por alardear, pero no me había convertido en "Bestia" Brennett solo porque sí. Era bueno en lo que hacía, en lo único en lo que verdaderamente soy bueno es pelear.
Claramente, cuando volví a oír de su patética y putrefacta existencia, le advertí a Hard que sí su intención era trabajar con Carrick, de mí podía ir despidiéndose. Eso lo mantuvo al margen, porque él era lo suficientemente inteligente para saber que, perderme a mí le costaba demasiado. Entonces, al final simplemente me dijo que lo estaba asesorando en el rubro, y cerrando algunos tratos con él que nada tenían que ver con las peleas.
Sabía muy bien a qué tratos se refería. No me era inexistente la parte de la vida de mi manager, representante y abogado, Joe Hard, que no se ganaba explícitamente de manera limpia. Decidí no adentrarme demasiado en el tema, pero, muy por encima, sé que tenía algo que ver con un pequeño circuito de distribución de drogas en Nueva York. Qué tan grande se había convertido ese circuito ahora, sabiendo que Carrick – desde California -, se había contactado con él... simplemente no me interesaba. Y no estaba en mi lista de prioridades.
Sé que mentirle a Val acerca de esto, cuando se lo termine confesando – seguramente después de nuestra luna de miel -, la enojaría muchísimo. Terminaríamos en una pelea y la idea de patearme el culo y dejarme le pasaría por la cabeza. Pero me tranquilizaba saber que para entonces ya estaríamos casados, y las cosas se terminarían solucionando.
No soy estúpido, sé que todo el asunto del casamiento es algo exasperante para ella. Es decir, sí quiere casarse, pero toma todo este preparativo muy exagerado, y en parte yo también. Pero en cierto modo es mi póliza de seguro.
Díganme inseguro... y tienen razón.
Valerie Drake era el jodido amor de mi vida, lo único real, maravilloso y feliz que me quedaba, y planeaba agarrarme a ella con uñas y dientes. Jamás dejarla ir. Claro, que esa sensación, que esa inmensa y profunda necesidad, era lo que yo conocía de mi parte. Lo que yo vivía en carne propia. Y personalmente, sé a ciencia exacta que jamás la soltaría, que jamás la dejaría ir. Pero... ¿Y ella?
Ese era el terror constante de todas mis peores pesadillas, que al final el amor de mi vida terminara dándose cuenta de la clase de persona que tenía al lado. Terminara comprendiendo que jamás, ni en un millón de años, podría merecer a alguien con su alma y su corazón. Terminara simplemente entendiendo que era demasiado buena para mí, y que yo estaba tan jodidamente dañado que en algún momento terminaría por dañarla a ella también. Permanentemente. Como seguramente ya lo hice miles de veces antes, pero ella, de alguna forma, pudo perdonarme.
Entonces, pasar el resto de mi vida con ella era algo obvio para mí. Mi único verdadero deseo. No importaba en qué condiciones, no importaba si de novios, casados, o lo que fuera. Sinceramente no me interesaba, podía vivir con la seguridad de saber que la tenía conmigo. Pero no toleraba el miedo de sentir que en cualquier momento podía tomar sus cosas y desaparecer de mi vida para siempre. Un hueco se formaba en mi pecho cuando, si quiera, pensaba en algo como eso. Me faltaba el aire, y respirar simplemente era muy doloroso para querer seguir haciéndolo. Imaginarlo, se sentía como si me metieran la mano en el pecho y apretaran mi corazón con demasiada fuerza para luego, simplemente, arrancarlo.
Fue por ese miedo, esa angustia, que decidí pedirle que se casara conmigo. Incluso a pesar de que en algún momento llegaríamos a ese punto, apresurarlo y hacerlo tan pronto era la única cosa que me permitía dormir en paz por las noches - además de ella a mí lado, claramente -. Porque algo en mi cerebro me decía que, una vez casados, no podría simplemente irse por la puerta principal sin mirar atrás hacia mi estúpida existencia. Si estábamos casados, podría haber más chances de que se quedara un poco más, de que me escuchara hablar, de que me diera la oportunidad de arrastrarme y rogar por su perdón si alguna vez hacía algo demasiado estúpido. Estar casados significaba un poco más de tiempo a su lado, un tiempo asegurado. Una póliza para saber que jamás la perdería por completo, que alguna vez volvería a ver su rostro.
Sé que poniéndolo de esa forma suena desquiciado e incluso un poco egoísta. Y quizás de la mala impresión de porqué en verdad se lo propuse. Pero creo que una de las cosas que todo el mundo sabía, que todos tenían en claro, era que mi corazón latía solamente por ella. Y mi vida era completamente suya. La amaba con locura, con una necesidad desesperante. E incluso a pesar de todos estos últimos años a su lado, jamás he logrado dejar de sentir el pánico de saber que alguna vez lo peor podría pasar: que ella me dejara.
Vivir con la inseguridad de saber que, el problema de todo, en realidad eres tú mismo es difícil. Si no podía simplemente tolerar la idea de perderla, menos podía aguantar la idea de que perderla haya sido por mi culpa.
