La Florería

1935 Words
Eran las siete de la mañana cuando Raven despertó. Estaba en la habitación de Vincent. Lo sabía por la decoración rústica. Se giró para ver lo que se sentía extraño... a su lado estaba aquél tipo extraño del bar, completamente desnudo. Aguantó con todas sus fuerzas no gritar, pero se levantó de la cama, para descubrir que él también estaba sin prendas. Pánico. Se mordió las uñas mientras trataba de recapitular la noche anterior. ¡Lavender! Ese era su nombre, lo recordaba porque le resultaba extrañamente familiar. Rápidamente buscó su ropa. No sabía a qué hora despertaría el castaño así que tenía que apurarse a salir de ahí. Entonces Vincent entró a la habitación. Los amigos se miraron. Por la expresión en blanco de Vincent, Raven sabía que entendía todo lo que había sucedido. —Coño, perdí el puto control ¿está bien? — Soltó en la voz más baja que pudo. —¿Follaste con él? — Preguntó Vincent entre la incredulidad y la burla. —¡No es mi mejor puto momento! ¡Lo admito! — Contestó Raven desesperado. Vincent se acercó al inconsciente de la cama y lo observó relajadamente. Estaba en un estado de paz absoluta. Descansaba cómodamente en la cama de Raven con una relajada expresión. Entonces Vincent vio un pequeño tatuaje en su muñeca y bajo la sábana que lo cubría hasta ver la pequeña "X". Horrorizado volteó a ver a su mejor amigo. —¡¿Qué coño hiciste, Raven?! —¡¿Qué pasa?! —¡Es uno de los jodidos Héroes! Hubo un silencio de ultratumba. Raven sintió su corazón omitir un latido y el aire faltando en sus pulmones. Miedo. Terror también. —No, no, no, no — Raven se sentó en la esquina de la habitación y puso sus manos sobre su rostro con frustración. —Bien, tenemos que deshacernos de él, de la evidencia — dijo Vincent. —Tenemos que matarlo — respondió Raven con horror. —¡No podemos! ¡Conoces la puta profecía de mierda! Raven se agitó y se levantó del suelo. —Tenemos que salir de aquí. —¡No! — Dijo Vincent fuertemente. — No vamos a tirar a la mierda todo lo que hemos construido durante años por... uno de estos hijos de puta. —¿Qué coño vamos a hacer? — Preguntó el pelinegro. Vincent lo miró. Su mejor amigo tenía el semblante amargo y se veía muy cansado. Habían sido unas semanas muy complicadas y encima sucedía esto. —Ve abajo a desayunar algo — dijo el barista —, vestiré al chico mientras. Raven suspiró y se levantó de su asiento. Se dirigió abajo y luego se acercó a la cocina del bar. Se lavó la cara en el fregadero y buscó una pequeña tetera, la cual llenó de agua y puso a calentar. —Raven — lo llamó Vincent, que había bajado al primer piso —. Le puse ropa tuya. —¿Ya despertó? Vincent asintió. —Como por medio minuto, se tomó las pastillas y se volvió a quedar dormido. Creo que tiene resaca. Entonces el de cabello gris se acercó al lava vajillas y tomó una taza. —Puedo jurarte que si me hubiese dado cuenta de que estaba tratando con uno de esos hijos de puta... —Lo sé — respondió Vincent sirviéndose agua de la tetera —. A mí no necesitas explicarme nada. Te conozco. Raven se sintió aliviado al escucharlo. —Creo que tampoco está asustado — dijo Vincent nuevamente —, quizás no se entera de nada, pero estaba muy calmado cuando lo desperté. El pelinegro pensó un momento, aún inseguro de cómo proceder en todo el asunto. Mientras tanto, Kaant estaba vuelta un caos. Hacía dos horas que Azami, el Cuarto, había reportado la ausencia de Lavender y hacía treinta minutos que habían activado la alerta roja. Gracias a las pobres pistas que el Décimo había dejado, se