4 | INSEGURIDAD

5321 Words
Era domingo, por suerte, uno de los días que más me gustaba debido a que jamás teníamos compromisos, o tareas pendientes, o planes en sí. Los domingos eran de descanso, y Eric lo sabía, pues se pasaba toda la mañana durmiendo mientras yo desayunaba y estudiaba al mismo tiempo. Estaba sentada en la mesa de la cocina, con mis apuntes frente a mí y una taza de café en mi mano. Normalmente siempre adelantaba las tareas los sábados, pero ayer no había tenido ni un minuto de descanso, y Eric no me quitaba las manos de encima. Había perdido la cuenta de cuántas veces habíamos tenido sexo el día y la noche anterior, y no digo que no hubiera disfrutado cada una de esas veces. Él siempre se lucía, y siempre me hacía disfrutar cada vez incluso un poco más que la anterior. Pero sentía que Eric tomaba el sexo como una forma de escapar. O mejor dicho como otra forma de escapar. Porque a ello se le sumaban el alcohol, las peleas y su afinidad por recibir golpes y porque incluso le gustase recibirlos, y, aunque me doliera decirlo, las drogas. Con el pasar de los años yo había ido a terapia, y eso me había ayudado a lidiar con todo nuestro pasado y las cosas horribles que me habían pasado en la vida. Primero que nada, haber perdido a mi madre había dejado una herida tan profunda que ni siquiera me di cuenta del vacío que llevaba en mi vida, porque estaba acostumbrada a sentirme de esa forma. Me sentía culpable por no haberme despedido de ella, por no haber pasado quizás más tiempo a su lado. Había crecido con el vacío del amor y presencia de la persona que más amé en mi vida, mi mamá. Y mi padre no tenía demasiado tiempo en sus manos para intentar llenar ese espacio. Con sus reuniones de trabajo y su necesidad de mantener él solo a dos hijos, comprendí que no pudiera pasar todo su tiempo con nosotros. Pero, básicamente, crecí sola, junto con un hermano con el que no me llevé muy bien la mitad de mi vida. En pocas palabras, sufría cierto sentimiento de pérdida y abandono, y era propensa a sujetarme de las pocas cosas que tenía que eran sólidas y me hacían feliz, incluso aunque me lastimasen en el trayecto. He allí lo imposible que se me hacía dejar ir a Eric cuando las cosas se pusieron complicadas, años atrás. Pero mi madre no fue la única razón por la que acudí a terapia, sino también, por la pérdida del bebé que sufrí a mis dieciocho años. Él bebé de Eric. De más chica, no había sabido lidiar con ello, continué mi vida y aparté aquella experiencia traumática justo después del momento en que sucedió, apagué mis emociones y bloqueé mis pensamientos con respecto a aquello porque internamente supe que era muy frágil para lidiar con algo así yo sola. Por esa razón no se lo había contado a Eric en primer lugar, porque decírselo era una forma de hacerlo real y lo que mi cerebro buscaba era protegerse. Hasta que un día las pesadillas aparecieron y me despertaba todas las noches sintiendo un dolor agudo en mi vientre. Y en cada sueño venía mucha sangre manchar mis manos y el suelo, y un arma apuntando en mi cabeza. Porque los recuerdos estaban amenazando y saliendo a la luz y se manifestaban cuando dormía y era vulnerable. El doctor Ferguzz, mi terapeuta, me decía que mi cercanía con la muerte era muy grave, y muy grande también. Había perdido a personas que significaron algo demasiado grande para mí, y al haber estado yo misma al borde de la muerte, creía que todos mis problemas radicaban de allí. Y, desesperada y en busca de salvación y estabilidad, me agarré de la persona que más amor y apoyo me mostró en ese lapso: Eric. Me aferré a él desesperadamente, y a todos sus "te amo", y sus promesas de no dejarme nunca. Cuando yo sufrí todo aquello, que por