Estar sentada frente a Adam Solt se sentía exactamente como estar sentada frente a una vida pasada. Como si de repente hubiera dejado de ser la Val Drake del presente. La que estaba a poco tiempo de terminar su carrera de abogacía, la novia del boxeador profesional más reconocido del momento, la chica que había madurado de un momento a otro y había dejado atrás suyo muchos hábitos viejos y destructivos, para cuidar de una sola persona: Eric.
Allí, en ese bar, con la música de rock estruendosa sonando de fondo, con el bullicio de los borrachos, sentada junto a Adam Solt, el único hombre en el mundo con el que había tenido sexo además de Eric, se sentía exactamente como renovar la piel. O mejor dicho: volver a mi antigua piel.
Estaba por la mitad de mi whisky cuando Adam soltó una pequeña risa y sacudió la cabeza sin poder creerlo, sonriendo de oreja a oreja, feliz. Sorprendentemente, yo estaba exactamente con la misma expresión que él.
- Y dime, ¿Qué haces por aquí? - me preguntó, dejando su vaso vacío a un lado.
- Yo vivo aquí - contesté y me miró de forma inquisitiva -. Me refiero a la ciudad. Eric y yo nos mudamos a Nueva York hace unos... cinco años, casi seis.
Hizo una pequeña mueca con el ceño fruncido al escucharme decir el nombre de mi novio... o prometido, ya hace unos cuantos días. Sus ojos verdes me miraron brillosos, casi un poco tristes.
- No puedo creer que sigas con Brennett.
- Sí, bueno... Así es el amor, ¿no? - reí por lo bajo y le di otro trago a mi whisky. Adam ladeó la cabeza unas cuantas veces.
- ¿Por qué no suenas tan convencida? - la única respuesta que pude darle en ese momento fue encogerme de hombros, porque sinceramente no entendía qué demonios estaba pasando dentro mío en aquel momento -. ¿Lo sigues amando?
Lo miré casi horrorizada por la pregunta. ¿Cómo se atrevía a preguntarme algo así? mi primera reacción fue querer darle un golpe en la nariz, pero me detuve en el momento que me encontré a mí misma haciéndome la misma pregunta.
Agité la cabeza, apartando cualquier tipo de esos pensamientos o dudas. Por supuesto que lo amaba. Amaba a Eric con toda mi alma, de una forma que no era capaz de explicarla en palabras. Sí, era cierto que nuestra relación no estaba pasando por el mejor momento, pero eso no quitaba para nada cómo me sentía con respecto a él. Lo amaba desde los diecisiete años, y eso no cambiaría jamás.
- Claro que sí, Adam - respondí con obviedad, soltando un bufido -. No me mires así. - me quejé. Elevó las manos a sus costados, como haciéndose el inocente.
- Lo siento, rubia, pero hay una parte de mí que no te cree - revoleé los ojos -. ¿Sino por qué estarías en este bar de motoqueros drogadictos sin él, si las cosas no anduvieran mal? - entrecerró los ojos mirándome.
- ¿Dónde dice que tengo que salir a todos lados colgada de su brazo? - le reproché, soltando una risa sarcástica, algo ofendida por su comentario. Ahora fue él quien revoleó los ojos.
- Lo que digo es que... - suspiró -, bueno, que te vi con una cara... algo habrá pasado - me inspeccionó por un segundo -. ¿Me dirás que estoy equivocado?
Como si mi humor dependiera de ello - que en realidad sí lo hacía -, vacié mi vaso de un solo trago y fruncí el ceño cuando el líquido me quemó la garganta. Adam continuaba mirándome con una sonrisa medio ladeada, a sabiendas de que en algo tenía razón. Y no soportaba aquel gesto petulante, el mismo que tenía cuando lo conocí.
- No te diré nada porque no es de tu incumbencia - sonreí de forma angelical y él soltó una risa, levantando el brazo y pidiéndole otro trago al barman, que al parecer lo conocía, pues nos sonrió y asintió con la cabeza de forma entusiasta -. Ahora, dime tú... ¿Qué tal tu vida?, ¿Qué haces por aquí?
- Bueno, me mudé hace unos nueve meses, aproximadamente - dijo, encogiendo un poco los hombros y pasando la yema de sus dedos por el borde de su vaso -. Mi tío se enfermó hace un año y me pidió que viniera a hacerme cargo de su negocio.
