3 | ¿DE QUE ESTÁS TAN ASUSTADO?

3439 Words
Estaba sentada en el sofá de la sala, con los pies arriba de la pequeña mesita de cristal y madera, en la tele estaba pasando un programa de citas que no era para nada interesante, y mis apuntes de la universidad estaban tirados a mi lado, pero en mi cabeza ya no entraba nada más. Había pasado toda la mañana estudiando, y quería relajarme, pero el problema era que, definitivamente, no podía. Eric Brennett me había "propuesto" matrimonio, y aunque no era la primera vez que lo hacía, todo mi organismo temblaba, incluso a pesar de que no le había dado una respuesta, de igual forma todo temblaba. Verdaderamente quería hablar de todo aquello con él, pero el maldito había desaparecido toda la mañana. Lo último que recordaba era él, dándome un beso y saliendo de la habitación, yo estaba exhausta de todo el sexo que le siguió a su "propuesta". La uña de mi dedo índice estaba a punto de desaparecer cuando escuché la puerta principal abrirse y cerrarse. Vi aparecer a Eric con una gran sonrisa y varias bolsas colgando de sus manos, lo miré enarcando una ceja y la sonrisa en sus labios se ensanchó. - Hola, hermosa. – de un manotazo bajó mis pies de la mesita y dejó allí las bolsas, luego se inclinó y me besó por unos segundos. - ¿Qué es todo esto? – me interesé, mirando todas las bolsas frente a mí, una pequeña, color blanco con bordes dorados me llamó la atención, pues había tres iguales. Su sonrisa se ensanchó aún más, lucía como un niño entrando en una juguetería o a punto de entrar a ver una película que había esperado por demasiado tiempo. - Fui de compras. – respondió con simpleza, y se quitó los lentes de sol, arrojándolos a un lado. - Puedo ver eso – empecé a husmear las bolsas. Todo era ropa, ropa de mujer, específicamente, no me contuve en revolear los ojos -. Tú, de compras, ¿Toda la mañana? – enarqué una ceja. - Así es, nena. – mordía la comisura izquierda de su labio con bastante alegría. - ¿Hay algo en estas bolsas que sea destinado hacia ti? – me apoyé en el sofá y crucé mis brazos, mirándolo con una ceja enarcada. No era que no me gustase que me mimara y me regalara cosas, pero definitivamente no me gustaban los regalos en exceso. A él en especifico le encantaba derrochar su dinero en mí, y normalmente se acostumbraba a molestarse si yo me enojaba por ello. - No es mi día. – especificó, y esa sonrisa seguía sin desaparecer. - ¿Y el mío sí? – enarqué mi ceja -, ¿A caso es mi cumpleaños y lo olvidé? - No, amor, pero – suspiró y tomó las tres bolsas pequeñas que yo no me había atrevido a husmear -, ayer fue un día bastante importante y creo que debes elegir – empezó a sacar unas pequeñas cajitas de las bolsas, cerré mis ojos con fuerza y suspiré internamente -... cuál anillo te gusta más. Mis ojos casi se me cayeron del rostro y mi mandíbula tocó el piso cuando fue abriendo las pequeñas cajitas de terciopelo y fue dejándolas en la mesa, alineadas, dejando a la vista los hermosos anillos de plata, incrustados, cada uno de ellos, con diferentes tipos de diamantes, algunos más grandes que otros. Mi corazón latía con fuerza dentro de mi pecho y yo no podía dejar de pensar en cuánto les habían costado cada uno de esos anillos, más que nada porque ni siquiera había respondido a su oferta aún, él se había adelantado a todo. Lo miré sin poder creerlo, y sus ojos no se apartaban de mí. Me dieron cosquillas en el estomago al ver su mirada feliz y la sonrisa que acompañaba a sus ojitos brillosos. Sabía que esa vez, no solo se enojaría si decidía rechazar algo, sino que se pondría muy triste, y en ese instante, con Eric mirándome de aquella forma, herirlo era lo último que quería hacer. Aunque aún no olvidaba los sucesos de la noche anterior, y me ardía el pecho de solo recordar el beso de aquella chica, mi corazón