Caía la tarde y Nick al fin regresaba de los recados que le habían solicitado. Odiaba su vida, había escapado de su casa para vivir una aventura excitante llena de adrenalina, pero terminó trabajando para un grupo de idiotas que lo trataban igual o hasta peor que su padre. Él quería estar siempre en medio de misiones, tener un arma escondida bajo su ropa y enfrentarse a policías y a otros delincuentes de gran prontuario. Correr, robar, acosar, hacer todo eso que hacían sus compañeros, sin embargo, lo tenían como el «niño de los recados», haciendo compras o llevando mensajes. De nuevo tenía ganas de huir, irse muy lejos con el dinero que a diario le daban para realizar los recados. No lo hacía porque temía a las amenazas de Nacho. Nunca le había tenido tanto miedo a alguien como a ese ho