- Oh, ¿De verdad? - dije, apenada, él asintió lentamente -. ¿Y cómo está él ahora?
- Mejor, por suerte - me miró -. Sigue con la idea de que en cualquier momento se va para el otro lado, así que... me heredó su local. - dijo, sonriente, un poco contento por las noticias, pero apenado por las circunstancias en las que se estaban dando.
- ¡Me alegro mucho! - le sonreí con emoción e inconscientemente apreté su antebrazo de forma cariñosa, él miró mi mano y sonrió sin mostrar sus dientes, apretando los labios, y colocó su mano sobre la mía. Tragué saliva -. ¿Y qué negocio te heredó? - pregunté y aproveché en mover mi mano de la suya cuando el barman llegó con mi segunda copa de whisky. Escuché a Adam reír mientras yo le daba un sorbo.
- Pues... este. - soltó, como quien no quiere la cosa, y lo miré con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa.
Sonreía de oreja a oreja y tenía los brazos extendidos a sus costados, como demostrando que tan genial y grande era su nuevo juguete. No podía creer lo que mis oídos acaban de escuchar.
- No me jodas...
- Te lo juro, rubia - sonreía feliz -. Ahora soy el nuevo dueño de este bar da mala muerte. - bromeó. Solté una carcajada, sin poder creerlo.
- O sea que ahora estás aquí para...
- Para quedarme, así es - me miró de arriba abajo -. Y que bueno que así sea.
Se levantó de su taburete con una media sonrisa, de esas que me derretían en su momento, de las que podían seducir a cualquiera. Los ojos de Adam eran los más verdes que había visto en mi vida, y tenía las facciones casi de un maldito ángel. No podía mentirle a mis ojos, era un hombre atractivo.
Pero nada de eso importaba en ese momento, porque a pesar de que estaba intentando beberme la vida entera en vasos de whisky, no podía sacarme de la cabeza a Eric, ni a él, ni a todos nuestros amigos, ni a mi hermano, a quienes había dejado tirados en el restaurante después de tirarles una bomba nuclear en medio de la mesa.
Ya no era una niña, no podía simplemente escapar de mis problemas, no podía huir, ni esconderme. Tenía que mover mi maldito culo e irme a casa, en donde seguramente estarían todos esperando por mí, ya que no tenían forma de saber en donde estaba, porque no tenía mi celular conmigo.
Mis ojos se conectaron con los de Adam en el segundo en que se detuvo frente a mí, muy, muy cerca de mi cuerpo. Noté como su mirada viajó dos veces de mis labios a mis ojos, y me fue imposible evitar que mi corazón se acelerara por la situación. La cabeza me daba vueltas, entre el champagne y los dos vasos de whisky, más la poca tolerancia que había desarrollado para con el alcohol, me resultaba increíble no estar completamente ebria en ese entonces.
- Te extrañé mucho, Val - con su mano izquierda apartó un mechón de cabello de mi rostro y lo colocó detrás de mi oreja, dejando la palma de su mano apoyada en mi mejilla. Se inclinó un poco -. No puedo creer que haya pasado tanto tiempo y sigas...
- Adam, creo que estás confundiendo las cosas - lo aparté y me enderecé en mi asiento, él dejó caer su brazo a un costado y me miró en silencio -. Acepté tomar un trago contigo por los viejos tiempos, porque te considero un amigo. Pero nada más.
Creo que fue algo bueno y coherente de mi parte aclarar las cosas entre ambos desde un principio. Si bien nuestra conversación había comenzado de lo más bien, y nos habíamos reído de las estupideces que hacíamos en el pasado, el rumbo que quería darle él a la situación no me agradaba para nada. Si bien sí era muy seductor, no me movía un pelo, y además, no quería, ni podía hacerle eso a Eric.
- Bueno, hace unos años fuimos un poco más que amigos... - iba a quejarme de su comentario, hasta que me di cuenta que en realidad lo dijo en forma de broma, entrecerrando los ojos y haciendo puchero de una forma graciosa. Volvió a sentarse en su lugar, sonriendo divertido.
- Fue una sola vez y hace como mil años - dije yo, y vacié más de la mitad de mi trago, él me miró de forma divertida -. Ya deberías ir superándolo.
- ¿Cómo superarte a ti, Val Drake? Me pides un imposible.