suerte y con mucho esfuerzo logré "superar" – en realidad simplemente tuve que aprender a vivir con ello -, Eric me sostuvo la mano todo el camino, estuvo allí para mí, y me abrazaba e intentaba tranquilizarme cada vez que me despertaba en mitad de la noche llorando de un dolor que ni siquiera existía. Pero todo pareció voltearse un tiempo después de que yo mejoré, y entonces cayó él. Eric, al principio, no me hablaba de ello, e incluso llevó varios días ignorándome o dirigiéndome la mínima palabra, no me tocaba y parecía rehuir de cada cosa que provenía de mí. Hasta que sus pesadillas iniciaron, y me despertaba a la mitad de la noche porque lo sentía temblar y sudar a mí lado. Entonces, lo obligué a hablarme, y fue como si una bomba se activara en él. Aceptó ir a terapia, pero no le gustaba demasiado, y entonces un día simplemente lo dejó. Llegó a casa y dijo "ya me siento bien, puedo manejarlo" y decidió que no volvería al consultorio del doctor Ferguzz. De verdad todo pareció ir bien después de eso, por un tiempo, hasta que me di cuenta de lo que estaba sucediendo en realidad. Fue ahí cuando las cosas empeoraron, y recuerdo la primera vez que llegó borracho y drogado a casa como si hubiera sido ayer. Yo estaba sentada en el sofá, con el corazón en la garganta porque no había oído nada de él en toda la noche, y faltaba una hora para que el sol saliera. No me había contestado ni un mensaje, ni una llamada, ni Freddie, ni Hard, ni Billie sabían en donde estaba y yo estaba desesperada, no sabía por dónde empezar a buscarlo. Y entonces, cuando estuve a punto de llamar a la policía como mi última opción, la puerta principal se abrió y salté del sofá como un resorte. Corrí hacia la entrada y con lo que me encontré me hundió el corazón a cien mil metros bajo tierra. Eric intentaba meter la llave dentro de la cerradura para llavear la puerta, pero sus manos temblaban y no encontraban el lugar exacto. Sus hombros estaban caídos, su ropa sucia y su cabello alborotado, sus piernas algo dobladas incluso. No supe que hacer, si moverme y ayudarlo, si quedarme allí viendo, si decir algo... pero simplemente me quedé allí, mirándolo sin poder creer de verdad lo que estaba sucediendo. Llevaba años sin beber, mucho menos ahora debido a que era un deportista. Pero al parecer las cosas cambian. En el último intento de incrustar la llave dentro de la cerradura, estas se le cayeron al piso. Miró el llavero por unos segundos, y se tambaleó hacia adelante, entonces di un paso lento para acercarme a él, pero no fui lo suficientemente rápida y cuando él intentó agacharse para recoger las llaves, cayó de rodillas al piso con todo su peso. Di un respingo y corrí hacia él, y entonces levantó la cabeza, como pudo, tambaleante, pues parecía que le pesaba un millón de toneladas, y vi sus ojos. Inmediatamente mi corazón se detuvo y las comisuras de mis labios empezaron a temblar. - Amor, ¿Estás bien? – le pregunté y mi voz sonó rota. Él me miró un segundo, como si no me reconociera y entonces, llevó sus manos a mi rostro y me acarició la mandíbula torpemente con su pulgar, sonrió de costado, una sonrisa de borracho, y sus ojos parecían pesarle. Allí me reconoció, recién entonces, estaba tan borracho, tan ido, que no había podido ni reconocerme. - Val... - dijo, arrastrando la palabra y sonriendo de forma torpe -. Eres mi Val. - Sí, así me llamo. – me reí, intentando ponerle diversión a la situación, pero no pude. - No se supone que me veas así... - apartó de un manotazo torpe mi mano de su hombro e intentó ponerse de pie. Rápidamente lo ayudé y tomé su brazo, haciendo que rodee mi cuello. - No importa. Está todo bien, cariño. – le dije, cuando ya ambos estuvimos de pie, o bueno, ya