Cap. 4Apago el cigarrillo en la pila de colillas. Vuelvo a la ventana. El cielo se ha oscurecido y las ramas de los árboles se mueven en el viento. Una bolsa de plástico hinchada de aire rueda por la acera. Termina entre las piernas de dos mujeres que caminan en silencio. Una de ellas, la más robusta, balancea un bastón. De vez en cuando se gira y silba. Un perro cojo las sigue desde lejos. De repente me dan ganas de caminar, de oír el sonido de las hojas secas bajo los zapatos. Agarré mi abrigo y salí a la calle. La luz de la ciudad oculta las estrellas y envuelve los tejados de las casas. Hace frío. Levanto la solapa y hundo las manos en los bolsillos. No hay un alma alrededor. Pasa un autobús medio vacío. Un chico con la frente apoyada en el cristal me mira como si no sintiera el peso de sus ojos. Se aleja, como un fantasma sombrío. A través de un crujido noto a un anciano, todo envuelto, durmiendo contra una pared. Está enterrado con trozos de cartón, restos de cajas destruidas. Debe ser extranjero, quizás uno del este. Llegan en masa. Piden limosnas descalzas, tambaleándose entre los coches. Podría estar muerto. En días así, los borrachos secan como moscas. Creo que voy a volver y darle una patada en la espalda, para ver si está realmente muerto.
Las aletas del abrigo golpean contra las rodillas. El sonido de los tacones corta el silencio. Soy el hombre que camina en la noche, el misterio que avanza.
El teléfono vibra. Miro la hora. Debe ser la redacción.
"Nereo, sé que es tarde..."
Es Butz, el redactor jefe. Me lo imagino en casa, con una gorra de lana en la cabeza, bebiendo Coca-Cola y picando.
"Han encontrado el cuerpo de un joven en la calle Santa Catalina. Tiene una herida en la cabeza"
"¿Una herida como?"
"Una herida es una puta herida. No sé una herida como..."
"¿Él está muerto?"
Aspira de tu cigarrillo.
"Sí. Las noticias son frescas"
"Estaré allí en diez minutos"
Oigo un trueno en la distancia. Comienza a caer una llovizna sutil. Cuando llego al lugar, está diluviando. A través del parabrisas distingo confusamente un cobertizo de personas que tapa la boca de la calle. Una ambulancia y dos coches patrulla acampan en la acera de Corso Vico. Los rayos de luz azules centellean a lo largo de las paredes de las casas. Abro una abertura en la pared de espaldas y paraguas y alcanzo una valla. Está custodiada por un agente. Lleva una lona oscura. Veo el cuerpo a sus espaldas. Se ha derramado sobre un costado. Alrededor de la cabeza una mancha marrón se desvanece en la lluvia. Me viene a la mente una escena que vi hace tiempo. Una mujer raspaba una pared con una esponja de hierro y sollozaba. Había un olor extraño en el aire, un olor mefítico. Creo que era la sangre.
"Soy periodista. ¿Puede decirme qué pasó?"
El policía parece ausente. Levanta la voz para evitar el ruido de la tormenta.
"Un chico ha muerto"
"¿De quién se trata?"
"Todavía no lo sabemos. Hemos tocado las campanas pero nadie lo conoce"
Gotas de lluvia caen por su cara. Tiene un pecho grueso y un cuello grueso. Se afeitó recientemente. Parece el policía de las películas americanas, ese buen Cristo que en la tercera toma nos deja la piel, con la mujer en la cocina esperándolo y su compañero, jodiendo treinta años de patrulla juntos, que no nos puede creer que haya sido él. Asentiré con la mano y me moveré al otro lado de la calle. Apoyo la espalda en la ventana de una tienda. Tengo un sabor extraño en la boca. Ferroso. Me paso dos dedos por los labios.
El policía trata de minimizar.
"No hay nada que ver. Váyanse a casa"
La gente no se retira. Un c*****r en el suelo y la policía que investiga. Cualquiera se dejaría enterrar vivo por un espectáculo así. El agente no se descompone, sabe lo que hace. Se arregla los guantes y fija un punto indefinido.
Saco el paquete de cigarrillos. Enciendo uno. Tengo los pies empapados en agua y el frío me ha entrado en los huesos. Quisiera estar en mi cama. Apoyar el vientre contra el culo caliente de Giulia que está durmiendo. Un tipo en loden verde, ahí delante, tiene la expresión de un perro que trota detrás de una hembra en celo. Seguro que es su primer c*****r. Lanzo la colilla. Lo veo flotando en un charco. Me acerco al policía.
"Discúlpeme"
"Diga"
"¿Quién llamó al 118?"
"Una llamada anónima. Alguien que no quería involucrarse, supongo. Sin embargo, si tiene más preguntas, es mejor que se las haga al inspector. No estoy autorizado a hablar con periodistas"
"¿Quién es ese tipo?"
"Sulcis"
Pietro Sulcis. Lo conozco desde la escuela. Cada tarde jugábamos al fútbol en un campo que, no sé por qué, llamábamos al campo torcido. Era bastante gordito. Lo teníamos en la portería. Un día su padre se embarcó en un barco de 30 pies que hacía chárter para la Maddalena. Desapareció de la circulación. Las cosas le salieron bastante mal. Eran años difíciles. Para todos. Para él lo fueron más. Apenas 18 años se alistó en la policía.
El tipo en loden me mira a través de las gruesas lentes de las gafas. No se avergüenza de su descaro. Me escabullo y me refugio en la Plaza Azuni. Bajo los pórticos un chico n***o vende paraguas. Esboza una sonrisa con el hacer incierto de quien está acostumbrado a ser evitado.
"¿Paraguas, mi hermano?"
Me paso la mano por el pelo empapado.
"Dame uno de esos"
"¿Rojo, azul, rojo?"
"Hace lo mismo"
Se inclina hacia el montón.
"Ocho euros. Normalmente son diez, pero para ti son ocho"
Dice que me ha visto antes por aquí, que nunca olvida una cara. No le hago caso.
"¿Sabes algo de lo que pasó?"
"¿El que fue asesinado?"
"¿Quién dice que lo mataron?"
"Por supuesto que lo mataron"
Tiene un par de guantes con los dedos cortados y un gorro de rayas. Se traga, sopla en las manos.
"Sin cartera. Sin llaves. Muerto"
"¿Crees que le robaron?"
"Sí, por supuesto"
Se mece en las piernas. Parece que no tiene nada más que decirme. Miro sus provisiones. Me pregunto si podrá acabar con todo en una noche como esta.
"¿Cómo sabes que no tenía llaves ni cartera?"
Se ríe, mostrando una fila de dientes de tabaco.
"Cuántas preguntas, hermano..."
"Si quieres, no me respondas"
Me mira con sospecha. Está tratando de averiguar quién soy, qué hago aquí a estas horas, mojado y con frío.
"Soy periodista", lo ilumino.
No hay ningún problema.
"¿Paraguas, hermano?" pregunta a un transeúnte.
El hombre ni siquiera lo mira.
"He oído decir eso"
Señala a los policías.
"Detienen gente, hacen ver al muerto"
"¿Podrías no llamarlo el muerto? ¿Qué dices?"
"¿Por qué? ¿Cómo debo llamar?"
"¿Qué te parece, pero no así?"
"¿Quieres que llame al vivo?"
"Olvídalo"
Se gira.
"Un muerto es un muerto...", murmura.
Creo que tiene razón. No hay que dar vueltas. Yo no creo en Dios, ni en una vida de otro mundo. La muerte no tiene nada de decoroso.