Capítulo 3. El hombre de granito.

1694 Words
Abby estaba tan furiosa que poco pudo dormir la noche anterior. Estuvo todo ese tiempo planeando su «venganza». Se comunicó con varios de sus amigos confirmando la temida noticia. Doug ya no compartía con ellos por acompañar a todos lados a una rusa recién llegada a la ciudad, a quien una vez él la había presentado como la hija de un socio. Solían verlo con actitudes extrañas con ella. Cuando estaban juntos siempre iban tomados de las manos y cuando ella le hablaba lo hacía de forma muy cercana, le acariciaba el rostro y lo hacía reír. Aquello fue suficiente para Abby. A la mañana siguiente se levantó más temprano de lo habitual y salió de su casa cargada con todo lo necesario para llevar a cabo su vendetta. Se llegó hasta la casa de Doug y como lo sospechó, el hombre no se encontraba. Tal vez se había quedado a dormir con la rusa, aunque sí se hallaba su auto. Ella sonrió con perversidad. —El plan era dejarte un mensaje en la fachada de tu casa, pero tu auto es mucho mejor —comentó para sí misma. Doug amaba su BMW más que a nada en el mundo. Aquel sería un golpe bajo que le dolería tanto como el orgullo mancillado de Abby. La mujer dejó la caja en el suelo y comenzó a sacar los artículos que había llevado para hacer su «obra de arte». Lo primero que tomó fueron las pinturas en aerosol y comenzó a trazar figuras por todo el vehículo. Luego hizo lo mismo con las acrílicas y con los huevos. —Hola, ¿qué haces? Se sobresaltó al escuchar una voz masculina con un marcado acento mexicano. Había estado agachada pintando de rosa las llantas y los rines así que se levantó enseguida perdiendo los colores del rostro. —Hola. Miró con terror al sujeto moreno de cabeza rapada que veía lo que hacía con una sonrisa divertida. Iba vestido con camisa a cuadros manga larga, vaqueros y zapatos de cuero de punta larga. —¿Qué haces? —repitió el hombre, sin dejar de evaluar los diseños que ella había realizado sobre la carrocería. —Es… —No supo qué responder—. ¿Eres policía o un vecino? El sujeto la observó con diversión. —Nada de eso. Busco a Doug porque me debe un dinero. ¿Sabes dónde está? —Supongo que entre las piernas de su nueva novia. Ya ni me importa —aseguró y continuó con su obra. —Si no te importa, ¿por qué estás haciendo esto? —No lo hago por él, sino por mí. No pienso quedarme con la humillación de su engaño. —Vaya, aplicas una estrategia bastante agresiva. —Le estoy dando una patada en las pelotas —aseguró Abby mientras sacaba de la caja una bolsita con mierda de gato que había tomado del jardín de su vecina, para restregarla por los vidrios. —¿Y cómo te llamas? —quiso saber el hombre cruzándose de brazos. —Abby, ¿y tú? —Nacho. —Un consejo, Nacho —dijo ella cuando culminó—. No te dejes convencer por Doug, es un mentiroso. Cuando menos te lo esperas, te traicionará dejándote sin nada —culminó, comenzando a guardar los envases de pintura. Nacho se aproximó a ella y tomó la pintura negra. —¿Puedo? —preguntó, y señaló el auto con el envase. —Seguro, es relajante —confesó, viendo con satisfacción como Nacho dibujaba dos cuchillos cruzados entre sí en el capó. —Siempre soñé con hacer esto en un auto —expuso divertido. Ella le regresó la sonrisa, aunque no fue completa, ya que descubrió algo en la mirada oscura de Nacho que no le gustó. Era como si él trasmitiera a través del brillo de sus ojos claras advertencias, las mismas que parecían estar dejando impresas en el auto de Doug con aquel dibujo. Al final, Abby recogió todas sus cosas, se despidió de Nacho y se marchó. Con eso cerraba un capítulo turbio en su vida que esperaba no repetir jamás. Se sentía liberada. Echó dentro de un contenedor las pinturas y siguió su camino hasta el hospital de San Diego. Antes de ir a su trabajo deseaba hacerle una visita a Christian Borja, el rubio que había apuñaleado la noche anterior. La mirada agresiva de ojos azules de aquel hombre no pudo sacársela de la cabeza. Al llegar al hospital buscó a Ronnie, un joven que había trabajado con ella en el servicio de emergencias y ahora laboraba como camillero en aquel centro de salud. —Se llama Christian Borja —explicó Abby—, lo trajeron anoche con una herida por arma blanca en la región lateral del tórax. El sujeto, un tipo delgado de ojos saltones, revisó con rapidez su carpeta de registros. —Aquí está, Christian Borja, lo tienen en el piso dos en la habitación veintiocho. No tiene familiares ni amigos ni conocidos y pesa más que las deudas que debo pagar cada mes. —Sí, es alto. —Y