brincaba de felicidad dentro de mi pecho. Pero no sabía si era mí propia felicidad, o la felicidad generada por verlo a él tan feliz. - Sé que no es algo romántico, pero no podía decidir – apretó sus manos con ansiedad, y me enderecé en el sofá, mirando los anillos desde lejos, sin atreverme a tocarlos -. ¿Qué te parecen, Val? ¿Te gustan? – sonaba de verdad nervioso. - Eric... - comencé, pero no pude con mi genio -, ay Dios, dime por favor que no compraste estos tres anillos simplemente para que yo escogiera uno. – suspiré pesadamente, y mi cara cambió de forma drástica. Su sonrisa se esfumó al instante en que vio mi reacción y su rostro de feliz cumpleaños fue reemplazado por uno de verdadera confusión. Me sentí mal un segundo por no haber podido disimular para él. - Bueno... - rascó su nuca -, pues sí. – aclaró su garganta y solté un gruñido de frustración. - No te confundas, créeme que es un gesto hermoso, pero... - mordí mi labio con fuerza -, no era necesario, de verdad. – me acerqué a él y acaricié su mejilla, en un intento por reparar lo que mi malagana había causado. - Te he dicho miles de veces que, si quiero gastar mi dinero en ti, lo haré aunque te enojes – tomó mi rostro con sus manos y apretó mis mejillas para luego darme un beso corto en los labios -. Simplemente no quería esperar más, y cuando llegué a la joyería, no podía decidirme entre estos tres anillos. - Y entonces los compraste todos. – respondí con tono de obviedad, revoleando los ojos y volviendo mi mirada hacia los tres pequeñísimos, hermosísimos y costosísimos anillos arriba de la mesa. - Quería que tú los escogieras. Sé que no es algo tradicional y que las cosas no debería hacerlas así, pero... - lo interrumpí. Él no estaba haciendo nada mal, además de gastar millonadas en cosas que no eran tan significantes, no estaba haciendo nada mal. - No, cariño, no – le dije, dedicándole una sonrisa acogedora -. Lo estás haciendo de la forma perfecta, créeme – suspiró, tranquilo -. Prefiero esto mil veces por encima a que organices una serenata en un restaurante o cosas así – encogí mis hombros -. Lo simple es lo nuestro. - Claro que sí... - sonrió antes de besarme. Enredé mis brazos en su cuello y lo pegué más a mí, sentí sus manos apretarme la cintura para luego hacerme cosquillas y provocar que me apartar riendo -. Ahora sí, enana, tienes una decisión que tomar. - Okey, veamos... - me senté en el piso para tener una mejor vista de los anillos, por alguna extraña razón no me animaba a tocarlos. De repente una idea me vino a la cabeza -. Cuando escoja uno, tendrás que devolver los otros dos. – lo miré con los ojos entrecerrados. - Pero...- quiso levantar pelea, pero no se lo permitiría. - ¿Esperas que conserve otros dos anillos simplemente porque sí? – enarqué una ceja y el bufó. - Pues los compré para ti – se defendió, lo fulminé con la mirada y revoleó los ojos -. Como quieras, está bien. Con una sonrisa triunfante volví a observar las joyas frente a mí de manera seria. El fugaz pensamiento de que no había aceptado su propuesta aún, y de que no estaba completamente segura acerca de si quería hacerlo o no, cruzaron por mi mente por un instante mientras admiraba el primer anillo. Por alguna extraña razón, no le veía demasiada importancia al matrimonio en ese momento de mi vida; quizás lo consideraría más adelante, o en otro tiempo, en otras circunstancias. Con todos los años que llevaba de conocer y amar a Eric, sentía que nuestra conexión llegaba más allá, y que algo como el matrimonio simplemente estaba... casi de más. ¿Para qué quererlo? Lo nuestro siempre fue algo más, y no hacía falta consolidarlo de esa forma. Al fin y al cabo, me había tatuado un anillo en mi dedo a mis dieciocho años por él, porque sabía que toda mi vida la pasaría a su lado. O eso al menos era lo que más deseaba. De