Narra Alicia
La esencia del teatro nos permite ser el medio para transportar a los espectadores a un mundo nuevo, uno en el que olvidan por completo su realidad; dejan de lado los problemas, los miedos y se sumergen en ese maravilloso viaje en el que cada actor lo lleva. Durante una función, el espectador olvida sus propias emociones y experimenta las que la obra quiere producir, las risas, la emotividad, son parte de eso que nosotros queremos. Esa es la verdadera función del teatro, pero claramente lo que he hecho, está muy alejado de esa verdadera intención. No sumerjo a las personas en un bonito viaje, lo que hago es engañarlos al punto de persuadirlos; creo personajes que pueden manipular a otros con tal de recibir dinero a cambio, mi ética como artista quedó por el suelo, no me siento orgullosa de eso, menos; es lo que quiero que vean mis estudiantes, esa es una de las tantas razones por las cuales cuido mi identidad.
—Señorita Alicia, ¿es usted?
Me doy la vuelta lentamente y veo detrás de mí a Gustavo Mcgregor, uno de mis estudiantes.
—Creo que me confundes —dije en tono refinado.
—No, yo…
Puse mi mano en el hombro del joven y presioné con fuerza, era una clara señal para que parara de hablar, le abrí mis ojos al punto de intentar pasarle lo que tenía en mi mente.
—Susi, regálame un momento, creo que este jovencito está algo tomado.
Tomé al chico del brazo y lo empecé a alejar.
—El alcohol no es bueno, mi joven amigo, ¿Dónde están tus padres?
Gustavo tenía esa mirada de confusión en su rostro, fruncía sus cejas y me detallaba como si dudara de que realmente fuera yo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté al llevarlo lo suficientemente lejos de la gente.
—Mi familia es invitada cada año, estoy con mi abuelo y mi hermano que está del otro lado de… ¿usted que hace aquí?
El chico miraba a todos lados y se acercaba, sabía que mi presencia en ese lugar tenía una extraña razón.
—Estoy… estoy trabajando, Gustavo.
—¿En qué? ¿por qué tiene esa peluca? ¿tiene lentes de contacto?
—Baja la voz, es que… Dios, como lo digo. Escucha, estoy trabajando, esto que ves es una especie de personaje que he creado para esta fiesta; le ayudo a alguien, solo será por esta noche.
—No la comprendo, ¿de qué habla? Si es un trabajo, quiere decir que alguien le ha pagado para que usted venga así.
—Algo así, pero es un secreto, no puedes decirle a nadie.
—Pero señorita Alicia…
—No me llames de esa manera, aquí para ti soy Vilma Plata. Es más, si no te diriges a mi durante el resto de la noche, sería estupendo.
—¿Engaña a la gente que está aquí? —suelta de repente—. ¿usted es como esa gente que tiene doble vida? —preguntaba el chico confundido.
—No, ese caballero que ves por allá —menciono señalando al señor Peñafiel—. Me pagó para que actúe como su… amiga, eres muy joven para comprenderlo; solo puedo decir que es un trabajo, un trabajo del que nadie puede saber. Será nuestro secreto, ¿de acuerdo?
Él asiente y me mira con rareza.
—Ahora, ve con tu abuelo.
Gustavo parece de fiar, no creo que al saber lo que hago me cause repercusiones.
Aunque, ahora que lo pienso, no sabía que Gustavo hacía parte de toda una élite de personas adineradas; ya decía que eso de tener un teléfono móvil tan costoso, no era por nada. Vaya, ¿Quiénes son esos Mcgregors?
Sacudí mi cabeza y me centré en lo que estaba, ¿Dónde está Susi?
La chica estaba a lo lejos, la pude notar por su traje de lentejuelas, es como una pequeña lamparita brillante. Tomé de una mesa una copa de champaña y la tomé como si fuera agua, necesitaba alentarme. Eso estuvo cerca.
Sentía la mirada del señor Peñafiel puesta en mí, eso me hace sentir más presión. Tengo que aprovechar antes de que pasen a la cena, estaré lejos de Susi y será demasiado tarde.
Esquivaba a las personas tratando de llegar a ella, tenía mis ojos puestos en ella. Le entregué mi abrigo al primer mesero que vi para tener más fluidez entre las personas.
Me di más prisa al verla moverse, no quería que se alejara, por lo que, en mi afán, choqué con un sujeto.