Pero en ese instante, en la fiesta, ninguna de esas preocupaciones pasó por mi cerebro. Todo iba perfectamente bien, marchando genial. Estaba feliz al verla feliz, y nada más me importaba sinceramente. Mañana sería el gran día. Mañana la vería caminar por aquel pasillo, en un vestido que seguramente me quitaría el aire de los pulmones, para luego ambos dar el sí y saber que sería por siempre mía, y yo infinitamente suyo. Aunque en realidad ya era de esa forma desde el primer instante en que la conocí.
Cuando la fiesta empezó a llegar a su fin, y todos nos dirigíamos hacia la salida, me apretó la mano y bajé mis ojos a los suyos, encontrándome con su mirada celeste y la sonrisa más hermosa y cálida de todo el Universo.
- Amor, las chicas me mantendrán alejadas esta noche - fruncí el ceño, con una pequeña opresión en el pecho ante el anuncio. Ella vio mi reacción e inmediatamente rio un poco por lo bajo, pasando uno de sus dedos por mi ceño fruncido -. Tendremos una pequeña pijamada como mi despedida de soltera en un hotel. Mañana por la mañana irán mis estilistas y demás allí para prepararme.
- ¿Eso quiere decir que no te veré hasta mañana en la boda? - mi ceño se frunció más ante la idea. No me gustaba tener que dormir apartado de su lado, jamás. La angustia en mi tono no le pasó desapercibida.
- Técnicamente, sí - ladeó la cabeza con una media sonrisa -. ¿Cuál era tu plan? ¿Ayudarme a poner el vestido e inspeccionar el trabajo de Rodrigo? - una pequeña risa salió de sus labios. El sonido angelical me relajó un poco.
- Bueno... la verdad, sí - confesé, para nada avergonzado -. Eso de que el novio no debe ver a la novia antes de la ceremonia es pura mierda. Nosotros podemos hacer lo que queramos.
- Lo sé. Pero me gustaría quitar el estrés de más de los hombros de Lenn - suspiró, algo cansada, acariciando distraídamente mi brazo -. Las horas pasarán tan rápido que cuando menos te des cuenta me verás en un vestido blanco caminando hacia ti.
Esa imagen me hizo sonreír, y pude respirar de forma más tranquila al escuchar decir esas palabras con tanta seguridad.
Suspiré.
- No me gusta dormir sin ti. - lo dije en una voz baja. Pero pudo escucharme. A mí y a mi tono quejumbroso de cinco años.
- Será la única noche por un tiempo – sus manos se dirigieron a mi rostro -. Por un largo tiempo.
No me pasó por alto la enfatización en la palabra "largo", lo cual me hizo sonreír honestamente, de oreja a oreja.
Sus pequeñas manos tomaron mi rostro y me acercó a ella. Le devolví el beso, agradecido ante el gesto, colocando mis brazos alrededor de su pequeña cintura y pegándola más a mí, sin querer dejarla ir de verdad. Nos besamos por unos segundos, y cuando nos separamos, respiré profundamente, aspirando su olor a vainilla.
Escuchamos que alguien gritó su nombre y nos giramos hacia la puerta principal. Sus amigas estaban mirándonos expectantes, moviendo los brazos y actuando como si tuvieran un reloj en las muñecas, haciendo referencia a que se les hacía tarde. Las maldije internamente, y quise mandarlas a la mierda para simplemente llevarme a mi chica a casa y follar toda la noche hasta quedarnos dormidos abrazados el uno al otro. Pero, llamando a todo mi buen juicio, me contuve y solo la besé unos segundos más.
- Te amo. - le dije, como si ella ya no lo supiera, pero sintiendo que decírselo mil veces por día no era suficiente. Me sonrió dulcemente.
- Te veré en el altar. - suspiró, falsamente, bromeando y me dedicó una última sonrisa antes de salir corriendo hacia donde sus amigas de toda la vida la esperaban.
Me quedé sonriendo como un idiota viéndola irse, hasta que ya no pude divisarla más y un repentino bajón emocional me consumió de pies a cabeza.
Verla irse no me cayó nada bien; la idea de ignorar por completo los deseos de Lenn de mantenernos separados hasta mañana me importó una mierda por unos minutos, y me planteé ignorarla por completo y simplemente pasar a buscarla por ese hotel dentro de unas horas.
Pero, recurrí a mi parte más cuerda y dije que si eso era lo que ella quería, entonces debería dejarla vivir aquel momento en paz. Una de las mejores cosas de tener a la mujer más maravillosa del mundo a mi lado, era sentirme, día a día, un poco mejor persona. De verdad lo intento, constantemente. Ser mejor para ella es una de las metas más grandes que tengo en la vida. Crecer como hombre, madurar, dejar las inseguridades, los miedos, las adicciones, atrás en mi vida. Y aunque no pareciera, me esforzaba diariamente para cambiar.
