II - Casarse

2307 Words
Wendell y su hermana entraban en el estudio de él para tomar un par de copas, la muchacha pasaba sus dedos por los títulos de los libros, pero ninguno llamaba su atención. –Aun no entiendo a qué se debe tu visita hermana, ¿No deberías estar en Roma con tu esposo? -No, todo quedó arreglado para que Alessandro y yo no tengamos que vernos. -Eso es mal visto. –Sirvió dos copas de vino ofreciéndole una a su hermana. –No eres más Ravanelli desde que te casaste con él, te recuerdo que ahora eres Lady Vanacelli. -Ya lo sé, pero Alessandro no es el hombre que yo esperaba, me trata mal, lleva sus amantes a nuestra propia casa, yo no lo soporto más. –Dio un sorbo a su copa casi mojándose los labios. – Llevó casada con él diez años y ni siquiera consuma nuestro matrimonio.... ¿Sabes a quien vi en Roma? A tu amigo, Lord Bethlem. -Ese maldito... ¿Y qué hacía Antoine en Roma? -Y estoy aquí por otra razón. –Interrumpió evadiendo la pregunta. –En todo el país se habla de una sola cosa. - ¿Qué cosa? ¿Ya ruedan chismes? -Las joyas de la duquesa, las llevaste a que fueran limpiadas y eso solo significa una cosa, y es que vas a casarte. Miró a su hermana como si fuera un objeto de estudio. –En efecto, me casaré, ya es tiempo de que tenga hijos, casi tengo treinta, y aunque quisiera no puedo pasarme la vida en excavaciones, Vernazza necesita un heredero. A la muchacha le brillaron los ojos de la emoción, su sonrisa un poco maquillada se dibujó en su cara. –Oh hermano, eso es maravilloso ¿Quién es la afortunada dama de quien se ha quedado prendado tu corazón? -Pues destaca entre todas las demás, la hija mayor de Lord Renaldi. - ¿Te has enamorado de Anastasia Renaldi? Por favor, dime que juegas, no hay chica más vanidosa y falsa en todas las provincias de Italia, quizás en todos los países de Europa. -No estoy enamorado de ella, solo la elijo porque es educada, tiene la preparación para ser duquesa, y, además, hará lo que pida mientras ella nade en la abundancia. -Esas no son razones para elegir esposa. Te romperá el corazón. –Suspiró. –Te lo pido...busca a alguien que se enamoré de ti, Wendell. -Justo por eso es que no me enamoro Azucena, mírate, tú estabas enamorada de Alessandro y ve lo infeliz que eres. - ¿Ya te comprometiste? -No, aun no presento las joyas ducales en su familia para mostrar mi elección. -Bien, piénsatelo pues es mi experiencia la que habla, yo me enamoré de Alessandro, pero él no a mí, en ninguna manera, Anastasia Renaldi solo quiere de ti la abundancia, un matrimonio a conveniencia siempre sale mal. –Se levantó de la silla dejando la copa medio vacía en la mesa. –Piénsalo, ¿Quieres? No quiero verte con amantes y menos que se hable de ti hasta en el nuevo mundo. – Cerró la puerta con suavidad y caminó por los pasillos de la casa, devolverse con su hermano no le apetecía, ir con el club de anticuarios tampoco, después de meditar un poco supo exactamente a que parte de la casa iría. Entró sin hacer ruido, vio la chica de ojos jade estaba en la ventana junto al catalejo, tocó la puerta haciendo que esta se sobresaltara. –Discúlpame, no quería asustarte. La mujer, algo cohibida, se acomodó los lentes y dejó el catalejo en la ventana. –No es nada señoría, yo solo veía la excavación. Azucena tomó las carpetas donde residían los dibujos de Gardenia, vio los perfectos trazos de frescos, joyas y vasijas que encontraban en la excavación. –Eres buena dibujando, ¿Tuviste alguna institutriz? -No señoría. Aprendí por mi cuenta. –Vio como Azucena tomaba otra carpeta de la mesa, aunque esa no contenía ningún dibujo de ninguna pieza, era algo más personal. -Azucena, dime Azucena. Me han enseñoreado y excelenciado desde que estoy en la cuna. –Vio los trazos, la carpeta que había tomado tenia dibujos de su hermano, trabajando en medio de la excavación, algunas de hechas sin camisa, otras con su imponente y elegante traje en el museo, pero todas eran de Wendell. –Dibuja usted muy bien. –Cerró la carpeta y la volvió a dejar donde estaba. –Mi hermano es muy apuesto ¿No lo cree? -Yo... No debería estar hablando así de su señoría. –Se ruborizó, puesto que ahora había descubierto su secreto la hermana del hombre al que amaba. -Lo ha estado dibujando, no te