Negué con la cabeza, intentando no reír, pero me fue imposible. Parecía que habían pasado mil años desde que alguien coqueteó conmigo por última vez. Eric no contaba, claramente, él no necesitaba conquistarme, porque ya me tenía. Siempre me tenía.
Miré de reojo la televisión que estaba anclada a la pared frente a mí y abrí mis ojos como platos al darme cuenta de lo tarde que era. Facilmente habían pasado, por lo menos, dos horas y media desde que salí del restaurante corriendo a toda prisa. La culpa me oprimió el pecho. Seguramente todos estaban más que preocupados por mí, y yo ni siquiera tenía la decencia de pedir prestado un celular y enviarle un mensaje a Eric para hacerle saber que estaba bien.
Respiré profundamente y me puse de pie al mismo tiempo que acababa con mi whisky de un solo trago. Adam me miró confundido, con el ceño fruncido.
- Tengo que irme. - anuncié, mirándolo un poco apenada. Tuve que sostenerme con fuerza por la barra, al parecer el alcohol empezaba finalmente a hacer efecto, pues ya estaba bastante mareada. Adam me miró con tristeza.
- No, no, no. No te vayas aún, rubia - me dijo, poniéndose de pie y tomándome las manos -. Es temprano aún...
- No, no lo es - lo interrumpí, y en vez de sonar severa como deseaba, me reí como una boba -. Eric ha de estar preocupado por mí. Debería ir a casa.
- Vamos, solo por esta noche - ladeó la cabeza y me miró con ojos de perrito por un segundo. Enarqué una ceja; ese gesto no funcionaría conmigo -. ¿Qué diferencia hay entre una hora o dos? - sonrió inocentemente -, ¿O tres?
- Adam...
- Vamos, Val - soltó mis manos y rodeó mi cintura con sus brazos, me enderecé y me tensé de repente, alejando mi torso lo más que podía del suyo -. Uno o dos tragos más y te dejo irte en paz. Lo prometo.
Me planteé la idea por un segundo, e inmediatamente me dije que no. No podía quedarme en aquel bar, con Adam Solt, bebiendo como si nada hubiera pasado hace unas horas atrás. Y más que nada, sabiendo lo que significaría para Eric enterarse del hecho de que estaba pasando el rato con una persona que... bueno, para él, no era tan agradable que digamos.
Pero me encontré a mí misma replanteándome la idea.
¿Qué tenía de malo pasarla bien por mí cuenta una vez en mí vida? Porque sinceramente, la estaba pasando genial, y hace mucho que no me sentía así de relajada o, incluso, feliz. Eric tendría que saber perdonarme aquello, de la misma forma en la que yo sabía perdonarlo a él, con cada uno de los errores o cagadas que se mandaba conmigo, con nosotros y nuestra relación, incluso.
¿En cuántas cenas ya me había dejado plantada?, ¿Cuántas veces tuve que ir a buscarlo a antros, boliches o bares en medio de la noche para encontrarlo completamente borracho o drogado?, y, lo que más me dolía, ¿Cuántas veces tuve que perdonar situaciones como la que había pasado hace no mucho con aquella chica y ese beso que le dio? Mi vida giraba en torno, cien por ciento, a Eric Brennett, y aquello lo estaba haciendo por mí, y estaba bien, estaba feliz, y no iba a engañarlo.
Así que me encontré a mí misma diciendo:
- Claro, ¿Por qué no? - y encogí mis hombros, con una pequeña sonrisa boba.
- ¡Genial! - exclamó Adam y me dio un fuerte abrazo. Solté una carcajada y cuando me soltó volví a mi lugar -. ¿Qué quieres beber ahora? ¿O seguirás con el whisky?
- Un martini me vendría bien.
- Lo que usted desee.
Observé como Adam colocaba ambas manos encima de la barra, y de un solo impulso, se colocaba detrás de esta dando un salto. Lo miré sorprendida y me atacó la risa mientras lo miraba preparar el martini de forma rápida y divertida, bailando un poco al ritmo de la música que sonaba de fondo, que no fui capaz de reconocer.
- Su trago, rubia - dijo, colocando la copa frente a mí.
- Muchas, gracias - bebí un sorbo mientras de reojo noté, extrañada, como una pequeña pista de baile se formaba en medio del bar. Recién me había dado cuenta que las luces habían bajado y que el lugar estaba mas lleno de lo normal -. ¿Y tú sigues de novio? - pregunté, casi gritando, ya que había recordado que la última vez que había cruzado palabra con Adam, estaba de novio con Mikaela.