Pero sé muy bien que los cambios no ocurren de la noche a la mañana y hay que trabajar para obtener los resultados. Normalmente me jugaba en contra el hecho de saber que la fuente de cualquier tipo de problema en nuestras vidas era yo. Por cosas como actuar inconscientemente, reaccionar sin pensar. Cosas como la bebida, o las drogas, o los malditos traumas que empezaban a golpearme la cabeza de un momento a otro... Pero el punto era que yo estaba allí, aún de pie, intentando pelear contra todo aquello, intentando ser mejor, intentando darle únicamente lo mejor de mí. Llevaría tiempo, pero lo lograría de alguna forma.
Y de lo que estaba completamente seguro, era de que no iba a detenerme hasta convertirme en la mejor versión de mí mismo para ella.
Quizás, también, para la futura familia que en algún momento tendríamos. Si es que su deseo era ese, claro.
Aunque ese es otro asunto. Uno muy delicado, a decir verdad.
Estas últimas semanas mi cerebro me ha pasado una mala jugada en mis sueños. No dejaba de soñar con una familia, con nuestra familia. Lo cual, es alocado, pues solamente tenemos veintitrés años. Es muy temprano para empezar a fantasear con eso. Pero lo mismo me dije acerca de la boda... y la ceremonia sería mañana. Pero, sí, son extremos completamente diferentes.
Sé a ciencia cierta que este tema era algo doloroso para Val. No le gustaba hablar al respecto, la ponía triste, enojada, angustiada... pero de igual forma lo hacía. Lo hizo antes de venir a la fiesta, lo hizo por mí. Así de mucho me ama, tanto como para considerar si quiera el querer hablar conmigo al respecto. Era egoísta de mi parte hacerle algo así, lo sé. Pero no pude contenerme, incluso aunque lo intenté; y de verdad lo hice.
Pero, no era un asunto acerca del pensar, al menos no ahora. Teníamos mucho tiempo por tiempo delante de nosotros. Mañana estaríamos casados, finalmente, y unas semanas después iríamos a Jamaica a vivir nuestra luna de miel por la cantidad de tiempo que a ella se le plazca. La verdad es que me hubiera gustado conseguir le estadía y los pasajes para la mañana siguiente de la boda, pero fue imposible. Así que tendríamos que esperar dos semanas, lo cual no era demasiado. De hecho, me parecía incluso mejor. Pasarme todos esos días encerrados en nuestro departamento. Esa sola idea suena ideal para una luna de miel perfecta.
Suspiré pesadamente y guardé mis manos en los bolsillos de mi pantalón, empezando a caminar hacia la salida, cuando entonces escuché a alguien llamar mi nombre. Me giré sobre mis pies y me encontré con el rostro de mi hermano y mis amigos caminando apresurados hacia mí. Los miré confundidos.
- ¿Qué les pasa ahora? - pregunté con una ceja enarcada, mirándolos extrañado. Gregg sonrió de oreja a oreja y elevó las cejas, extasiado.
- Ah que no sabes...
- No, no sé. Por eso se los pregunto - respondo con un poco de amargura con tono obvio. Zach revolea los ojos mientra que los demás simplemente ignoran mi estado de ánimo. Que normalmente siempre era irritable si no estaba alrededor de Val, o nervioso. Y en se momento estaba de las dos maneras, al mismo tiempo.
- Tú representante... Um, Joe Hard - empieza mi hermano -, se nos acercó hace unos minutos y nos invitó a tu departamento - me enderezo de repente, entendiendo a dónde iba todo eso -. Imagino que no tienes idea de lo que está pasando. - concluye, al ver mi reacción.
- No, no tenía idea - frunzo el ceño y suspiro pesadamente -. Pero definitivamente ya sé con qué me voy a encontrar cuando entre a mi casa.
No podía esperarme menos de Hard, quien era un adicto a celebrar lo que sea a lo grande, por cualquier tipo de ocasión. ¿Y qué mejor que una despedida de soltero? Ciertamente me lo veía venir, pero jamás pensé que se atrevería a organizar algo en mi apartamento. Sabiendo como las cosas se descontrolaban casi siempre, ya me estaba empezando a imaginar todo lo que tendría que pagar a las personas de limpieza mañana por la mañana.
Suelto un bufido y decido, simplemente, prepararme para lo que se viene, inevitablemente.
- En fin - miro a mis amigos -. ¿Vamos en mi auto?
- Pensé que nunca lo dirías. - Gregg, con emoción de más, me revuelve el cabello, como si tuviéramos cinco años y empieza a caminar.
Cuando entramos a mi camioneta, decido que sería prudente de mi parte explicarles con lo que seguramente se encontrarán en el apartamento. Quizás suene estúpido, o incluso engreído, pero como un buen amigo y hermano, tengo que decirles con las personas que seguramente se encontrarán.
- Oigan - dudo, no sabiendo como comenzar. Tres pares de ojos sobre mi no sirven de mucha ayuda, tampoco -, Hard no está acostumbrado a hacer las cosas de manera... moderada - aclaro mi garganta -. Así que no enloquezcan mucho cuando entremos, ¿si?
- ¿Qué pasa, Brennett? ¿Tienes miedo de que caigamos en las tentaciones? - dice Matt, bromeando, pero mí expresión es bastante seria. Zach, a mi lado, me mira un poco preocupado.