dieron cuenta de que había escapado a mitad de la noche. Intentaron seguir su rastro y rápidamente se dieron cuenta de que no estaría en ningún lugar dentro de la ciudad. Se dirigía a las afueras del pueblo. Oleander y Azami, este último siendo el Capitán de la Seguridad de Kaant, habían tomado el control del operativo que tenía como fin encontrar al Décimo. Oleander estaba realmente nervioso, tenía un mal sabor de boca de toda la situación y Azami se había mantenido con él para intentar calmarlo. Era todo un maldito caos. Guardias por todas partes buscando al menor de los Héroes; temían lo peor. Lavender no era solo el más joven e inexperto sino el peor preparado de los diez. Apenas sabía pelear, jamás había derrotado a ninguno de los otros ocho y le faltaba demasiada educación sobre La Profecía. Cuando eran las nueve de la mañana, llegaron a un pueblo sin nombre situado a treinta minutos de la ciudad. No era extraño que los pueblos cercanos a Kaant no tuviesen nombre propio, ni tampoco extrañaba la cantidad tan baja de habitantes que tenían. La mayoría de las familias se mudaban al centro por su seguridad y su calidad de vida. Llegaron entonces, Oleander y Azami, acompañados de sus guardias, a una pequeña choza. Oleander fue el primero en acercarse a la casa. Sólo preguntarían si habían visto o no al joven Héroe y si encontraban un rastro seguirían. En la puerta colgaba un pequeño letrero que decía "Florería". No era una casa, sino una tienda. El Primer Héroe golpeó la puerta suavemente pero no hubo ninguna respuesta. No había nadie atendiendo el negocio. Por otra parte, Valerian y Aster llegaron a un pequeño poblado al norte, acompañados por un escuadrón de la Seguridad de Kaant. Apenas pisar los caminos de tierra donde comenzaban las casas, sintieron el desprecio en las miradas de los habitantes. Aster caminaba confiado y media sonrisa, mientras Valerian miraba con asco las estructuras. Por casualidad, su mirada se encontró con la de un niño, que lo miró aterrado, para después escapar. —Como ratas a su madriguera — dijo. —Es increíble que el Ministro no haya ordenado que los exterminemos a todos — respondió Aster. —Tranquilo — el Quinto se arregló la manga de su camisa blanca —, en cuanto tenga el puesto, se irán a la mierda. El Sexto se detuvo un momento y miró con más seriedad al Quinto. —Entre esta gente debe haber uno que otro roto. Valerian miró con severidad a Aster. —Mejor así — respondió, volviendo a caminar —, si alguien muere a nadie le importaría. Aster rio. —Oleander nos premiaría, ¿cierto? Valerian sonrió a medias. —Como sea — dijo deteniéndose frente a un Bar —. Terminemos con esto de una vez. Eran casi las ocho cuando el Quinto y Sexto entraron al Bar donde apenas se encontraban dos empleados en la barra charlando. Vincent y Raven se giraron y entonces fue que los vieron. La sangre de Raven se heló, por un momento su vista se nubló y sus oídos escucharon todo como si estuviese embotellado. Valerian sonrió al par, escondiendo el rostro de asco y fingiendo amabilidad. —Buenos días, caballeros — dijo —, disculpen la intromisión, ¿podemos hacerles algunas preguntas? —¿Preguntas? — Vincent trató de esconder los nervios en su voz, pero aún así, era imposible no tartamudear. — ¿Acerca de qué? Aster miró alrededor, mientras Valerian se acercaba un poco más al par. —Seguramente escucharon sobre la gran boda que se celebró en la ciudad anoche, ¿no es así? — Comenzó a explicar Valerian. — Bueno, esta mañana nos dimos cuenta de que uno de nuestros hermanos