- No - soltó una carcajada, negando con la cabeza, divertido -, para nada. Mika y yo terminamos dos meses antes de que me viniera a vivir aquí.
- ¿Pero las cosas están bien entre ustedes? - nuevamente, tuve que gritar e inclinarme un poco hacia adelante para hacerme oír, ya que la música cada vez sonaba más fuerte, y el bullicio de la gente aumentaba con cada minuto que pasaba.
- Algo así - ladeó la cabeza y sus ojos se conectaron con los míos. Recién entonces me di cuenta de lo cerca que estaban nuestros rostros en ese momento, tragué saliva -. Ya para el final siempre terminábamos y volvíamos, terminábamos y volvíamos, y así... un día me cansé y simplemente le dije que deberíamos darnos un tiempo. El tiempo se hizo indefinido y solamente nos vimos una vez más antes de que me mudara.
- Algunas cosas simplemente no están destinadas a funcionar. - encogí mis hombros.
- Todo puede funcionar si de verdad se quiere que funcione. - ladeó la cabeza, como sopesando sus propias palabras, lo miré con el ceño fruncido.
- Eso es mentira - objeté -. Hay veces donde quieres que funcione con todas tus fuerzas, y lo intentas miles de veces, pones todo de ti, y al final, si el destino no lo quiere, uno ya no puede hacer nada al respecto.
Adam primero me miró de una forma curiosa por unos cuantos segundos, inspeccionando mi rostro y mi reacción ante las palabras que había dicho, y luego, su mirada se volvió algo triste, y un poco compresiva, como si se hubiera dado cuenta de algo que, al parecer, yo desconocía.
- Estás familiarizada con el tema, eh. - dijo, medio en broma, medio en serio.
Abrí mi boca para contestarle algo, pero nada salió, mi cerebro se quedó seco y no pude formular una sola respuesta para las palabras de Adam. Solté un pequeño bufido, mezclado con una risa sarcástica, y llevé el martini a mis labios, dando un largo y refrescante trago.
¿Y qué pasaba si...?
- ¿Quieres bailar? - mis pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Adam, que de un momento a otro se encontraba de pie a mi lado. Lo miré confundida, ¿Cuándo se había cambiado de lugar, de nuevo?
- ¿Qué? - dije, no porque no lo hubiera escuchado, sino porque necesitaba otro momento para sopesar la propuesta. De repente me había puesto completamente nerviosa.
- Que si quieres bailar - lo miré dudosa, y sin haber recibido una respuesta, me tomó de las manos y me levantó del taburete -. ¡Vamos, Val! Necesitas un poco de diversión y desestrés en tu vida.
Lo siguiente que supe fue que pasamos una hora, y un poco más quizás, bailando sin parar, y Adam no intentó pasarse en ningún momento. Bailábamos con gente que no conocíamos, al ritmo de la música que, al parecer, yo era la única que no conocía en ese lugar, nos reíamos como si no nos hubiéramos dejado de ver por cinco años, como si el tiempo no hubiera pasado entre los dos y fuéramos amigos de toda la vida.
Mi cabeza se había distraído y en ningún momento volví a pensar en Eric, o en Matt, o en Zach, y Gregg, o mis amigas. Solamente era yo, bueno y Adam, pasando un buen rato. Las ganas de llorar habían desaparecido y a mi humor le había hecho muy bien dispersarme de esa forma.
Entre el baile y los tragos, uno detrás de otro, mi cabeza daba vueltas, y el piso había dejado de ser estable, o en realidad, la que estaba perdiendo la estabilidad poco a poco era yo. Adam me tenía agarrada por la cintura con fuerza para que no me caiga de culo al piso. Por mi frente caían gotas de sudor y me sentía muy agitada.
- ¿Te sientes bien? - escuché un poco a lo lejos, e intenté enfocar mi mirada en Adam, que me miraba bastante preocupado. Él me había preguntado eso, ¿no?
- Creo que... - intenté decir, pero mi lengua se trabó.
- ¿Quieres un poco de agua? - asentí -, ¿Val? - o al parecer, no había asentido un carajo.
Lo siguiente que supe fue que el mundo se dio vuelta, mi cabeza dolía y el alcohol había subido por mi garganta. A mí punto de vista, seguramente así se sentían todas aquellas personas que estaban al borde de la muerte.