cuando yo estuve de pie y él prácticamente encima de mí. - No me tienes que ayudar, nena – se rio torpemente, empecé a caminar hacia la habitación -. Se supone que estoy bien, y que puedo solo. - Pues no pienso dejar que te rompas tu bello rostro contra el piso por no poder coordinar un paso, así que déjame ayudarte. – logré arrancarle una risotada, y suspiré cuando vi la puerta de nuestra habitación. Dios, Eric era delgado, pero pesaba unos doscientos kilos, o al menos así se sintió en aquel momento. - Ella, siempre ayudándome – me miró con los ojos chinos y una sonrisa gigante, que de repente se borró -. Lo sie... siento mucho, nena. – su voz pareció romperse y eso simplemente me aturdió más en aquel momento. - ¿Qué? – pregunté, triste. Pero no me dijo nada, simplemente sentí que se quedó mirándome fijamente hasta que llegamos a la habitación y pude sentarlo en el borde de la cama, donde dejó caer sus brazos con pesadez sobre sus piernas, y sus hombros parecían pesarle pues estaba algo encorvado. Primero, suspiré, y luego, llené de aire mis pulmones y me puse de cuclillas. Desaté los cordones de sus botas negras, que yo le había regalado, y empecé a sacárselas. Me enderecé, tomé el dobladillo de su camiseta y se la saqué con delicadeza, y cuando volví a acuclillarme de nuevo para desprenderle el jean, sus manos me tomaron las muñecas, sin fuerza, pero me dieron un pequeño apretón para llamar mi atención. Entonces dirigí mi mirada a sus ojos. Sus ojos marrones que estaban inyectados en sangre y con las pupilas sorprendentemente dilatadas. Jamás había visto a alguien con los ojos tan rojos nunca en mi vida, y mi cerebro intentaba encontrar alguna respuesta a aquello. Me miraba con pesar, casi con dolor, y me dolió el pecho. - Lo siento. – dijo, de nuevo, con la voz apagada. - Ya lo sé, me lo dijiste. – le recordé, con una pequeña sonrisa. - Lo siento porque... - se detuvo para pensar un minuto -, porque no te mereces esto. No te merezco. – dejó caer su cabeza hacia adelante, como un niño que estaba siendo regañado. Chasqueé mi lengua y le acaricié el brazo. - Eric, no digas esas cosas. Sabes que no son verdad. - Sí lo son, Val – me miró de nuevo, ahora sus ojos estaban rojos, pero porque las lágrimas se habían acumulado -. Lo son porque todo es mi culpa. - Eric... - empecé, con la voz rota, pero me interrumpió. - ¡Todo lo malo que te ha pasado ha sido por mi culpa! – elevó el tono de voz, casi parecía que le dolía mirarme, porque apartaba sus ojos de mí una y otra vez -, y aún así te has quedado con... conmigo todo el tiempo, ¿Y yo que hago? – respiró hondo y soltó una risa sarcástica -, yo no hago más que seguir decepcionándote. - Cariño, no lo haces, tú... - intenté llevar mi mano a su mejilla, en una busca por reconfortarlo, pero me apartó de un manotazo que me dejó helada. Eric vio entonces mi reacción, la forma en la que me quedé mirándolo sorprendida, con los ojos bien abiertos, y dolida, y su rostro se contrajo y las lágrimas empezaron a caer a borbotones. Dejé caer mis manos a mis costados e involuntariamente bajé mi cabeza solo un segundo, y entonces sentí sus manos, que temblaban, tomarme por los hombros con toda la delicadeza del mundo, como si fuera una pequeña muñeca de porcelana. - Lo siento, lo siento, amor, lo siento – rogó y volví a mirarlo para dedicarle una pequeña sonrisa -. Es que he sido una mierda últimamente, y hoy más que anda porque... - y dejó de hablar atropelladamente, para mirarme con ojos casi desesperados. Tragué saliva. - ¿Por qué, Eric? Mi pregunta pareció corromperlo un poco, y entonces, noté como los músculos de sus brazos se tensaron visiblemente, y escuché la forma en la que tragó saliva, y por como movía sus ojos de aquí