- Algo así - exactamente eso, en realidad; es lo que quiero responder -. Lo diré como es, ¿si? Habrán drogas, demasiadas. Seguramente unas que otras... chicas - frunzo el ceño, un poco atragantado por la idea -. Hard querrá de más que prueben lo que sea que les ofrezca: no lo hagan. No se recuperarán para mañana si lo hacen, ¿si? Solo beban, todo lo que quieran. Pero solo eso.
No pude ver las expresiones de mis amigos y mi hermano en cuanto terminé mi pequeño discurso. Pero podía sentir la tensión en la camioneta, la forma en que todos me observaban entre confundidos, aturdidos y quizás preocupados.
Me molestaba sentirme bajo la mira de todos, así que simplemente me enderecé y aclaré mi garganta.
- No te preocupes, hermano - Matt fue el primero en hablar -. Probablemente no me quede más de una o dos horas. Estoy exhausto y mañana estoy seguro de que Lenn me tendrá de acá para allá.
- ¿Solo a ti? - Zach bufa y revolea los ojos -. Esa mujer está loca. Nos tendrá a todos moviéndonos de acá para allá. A ti, más que nada - miró a Gregg sobre sus hombros -, te molestará. Querrá que esperes con el auto al menos tres horas antes en el hotel.
Claro, había olvidado que Gregg era el conductor designado para la novia y las damas de honor. Eso era algo bueno, saber que, obligadamente tendría que irse temprano, porque tendría que despertarse muy temprano también.
- No te estreses, Eric - Gregg colocó una mano en mi hombro, palmeando de forma supuestamente reconfortante -. Si las cosas se ponen muy locas nos iremos. Además, prefiero perderme una fiesta, a perder uno de mis brazos por no cumplir con Lenn.
Todos reímos distendidamente en la camioneta, pero esa sensación de tranquilidad desaparece en el instante en que diviso el edificio a pocas calles. Decidí intentar relajarme y entrar en la razón de que, si algo no me gustaba, podía simplemente echar a todos, porque al fin y al cabo era mi jodido departamento.
Luego de aparcar la camioneta en mi lugar de siempre, sentía que cada uno de mis pasos se iban haciendo más pesados conforme caminábamos hacia el elevador. En el camino, nos cruzamos con uno de mis vecinos. Y lo conocía perfectamente bien. Era el maldito comentarista deportiva que cada vez que podía me tiraba mierda.
Sus ojos se iluminaron con diversión al verme y una sonrisa divertida de oreja a oreja cubrió su rostro. Apreté las manos a mis costados y levanté la barbilla conforme me acercaba a él, quien estaba saliendo del elevador.
- Felicidades por la boda - fue lo que me dijo cuando pasó a mi lado -. Oh, y muy buena elección de novia, por cierto. - le siguió una risa algo sarcástica.
Si no hubiera sido por Zach, quien colocó una mano en mi espalda antes de que yo pudiera reaccionar, en ese instante le estaría rompiendo el rostro con mis puños. Pero no podía arriesgarme a tener machucados mis nudillos para mañana. Todo tendría que ser perfecto. Por lo que, por primera vez, me sirvió respirar profundamente y contar hasta diez. O bueno, cuarenta.
Solamente yo podía tener la gran suerte de vivir en el mismo edificio que el comentarista deportivo que más me detestaba en Nueva York. Pero su existencia era tan indiferente para mí que ni siquiera sabía su jodido nombre.
Pero todos los pensamientos sobre las mil maneras en las que podría haberle roto el rostro a ese imbécil se vieron opacados en el instante en que atravesé la puerta de mi departamento.
Pude escuchar las exclamaciones extasiadas de mis amigos a mi lado. Yo, por mi parte, casi entro en un ataque de ira con todo el escenario.
Las luces rojas, azules y moradas convertían todo el escenario en un jodido telo. La música estaba lo suficientemente fuerte como para retumbar sin parar en mis oídos, pero estaba un poco opacada por las risas y voces que estallaron al verme entrar.
Habían muchos hombres que conocía. Algunos de mi equipo de entrenamiento, otros de fiestas a las que había ido, unos cuantos del equipo de abogados, incluso. Y, por supuesto, ahí estaba el jodido Dustin, sin más. No me esperaba menos de Hard.
Al pensar en su nombre, al parecer lo invoqué, pues apareció de entre la gente con una gran sonrisa, bastante borracho, debo decir, con dos chicas con muy poca ropa colgando de su brazo. Me concentro en el rostro de mi representante.
- ¡Sorpresa, hijo de puta! - grita, rie, emocionado y suelta a las chicas para darme un fuerte abrazo, que respondo a regañadientes -. ¡A que no te la esperabas, eh!
- No me esperaba menos de ti, Hard.
- ¡Necesitaba hacerse a lo grande! ¡Es tu jodida despedida de soltero! - bufa, negando con la cabeza -. Veremos cómo reaccionaran las mujeres cuando estés, definitivamente, no disponible.
Bufo ante su mala broma.
- Nunca estuve disponible, en mi primer lugar.- aclaro.