igual forma, todo dentro de mi cuerpo simplemente quería hacerlo feliz. Y si él quería casarse, si él quería una gran boda, con muchos invitados, si él quería que llevase un anillo de miles de dólares en mi dedo, lo haría, porque quería hacerlo feliz, y porque a veces tenemos que renunciar a ciertas cosas propias cuando queremos completar al otro. Aparté aquellos pensamientos de mi cabeza y me concentré en escoger aquel que sería mi anillo oficial de compromiso. El primero era un anillo de oro, con incrustaciones de pequeños diamantes por todo alrededor, y uno grande que sobresalía con una pequeña elevación. Estaba perfectamente alineado y hecho, y hasta se veía un poco pesado. El segundo, era de plata. El diamante que estaba en el medio, el más grande, era de un color azulado que me encantó, y a sus ambos costados estaban incrustados tres diamantes más, pequeños, del mismo color que el más grande. Era fino y delicado, y lo amé inmediatamente, incluso a pesar de que no era fan, y no conocía mucho acerca de joyerías, podía distinguir que era una pieza hermosa. El tercero era también dorado, pero en este no resaltaba ningún diamante más grande que los demás. Era mucho más simple y de forma diferente. Los pequeños diamantitos estaban incrustados dentro de la forma de un pequeño circulo, y luego dentro de un pequeño óvalo, y después de un círculo de nuevo, y ese patrón se repetía por todo el anillo. Y por alguna extraña razón, supe que ese era el mío. Me habían gustado todos, sobre todo el segundo, y al principio pensé que me quedaría con ese. Pero algo me llamaba del tercero, me gustaba la forma que tenía, la delicadeza. Así que simplemente lo tomé cuidadosamente y me giré hacia Eric, a quien descubrí que me observaba con la mirada embobada y una sonrisa que no dejaba ver sus dientes, algo torcida... como emocionado. Sonriente me acerqué a él y apoyé mis codos en sus piernas, le mostré el anillo en la palma de mi mano y enarqué una ceja, ahora sintiéndome más que emocionada. - Creo que es este. – dije, sonrió. - ¿Crees? – entrecerró sus ojos. - Es este – sentencié -. Así que deja de abrir la boca y ponme el maldito anillo. Soltó una pequeña sonrisa y tomó el pequeño objeto entre sus callosos y largos dedos. Me tomó la mano izquierda y observó por un segundo la fina línea de tinta que simulaba el anillo en mi dedo anular. Me miró a los ojos un segundo, y luego de sonreírme con los labios apretados, deslizó el anillo en mi dedo y me tomó la mano. Ambos nos quedamos en silencio, mirando mi mano por un segundo, como si no pudiéramos creer que de verdad eso estuviera ahí y que aquello estuviera pasando. Me reí como una tonta, y él también. Y parecíamos esa típica pareja de enamorados que no hacía nada más que concentrarse en ellos mismos y su felicidad, y lo de afuera definitivamente no importa un carajo porque, bueno, en ese instante, explotábamos de amor. Eric me tomó por los codos y me levantó, luego bajó sus manos a mis caderas y me sentó encima de él. Sus labios no tardaron en encontrarse con los míos y empezamos a besarnos como si no existiera un mañana, riéndonos a mitad del beso, él haciéndome cosquillas a propósito, y apretando nuestras manos con fuerza. Se apartó de mi y me miró fijamente. Con su mano hizo a un lado el cabello sobre mi rostro y luego me acarició las mejillas, me las apretó y volvió a darme un beso. Su frente se quedó pegada a la mía por un segundo, en el cual lo escuché suspirar para luego decir: - Sé que aún no dijiste que no. Sus palabras lograron alterarme por un segundo, sentí como los músculos de mi cuerpo se ponían rígidos ante sus palabras y el tono con el que las había empleado, pero intenté disimular el tsunami que sentía dentro cuando me aparté y lo miré con los ojos entrecerrados, actuando confundida. - ¿Qué dices? – mi