para allá, comprendí que estaba intentando encontrar una forma de escapar de aquello en lo que él mismo se había metido. Pero, al final, cuando no pareció encontrar una salida fácil, simplemente suspiró con pesadez y dejó caer su cabeza sobre las palmas de sus manos. - Eric... solo... solo dime – sonreí, nerviosa -. Nada puede ser tan malo, ¿Verdad? Me miró, fijamente, y se quedó en silencio unos largos segundos antes de volver a hablar. - Es que hoy... hoy no solo bebí – rascó su nuca con nerviosismo -. Me encontré con unos chicos que... - no sabía si decir algo o no, opté por quedarme callada y esperar a que él terminara la historia -. Unos chicos que me ofrecieron unas pastillas – se me trabó la respiración -, me dijeron que simplemente ayudarían a relajarme, pero... ahora siento que no puedo dejar de temblar, Val – me miró desesperado, parecía un niño pidiendo ayuda porque estaba perdido -. Lo siento, lo siento mucho. No quería que te enterases, pero... - Shhh, tranquilo – lo interrumpí y me acerqué a él, rodeándolo con mis brazos, y comprobando que lo que me decía era verdad: todo su cuerpo estaba temblando y sudando exageradamente -. Todo está bien, ¿Okey? Todo saldrá bien. - No quiero seguir lastimándote. – me abrazó con fuerza. - Bueno, entonces los dos trabajaremos juntos para solucionar las cosas, ¿Si? Y asintió frenéticamente en respuesta. Y desde aquel día, las conversaciones acerca de volver a organizar una cita con el doctor Ferguzz habían sido simplemente para pelea, él no quería, no aceptaba que estaba hundiéndose en su miseria, no me escuchaba en lo que respectaba a eso. Luego de aquel primer incidente las cosas siguieron bien unos meses, hasta que de repente, cada fin de semana empezó a llegar un poco más tarde cada noche, y aprendió a disimular bastante bien su estado de ebriedad. Me preocupaba profundamente por él, me quedaba las noches en vela incluso los días que tenía clase al día siguiente en la Universidad, pero lo hacía por él, y eso para mí justificaba todo. Eric me prometía, me juraba, que no había vuelto a probar otra pastilla, ni cualquier otro tipo de sustancia que le ofrecían en los bares, clubes y antros que visitaba. No podía negarme que seguía bebiendo, porque era algo de lo que me daba cuenta, pero en cierta forma me tranquilizaba que simplemente fuera aquello que consumiera. Porque sabía que, si alguna vez volvía a tocar otro tipo de droga, no sería capaz de ocultármelo. Pero los años fueron pasando y teníamos rachas, a veces estábamos muy bien, casi no nos peleábamos, otras veces, nos ignorábamos por días, él salía de la habitación y dormía en el sofá, pero no nos costaba volver a reconciliarnos. Ambos trabajamos y funcionábamos juntos, a veces quizá uno más que el otro, pero nos entendíamos, y nos queríamos, y habíamos vivido demasiadas cosas juntos, habíamos pasado demasiados años juntos como para dejar que todo se estropease por cosas que sí podían ser solucionadas. Eric había encontrado una forma de mantenerse a flote, así como yo lo había hecho cuando sentía que me estaba perdiendo... él se aferraba a mí. - Buenos días. – la voz adormilada de Eric me despertó de mi ensimismamiento y sonreí cuando lo vi entrar en la cocina frotándose los ojos, con un pantalón de algodón colgando de sus caderas y su torso desnudo. Los golpes de la pelea seguían siendo visibles, pero por suerte, con todo el tratamiento, cremas y pastillas que le enviaban para el dolor, él apenas sentía nada, e iba recuperándose bien porque lo obligaba a ponerse hielo todos los días, al menos una hora. - ¿Buenos días? Son las tres de la tarde – me miró con una falsa sonrisa de "lo lamento" y revoleé los ojos -. Tu comida está en el microondas. - ¿Qué