- Ya, ya, claro - sus ojos inyectados en sangre se dirigen a mis amigos y mi hermano -. ¿Y ustedes que siguen haciendo parados aquí? ¡Vayan a disfrutar de la fiesta, joder! que no he gastado un dineral en todo para nada.
- No se diga más. - declara Gregg, y toma del hombro a Matt y Zach, adentrándose entre la gente.
Suspiro. Gregg, con su repentina soltería podría ser un potencial desastre, así que sería mejor mantener un ojo sobre él.
- Eric, te presento a Maggie y May - dice Hard de repente, extendiendo las manos de las chicas (las llamo así porque parecen bastante jóvenes, como de mi edad) hacia mí. Frunzo el ceño, pero para no quedar mal, estrecho sus frías manos con bastante cortesía -. Esta noche ellas se encargarán de ti.
El tono de su voz y la mirada que Joe me dedica me revuelve el estomago. Me encuentro a mí mismo contando hasta diez nuevamente, para evitar un escándalo y una pelea con mi representante.
Por supuesto que se a lo que se refiere con esas palabras. Dadas las miradas que me dedican ambas chicas, supongo que ellas dos también saben a lo que se refiere Hard. Trago, saliva, sintiendo como se edurece mi mandíbula, y suelto de manera brusca las manos de Maggie y May.
- Más te vale que sea una puta broma de mal gusto, Hard - le advierto, sintiendo mi voz amenazante -. No querría que tengas un ojo morado en las fotos mañana, viejo.
Joe sonríe, pero sin diversión y revolea los ojos.
- Por supuesto, Eric - dice, en medio de un tambaleo -. Contraté a las chicas solo para...
- Porque sabes que es mi despedida de soltero, ¿no? - enarco mis ojos, mirándolo enojado. Intento relajar mi mirada en cuanto me dirijo a las chicas que aún siguen a mi lado -. Mañana me caso, en realidad. No creo que a mi prometida le guste mucho la idea que tienen en mente - ladeo la cabeza -. No planeo ofenderlas, pero lo que sea que les haya dicho este viejo - miro a Hard de mala manera, de nuevo -, pueden irsélo sacando de la cabeza.
- ¡Eres todo un caballero! - dice la pelirroja de ojos azules, quien creo se llama Maggie -. Felicidades por tu boda. - parece ser sincera al decirlo, así que le dedico una pequeña sonrisa.
- Gracias.
- No te enteras de nada, Brennett - dijo Hard en medio de un suspiro, intentando sacarse a sí mismo del aprieto en el que se metió -. Contraté a las chicas como... camareras, personales. Tómalo así. Te darán lo que quieras y necesites.
Y, de nuevo, casi cava su propia tumba. Me rio sin gracia.
- No necesito a nadie que me ayude en nada. Me va muy bien por mi cuenta, gracias, Hard - me dirijo a las chicas -. Disfruten de la fiesta. Siéntanse como en su casa.
Sin nada más que decir, decido que es momento de apartarme de los tres.
Camino hacia mi sala, infestada con botellas de champagne, licor y vodka. A nadie parece importarle de más mi aparición, pues solo recibo un par de saludos despreocupados. Para mi suerte, mi sofá está vacío, por lo que me tiro en él y envío mi cabeza hacia atrás, cansado, estresado y completamente nervioso.
No puedo desear nada más que tener a Val conmigo, aquí, y poder irnos a dormir juntos y tranquilos. Follar hasta quedarnos dormidos suena mil veces mejor que la jodida fiesta que Hard planeó.
Pero ella estaba bien, con sus amigas en el hotel. Mañana la vería de nuevo.
Pero mañana parecía demasiado lejos en ese momento.
Sumado a todo aquello, no podía creer que Hard hubiera tenido la cara de... ofrecerme a esas chicas como si fueran una jodida botella de vodka. La sangre me hierve de pensar en cuántas otras mujeres seguramente estaban en el departamento, y lo que más que seguro podrían estar haciendo.
Me da asco solamente pensar en que alguien pudiera creer que yo sería capaz de hacerle algo así a mi Val. Un día antes de nuestra boda. Jamás volví a tocar a otra mujer desde que la conocí. Bueno, sí había tenido mi recaída con Mikaela hace años, pero eso fue estúpido e insensato y no volví a hacerlo.
En cuanto estuve a punto de ponerme de pie, decidido a dirigirme a mi habitación y acostarme, siento como alguien se sienta a mi lado. Cuando levanto la cabeza, me encuentro con los ojos entretenidos y la sonrisa amigable de Dustin.
- ¡Qué hay, hermano! - me saluda, dándome un pequeño abrazo -. Felicitaciones por la boda, Eric.
- Gracias, Dust - le digo, sinceramente -. ¿Cómo has estado?
- Bien, bien... Ya sabes - encoje sus hombros, sus ojos rojos hacen reír un poco -. ¿Y qué hay de ti? ¿Cómo se siente ser un hombre casado? - se ríe y me empuja divertido.
- Te lo digo después del "sí" - me rio -. Estoy de la puta madre. No creo haber sido tan feliz nunca en mi vida.