voz salió algo aguda, que era lo que pasaba cuando quería mentir, y él rio divertido, de una manera que me pareció tierna. - Val, sé que aún no has aceptado mi propuesta – abrí la boca para decir algo, lo que sea, pero él me interrumpió -. Luego de que te lo propuse ayer, no dijiste nada, te quedaste en blanco – bajé la mirada un segundo, sintiéndome un poco apenada -, y todo el sexo que vino después no me dijo exactamente que sí... pero tampoco me dijo que no. – sonrió de costado. - No entiendo – confesé, mirándolo confundida -. Pero... acabo de ponerme el anillo. - Sí, porque es algo que yo te pedí que hicieras – movió la cabeza, dubitativo -. No directamente, pero te lo pedí – me miró a los ojos, internamente estaba llorando por todo aquello, me sentía extrañamente muy mal -. Como siempre, intentas hacerme feliz. Y no sabes cuánto te amo por eso. - Y yo te amo también, por esa razón acepté el anillo. – le dije, con el tono de obviedad más grande que hubiera ocupado en mi vida. - Pero jamás me dijiste que sí – sentenció, esta vez un poco más serio, y me quedé en silencio. Nos miramos intensamente durante un segundo, que para mí se sintió como un minuto. Pero a pesar de que no era algo que me sorprendía, sí me lastimaba. No me sorprendía porque era Eric, y a él ningún detalle se le pasaba por arriba, prestaba atención a todo; tarde o temprano, iba a darse cuenta de lo que en realidad pasaba por mi cabeza. Esa vez lo había hecho relativamente muy temprano, pero no me importaba. Lo que sí me importaba era el hecho de que yo conocía como funcionaba su cerebro también. Y tenía por seguro de que todo aquello había despertado un gran miedo y una gran inseguridad en él, y exactamente por eso aquel día se apresuró a levantarse temprano e ir a comprar esos anillos y hacerme a mí escoger uno en vez de hacerlo él... era simple, quería que me involucre aún más, quería tenerme aún más adentro. Porque estaba asustado. Suspiré pesadamente y cerré mis ojos, cansada, un segundo. Cuando los volví a abrir, la forma en la que me miraba me partió el alma. - Sé que no estás segura con respecto a esto, Val – bajó la cabeza un segundo, pero por suerte volvió a mirarme -. Entiendo todas las dudas que generé, y no tengo nada que las justifique, pero... tú también sabes cómo funciono – asentí, a pesar de que no fuera una pregunta -. Y no es como si necesitara desesperadamente que te cases conmigo, pero... pero sí quiero que lo hagas. Quizás no ahora, quizás no dentro de unos meses, pero... había algo que me decía que necesitaba verte con un anillo para así... - ¿Para tener una póliza de seguro? – lo interrumpí, con un deje de diversión en mi tono de voz. Me miró como un cachorro, y asintió. Llevé mis manos a su cuello y acaricié el cabello en su nuca, que empezaba a crecerle -, ¿De verdad necesitas un anillo para creerme cuando te digo que no me iré? - Nunca me dijiste eso – lo miré entre ofendida y enojada -. Me dijiste que no te irías si no te daba una razón... - Lo cual es bastante razonable, ¿No te parece? – en ese instante, me puse seria y alcé un poco la voz. Él, por suerte, continuaba relajado. - El problema es que de verdad tengo miedo de darte una razón – mi corazón se detuvo con esas palabras, me miró fijamente a los ojos -. Una razón sin querer, quizás, pero una razón al fin. Todas las barreras que había creado para separar nuestro enamoramiento de película del mundo exterior habían caído con esas palabras. Eric me estaba diciendo, de verdad me estaba diciendo, que no sabía si era capaz de mantener esa promesa. Y no entendía si se estaba dando por vencido, o si sabía que quizás era demasiado débil para abstenerse de ciertas cosas, o si simplemente sabía que volvería a equivocarse en grande una vez más, quizás dentro de mucho o muy poco tiempo, pero lo tenía en