haría yo sin ti? – dijo, en tono divertido y se inclinó para darme un beso. Miré su espalda mientras caminaba hacia el aparato en busca de su comida. - Probablemente morir de hambre – se rio y sacó los cubiertos de un cajón -, de eso y de abstinencia s****l, Brennett. Soltó una carcajada y se sentó frente a mí, con su enorme plato de fideos con salsa y carne picada en trocitos. Metió una gran bocanada a su boca y me miró con una ceja enarcada, falsamente confundido. - ¿A qué te refieres? – preguntó con la voz aguda. Me reí. - ¿A qué me refiero? – mi tono era de falsa sorpresa -, me refiero a que me duele todo el maldito cuerpo. - Ah, ¿sí? Yo me siento como un niño de cinco años – sonrió abiertamente -. Como nuevo, con muchas energías. - Sí, ayer estabas con las mismas energías – soltó una gran carcajada y empezó a reírse al mismo tiempo que continuaba comiendo su pasta -. No comprendo, estás todo lastimado, ¿No te duele el cuerpo, acaso? - Sinceramente, no – encogió sus hombros -. Yo que sé, me siento normal, el dolor es soportable – me miró con una ceja enarcada -. ¿De verdad estás tan cansada? - ¡Exhausta! – exclamé, se rio fuertemente -. Estoy exhausta. No cualquiera soporta cinco sesiones de sexo en un solo día. - Seis – me corrigió y lo miré confundida, enarcó una ceja -. Te olvidas de contar la de esta madrugada, como a las cinco y media, ¿quizás? Si, a esa hora – abrí mis ojos como platos -, a esa hora lo volvimos a hacer. Claro, por supuesto. Sí, lo recordaba, recordaba que a comparación de las demás veces, esa vez fue algo tranquilo y relajado, casi lento, incluso. Me reí, negando con la cabeza. - Supongo que perdí la cuenta. – contesté simple y le di otro sorbo a mi café. - Lamento si tienes que hacer más de lo que puedas soportar – lo miré confundida. - Hablas como si el sexo fuera una tortura. - Pues yo que sé – bufó -. Pero la próxima si estás muy cansada, simplemente dime que no. - Siempre que no tengo ganas, te lo digo, así que no exageres las cosas – revoleé los ojos y el suspiró, miré su plato y noté que ya había devorado todo -. Vaya que tenías hambre. - Pues esta máquina s****l tiene que alimentarse bien. Solté una carcajada y él llevó el plato al lavavajillas. Estiró los brazos por encima de su cabeza y se inclinó hacia un lado, y luego al otro, con una expresión de un poco de dolor. Por aquella razón amaba los domingos. Si fuera un día normal, él estaría preparándose para ir a entrenar y yo estaría volviendo de la Universidad para tomar una pequeña siesta y luego volver a la Universidad, y no nos veríamos hasta la noche, donde normalmente los dos estábamos bastante cansados para hasta incluso hablar de cómo había sido nuestro día. Eric caminó hacia la mesa nuevamente, con un vaso de agua en la mano y se sentó a mi lado, tomó mis piernas y las colocó encima de las suyas. Yo observé mis apuntes de la uni una vez más hasta volver a prestarle atención, lo agarré mirándome, entrecerré los ojos. - ¿Qué pasa? - Solo estaba pensando – encogió sus hombros y empezó a acariciar mis piernas distraídamente -. Fueron unos días bastante intensos. - Así es. - Y nos vamos a casar. - Aparentemente, así es – solté la taza y le mostré mi mano, sonrió -. ¿Qué? ¿Ya te estás arrepintiendo? - No, no, nada de eso – bufó -. Pero ¿Crees que debamos decirles a nuestros amigos, y hermanos, y padres? - ¿Qué? – fruncí el ceño -, es muy pronto, ¿Por qué hacerlo ahora? - No sé, simplemente me pareció que debíamos hacerlo. Pero será como tú quieras. - No es que no quiera decirles, lo haremos... luego. – elevó las cejas. - Luego cuando... - Bueno, supongo que debemos organizar más cosas primero, ¿No crees? – me enderecé y empecé a gesticular con las manos, como acostumbraba