- Me alegro por ti, hermano. De verdad - suspirando, saca un porro de una pequeña cajetilla y lo coloca entre sus labios -. No puedo creer que el maldito "Bestia" Brennett dejará de lado la vida de soltero codiciado - habla con el armado entre sus labios y lo enciende, dándole una larga calada y luego soltando el humo. Respiro profundamente, sintiendo como la punta de mis dedos pican ante el olor. Empiezo a contar hasta diez, de nuevo -. O bueno, jamás estuviste realmente soltero, ¿verdad? - bromea, soltando una carcajada.
- Ya me conoces, Dustin - encojo mis hombros -. Ella siempre estuvo ahí.
Siempre está ahí.
- Ya, ya, no te me pongas blandito - bromea -. Te ves nervioso - me pincha entre una risa burlona.
- Tú también lo estarías si mañana estuvieras por casarte con el jodido amor de tu vida. - le respondo.
- La puta verdad - asiente riéndose y entonces me pasa el porro -. Toma. Dos o tres y verás como se te pasa cualquier preocupación.
Trago saliva y aparto la mirada un segundo.
- No sé...
Hacía mucho tiempo desde la última vez que fumé.
- Oh, vamos, Eric... Es tú despedida de soltero y es un indefenso porro... No te pasará nada - insiste, extendiéndomelo -. Anda.
Intenté contar hasta diez de nuevo, pero no sirvió de nada. Cuando iba por el ocho sentí como mis dedos tomaban lo que Dustin me pasaba e instantáneamente supe que hacer después.
Me sentí inmediatamente culpable por romper una de mis promesas. Una promesa más que nada personal, pero una al fin y al cabo. Me había prometido no volver a consumir nada de nada, ni alcohol, ni cualquier tipo de sustancia nunca más, luego de que Val aceptó casarse conmigo.
Pero Dustin tenía razón, a su manera. Fumar un poco no me haría daño, de hecho, ayudaría un montón. Me ayudaría a sobrellevar la noche que me esperaba sin perder los estribos. Terminaría simplemente con un poco más de sueño y podría dormir como un bebé hasta que la alarme me despierte la mañana siguiente.
- Te tengo una pregunta, Brennett - escuché la voz de Dustin por encima de la música y aparté mi atención del canuto entre mis dedos. Él estaba concentrado armando otro -. Cuando conociste a Val - frunzo el ceño al escuchar su nombre -, ¿cómo supiste que ella era la indicada?
En cuanto termina de formular la pregunta, suelto una pequeña carcajada, sintiendo como el sentimiento de tranquilidad se expande por mi cuerpo de a poco. Mi risa está más fácil, mis ojos me pesan un poco más. Entonces me doy cuenta de que estaba perdiendo un poco la noción del tiempo, ¿hace cuánto estoy sentado al lado de Dustin? Observé el porro ya inexistente en mis dedos, ¿y cuándo fumé todo eso?
- ¿Por qué la intriga? - me concentro en contestarle. Ladea la cabeza, y se ríe.
- Bueno, ya sabes que Cass y yo llevamos mucho tiempo juntos - asiento al escuchar el nombre de su novia -. Con tu rostro en todas las noticias y el anuncio de la boda... empecé a preguntarme a mí mismo en porqué no me he propuesto todavía.
Sonrío más ampliamente. Dustin y Cassandra llevan menos tiempo que Val y yo, pero ambos son tres años mayores que nosotros dos. Por como habla él de ella, y a pesar de que solo la había visto un par de veces con él... podía imaginarme a Dustin casado con ella.
- No es algo fácil de explicar - sin pensar, cuando enciende el otro canuto y me lo pasa, lo acepto -. Solo lo sabes - encojo mis hombros soltando el humo por la nariz -. Lo sientes en los huesos, en la sangre... No sé. Es como que el mundo de repente deja de girar alrededor de su eje y empieza a girar alrededor de ella. No te ves con nadie más, no quieres a nadie más... Es simple. Pero complicado - bufo y doy otra calada -. Yo lo supe bastante tiempo después de encontrarla. Pero el sentimiento siempre estuvo ahí. Cuando me di cuenta de él, no lo dejé ir.
Noto que Dustin se queda mirándome con los ojos bien abiertos, con una pequeña sonrisa y una expresión de sorpresa y algo de tranquilidad, incluso. Me río un poco y entonces él suspira.
- Tu cara es un jodido poema cuando hablas de ella - se ríe -. Eres un maldito suertudo, Brennett.
- Créeme que lo sé.
Me quedo al lado de Dustin unos segundos, por el simple hecho de que ninguno de los dos necesita hablar para llenar el silencio.
Después de hablar de Val, sentí que me quedé flotando entre nubes. Podía armar la imagen de su rostro perfectamente en mi cabeza. Mis dedos casi incluso podían sentir su piel, la textura de su cabello. Todo. Cada parte de ella estaba insertada en mí de una manera demasiado profunda para ser explicadas en palabras. Pero, resumidamente, se sentía como si ella fuera parte de mí. Como si ese mito de las otras mitades fuera verdadero y yo, como un maldito desgraciado suertudo, hubiera encontado la mía.
