El cementerio de emperadores

1632 Words
    Habían pasado cinco días de haberme enterado de lo que había sucedido con mis padres. Estaba sentada en el balcón de mi habitación viendo el cielo. Al menos ya podía asomarme y disfrutar de la vista, pero seguía sin tener permiso de salir. Aunque, tampoco tenía ganas de hacerlo. Me encontraba con Emily, ella me servía una taza de té y galletas.     Tocaron la puerta, se acercó a abrir y era Allen, quien entró sin decir una palabra. Ya la rabia y enojo se me habían pasado. Se sentó a mi lado y me observó; volteó a ver el paisaje. No entendía porqué, pero quería confiar en él. Mi instinto me hacía bajar la guardia cuando estaba cerca. No podía seguir molesta. No podía evitar contarle cosas que nunca le había contado a nadie. Algo… me hacía hablar cuando estaba con él, aunque sólo lo conocía de unas semanas atrás. Luego de unos segundos, hablé. — Sabes, fui abandonada por ellos cuando tenía sólo diez años. Pero en el fondo, no dejaba de tener esperanzas… deseaba que aparecieran de la nada y me explicaran lo que había pasado, me pidieran perdón, y yo por supuesto, los perdonaría —hice una pausa, tragué fuerte para no llorar y continué— También pensé lo peor, pensé que podrían haber muerto… pero pensar es una cosa, y enterarte de que es real es otra —pareció dudar un poco, parecía luchar contra sí mismo, pero tomó mi mano, lo cual me sorprendió. Tenía la impresión de que no se me quería acercar—. Todo este tiempo, estuvieron muertos y aunque los hubiera buscado, jamás los habría encontrado...     Allen parecía querer decir algo, y al mismo tiempo parecía querer huir de mi habitación. "¿Por qué sigue viniendo, si se nota que quiere evitarme? Realmente no entiendo a este chico." pensé. Respondió: — No es tu culpa… –nuestras miradas se cruzaron. Me sonrojé y mi corazón palpitó fuerte. Temía que él lo escuchara— Tus padres no querrían que te sintieras así. Ellos seguro tuvieron una buena razón para dejarte allá —dio una pausa antes de continuar—. … Tal vez, si tú… te quedases aquí, podrías conocer el mundo en donde siempre debiste estar, y donde tus padres vivieron.     Nos miramos fijamente, se me salió una lágrima y volteé para limpiarla. "¿Vivir aquí? ¿Porqué… porqué en mi corazón no dudo en querer hacerlo?" pensé confundida. Recordé la carta que mis padres escribieron. “Confía en tus instintos” dijo mi madre. Sonaba a locura, pero si este era mi origen, entonces podría intentar conocer este sitio. Al menos, por un tiempo.     Perder a mis padres era un sentimiento muy fuerte y triste, pero era mejor que seguir con el vacío de nunca saber de ellos. Cerré los ojos y suspiré.  — Creo que al menos podría… pensarlo —Respondí algo tímida—.  — …De acuerdo —sonrió con sinceridad; parecía feliz. Primera vez que lo veía así desde que llegué. Pero en un segundo cambió su rostro—. Al menos sabrás el porqué te dejaron si estás aquí —dijo Allen. — Es cierto —miré al vacío—. Así que de verdad soy una princesa. No bromeabas con eso —solté una risa sarcástica—. Ellos… ¿Tienen una tumba? —Allen asintió con la cabeza—. Quisiera ir a verlos. Lo pensó por unos segundos. Miró hacia la puerta, y respondió. — De acuerdo, ya es tiempo.     Era la primera vez que salía de mi habitación. Los sirvientes y las personas que pasaban a nuestro lado lucían curiosas por ver con quién se encontraba el gran emperador Allen Forth. Sus guardias nos seguían, al igual que Emily como mi dama de compañía. Me guió a un jardín privado, rodeado de flores y árboles. Era un lugar hermoso, como debía ser un cementerio de la realeza.     Más adentro en el jardín yacía la tumba de mis padres. Habían otras tumbas; supuse que serían de otros reyes o familia real. Es decir, mi familia que nunca llegué a  conocer. Me acerqué y me arrodillé. Era una escena de pesadilla para mí. El dolor era insoportable. Sus tumbas eran hermosas, adornadas con flores, y sus nombres escritos en oro. No había ni un espacio vacío. Lloré en silencio, y Allen se mantuvo a un lado dándome espacio. — Siempre los tendré en mi corazón… mamá, papá —susurré arrodillada con las manos en sus lápidas. Me levanté, sequé mis lágrimas y volteé a mirar a Allen. —  Gracias —le dije sonriendo. Suspiré y continué—. Yo… me quedaré. — … —su rostro se iluminó—. Si es tu decisión —respondió Allen, sin poder esconder su agrado por mi decisión.     