cuando estaba nerviosa -. Yo ahora tengo que concentrarme en los exámenes que se acercan, pero si tu quieres puedes adelantar el trabajo. - Con trabajo te refieres a ¿Cosas de la boda? – lo miré con obviedad, y no fue capaz de ocultar la sonrisa alegre y sus ojitos brillosos -. Bueno, cómo que no sé por dónde empezar. - ¿Y te crees que yo sí? – resoplé -. No me gusta ni siquiera organizar mi cumpleaños. - Eso es porque eres una amargada – señaló -. Todas las fechas importantes deberían festejarse a lo grande. Era lo que decía siempre, desde que lo conocía. Amaba organizar fiestas, reuniones, cenas, lo que fuera, le encantaba, por alguna razón, y además se le daba bien. Cada cumpleaños, cada aniversario, cada fecha que él considerase "importante" tenía que ser festejada en grande, con fuegos artificiales y miles de personas de ser posible. Eso era algo que jamás me gustaría, y él lo sabía, pero me esforzaba por tolerarlo. - Recuerda que quedamos en que no sería nada extravagante. – lo apunté con mi dedo, acusante. - Lo sé, lo sé – elevó los brazos a los costados de su cabeza, actuando de forma inocente -. Haré lo mejor que pueda para que sea como tú quieres – entonces pareció que un foco se prendió sobre su cabeza, y me apuntó con un dedo -. Aunque pensándolo bien, ni siquiera me has dado el sí, así que relativamente puedo hacer lo que yo quiera. - Pues ponte a pensar que, si no hay novia, no hay boda. – su rostro cambió drásticamente -. Y ya te dije que lo haremos. ¡Supéralo de una vez! - ¡Okey, okey! – suspiró -. ¿Y cuánto tiempo crees que lleve planear una boda? - Supongo que si es algo pequeño y no tan glamuroso... No sé, ¿Un mes? ¿Mes y medio? - Entonces nos casamos, ¿En cuánto? ¿Dos meses? Casi me atraganté con mi propia saliva. - ¿Qué? ¿Tan pronto? – me alteré un segundo. - ¿Pensabas esperar un año? – enarcó una ceja, sonriendo divertido. - No, pero tampoco pensaba en dos meses – ladeé la cabeza -. ¿Y qué tal si de ahora a dos meses tú haces una de las tuyas y decido que no quiero el matrimonio ni nada de eso? - No haré nada – revoleó los ojos -. Es que... bueno, sinceramente no sé por qué tengo tanta prisa. - Porque estás paranoico – le sonreí falsamente -. Así que tómate un té de tilo y deja que las cosas vayan surgiendo solas, ¿okey? – pero su carita me derritió el corazón, y no hice más que volver a ceder -. Quizás no dos meses, ¿tres y medio? ¿Cuatro? – entrecerré los ojos -, ¿Qué te parece? - ¿Estás segura? - Sí, ¿por qué no habría de estarlo? – encogí mis hombros -. Mientas más rápido suceda tendré menos tiempo de arrepentirme, así que... - Qué graciosa. – sonrió entrecerrando los ojos y se inclinó para darme un beso. El sonido del timbre nos interrumpió y se apartó de mí mirándome con una ceja enarcada. En lo que llevábamos viviendo en aquel lugar, teníamos contadas las veces que alguien tocaba el timbre de la puerta principal, esa era la cuarta vez. - ¿Esperas a alguien? – me preguntó, poniéndose de pie. - No, ¿Y tú? – negó con la cabeza y lo observé extrañada mientras salía de la cocina. Escuché sus pasos hacia la entrada y luego de eso como abría la puerta descuidadamente. Entonces un grito me hizo poner de pie rápidamente. Pero no había sido un grito de dolor o alarmante, sino todo lo contrario, mientras caminaba hacia la sala, podía escuchar las voces provenientes de allí. - ¡Maldito Eric Brennett! – reconocí esa voz de inmediato, y entonces aceleré el paso. Entonces entré en la habitación y los vi: se estaban abrazando y pegando fuerzas palmadas en la espalda, la sonrisa de Eric era una de las más felices de las que se las había visto en un largo tiempo. Entonces sus ojos se encontraron con los míos, esos ojitos celestes que no se