Riéndome ante el pensamiento me pongo de pie y decido dirigirme hacia mi habitación para dormir la mona. En el camino, que parece un poco eterno, me pregunto por Matt, Gregg y Zach, pero estaba demasiado cansado para poder concentrarme específicamente en ese asunto.
Cuando paso por la cocina, escucho unas risas femenina y decido ignorarlas, dirigiéndome directamente hacia mi cuarto. En el pasillo, me distraigo un segundo buscando mi celular en el bolsillo de mi pantalón. Quiero llamarla y desearle las buenas noches, decirle que la amo antes de dormir. Pero toda esa idea se ve interrumpida cuando mi cuerpo choca contra alguien, y de repente, siento como algo frío me moja el pecho. Doy un respingo.
- ¡Oh, por dios, lo siento mucho, Eric! - grita la voz de una mujer, pero no levanto la mirada de mi camisa destruida para ver quién es. Segundos después siento sus pequeñas manos tocándome, intentando remediar su accidente. Me tenso y la tomo de las muñecas, apartándola de mí -. De verdad lo lamento muchísimo.
- No pasa nada - digo, empezando a desprender los botones de mi camisa. Por suerte estaba en mi casa, y podría darme una ducha para sacarme el líquido pegajoso de la piel. ¿Qué demonios era esa porquería? -. Sé un poco más cuidadosa la próxima vez.
Levanto la cabeza y me encuentro con un rostro algo conocido. ¿Era Maggie? No, no. Maggie era la pelirroja, esta es rubia, pequeña y de ojos azules. May. Creo.
- ¿Quieres que te ayude a limpiar el desastre que he hecho? - me sonríe apenada.
Sus manos se dirigen nuevamente hacia mi pecho ahora medio descubierto. Me aparto, frunciendo el ceño antes de que ella pueda volver a tocarme.
- No - sentencio y ella asiente. Termino de desabotonar mi camisa -. Puedes irte, May.
- De verdad me sentiría muchísimo mejor si me dejaras ayudarte a lavar la camisa, o lavart...
- Dije que te vayas.
Estaba intentando, de sobremanera, ser amigable con ella, pero sus intentos de... lo que sea, me estaban poniendo los nervios de punta.
May se disculpa en voz baja una vez más y sale casi corriendo del pasillo. Suspiro pesadamente y termino de sacarme la camisa justo antes de llegar a la puerta de mi habitación. Respiro, cansado y aliviado de al fin estar a tan pocos metros de mi cama. Necesitaba dormir, urgentemente.
Cuando abro la puerta, las luces están apagadas, pero las cortinas de las ventanas están abiertas, y la luz de los otros edificios iluminan lo suficientemente bien el cuarto como para que yo sea capaz de divisar el cuerpo desnudo de una mujer acostada en la cama. Abro mis ojos con sorpresa e inmediatamente aparto la mirada.
- ¡Qué demonios haces así en mi puta habitación! - grité enfurecido.
Si una sola cosa más sucedía esa noche, hubiera explotado en mil pedazos. Hubiera simplemente empezado a golpear a quien sea, o mejor dicho: a Hard.
¿Una mujer desnuda y tirada en mi cama? ¡Qué demonios era todo ese escenario!
- ¡Eric! - una voz masculina me saca un poco de mi enojo. Levanto la cabeza, y me encuentro a Hard sentado en el borde de mi cama, vestido solo con unos bóxers y poniéndose el pantalón -. Joder, lo siento. Ya nos estábamos yendo - se ríe, despreocupado y entretenido con el escenario.
Podría haberlo simplemente ahorcado en ese instante. Podría haberme arrojado encima suyo y desfigurarle el rostro. Pero eso hubiera utilizado todas mis energías y no podría cambiar las sábanas de la cama luego.
- ¡¿Qué demonios es tan jodidamente gracioso, Hard?! - doy un paso hacia él y se pone de pie. La chica en la cama parece no inmutarse por nada, ¿estaba dormida? ¿O demasiado borracha para reaccionar? Las ganas de asesinar a Joe crecieron dentro de mí -. ¡Quién carajo te crees que eres para follartela en mi jodida cama! ¡Puto cerdo asqueroso, joder!
Hard empezó a reírse a carcajadas. Estaba ido.
- Será mejor que dejes de reír, Hard. O mañana necesitarás una nueva nariz.
Él levantó las manos a sus costados y negó con la cabeza.
- Ya va, lo siento - suspiró -. Ni siquiera tocamos las sábanas. Ve, todo está ordenado. Tendrás que cambiar cobertor, nada más. Anda, échale un vistazo.
Por supuesto que ni siquiera moví un centímetro de mi persona hacia esa cama. No podía asegurar de que Maggie estuviera completamente desnuda, pero definitivamente había visto lo suficiente para saber que desde la cintura para arriba iba sin nada.
- ¿Qué demonios le pasa? ¿Está inconsciente? - le pregunto, preocupado por la chica.
