Eran casi las cuatro de la madrugada y el frío se volvía incómodo. Aquél joven alto y de figura delgada llegó al bar con el rostro de absoluto cansancio y martirio. Apenas entrar, otro joven que atendía en la barra principal del establecimiento, lo saludó con una mirada y después volvió a atender al resto. El primero no correspondió y se acercó a la barra.
—¿No puedes dormir? — Preguntó el barista.
—¿Cuándo he podido?
El barista bufó.
—¿Sabes, Raven? La vida sería mucho mejor si dejaras de preocuparte tanto — el barista le tendió un vaso con alguna bebida alcohólica dentro.
Raven la miró por un segundo y luego tomó de ella.
—Quizás puedas ligar con alguna dama — el barista le guiñó el ojo y miró hacia el resto del bar. Raven también echó un vistazo. Las mujeres presentes parecían ebrias y agresivas. Ambos vieron a una estrellar su copa contra la pared y luego gritarle algo a uno de los hombres que jugaban cartas.
—Creo que pasaré esta vez.
—A como van las cosas morirás solo.
—Vincent...
—Está bien, está bien — Vincent rió —. Escucha, sólo relájate, mañana pensaremos en lo demás.
Raven asintió.
En ese momento, Lavender entró al extraño bar. El ambiente era mucho peor de lo que esperaba. Sonrió de lado. Era perfecto para causar problemas y aún más para hacer enojar a los mayores. Se acercó a la barra y pidió algo. Raven lo miró de reojo, pero sus ojos terminaron estancados.
No se veía como alguien de las afueras de Kaant, más bien era... delicado. Era un tipo delgado y aparentemente pequeño, de cabello castaño y sus ojos causaban un pequeño destello dorado que juraba haber visto antes. Lavender notó la mirada fija y decidió hablar.
—¿Quieres algo de mí?
Raven sonrió de lado.
—A menos que sea todo el oro de la puta ciudad, lo dudo.
Lavender lo miró entonces. ¿No quería un autógrafo? ¿Un abrazo? ¿Si quiera la mano? Su mirada se iluminó. Nunca había no causado una reacción en alguien. Era la primera vez que se sentía... invisible. Sonrió.
Desde que había nacido, todos sabían quién era, todos sabían su nombre y a la hermandad a la que pertenecía. Nunca había podido hacer nada sin llamar la atención. Claro que, aunque por un lado, adoraba la atención, siempre se preguntó si realmente le agradaba a la gente o lo adulaban por compromiso. Decidió averiguarlo.
—¿Estás aquí tú solo? — Preguntó.
Raven negó y apuntó con su copa a Vincent.
—Vengo con él.
—¿El barista?
—No, no lo hace — se apresuró a decir Vincent —, viene él solo, muy solo. Soltero y solo.
Raven lo miró con molestia. Lavender sonrió. Vincent vio a su amigo, sin reaccionar.
—Su nombre es Raven — insistió.
Lavender asintió. Entonces su mirada se centró en el otro.
—Es un gusto... Raven.
Finalmente el hombre miró a Lavender de nuevo.
—¿Saben qué? La siguiente ronda la invito yo — dijo Vincent, al mismo tiempo en que los dejaba solos de nuevo.
—No sabe lo que dice — dijo Raven en un tono cansado.
—No eres muy amigable ¿cierto?
—No te lo tomes personal — dijo Raven —, simplemente no estoy interesado.
Lavender sonrió lentamente. Era la primera vez que alguien... lo rechazaba. ¿Por qué le causaba tanta emoción? Por otro lado, Vincent, horrorizado, se apresuró a prepararles otra bebida, sin embargo, esta vez, discretamente puso un polvo en ambas copas, un polvo que se disolvió rápidamente.
—La casa invita — dijo al entregarles sus tragos al par.
Apenas tomar de la bebida, Lavender notó el sabor extraño. Miró nuevamente al extraño sentado junto a él, Raven lo miró a él... y eso fue lo último que Lavender pudo recordar con claridad.
Recordaba gritarle a Vincent por más tragos, mientras Raven reía fuertemente, por alguna razón, tenía un par de medias en su mano. Lo siguiente era un juego de cartas, con un montón de hombres que claramente se veían como mercenarios, animándolos y gritando fuertemente con cada movimiento.
También estaba el extraño sentimiento de ligereza cuando bailaba con Raven, y cuando este le tomó de la muñeca para llevarlo escaleras arriba, a una zona del bar que estaba vacía. Recordaba como, en las luces bajas, Raven se acercaba a besarlo con emoción.
—Hueles a flores — señaló Lavender, sin obtener respuesta del otro.
El pelinegro se aclaró la garganta y se alejó de él, aún cuando su instinto era el contrario. Su pensamiento se nubló un poco más cuando vio al chico meter su mano dentro de su pantalón. Ninguno supo como, pero lograron llegar a una habitación. Por un momento, regresó la claridad a Raven y se alejó del otro.
Decidió sentarse en una esquina de la habitación alejado del sugestivo chico que tenía en su cama. Lavender caminó hasta el otro. Se sentó sobre sus piernas y el pelinegro, no se opuso al contacto. Pasó los brazos por el cuello del otro y acercó su rostro a él. El pelinegro no podía contenerse, eran sus instintos más bajos y estaba comenzando a ceder a ellos.
—No tengo puta idea de lo que está sucediendo — le susurró Lavender —, pero necesito que pase ya.
Lamió los labios del contrario y pegó su cuerpo lo más que pudo al pelinegro. Ambos sentían las erecciones que tenían y mierda, la desesperación comenzaba a hacerse presente. Raven sujetó la cadera de su compañía y mordió los labios del otro con suavidad. Entonces dejó que su instinto se apoderase por completo de él.
Cargó al castaño de vuelta hasta la cama y lo dejó caer sobre la misma. Lavender soltó una risita divertido por lo que sabía que estaba a punto de ocurrir. El pelinegro besó con un deseo irracional a aquel completo desconocido y bajó su pantalón.
Pudo ver la erección del otro por debajo de su ropa interior Su boca se dirigió al cuello de Lavender y lamió su piel, el otro, por su parte bajó su bóxer y acarició su entrada. El peligro se quitó la ropa, tomó las piernas de Lavender y las puso encima de sus brazos. Lo único que quería era entrar en él.
Con su mano dirigió su erección y la colocó en la entrada del otro. Estaba listo. Apartó sus manos y las puso a los costados de Lavender. Ninguno decía nada pero soltaban jadeos ocasionales, actuaban por mero instinto y deseo carnal. Entonces el Héroe sintió cómo lo penetraba.
—Joder — soltó en un jadeo.
Entonces Raven comenzó directamente a embestirlo, con tanta fuerza que la cama rechinaba al compás de sus movimientos. Instintivamente el pelinegro llevó su boca al cuello de Lavender y besó sus marcadas clavículas, entre el placer y su pensamiento nublado, dio una fuerte mordida al cuello del otro.
—¡Joder! — Gimió Lavender llegando a su límite.
Ambos se corrieron al mismo tiempo y el pelinegro, jadeando, se quedó apoyado sobre sus brazos. Cuando por fin recuperó el aliento, se alejó un poco y entonces su energía no dio para más. Ambos cayeron profundamente dormidos en aquella extraña habitación.