Los presentes esperaban una reacción fuerte y agresiva de parte de Luciano, después de todo, era lo que acostumbraban a ver de él. Sin embargo, su reacción fue completamente opuesta a lo que pensaron que sería.
– Busca la llave de la suite –ordenó a uno de los guardias mientras iba a lavarse un poco. Los hombres se miraron entre sí, pero no dijeron nada, solo obedecieron.
Luciano odiaba la suciedad, por eso siempre cargaba guantes, pero una de las cosas que menos soportaba en la vida era el vómito. Sentía un asco terrible y en ese momento solo lograba controlarse porque era Rebecca quien lo había puesto en esa situación. Estaba seguro que de haber sido alguien más, ya habría acabado con él. Luciano respiró profundo, se lavó lo mejor que pudo para luego lavar el rostro de la chica. No quería que ella tampoco anduviese sucia y sabía además que un poco de agua en su cara le ayudaría a recuperarse de su estado.
Apenas el guardia regresó con la llave, Luciano cargó a Rebecca en sus brazos y se dirigió hacia el ascensor. La joven en ese momento se encontraba más inconsciente que consciente, por lo que no se dio cuenta de lo que realmente ocurría, solo sentía que todo le daba vueltas, por lo que se sostenía con fuerza del cuello del chico. Apenas estuvieron dentro del ascensor, Luciano pidió al jefe de seguridad que no lo molestaran. Pasaría la noche en la suite del penthouse cuidando de Rebecca.
Cuando estuvo a solas en el apartamento, llamó a Velan para pedirle que consiguiera un par de vestidos para la chica y que enviara un ama de llaves al lugar. Necesitaba un poco de ayuda.
– Quiero que la bañes y la cambies. Ella dormirá aquí esta noche –ordenó Luciano a la empleada doméstica en cuanto esta llegó a la suite.
La mujer hizo lo que le pidieron. Llevó a Rebecca hasta el baño y la aseó. La joven estaba más inconsciente que nunca. Después de salir de la ducha, la señora se encargó de secarla bien, cambiarla con uno de los vestidos que su jefe había mandado a traer y la colocó dentro de la cama. Luciano le dio las gracias a la empleada por su ayuda y la despidió para luego ordenarle a todo el personal que se retirara de la habitación. Esperó varias horas hasta que Rebecca despertó recuperando la consciencia. La chica abrió los ojos confundida mirando hacia ambos lados hasta encontrarse con Luciano que se acercó a ella en cuanto la vio despertar.
– ¿Cómo te sientes? –preguntó un poco preocupado. Ella no respondió, aún se encontraba confundida.
Rebecca al darse cuenta que había despertado en la cama de Luciano y llevaba puesta otra ropa que no era de ella, malinterpretó la situación y comenzó a reclamarle. Ella creía que el joven se había aprovechado de su estado, pero él le insistió que no había sido así. Le contó como ella lo abofeteó apenas él la encontró y cómo además lo había vomitado encima. Rebecca se sintió algo avergonzada por esto último. De igual manera, Luciano le explicó que había pedido a una de sus empleadas que la bañara y cambiara pues no podía dejarla llena de vómito.
– Espero que ya te encuentres mejor –expresó el joven con voz suave mientras se sentaba junto a ella en la cama. La chica asintió.
– Gracias –respondió tímidamente– lamento haberte vomitado encima. Luciano esbozó una pequeña sonrisa.
– No hay problema. No me importa que tú me vomites –exclamó burlonamente. Ambos comenzaron a reír– peeeeero… si quiero saber porque me diste esa cachetada –pidió de forma seria en cuanto terminaron de reír. La chica suspiró.
Luciano escuchó atentamente la historia de Rebecca, como esta había llegado a su oficina en donde lo había visto a él y a la profesora en un momento íntimo. El joven comenzó a reír con la historia, lo que confundió por completo a Rebecca. No entendía esa reacción de su parte.
– No fue a mí a quien viste –explicó Luciano ante la mirada confusa de Rebecca.
Se trataba del director del departamento quien se encontraba en ese momento en la oficina de Luciano. El joven había llegado tarde ese día y al igual que Rebecca, él también había pillado a la pareja en su oficina. Le contó a la chica como había tenido que esperarlos afuera del despacho mientras ellos terminaban su “tarea” para él poder ingresar al lugar. El director le dio la bienvenida y todas las indicaciones de lo que sería su trabajo temporal en la universidad. Ambos hombres ignoraron por completo el hecho de que el director estuviese usando la oficina de Luciano como encuentro con su amante. Después de todo, Luciano había sido un picaflor toda su vida, así que no tenía nada que reclamarle al hombre, entendía perfectamente la situación. Él había hecho cosas peores. Sin embargo, en esa ocasión él era inocente, cosa que hizo sentir alivio a Rebecca en cuanto escuchó toda la historia.