—Auch —dije sobando mi hombro.
—Oh, lo siento.
El hombre de ojos verdes y bien parecido, se disculpa y sigue su camino. Por alguna razón su rostro se me hizo familiar, ¿Dónde lo he visto antes? Quizás es algún viejo cliente y ya lo he olvidado.
—Vilma, ¿por qué tardaste tanto? ¿Qué pasó con el chico?
—No lo sé, lo perdí en el camino. ¿quieres otra copa de champaña?
Ella asiente y la tomo del brazo.
—¿De qué estábamos hablando? Lo olvidé.
Me hacía la que le importaba poco, no quería que se notara mi interés.
—Oh, sobre la mansión familiar que tiene mi cariñito.
—¡Sí, eso! Oh, la verdad espero que las cosas marchen bien, porque siento que con él puedo tener la familia que tanto quiero. Mis proyectos aquí se pueden materializar, si me quedo en Madrid puedo abrir mi tienda, radicarme en un lugar y vivir con el amor de mi vida; mejor aún, tendré a una amiga. Hace mucho no hago planes de chicas, no sabes cuánto lo extraño.
Los ojos de Susi se iluminan, yo misma le entregué la copa de champaña y la puse en sus manos.
—Oh, qué bien me vendría tener con quien ir a mis clases de tenis, con quien ir a hacerme las uñas. ¡Serás como la hermana que nunca tuve!
Susi toma mi mano y sonríe con amplitud, por lo que veo, mi trabajo aquí está más que asegurado.
Después de tomar la copa de champaña, la dejé sola para que fuera con el padre de mi cliente. No le quité los ojos de encima, me sentía confiada.
—¿Y bien? —pregunta mi cliente apareciendo por mi espalda.
—Está hecho.
La hora de la comida llega y siento que puedo tragar con tranquilidad, empezaba a preocuparme. Vaya, soy tan buena en lo que hago que hasta yo misma me sorprendo.
Los invitados estaban ubicados en sus mesas, yo tenía a mi acompañante a mi lado, su padre y su pareja estaban del otro lado y en el fondo vi a Gustavo, pero no identificaba a sus familiares.
—Damas y caballeros, si me permiten, quiero hacer un brindis.
El padre de mi cliente se pone de pie con su copa e inicia un discurso al que no le pongo mucha atención.
—…Siempre agradezco por la invitación, que nos tengan en cuenta a mí y mi familia cada año para este importante evento en el que comparto con persona increíbles y al mismo tiempo, puedo conocer a nuevas personas. Hoy brindo por ustedes, por los míos y por los nuevos socios.
El hombre levanta su copa y señala a un hombre en el fondo, me incliné hacia adelante para saber de quien se trataba, era el mismo sujeto de antes, al que sin querer casi le desprendo su hombro.
—¡Salud! —dice sonriente.
—¡Salud! —respondemos los demás.
El resto de la cena fue tranquilo, solo quería irme para poder descansar. Pero debía esperar a que mi cliente terminara una importante conversación con su padre, llevan casi media hora a solas en una especia de salón VIP.
—¿Cariñito aun no sale?
—No, también estoy esperando, ya quiero ir a descansar. Por casualidad ¿sabes que sucede?
—No estoy segura, pero creo que está cerrando un trato.
¿Un trato? ¿será lo que yo creo que es?
Parece que mi plan ha funcionado, mi trabajo termina como los demás, con una victoria.
Las puertas se abren y sale los caballeros, los cuales no estaban a solas como yo imaginaba. Me enfoqué en mi cliente y en su pésima expresión ¿Qué carajos ha pasado allí adentro?
—Nos vamos —dice pasando por mi lado.
—¿Qué sucede?
—Te daré una parte del dinero que había prometido.
—¡Oh! ¿Por qué si le dieron lo que quería?
—No, mi padre vendió la mansión.
—¡¿Qué?! Pero si Susi…
Peñafiel entró al auto decepcionado, se cruzó de brazos y apoyó su cabeza al espaldar.
—Pero, ¿Cómo? ¿a quién?
—Mi padre acaba de hacer un trato con ese hombre —dice señalando a las afueras.
Miré y vi al señor Peñafiel darle un apretón de manos al mismo hombre de antes.
—¿Qué sucedió?
—No lo sé, pero por culpa del maldito Arthur Mcgregor, perdí la mansión de mis sueños.