- Está bien. Acaba de tomar una pastilla. Ha de estar asimilando lo que sucede - bromea negando con la cabeza -. ¿Tú quieres una? - le dedico una mirada enfurecida -. Te ayudará a dormir. Estás tenso, Brennett. Te vendría bien una. O un buen polvo. Puedes llamar a May si quieres. No ha dejado de llorar por ti desde que las rechazaste - bufa y revolea los ojos.
Trago saliva y simplemente decido ignorarlo.
- Sal de mi puta habitación, Hard. Ya. Y llévate a Maggie contigo.
- Okey, okey... déjame pasar a tu baño y me iré - pasa a mi lado y entonces se detiene -. Pero de verdad, Eric. Estás como loco estos días, no te reconozco. ¿Estás nervioso por tu chica o algo? No seas imbécil, hombre. Que ya ha aceptado casarse contigo y todo - se ríe y cierro los puños con fuerza a mi lado -. Dejé unas líneas armadas en tu mesita de noche - se ríe, de nuevo, de manera boba. Sus palabras casi ni se comprenden -. Déjate llevar, relájate. Es tú última noche con esto si quieres. No te vendrá para nada mal olvidarte de las cosas un rato. Además, ¿qué crees que estará haciendo tu rubia en este instante? ¡Ja! Esa tiene pinte de ser bastante alocada, me pregunto si...
Eso fue todo para mí. Para él también.
En menos de un segundo me encontré a mi mismo girándome hacia Joe de repente. Mis movimientos fueron tan repentinos y rápidos que no tuvo tiempo de reaccionar. De un momento a otro lo tenía agarrado del cuello, con ambas manos y con más fuerza de la necesaria. De un movimiento lo acorralé contra la pared y sentí como su mano intentaba apartarme, sin éxito.
Me reconfortó saber que mañana seguramente ni siquiera recordaría nada de eso.
- Si alguna vez vuelvo a escucharte hablar de ella, juro que te destruiré. ¿Comprendes?
Joe no podía enfocar su mirada en mí, pero lo sentí estremecerse bajo mi amenaza.
- Entiendo. Lo lamento, viejo - con demasiada fuerza de voluntad, lo solté -. ¿Ves? necesitas relajarte.
Lo vi entrar a mi baño y cerrar de un portazo.
Me ardía la sangre. Diez escenarios distintos aparecieron en mi cabeza, todos armando diferentes ataques para poder golpear lo suficiente a Hard sin terminar causando demasiados daños. Pero contuve esos pensamientos, solo por la simple razón de que el muy hijo de puta era mi jodido representante y abogado. Además de que llevaba todas mis jodidas cuentas, también.
Me giré hacia mi cama, con la cabeza gacha y caminé hacia mi pequeña mesita de noche. Y allí estaban, perfectamente alineadas casi esperando por mí, gritando mi nombre. O al menos yo lo sentí así.
No recordaba con exactitud cuándo fue la última vez que había esnifado. Pero si recordaba demasiado bien asegurarme de que Val jamás se enterara al respecto. Sabía que eso sería demasiado para ella, incluso a veces era demasiado hasta para mí.
Nunca fue algo de mi mera preocupación destruirme a mí mismo. Conocía mis límites como para jugar con ellos pero no como para querer pasarlos.
Me tiré en el piso, sentado junto a la mesita de noche. Todo daba un poco más de vueltas que antes, me sentía mareado. Más me mareó el recordar cómo reaccionaba mi cuerpo a aquella estimulación. Mi cerebro, por desgracia, no podía borrar cómo se sentía. La energía y felicidad extrema era adictiva. Podía sentirlas en las palmas de mis manos.
Me gustaría decir, que soy más fuerte de lo que aparento, que no soy tan inmaduro, tan imbécil, que no sedo tan fácil.
Pero... ¿para que mentir?
Me incliné sobre la pequeña mesita de madera, en donde Val suele dejar su celular, o cualquier libro que esté leyendo en el momento y me acerqué a la pequeña bandeja de plata con su hermoso y tentativo cristal molido encima.
Fue más difícil contenerme teniéndola tan cerca.
Lo que no recordaba era cómo quemaba el proceso de aspirarla. Eso me desconcertó un poco, más que nada en el segundo. Fue raro al principio, todo estuvo oscuro por un instante algo largo, los oídos me pitaban, de reojo podía ver a Maggie estremecerse en la cama. Pero no observé demasiado, solo lo suficiente para comprender que estaba riendo extasiada y no muriendo.
Me reí junto a ella, por alguna razón. Su risa era chillona y divertida. Su risa fue el mejor chiste en ese instante.
Hasta que levanté la cabeza y me mareé un segundo. Una figura se distorsionó en el marco de la puerta de la habitación.
¿Por qué me costaba tanto enfocar la mirada? Quizás porque mis ojos estaban llenos de lágrimas debido a reír tanto.
¿Qué era tan gracioso?
Pestañeé un segundo y reconocí la figura, creo. Pero cuando pestañeé para entender mejor la realidad de quién estaba frente a mí, la persona en el marco de la puerta ya no estaba. Solo había una simple y profunda oscuridad.
Me seguí riendo a carcajadas de la risa de Maggie.