– Lo lamento –se disculpó la chica. Luciano la miró con ojos traviesos.
– Mmm pues creo que eso no es suficiente –le dijo de forma pícara mientras la apoyaba contra la cama– Quisiera una compensación por toda esta confusión. Creo que me la debes –insistió el joven aprisionándola.
El corazón de Rebecca comenzó a latir con fuerza. Tenía a ese hombre que la volvía loca a tan solo centímetros de ella y ahora que estaba aclarada la situación con la profesora casada, ya no sentía tanta rabia como antes. Aún creía que merecía una explicación por el asunto de la falsa identidad que le había dado, pero en ese momento eso era lo que menos cruzaba por su mente. Ese hombre la volvía loca y soñaba con perderse entre sus brazos.
Los ojos de Luciano estaban fijos en los de Rebecca. La chica sentía que le faltaba el aire. Su corazón latía aceleradamente. Deseaba besarlo tanto como él a ella, pero la joven aún tenía muchas dudas sobre el chico y lo que sería iniciar una relación con él, así que antes de que este pudiese besarla, Rebecca reaccionó y apartó a Luciano de ella. Le empujo con la mano sobre el pecho alejándolo para luego zafarse rápidamente de entre sus brazos. La chica corrió hacia el ascensor sin decir nada, sabía que mientras menos contacto tuviese con ese hombre, sería mejor para ella. Tenerlo cerca la descontrolaba, no lograba pensar claramente, así que se apresuró a la puerta para irse a su casa, más tarde se preocuparía por lo que debía hacer con su vida romántica.
Rebecca entró en el ascensor intentando escapar de aquel sitio, pero al llegar ahí se dio cuenta de algo. Se encontraba en la suite de un penthouse, no lo había notado hasta estar dentro del ascensor porque este claramente no funcionaría sin la llave de acceso. Miró a Luciano confundida. Sabía muy bien que él era millonario, por lo que no era de extrañar que tuviese un penthouse entre sus propiedades, el problema era donde este se encontraba ubicado. Rebecca estaba casi segura de que se trataba del mismo bar al que ella había entrado a beber. Esta era la suite del dueño de ese local. Aquel dueño del que no conocía su identidad, pero que había escuchado tantas veces decir que era uno de los jefes más poderosos de la mafia. La respiración se le cortó ante aquella deducción. Luciano se acercó a ella en ese preciso momento.
– Por favor, déjame salir de aquí –le pidió en voz baja totalmente asustada. El joven simplemente asintió.
Luciano ingresó en el ascensor y colocó la llave de acceso en el lector, luego oprimió los botones correctos para descender hasta la planta baja donde se encontraba el bar. Rebecca lucia asustada y eso preocupó al chico, pensaba que si la joven descubría su verdadera identidad no iba a querer estar con él y por primera vez en su vida, se sintió aterrado. No quería perderla.
– Ángelo… –lo llamó mientras aún se encontraban dentro del ascensor. Luciano la miró sin decir nada– este lugar… –carraspeó– tú… ¿tú eres dueño de este lugar? –preguntó finalmente. Las manos le temblaban de los nervios, por lo que intentó ocultarlas como pudo.
– Ehm… No –respondió. La chica se volteó a verlo– solo una parte –mintió. La joven lo miró confundida– quiero decir… ehm –carraspeó– este bar no es solo mío, mucho menos el edificio –soltó una pequeña risa nerviosa– yo me asocié con algunos amigos y bueno, juntos abrimos el bar y pues… ellos son los dueños del resto del lugar, yo solo tengo mi dinero en el local… ya sabes… simples negocios.
– Ok –se limitó a decir Rebecca. Ambos permanecieron en silencio hasta que las puertas del ascensor se abrieron.
– Te llevaré a casa –le ofreció Luciano, pero la chica lo rechazó.
– No te preocupes, ya me encuentro bien. No tienes que hacerlo –le respondió. El joven insistió un par de veces más, pero Rebecca siguió negándose. Finalmente, Luciano resignado, accedió a dejarla ir sola.