desapareció. Mientras el Quinto se acercaba a ellos, Raven buscaba un cuchillo escondido en la barra. —¿Desaparecido? Por los Dioses, suena terrible — Vincent fijaba su mirada en el Quinto y Raven en el Sexto. —No creemos que sea tan grave — Aster soltó una risita —, creemos que huyó a beber a las afueras de la ciudad. —Bueno, ya saben como es esto — Vincent rio brevemente —, los mejores bares están fuera de la metrópoli. Valerian, entonces, rebuscó bruscamente en su bolsillo. Raven se preparó para ver un arma, pero en su lugar, el castaño mostró una fotografía. Era el Décimo Héroe y, definitivamente, el chico con quien Raven se había acostado la noche anterior. Vincent miró a su amigo, tratando de descifrar lo que el otro pensaba, ¿debían entregarlo? ¿Qué pasaría si supiesen lo que habían hecho? ¿Iban a matarlos? Valerian entonces notó el gesto de Vincent y soltó una risita confundida. —¿Qué sucede? —E-es sólo que... — Raven tartamudeó, hizo una pausa para mirar fijamente a Vincent, — está aquí — finalmente dijo —. Se pasó un poco de copas anoche y lo dejamos dormir en los cuartos de arriba. Aster alzó las cejas. Valerian sonrió. —¡No saben lo mucho que nos alegra escuchar eso! ¿Podemos ir por él ahora mismo? Raven asintió. —Es todo suyo. —Por aquí — dijo Vincent, guiando al par arriba. Raven observó al escuadrón de seguridad que seguía al par con cuidado. Si algo sucedía, no sólo los superaban en fuerza, sino en número. Vincent abrió la puerta de la habitación, sólo para encontrarse con que el Décimo Héroe ya estaba despierto. Lavender se giró con sorpresa y lo primero que vio fue a Valerian. El Quinto suspiró. —¡Vale! — Soltó un contento Lavender, que corrió a abrazarlo. —Mierda, Lavie, nos tenías tan agobiados. Aster entró a la pequeña habitación y apenas ver al Décimo, suspiró y llamó a los guardias. —Avísenle a Oleander que ya apareció. Que cancelen la alerta roja — ordenó sin interrumpir al Quinto. Lavender se acurrucó en el pecho de Valerian y éste le daba besos en el cabello. Vincent veía con tensión la escena. —Quiero ir a casa — murmuró Lavender abrazando aún más a Valerian. El mayor cargó al Décimo en brazos y dejó que de durmiera de nuevo sobre él. Valerian se aseguró de que Lavender estuviera cómodo y luego volvió a mirar a Vincent. —No tengo palabras para agradecerles que hayan resguardado a Lavender, ¿les causó algún tipo de molestia? —Ninguno — respondió Vincent. Raven subió a la habitación de la forma más cautelosa posible. Llevaba el cuchillo escondido en su pantalón, al verlo, Valerian soniró. —Permítannos recompensarlos — dijo Aster entregando un sobre a Vincent —. Es lo menos que podemos hacer por haber cuidado al Décimo durante esta crisis. —No, no es... — Rave intentó hablar hasta que Vincent abrió el sobre. —¡No fue nada! — Dijo el barista cerrando el sobre de golpe. Raven miró a su amigo extrañado. —Creo que es hora de marcharnos — anunció el Quinto. —Es muy amable de su parte haberlo cuidado — insistió Aster. Raven se veía nervioso, Vincent esbozó una sonrisa tensa. Luego, acompañaron a los tres héroes hasta la puerta de la tienda y por última vez, Valerian se despidió del par. Hubo un momento en el que ambos veían al grupo alejarse y, apenas estando seguros de que no regresarían, ambos suspiraron. —¿Sabes cuánto dinero nos acaban de dar? — Dijo Vincent. — Lo suficiente para saldar tu deuda. —Pero, Vincent... —Raven — lo interrumpió el de cabellos grises —, la florería es nuestra de nuevo.
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