juzgaré. ¿Tu nombre es...? -Gardenia. –Alzó la mirada. -Gardenia, soy Azucena. –Sonrió y le extendió la mano, y al instante la chica de ojos verdes la estrechó. -Azucena. Un gusto conocerla. -Gardenia. ¿Crees que el amor sea importante en un matrimonio? Esa pregunta la hizo palidecer, ¿Por qué cambiaba de una presentación informal a un tema que consideraba profundo? –Pues sí, considero que el amor es importante, para tolerar diferencias mínimo debe existir el cariño, la pasión, sin amor no creo que tenga sentido casarse. -Es otra cosa que tenemos en común tú y yo, pero no es lo que piensa todo el mundo. - ¿No lo piensa todo el mundo? ¿Por qué además del amor se casarían dos personas? Y además de ese pensamiento. –Acomodó sus lentes y recogió varios mechones que se habían escapado de su rodete. –Además ¿Qué tenemos en común? -Pues no. –Recordó a su hermano. –Hay quienes piensan que un status social y un heredero son suficientes razones para casarse con alguien que haría lo que fuera por nadar en la abundancia... –Soltó una risita. – ¿No te das cuenta que tenemos mucho en común? -No lo creo señoría, usted es de la nobleza y yo soy de la clase obrera. -Eso no tiene nada que ver, creemos lo mismo en referencia al amor, y además tenemos nombres de flores. La doncella rió junto a su acompañante. –Sí, Azucena, Gardenia, son nombres de flores, y con respecto al amor pensamos lo mismo. -Seria fabuloso que pasaras algunas semanas conmigo en Roma, te divertirías como nunca, podrías ir conmigo a fiestas de té, bailes, te ves muy joven como para estar todo el día en este lugar, a propósito ¿Por qué le llaman Fuoco? -Aunque quisiera conocer Roma, no puedo ir Azucena, el museo y la excavación están aquí, además ni siquiera estoy presentada ante la sociedad... Tal vez me veo joven porque tengo veintiséis años. –Rió mientras volvía a empujar los lentes por encima de su nariz. –A la casa del Fuego, le dicen Fuoco por el color naranja rojizo que refleja del sol. - ¡Veintiséis! Otra cosa en común, es mi edad... Si vinieras conmigo podría presentarte en sociedad, soy hermana de un duque y esposa de un marqués, tengo algo de influencias, hasta podríamos encontrarte un esposo, de la clase alta, alguien con quien pasar tu vida. –Gardenia se ruborizó. –Me encanta hacerla de celestina. –Sonrió. -No podría dejar que se tomara esas molestias, yo... Además, me gusta mi trabajo aquí, y no puedo dejarlo, las excavaciones grandes como estas, duran mínimo seis años, y en ese tiempo debo estar aquí, cada pieza que encuentren debo restaurarla. –Volvió a un fresco con una inscripción "Venus, versión romana de Afrodita, diosa del amor". A esa altura Azucena había encontrado a una amiga, a quien quería ayudar, pasar seis años en una excavación ¿Y al acabarla que iba a pasar con ella? Estaría fue del mercado matrimonial, iba a quedar sola y sin dinero. Si no podía arreglar el matrimonio de su hermano, iba a arreglar uno para Gardenia, un hombre que estuviera dispuesto a casarse con ella para darle un poco de descanso a su ajetreada vida. - ¿Quién fue Venus? -Según la mitología griega, su nombre era Afrodita, diosa del amor y de los deseos carnales, al traspasarse esa cultura en Roma, fue nombrada como el planeta, Venus, diosa del amor. –Siguió tomando sus materiales para devolverle al fresco su gloria antigua. -Espero que mi Lady Vanacelli no la esté interrumpiendo, Gardenia. –Wendell entró por la puerta del Fuoco y le ofreció su brazo a su hermana. -Descuide señoría, su hermana solo vino a ver como restauraba el fresco que hallaron esta mañana. -No se preocupe señor duque, la señorita Tramell no fue interrumpida de sus tareas. –Bromeando la muchacha tomó el brazo de su hermano. –Por favor no me lleves a ver antigüedades en tu museo Wendell, no quiero tener que fingir que enfermo para que me dejes salir. -Entonces vayamos a tomar té en el salón de música, quiero saber algunas cosas. –Volteó a mirar a Gardenia quien rápidamente volvió a su mesa a dibujar el fresco. Salió del recinto con su hermana dirigiéndose a la sala de música, donde mandó a su ama de llaves a buscar él te, mientras Azucena se sentaba al piano para tocar. -En serio espero que no la hayas distraído. –Sirvió dos tazas y su hermana se alejó