robusto, además de irritante. No ha hecho otra cosa que discutir con todos. No le gusta que lo toquen o que estén más tiempo de lo habitual en su habitación. Si no fuera por la debilidad que presenta ya se habría ido, o alguien lo hubiese echado. —¿Qué debilidad presenta? —preguntó curiosa. —Perdió mucha sangre y no está bien alimentado. El cuerpo le reclama descanso. Mientras Ronnie guardaba la carpeta de registros, Abby pensó en el rubio. Era un sujeto de cuerpo imponente y actitud determinada, resultaba difícil imaginarlo con una debilidad. Al ver la hora y descubrir que le faltaba poco para entrar al trabajo, se apresuró por subir a la segunda planta. Encontró la puerta de la habitación de Christian un poco abierta y, al asomarse, lo descubrió dormido. Pasó con sumo cuidado procurando no hacer ruido y despertarlo. Si estaba tan débil por la falta de sangre lo mejor era dormir. Aprovechó la ocasión para detallarlo con mayor atención. Ya no tenía la chaqueta ni la camisa puesta, sino el torso semicubierto por un vendaje que dejaba a la vista partes de su abdomen musculo y repleto de cicatrices. Su piel estaba muy bronceada, era evidente que pasaba mucho tiempo bajo el sol, y los brazos largos y fibrosos los tenía cubiertos de tatuajes y de más cicatrices. Parecía no haber una parte de su cuerpo que no poseyera alguna marca. Abby sintió curiosidad por las actividades que podía llevar a cabo aquel sujeto, que poseía un cuerpo de granito puro, capaz de soportar tantas agresiones. Al subir la mirada hacia su rostro se sobresaltó al descubrirlo despierto, con sus voraces ojos azules fijos en ella. —Hola —lo saludó nerviosa. —¿Me estás acosando? —preguntó el hombre con dureza, aunque con un brillo divertido en la mirada. —No, solo… me aseguraba que te hubiesen puesto bien el vendaje. Él alzó una ceja con arrogancia. —¿Qué hace aquí, enfermera? —Vine a verte para saber cómo estabas. —Tranquila, no me partió ningún hueso con la silla. Abby se mordió los labios para controlar la vergüenza. —Ya te pedí disculpas por eso. —Pudiste haberme dejado parapléjico, esas cosas no se arreglan solo con una disculpa. La mujer amplió los ojos en su máxima expresión. —Y para ti, ¿cómo se arreglan? De nuevo Abby pudo captar el brillo de la diversión en su mirada. Ese hombre pretendía burlarse de ella. —¿En qué eres buena? La mujer entrecerró los ojos. —Preparo buenos cafés. —¿Cafés? —consultó decepcionado. —Sí, y soy experta en pedir pizzas a domicilio. —¿Me estás invitando a tu casa? —Puedo pedirlas aquí si quieres. Él la observó con atención, repasando cada espacio de su cara. —¿Cómo te llamas? —Abby. —¿Abby, qué? —Abby Hooper. —Supongo que ya sabes cómo me llamo, de dónde vengo y a qué me dedico, porque anoche te escuché hablando con tu amiga la enfermera sobre mí. Ella se impactó por lo que decía y sus mejillas se coloraron por la vergüenza. —Solo quería asegurarme que no eras el malo. —¿Y qué pensabas hacer si descubrías que yo era el malo? Ella se irguió con prepotencia. —Podría golpearte de nuevo con una silla. Por primera vez, Abby observó el nacimiento de una sonrisa en el rostro del sujeto, que no duró mucho y resultó algo perversa. —¿Eres agresiva? —No lo soy —aseguró ofendida—, solo sé protegerme. —Ya veo. —Él volvió a detallarla, ésta vez, de pies a cabeza—. ¿Y por qué tienes las manos manchadas de pintura? Abby se miró las manos con espanto y enseguida las escondió tras su espalda. —Estaba… haciendo manualidades —mintió, algo nerviosa. No se fijó que las manos le habían quedado así luego de la obra de arte que había hecho con el auto de Doug—. Me alegra saber que estás bien y que recibes el tratamiento adecuado. Ya me tengo que ir porque debo trabajar, luego vendré a visitarte. —¿Para qué? Ella se impactó por su pregunta. —Para saber de ti. —No soy su problema, enfermera Hooper. Ya está segura de que estoy bien y que no la demandaré por lo que me hizo. Ahora, por favor, váyase y no vuelva más. A Abby la enfadó aquel rechazo. Ni el mal trato que había recibido de parte de Doug le había dolido tanto como las palabras de ese desconocido. Y pasó porque a este sujeto ella quiso ayudarlo en verdad, estaba dispuesta a ser buena con él por haberlo golpeado por error. Pero ese hombre no solo tenía el cuerpo como el granito, sino también el corazón. —Espero se recupere pronto, señor Borja —soltó, intentando sonar igual de fría. Dio media vuelta y se marchó de allí poniendo gran distancia entre ella y ese sujeto desagradable.
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