mente... sopesaba esa idea. Y como él se estaba dando casi por vencido, no quería que yo lo hiciera. No quería que yo lo soltera... ¿Pero acaso era la única que iba a poner toda la fuerza para que lo nuestro continuase? - Y por eso quería darte el anillo – continuó, al ver que yo no diría nada -, porque entonces sería como algo sólido... algo verdadero que me diría que si esto está aquí – me tomó la mano y tocó el anillo, me miró -, tú estás conmigo. - Pero yo no dije que si... - lo dije casi en un susurro, como recordándomelo a mí misma, pero él logró oírlo. - No dijiste que sí – repitió -, pero aceptaste el anillo – y sonrió con esperanza -, lo que quiere decir que en algún momento lo harás. En algún momento dirás que sí. Noté en su rostro, al mirarlo, en su mirada, que había algo tan roto dentro de él, algo tan dañado que me asusté y me replanteé si sería capaz de curarlo, de arreglarlo. Porque en aquel momento me sentí como una simple venda sobre una herida sangrante, que jamás empezaba a cicatrizar. Una venda que simplemente estaba ahí, cubriendo la herida, pero manchándose con toda la sangre que brotaba a borbotones. Suspiré, como por decima quinta vez en lo que llevaba la conversación. - ¿De qué estás tan asustado? – le pregunté en voz baja, sentada sobre su regazo, luego de unos minutos de un largo silencio, en el que lo observé juguetear con el hilo de mi remera distraídamente. - De que te des cuenta de que no valgo la pena, y que, al fin, luego de todos estos años, simplemente me dejes. – lo respondió con tanta simpleza, que me asusté. Era como si él mismo empezara a creérselo. - Lo intentaré, lo prometo – me miró con un deje de esperanza en la mirada -. Ya sabes, no darme por vencida contigo y tu insoportable presencia. – por suerte lo hice reír, eso me relajó. - Es que no puedes vivir sin mí, Val Drake. – bromeó, me reí y me acerqué a su rostro, le deposité un beso rápido en la mejilla. - Claro que puedo – me miró, algo serio -. Simplemente no quiero. Nos quedamos así un rato más, riéndonos y haciendo chistes intentando cortar la poca tensión que había quedado en el ambiente, y entre ambos. Luego, como si fuéramos aun adolescentes hormonales incapaces de mantener las manos lejos del otro, volvimos a hacerlo, esa vez en el sofá. Y luego una segunda vez en la cocina, y, bueno, por tercera vez en la ducha, cuando intentaba bañarme y entró de sorpresa. La tarde entera hablamos de nada en particular y vimos películas, nos besamos un largo rato y platicamos acerca del futuro. De las peleas que le habían ofrecido, de las nuevas promesas del boxeo que empezaban a aparecer, de mi carrera, de mi futuro trabajo, de las opciones que estaba considerando. Terminamos conversando acerca de cómo queríamos que fuera nuestro futuro e indeciso aún matrimonio, llegamos a la conclusión de que no nos casaríamos por Iglesia ni de chiste, y que la fiesta no sería tan grande (tuve que convencerlo acerca de dejarlo plantado si no lo hacíamos a mi manera, y cedió), y luego de eso, cuando fuimos a acostarnos, tuvimos sexo de nuevo, por cuarta vez en el día, y Eric cayó rendido en la cama, se durmió rápidamente. Pero yo no, yo no logré pegar un ojo en toda la noche, mi cabeza daba vueltas, y no podía detener mis pensamientos acerca de todo lo que había ocurrido en ese día. Intenté ponerme un límite. Me dije que lo apoyaría, que intentaría ayudarlo, que lo seguiría amando con todo mi ser, pero que jamás soportaría algo que sobrepasara mis límites. Las cosas iban relativamente tan bien que me asusté un poco. No teníamos un buen historial como para no asustarme y presentir que todo podría ir mal de un momento a otro. Porque al fin y al cabo éramos Eric y Val, y la vida nos había demostrado estar en nuestra contra varias veces.
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