Me pareció divertida y tierna su primera vez expresando alegría frente a mí. Giré la cabeza una vez más para ver su lugar de descanso. Cerré los ojos y empezaron a caer gotas de lluvia. Se sentían heladas. Con sólo unas gotas, sentí cómo empezaba a tener frío. Emily se acercó y le entregó un paraguas grande a Allen. — Volvamos —dijo, acercándose para cubrirme de la lluvia. — Sí.     Allen aprovechó de enseñarme el lugar. Todo estaba hermosamente decorado con muchos detalles en oro. Frecuentemente aparecía algún sirviente trabajando. Siempre detenían lo que hacían para hacer una reverencia hacia él… y hacia mí. La electricidad no existía, habían candelabros en todas partes. Parecíamos estar en el siglo XIX.     Mi habitación quedaba en el segundo piso, al final del pasillo que iba hacia las escaleras. Me preguntaba dónde quedaba la habitación de Allen, y si encontraría allí el espejo; pero trataba de no pensar en eso. Mientras más lo pensara, más me vendría a la mente la preocupación de Eric o de mi tía Leah en este momento.     ¿De verdad abandonaría mi vida allá? De todas formas no quería volver... al menos, no por ahora. Estaba por descubrir cosas nuevas de mis padres. Tenía que descubrir por qué volvieron… ¿Para qué vinieron? ¿Por qué no me trajeron con ellos? ¿Porqué Allen no podía usar el espejo, aunque fuéramos parientes lejanos? Tenía demasiadas preguntas.     Al volver a mi habitación me senté en el sofá frente a mi cama, mirando hacia Allen. Cerré los ojos por un segundo y los abrí mirando al vacío mientras daba un largo suspiro. Empezaba a sentir el cansancio de haber llorado tanto. Vi a Allen sentarse en el sillón frente a mí, con una mirada perdida y pensativa. Me preguntaba qué sucedía en su cabeza.     No sabía qué decir. Aproveché el silencio para observarlo. Me pregunté si, como emperador, no estaría ocupado, y yo le estaba quitando su tiempo. — ¿Porqué ni el antiguo emperador ni tú pudieron usar el espejo? —se detuvo abruptamente. Parecía haber tocado un tema delicado. — Mi abuelo, el antiguo emperador… cometió un gran pecado. Cirit, nuestra diosa, lo castigó y a él y a todo su linaje. Lucía perdido en sus pensamientos. Reaccionó, cruzando miradas conmigo, lo cual me hizo sonrojar. — He notado que me miras bastante —dijo con una leve sonrisa. “¿De verdad me vas a cambiar la conversación de esa forma?” pensé, hablando con la mirada. Le seguí la corriente. — Soy una persona observadora. No puedo evitar tener curiosidad por lo que piensas cuando te hago sentir incómodo —respondí sincera. — … No es nada que necesites saber —respondió sonriendo levemente.     Me sorprendí por su reacción. Me levanté, quería servir el té, pero tropecé con mis pies por estar distraída. Por suerte, él contaba con buenos reflejos. Se deslizó para sujetarme y me empujó hacia su cuerpo. Volteó su mirada directo hacia mí, con una leve sonrisa juguetona, haciéndome sentir un cosquilleo en el estómago. Se estaba burlando de mí por tropezarme. Allen era atractivo, gentil… pero parecía estar siempre alerta cerca de mí. Sentía algo de peligro y misterio también. Creo que esa sensación me hacía querer descubrir más sobre él.     Me soltó y noté que su sonrisa se había desvanecido. De inmediato se levantó del sillón, como si quisiera alejarse de mí, dirigiéndose al balcón, perdiéndose un poco en sus pensamientos nuevamente.     Pasaron unos segundos sin que dijéramos algo. Pensé que algo pasaba por su cabeza, y con intenciones de hacerlo sentir mejor me acerqué. — ¿Estás bien? —pregunté—. Pareciera que algo te aqueja. Eres muy joven como para poner caras como esa. — Tengo diecisiete, no doce años. Tú tampoco eres una “señora”, se ve que apenas eres unos años mayor que yo. Así que no deberías de pensar en mí como un niño. —mencionó— Mentalmente, seguro soy más maduro que tú. Si quieres puedo comprobarlo —sonrió pícaramente. — ¿¡Qué te sucede!? —volteé con el rostro rojo como un tomate— No voy a seguirle la corriente a alguien menor que yo. Por cierto, tengo veintidós. Y aunque sólo sean cuatro años de diferencia, no me importa si eres atractiv… —me detuve; Allen esbozó una sonrisa de victoria y se acercó. — Eres muy inocente, princesa. Sólo bromeaba contigo. Pero gracias por pensar en mí de esa forma —dijo riendo como un niño. — Eres un engreído —murmuré.     No paró de reír, e hizo que yo riera también. En un abrir y cerrar de ojos, me di cuenta de que si no fuera por Allen no hubiera podido sonreír ni un poco. Tuve curiosidad por saber quién era realmente la persona que se encontraba a mi lado.
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