me olvidarían por nada del mundo. Se apartó de su amigo y dio un paso hacia adelante, a sus pies había un bolso tirado, por lo que supuse que planeaba quedarse un tiempo largo, lo cual me hizo feliz. Abrió los brazos y me regaló una sonrisa gigante. - Ven aquí, muñeca. – me dijo. Chillé en mi lugar y corrí hacia él, donde me recibió con los brazos abiertos y mantuvo el equilibrio a pesar del salto que di con todas mis fuerzas y la forma en la que me tiré encima suyo. Me rodeó la cintura con sus enormes brazos y me apretó con mucha fuerza, le devolví el agarre abrazándolo por el cuello. Sentí su aroma familiar cuando escondí mi rostro entre su hombro y su cuello, y respiré profundamente. Hace años que no lo veía, y todo en él me recordaba a casa. - ¡Dios mío, Gregg, te extrañé muchísimo! – exclamé, casi al borde de las lágrimas. Ahí estaba Gregg Miller, quien seguía siendo el mejor amigo de Eric, quien era el novio de una de mis mejores amigas, y quien se era una persona sumamente importante en mi vida. Ya había pasado un año desde la última vez que lo vimos, y ni siquiera me molestaba que hubiera aparecido sin avisar, era la mejor sorpresa de todas. - ¿Estás por llorar? – se burló cuando nos apartamos y me limpió las lágrimas con sus pulgares -. Te has vuelto una sensiblera. - Cállate – le di un golpe en el hombro y Eric se acercó a nosotros -. Me emocioné, nada más. - Es que ha pasado, ¿Cuánto? – dijo Eric y resopló al darse cuenta del tiempo -. Un año. Joder, ya ha pasado un año desde la última vez que nos vimos. - Bueno, es que ahora ustedes son gente con agenda algo... apretada – Gregg le dio una palmada fuerte en la espalda a Eric, que lo hizo toser un poco y hacer una mueca de dolor -. Uy, olvidé que te golpean para vivir, lo siento, lo siento. Eric le dedicó una risa falsa y Gregg tomó su bolso y lo colgó por sus hombros. Caminó hacia el sofá, mirando alrededor y sonriendo como si fuera un niño que entraba por primera vez en un museo de cosas que le parecían impresionantes. No habíamos cambiado demasiadas cosas en el departamento, quizás el color de las paredes, pero nada más. - Estoy exhausto – suspiró y se tiró en el sofá, dejando su bolso en sus pies -. El viaje fue algo largo. - ¿Quieres beber algo? – le ofrecí, me sonrió tiernamente. Eric se sentó a su lado. - ¿Cerveza? – enarqué una ceja -. ¿O jugo? – sonrió angelicalmente y me dirigí a la cocina rápidamente para servirle jugo en un vaso, cuando volví ambos se estaban riendo tranquilamente, me senté en el sillón frente a ambos -. Gracias, muñeca – me dijo y luego dio un trago largo al jugo. - ¿A que debemos el honor de la gran sorpresa? – pregunté. - No es que nos moleste, pero es repentino. – aclaró Eric. - Bueno, la verdad es que... - suspiró -, todos planeamos venir a visitarlos y pasar las fiestas juntos nuevamente – elevé las cejas, sorprendida -. Se suponía que todos apareceríamos juntos, de "sorpresa", pero escogí mal la fecha de mi vuelo cuando compré el pasaje. – sonrió de forma inocente y solté una carcajada. - ¿Cuándo se supone que llegan los demás? - Mañana. - ¡Genial! – exclamó Eric, mirándome emocionado > -. Nosotros también tenemos una gran sorpresa. Gregg paseó la mirada entre ambos con sus ojos entrecerrados. - No me digas que estás embarazada. – me miró con los ojos bien abiertos y no me contuve en reír nerviosamente. - No, no, no. Nada de eso – suspiré. - ¿Entonces? - Esperaremos a que estén todos para decírselos. – sentencié, lanzándole una mirada a Eric, quien frunció el ceño, pero luego volvió a sonreír normalmente -. ¿Cómo están las cosas por allá? - Todo bien, normal, como siempre – encogió sus hombros -. Zach y Lenn no están juntos, de nuevo. Pero todos esperamos a que