I - Enamorarse
Vernazza, 16 de abril.
La joven muchacha tomaba el catalejo tras haberse quitado los lentes para explorar las ruinas, imponente en medio de todos los trabajadores se alzaba la figura de su jefe, dio un suspiro y sus mejillas comenzaron a arrebolarse, al escuchar las pisadas que provenían del pasillo, dejó el catalejo y corriendo a su escritorio de trabajo, se dispuso a fingir que leía fragmentos de latín para traducirlos en las placas que recién habían desenterrado esa mañana.
-Señorita Tramell. Le he traído algo de comer.
-Gracias Fiorella. –Dijo la joven evitando que se notase su sonrojo escondiéndose detrás del libro.
-Sabe, pensé que necesitaba sus anteojos para leer. –Tras dejar los platos sobre la mesa señaló los lentes en la ventana junto al catalejo y salió sonriendo por la puerta del Fuoco, que fue el nombre que el duque de Vernazza le colocó a la prominente casa de restauración en la que Gardenia trabajaba.
Atrapada por no estar pendiente de sus lentes, se levantó tras dejar el libro y recogió sus anteojos colocándoselos otra vez, no parecía un secreto para las sirvientas que ella amara profundamente al duque, sabía que, aunque trataba de fundirse con el mobiliario o quedarse encerrada en su trabajo, las inmensas pasiones que sentía por Wendell Ravanelli eran más fuertes que sus intentos.
Dejándose caer en la silla para continuar con la restauración de una vasija comenzó a recordar como seis meses antes llego a Vernazza y por ende a trabajar para él.
Egipto, 8 de noviembre
Recién termino el funeral, Henry Tramell, a sus sesenta y cinco años de edad había muerto, aun no podía creer como la vida le había arrebatado todo, su familia, sus bienes, su dignidad...
-Mi sentido pésame, señorita Tramell.
-Mis condolencias
-Sea fuerte.
Recordaba lo que decían, pero no las caras, estaba absorta, su padre era un restaurador reconocido, la mayoría de los museos y coleccionistas preferían su trabajo al de los demás, y un infarto le robó su más grande gloria, Vernazza, el duque del lugar había pedido al mejor restaurador disponible, y este, fue pasado a las filas de los difuntos.
Estaba varada en Egipto, lejos del pacífico Londres que era donde pertenecía, una mujer no tenía oportunidad si no tenía "un hombre" que la "representara" –Vago pensamiento. Pensó. –No necesito un hombre.
Pasaron las semanas, y al no tener ningún tipo de preparación universitaria o una recomendación, las grandes excavaciones no querían contratarla a pesar de haber aprendido del mejor, su propio padre.
Con falta de dinero, empezó a vender sus equipos, sus libros, las ultimas joyas y los mejores vestidos que tenía, revisó cada baúl de su padre buscando algo valioso que pudiera cambiar por algo de comer, y entre ellos encontró varias cartas del duque de Vernazza para que trabajara en la más reciente excavación en Italia.
-Tal vez su señoría no sabe que te fuiste padre. –Miró al cielo y después de pensarlo brevemente tomo una decisión. –Cumpliré tu trabajo.
Tras vender lo último que tenía y quedarse solo con dos mudas de ropa y sus anteojos, tomó el primer barco a Italia, y directamente fue a ver al duque de Vernazza, estaba dispuesta a convencerlo de que ella podía trabajar en la excavación.
Se quedó impresionada con lo enorme que era la casa ducal, era un palacio de granito ante sus ojos, estampada como piedra en el vestíbulo, fue anunciada su llegada ante el duque; pensaba que sería alguien soso y viejo, como la mayoría de los hombres a quienes les interesaba las antigüedades, pero, supo que se había equivocado cuando un muchacho, no más de veintisiete años bajaba las escaleras y fue presentado ante ella como: Su excelencia, el duque de Vernazza Wendell Ignazio Ravanelli.
"Si la casa ducal de Vernazza es un palacio, Wendell es su príncipe." –Pensó quedando sonrojada al ver al muchacho pelinegro con marcado acento italiano.
-Señorita, me temo que hay un mal entendido, quería que en mi excavación y el museo, trabajara el famoso restaurador Tramell.
Sin inmutarse y a pesar del miedo que sentía, Gardenia alzó la mirada, donde el jade se fusionó con el acero. –Yo soy una restauradora Tramell... Mi padre falleció.
-Lo lamento señorita, es una terrible noticia, y me temo también que usted no podría cumplir su labor, quiero al mejor en esta excavación.