de las teclas del piano, parecía distraída, tomó su taza y dio un sorbo. -Descuida. -Te noto distraída ¿Es por Alessandro? He oído muchas cosas con respecto a él. -No, pensaba en... Venus. No quiero hablar sobre Alessandro, y comienzo a creer que debí hacerte caso en el pasado, romper ese compromiso absurdo para estar con alguien más digno de mi... - ¿Venus? ¿La diosa del amor? -Sí, el fresco que restauraba Gardenia, me dijo que era de Venus. -Algo me dice que pensar en la diosa del amor te dio un significado más profundo del que me das a entender, no vas a hacer que cambie mi opinión con referencia a mi compromiso. -Desisto de esa tarea hermanito, no... no quiero arreglar tu matrimonio, quiero arreglarle uno a Gardenia, pero no accedió a venir a Roma. El joven dejó la taza en la mesita de té. –Estás loca Azucena, una mujer como Gardenia jamás lograría atraer ni una mosca, deberías dejar ese asunto tan destinado a perecer. -Con un poco de ayuda puede, tiene lindos ojos. Podría peinarla, darle vestidos acordes al de una dama, imagínala usando un escote que deje al descubierto sus hombros, algunos guantes que le den misterio. Puedo presentarla en sociedad, tal vez yo misma le daría una dote. -Aunque pudieras hacer eso Azucena, Gardenia debe estar aquí, la excavación dura mínimo seis años. -Es injusto, tiene veintiséis, para dentro de seis años se le habrá pasado el tiempo, y no tendrá trabajo aquí en Vernazza. -Azucena, te repito, una mujer como Gardenia no posee ningún atractivo que resalte, es sosa, aburrida, es como una máquina, jamás la he visto enfermarse, sonreír o sonrojarse, a menos de que hable de antigüedades con ella no habla, se viste siempre de marrón y gris, no es una coqueta joven casadera, es eficiente y es mi restaurador, por tal motivo se queda en Vernazza. -Eso no es cierto, esta tarde la vi sonreír, y sonrojarse, y puede mantener conversaciones de cualquier tipo. Es apasionada, educada y modesta; y ahora es mi protegida Wendell, si ella quisiera algún día dejar las "murallas" de este lugar e ir a explorar el mundo y conseguir un esposo yo la ayudaré. -Desiste de tu profesión de casamentera, Gardenia no tiene conexiones, no tiene atractivo ante los hombres, nunca lograrás conseguirle un esposo ni siquiera pagando la más cara dote. ¿Y sabes por qué? Porque es tan hermosa como una oruga pegada a la hoja de una planta. Gardenia se quedó en silencio escuchando la conversación tras la puerta. Casi podía escuchar el sonido de su corazón romperse, ¿En serio no era atractiva? Abrazó el fresco de la diosa Venus y las tablas manuscritas junto a las traducciones que había logrado hacer, las lágrimas corrían por sus mejillas en silencio, ¿Una máquina? ¿Un insecto? ¿Esa era la visión que tenia de ella el hombre que amaba tan profundamente? Corrió abrazando las tablillas contra su pecho, corrió y corrió, pero la voz de Wendell retumbaba en su cabeza, dejó sus restauradas figuras en su mesita de noche y tumbándose en su cama, lloró, ¿Cómo pudo haber sido tan estúpida? ¡ÉL ERA UN DUQUE!, jamás se fijaría en ella, pero tampoco creía que le tenía en tan poca estima, pensaba que todas esas veces que le agradecía y sonreía eran porque no solo había hecho un buen trabajo para el sino porque le consideraba su igual. Oírlo solo la hizo sentir peor, él era un arrogante, solo lo hacía por su estúpido museo, nunca la vio como igual. Se sentía vacía, él era la única razón por la cual quedaba en Vernazza a concluir la excavación, pero ahora no quería, su orgullo, su dignidad y corazón estaban heridos, lloró hasta que se quedó dormida. Al despertar tenía los ojos hinchados, era tarde, no sabía si después de haber descubierto la conversación entre los hermanos habían seguido hablando de ella, pero tenía una decisión tomada, no iba a seguir trabajando para un hombre que la consideraba una máquina, esa misma mañana iba a dimitir. –Lo siento padre... Yo tengo que irme, tengo que irme de aquí. –Sollozó cubriéndose la cara con las manos, su pecho no lograba atrapar el aire, enojada, al ver las tablillas en su mesita, las lanzó contra el suelo dañando todo un día de trabajo. –No me importa, y ya no puedo... No soy fuerte...
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