Todo se tornó borroso entonces.
[ ... ]
Abrí mis ojos poco a poco, y el dolor de cabeza me recibió con unas punzadas en las sienes que me tirarían al piso en cualquier momento otra vez. Me enderecé como pude, y recién entonces, cuando pude enfocar mi vista borrosa, me di cuenta que estaba en una habitación.
Rápidamente me subieron ganas de vomitar con solo pensar cómo había llegado ahí. Pero descarté esas ideas en el momento que me di cuenta que tenía toda mi ropa puesta, y que la cama, debajo de mí, estaba hecha y ordenada, a excepción del lado en que yo había estado dormida.
Miré las paredes por un segundo, pintadas de blanco, con varios cuadros de bandas de rock, y fotos de la infancia de alguien, que no podía reconocer en el estado en el que me encontraba.
Cerré mis ojos con fuerza y me llevé las manos a la cabeza cuando la habitación dio vueltas de repente, y entonces escuché música a lo lejos, o mejor dicho, en el piso de abajo.
- Reviviste. - levanté la cabeza y observé a Adam recostarse por el marco de la puerta con una sonrisa bobalicona y divertida en el rostro. Yo tenía ganas de matar a alguien.
- Para mi mala suerte, sí. - contesté.
- Ah, no seas un mártir, Val Drake - caminó hacia mí y me extendió un vaso de agua con hielo -. Si bebes así, tienes que aguantar las consecuencias.
- No me hables como lo hacía mi padre cuando llegaba borracha a casa - me quejé, dándole un trago al agua. Suspiré aliviada, sintiendo como el liquido frío acariciaba mi garganta.
- Ya vomitaste aunque sea una cuarta parte del alcohol que tienes en tu sistema - me dijo, sentándose en la cama -. Asumo que sigues muy ebria, ¿no?
- Bastante - contesté en tono obvio, no podía cerrar los ojos porque todo me daba vueltas -. Siento el desastre.
- No hay problema - encogió sus hombros y me dedicó una pequeña sonrisa -. Para tu suerte vivo en el piso de arriba del bar, sino, no hubiera sabido a donde llevarte. - rio.
Intenté reírme junto a él, pero cualquier tipo de movimiento, o lo que sea, causaba que mi cabeza diera una vuelta de ciento ochenta grados. Me sentía como la mierda, y estaba más que segura de que me lo merecía por completo.
Llenando de aire mis pulmones, dejé el vaso de agua por la mitad en el piso, e intenté ponerme de pie, lo cual fue una mala idea, pues al segundo que lo hice trastabillé, y hubiera terminado de cara al piso si no hubiera sido por los reflejos de Adam, quien me agarró por un brazo y la cintura antes de que cayera al piso.
- ¿Por qué no vuelves a acostarte y te vas cuando se te pase un poco la borrachera? - me recomendó Adam, volviendo a sentarme en su cama. Negué con la cabeza.
- ¿Cuánto tiempo estuve dormida? - pregunté con la voz rasposa.
- Casi tres horas. - inmediatamente me alteré.
- Joder. Joder. Joder - maldije pasando una mano por mi frente -. Tengo que volver a casa ahora mismo.
- No te dejaré conducir así como estás. - dijo en tono tajante.
- No traje mi auto, tomaré un taxi.
- ¡Ja! Menos que menos - Adam negó con la cabeza -. Puedes caerte desmayada en el asiento trasero y cualquiera puede hacerte cualquier cosa - suspiró -. Deja que te lleve.
- No, no, no - negué con la cabeza -. Eric te mata.
- Eric entenderá la situación - contestó, revoleando los ojos -. Vamos, ¿Quieres irte? La única forma será si me dejas acompañarte.
- Adam... - me quejé. Lo miré un minuto y estuve segura de que no lograría hacer que cambie su decisión, así que me resigné, y asentí con la cabeza -. Está bien. Pero tenemos que irnos ya.
- Tengo el auto abajo. Ven, te ayudo. - se ofreció cuando intenté volver a ponerme de pie.
Con mis zapatos colgando de mi mano, Adam me ayudó a bajar las escaleras de su mini departamento, y pronto nos encontramos en la parte trasera de su bar, donde la gente continuaba bebiendo, bailando y pasándola genial.
