Carrie se puso rígida; le molestaba que él llevara la cuenta de cada vez que sometía a la gatita presumida y descarada que intentaba manipularlo para que hiciera las cosas a su manera. Respiró hondo y se obligó a relajarse. Al fin y al cabo, eso era lo que quería. Ese había sido el plan. Ganarse su lugar en la cama y en su vida, y quedarse allí. Sabía que él disfrutaba de la batalla de voluntades tanto como ella, y, aunque fingiera que le gustaba más el personaje al que llamaba «el ratón», sabía que no le interesaría en absoluto si no se viera obligado a someter a la gatita descarada para encontrarla. Momentos después, apartó el peso de ella, atrayéndola hacia su pecho. —Dúchate, por favor, ratoncita. Luego podrás volver a ponerte la camisa —dijo Sinclair suavemente, inclinando la cabeza

