Cap. 1
Cap. 1
En la época en que conocí a Giulia eran muy pocas las cosas que, en el plano de la afectividad, podría ofrecer a una mujer. Había adquirido un conocimiento considerable de la naturaleza humana y del complejo dinámico de los diversos sentimientos, pero por el contrario acampé un pasado en el que había acumulado una serie de cosas. En primer lugar, una infancia desgraciada, marcada por una negligencia emocional. Era un humus arraigado, del que era difícil liberarse. De todos modos, ella se convenció a sí misma de venir conmigo. Se enfrentaría a una serie de tropiezos y tragedias, y estoy seguro de que lo sabía. Sin embargo, no se ha desmoronado. Veinte años después, nuestra relación sigue en pie. Yo soy periodista, usted enseña historia y literatura en un instituto del centro. Está claro que también en la profesión, además de en la vida sentimental, probablemente en virtud de una marcada inclinación a la acción heroica, ha decidido recorrer caminos imperantes. No hay nada más cursi y frustrante que tratar con adolescentes. Hay que contar con el cambio del lenguaje y de sus expectativas. Los mitos, los héroes, lo que cuenta y lo que no cuenta. Giulia habla todo el santo día de Dante, Boccaccio y de los siglos que han venido uno tras otro derramando sobre la humanidad una ingente carga de belleza y de dolor, mientras ellos sueñan con la voltereta y un cono de luz blanca donde bailar ligeros bajo una lluvia de mil caramelos. Sería un discurso largo, y no quiero aburrir a nadie. Quizás si tuviera hijos sería diferente. Sería más condescendiente. El hecho es que soy poco propenso a la socialización y esto, a menudo, me lleva a juzgar severamente las decisiones de mi prójimo. A veces me siento como una estrella en medio del cielo que no quiere mezclar su luz ni siquiera con la de la luna. Giulia es diferente. Es más comunicativa. Su límite se refiere a otros aspectos. No tiene una buena predisposición para las letras, para empezar. Un día me dijo que Bukowski le daba asco. No sé si quería ponerme en mi contra o lo pensaba de verdad. En caso de duda, le guardé rencor durante una semana. Luego hice desaparecer todos los libros de la casa excepto una novela del viejo borracho. La dejé en su mesita de noche. La estaba encaminando. Tenía que encargarme de su formación. Pero en algunos casos no basta. Es una cuestión de oído. Como con la música. Hace un tiempo, oí decir que en el chorro de agua que se rompe sobre el plano de una bañera están contenidas todas las frecuencias sonoras presentes en el universo. He aquí, sucede que leemos ciertas cosas y experimentamos una sensación similar: cada sonido existente presente en un verso, en un chorro de palabras. Esto es lo que quiero decir: el juego, la malia, el encanto de las frases que se anidan una tras otra, todas en fila como elefantes adiestrados: la trompa, la cola, la trompa, la cola. Debería ser sobre la métrica, pero quizás hay algo más. Pirotecnia, arte ilusionista. Música. Para órganos calientes. Julia, esto no lo siente. Estoy casi seguro. Son otras las cosas que la ponen nerviosa. El arte figurativo, por ejemplo. Le gusta Van Gogh. Lo que podría decir del artista holandés es que no entiendo cómo podía pasar tanto tiempo dibujando girasoles. Era un rasgo obsesivo de su personalidad, eso es evidente. Incluso Gauguin, llegando a Arles, después de que su amigo había preparado la famosa casa amarilla decorando el estudio con enormes lienzos que representan girasoles, debe haberlo pensado. Doce lienzos, doce girasoles. ¡Es increíble! El maestro llega y observa asombrado los cuadros, colocados uno al lado del otro, todos en tonos amarillos y azules. Todos representan el mismo sujeto. Está perdido. Huye. Cómo culparlo. Es una reacción normal. Uno ve el germen de la locura y huye.
"Se me ocurrió algo que tenía que hacer absolutamente. Muy, muy importante..." Y a toda velocidad por las escaleras.
Giulia no piensa lo mismo. Sostiene que todo gran pintor tiene un tema preferencial y que lo desarrolla con tenacidad y perseverancia persiguiendo una perfección que en su corazón sabe que no puede alcanzar. Probablemente tenga razón. En lo que respecta a la pintura, está más familiarizada que yo. Ha pasado mucho tiempo observando pinturas. Nunca ha cogido un pincel, pero eso no significa nada. Su lado artístico lo expresa tomando fotos. Cuando hace un retrato, le toma un tiempo interminable evaluar el fondo, un marco, pero al final, de un rostro, logra sacar el alma. Es talento. Últimamente está experimentando con un nuevo estilo.
Esboza destellos de paisaje urbano. Le gusta la degradación. No el explícito, manifiesto, es el presagio que busca. La señal de que algo está cambiando y no hay forma de escapar de la maldición. El tema es bueno, aunque creo que esta tendencia a observar el mundo a través de la gelatina del desencanto ha amortiguado algunos de sus impulsos, y le ha impedido, en más que una ocasión, ser feliz.