El estruendo de la música logró marearme y hacer doler mi cabeza aún más fuerte. Adam me tenía agarrada por la cintura y me ayudaba a pasar en medio de la gente con rapidez para salir lo antes posible.
Cuando mis pies pisaron la acera fría de la calle, y el viento golpeó en mi rostro respiré aliviada. Caminamos hacia una camioneta color roja, que estaba aparcada justo en frente al bar de Joey, con un letrero delante que anunciaba: "RESERVADO". Adam me ayudó a subir al asiento del acompañante y me colocó el cinturón de seguridad, dejando mi cartera sobre mis piernas. Cuando él se subió y arrancó el motor, aproveché y bajé la ventanilla, y el viento chocando contra mi rostro fue lo mejor que pudo pasarme en ese momento.
- ¿A dónde, rubia? - preguntó entonces, y como pude le di indicaciones de cómo llegar al edificio donde vivíamos Eric y yo.
El viaje fue largo, porque el bar de Joey quedaba bastante lejos del edificio, pero al mismo tiempo fue rápido, y me sorprendió que al ser plena madrugada las calles de Nueva York estuvieran bastante tranquilas.
Cuando noté que estábamos cerca del edifico, le indiqué a Adam que apartara el auto una calle antes. Él, refunfuñando, me hizo caso.
- Muchas gracias, de verdad. - dije, mientras intentaba sacarme el cinturón de seguridad, que en aquel estado me parecía un imposible. Observé a Adam, quien me miraba con una ceja enarcada y la mirada crítica. Suspiré -. ¿Me ayudas? - pregunté entonces.
Lo escuché suspirar, para luego bajarse de la camioneta y rodearla. Abrió mi puerta y se inclinó sobre mí para quitarme el cinturón, me tomó de las manos y me ayudó a bajarme. Tomó mis zapatos y mi cartera, y extendió uno de sus brazos. Lo miré confundida.
- No jodas, Val. No puedes sacarte el cinturón, no te dejaré caminar una calle entera sola - sentenció -. Lo único que falta es que un camión te pase por encima.
- Eres un exagerado. - dije, refunfuñando, mientras lo tomaba del brazo. Y aunque no quisiera admitirlo, agradecía que hubiera decidido acompañarme, porque no estaba segura de cuánto tiempo más aguantaría sin tirarme al piso, por dos razones: no tenía fuerzas para aguantar mi cuerpo, ni para enfrentar todo lo que se venía.
A pocos metros del edifico, le indiqué a Adam que allí era donde vivía, y soltó un silbido de admiración, mirando el lugar de arriba abajo, con los ojos bien abiertos.
- Veo que a Brennett le va bastante bien. - dijo, más para sí mismo que para mí, así que simplemente no dije nada.
Joe, el portero del edificio, al verme, se apresuró en abrir la puerta. Su mirada preocupada cambió en cuanto sus ojos se dirigieron a Adam.
- ¿Se encuentra bien? - me preguntó. Aquel viejito con bigote canoso y casi sin pelo era una de las personas mas agradables que había conocido en Nueva York hasta ahora. Asentí lentamente con la cabeza y le dediqué una pequeña sonrisa.
- Sí, sí - miré a Adam -. Joe, él es Adam, un amigo. - le dije, para tranquilizar un poco su mirada de perro guardián y protector.
- Si no le molesta, ¿puedo acompañarla hasta su departamento? - preguntó entonces Adam -. Quiero asegurarme de que llegue bien.
Joe y yo abrimos la boca para responderle, supongo, que no hacía falta que me acompañara hasta arriba. Pero entonces, como si una corriente eléctrica me hubiera recorrido de pies a cabeza, escuché la suela de unos zapatos chocar contra el piso, acercándose hacia nosotros, e inmediatamente bajé la cabeza por un segundo.
- Eso no será necesario, Solt - la voz de Eric sonó y se sintió como si una corriente de aire frío hubiera congelado a todos en la habitación. Lo miré entonces, su mandíbula estaba apretada con fuerza, pero sus manos estaban guardadas en los bolsillos de su pantalón en un gesto relajado. Él no me miró ni un segundo, mantenía sus ojos filosos fijos en Adam -. Yo me puedo encargar de mi novia perfectamente bien. Solo.
Recién entonces sus ojos se encontraron con los míos. Tragué saliva, y me rompió el corazón la mirada que tenía en sus ojos. Suspiré pesadamente, cerrando mis ojos un segundo.
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