-Yo soy la mejor restauradora disponible. –Lo miró con firmeza a través del cristal de sus anteojos. –Mi padre era el mejor y al no estar él, y tras yo haber aprendido del mejor, soy la mejor. –Estaba segura de lo que hablaba, no apeló a misericordia ni a compasión, y eso era algo que el duque no pudo pasar por alto.
-Una oportunidad tiene para demostrar lo que dijo señorita Tramell, si su trabajo demuestra que es la mejor, puede quedarse, y entonces hablaremos de su estadía aquí, su sueldo y para que no se dañe su reputación, de su dama de compañía.
Esa misma tarde fueron enviadas las piezas de una vasija romana y varios frescos de la diosa Venus a la sala donde Gardenia esperaba para restaurarlas, trabajó sin descanso en cada uno de los artículos que habían hallado, al terminar de restaurarlas, tomó un lápiz y en un block comenzó a dibujar un retrato exacto de cada pieza, catalogándolas; a la tarde siguiente llevó las hermosas piezas restauradas frente al duque, sus ojos jades brillaban mientras que los grises ojos de él presentaban asombro.
-Usted dijo que quería al mejor, y ya confirmé que soy la mejor. –Dejó los dibujos catalogados en la mesa manteniendo su distancia del hombre que la "desafió" a demostrar su talento.
Él observó las piezas, hasta el más mínimo detalle lo había trabajado con delicadeza y exquisitez infinita, el daño que habían recibido con el tiempo fue erradicado en una noche, ella era la mejor como lo había asegurado. –Señorita Tramell ¿Cuál es su nombre? –La miró otra vez a los ojos, y ese efecto en ella fue algo que no se esperó, apartó la mirada para separarse del magnetismo que creía sentir en la boca del estómago y tras tomar un respiro contestó.
-Gardenia, Gardenia Tramell.
-Serás mi restauradora, Lady Fiorella, mi ama de llaves te guiara a la habitación donde te hospedaras, tu paga... ¿doscientos al día le parece?
-¿Cómo dijo? ¿Doscientos?
-¿Muy poco?
-No, es más de lo que... Me parece bien...
Él le sonrió. –Eso pensé, nunca le han pagado como se merece, doscientos cincuenta entonces, solo porque su trabajo fue impecable e hizo más de lo que esperaba. –Observó los dibujos completamente satisfecho. Llegando su ama de llaves guió a Gardenia por los intrincados pasillos de la casa ducal y la llevó a la habitación, decorada con hermosas cortinas de alzapaño grueso de color azul, madera oscura y caras alfombras persas. Después de bañarse y cenar, descansó como nunca en su nueva cama, sintiéndose por fin segura; tras haberse levantado temprano, comenzó con su labor de restaurar, catalogar y enviar las piezas encontradas en la excavación.
Suspiró.
Había pasado seis fabulosos meses en Vernazza, trabajando hombro a hombro con Wendell, la colección romana que restauraba crecía cada día y era enviada al museo de la casa ducal, al pasar tiempo con el apuesto joven, las mariposas en su estómago revoloteaban, bien entendía que el físico de una persona no lo era todo, pero esa filosofía no le había salvado de haberse fijado en su jefe. Terminó de reconstruir el collar de jades que tenía en su mesa, aun absorta en su mente, comenzó a dibujarlas cuando el duque y una muchacha, con cabellos igual de negros y con ojos grises, entró prendada de su brazo.
En otra ocasión se le hubiera encogido el corazón, pero ella ya sabía quién era, la había visto en retratos, era Azucena Ravanelli, la hermana del duque, al ver su entrada en el Fuoco, rápidamente se levantó e hizo una reverencia. –Señorías.
-Señorita Tramell. –Azucena contestó y respondió con una reverencia igual. –Mi hermano ha hablado maravillas de usted, no deja de alabar su trabajo.
-Azucena por favor. –Replicó Wendell al ver la indiscreción de su hermana.
-Solo elogio su trabajo como tú. –Sonrió inocente la pelinegra.
-Ujumm...
-He terminado la restauración del collar de jades. –Contestó rápido y casi en susurro, la presencia del duque la ponía nerviosa. Tomó la vitrina donde había colocado la gema y la presentó. –Y sobre la mesa está su dibujo, por las formas del diseño, y en engaste de oro alrededor de cada jade, se determinó que era una antigüedad del siglo XVI, o principios del XVII...
-Buen trabajo, Gardenia. –Sonrió para aprobar y en Gardenia eso logró tener un vuelco en el corazón, atesoró esas últimas palabras, y supuso que no la escucho porque ya había salido con su hermana de la habitación cuando ella musito un "Gracias".