se les pase. - Sí, me lo comentó Julie hace unos días – suspiré -. ¿Y tú que tal con ella? - Estuvo bastante nerviosa estos días, organizando en qué hotel nos quedaríamos, cómo organizaríamos la cena de navidad y todo eso... pero, bien. - ¿Solo se quedarán para Navidad? – preguntó Eric, casi con pesar. - Julie y yo tenemos un viaje con mi familia para año nuevo – abrí mis ojos como platos -, lo sé. Y bueno, Less y Matt también se irán de viaje, así que... bueno, nosotros no podemos. - De igual forma no importa, Eric tiene una fiesta importante ese día. – recordé, el susodicho me miró con el ceño fruncido. - Tenemos, iremos juntos, ¿recuerdas? – pasé una mano por mi rostro, rezongando -. No le gustan mucho ese tipo de fiestas. - Ya veo... - Gregg me miraba con una ceja enarcada, parecía algo distraído de repente, viajaba su mirada desde mi rostro hacia mi mano, e inconscientemente me tapé el anillo, entonces eso le hizo enarcar una ceja -. ¿Y ese anillo? Nunca te había visto con un anillo. Eric y yo intercambiamos miradas, la de él, alegre y pícara, la mía en cambio un poco preocupada. No era que quería evitar que Gregg se entere, sino que... bueno, en realidad, no quería que nadie se entere aún, ni siquiera yo terminaba de aceptar y asimilar lo que estaba pasando, así que en ese momento de verdad prefería mantenerlo solo para nosotros dos. Pero entonces Gregg no tardó en darse cuenta de lo que estaba sucediendo y sus ojos se abrieron como platos, viajó su mirada hacia él, y luego hacia mí de nuevo, y prácticamente se tiró encima de mí para tomarme la mano y admirar mi anillo más de cerca. - Así que se están por casar... - soltó, tirándose hacia atrás en el sofá, mirándonos sorprendidos. Eric sonreía de oreja a oreja, y por ello no pude evitar hacerlo yo también. - Nos vamos a casar. – afirmó Eric, alegre. - ¿Eso quiere decir que ya perdí todas mis oportunidades contigo? – me miró con ojos falsamente tristes, haciéndome reír. Eric le dio un golpe en el brazo y entonces Gregg soltó una sonora carcajada y empezó a reírse a todo pulmón, abrazó a su amigo con fuerza y le dio palmadas en la espalda con fuerza, olvidándose por completo que estaba todo lastimado, pero a Eric no pareció importarle, se rio y abrazó con fuerza a su mejor amigo. - ¡Déjame que te abrace, futura señora Val Brenett! – se puso de pie y pasó por encima de la mesita de cristal que nos separaba para abrazarme. Me reí y le devolví el abrazo, pero internamente no estaba tan emocionada como lo veía a él, como veía a Eric, quien me miraba con sus ojos brillosos y una sonrisa bobalicona en sus labios. Estaba feliz, más que feliz, pero había algo dentro de mi cabeza que... que no terminaba de encajar por completo en nada de todo aquello. - ¡No te imaginas le despedida de soltero que te organizaré! – rio, soltándome -. Dios, quiero ver la reacción de los demás cuando se enteren y... - su rostro se puso serio de repente, nos miró con los ojos bien abiertos -. ¡Joder! - ¿Qué? – pregunté, extrañada. - Cuando Julie se entere que se casarán... - respiró profundamente -. Oh, Dios, ya veo venir las conversaciones de "por qué aún no le he propuesto matrimonio". Gracias por esto. Eric soltó una carcajada y empezó a bromear acerca de algo a lo que no presté mucha atención. Todo lo que pasaba por mi cabeza era la gran culpa que sentía en mi pecho por no estar tan emocionada, entusiasmada y a la espera de nuestro casamiento. Yo lo amaba, de verdad que lo amaba, pero había algo, que no sabía descifrar qué aún, que me estaba impidiéndome sentir de la forma en la que suponía cualquier persona debía sentirse si iba a casarse. ¿Qué demonios estaba sucediéndome?
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