III - Enojo

2362 Words
Se miró al espejo, estaba despeinada, con los ojos hinchados y los labios rojos de tanto mordérselos. Se vistió con sus mejores ropas, un vestido algo suelto color gris humo, tras arreglarse un poco el cabello en una trenza, salió de su habitación buscando a su posible nueva amiga, necesitaba irse de aquella fortaleza que la mantenía presa. Después de preguntar por el paradero de Azucena, la encontró en el estudio de Wendell, y para su suerte... estaba sola, la mujer la saludó con cordialidad y la invitó a tomar asiento. - ¿Qué necesitas? Lamento si no te miro a la cara, pero es que debo atender los asuntos del marquesado de Notley en Roma. –Volvió su mirada a su carta escribiéndola con soltura. -Deseo ir contigo a Roma y encontrar un esposo. –Soltó deprisa aquellas palabras haciendo que Azucena dejara caer una gota de tinta arruinando todo el papel. - ¿Hablas en serio Gardenia? –Dejó la pluma y la escritura de sus cartas. -Si Azucena, pensé mucho en lo que dijiste ayer, y la verdad no conozco Roma y quisiera ir ¿Puede ayudarme? –Apretó los puños y trató de ocultar su enfado, no quería que supiera que la razón por la cual el día anterior era por la cual se quedaba el día de hoy era la que la obligaba a irse. -Gardenia. –Azucena se levantó y sirvió dos tazas de té, le tendió una y esperó que ella se relajara, Gardenia tomó la taza con rapidez. – ¿Pasó algo? Ayer parecías estar a gusto aquí en la casa ducal. -Todo bien. –Tomó un sorbo de la taza de té caliente, el sabor a manzanilla y la miel le inundaron los sentidos dándole algo de valor. –Solo pensé, ya tengo veintiséis, quiero una familia, conseguir un esposo, tal vez trabajar de institutriz en alguna familia, ya las excavaciones no son suficientes para mí. –Azucena la estudiaba, algo no la convencía, optó por sonreír, iba a ser un gusto ayudar a una muchacha desafortunada. -Bien, te ayudare, será un placer, puedes quedarte en mi mansión mientras te presento en sociedad y lo demás, mi hermano se pondrá furioso si sabe que te irás, te sugiero que le des unos meses para que te logre encontrar un reemplazo, el museo para él es importante, presenta tu carta de dimisión. Hazlo formal. -Lo haré Azucena, gracias por entender. –Salió a su mesa de trabajo, tomando pluma, papel y un tintero escribió su carta de dimisión con perfecta caligrafía, la dobló con cuidado, se colocó su delantal de trabajo y metiéndola en uno de sus bolsillos se dispuso a ir a las ruinas para hacer oficial su renuncia, observó a los lejos a Wendell y la rabia le iluminó el rostro en colores. Caminó apresurada intentando parecer calmada, se acomodó los lentes y sin importarle con quienes se encontraba su jefe, se metió a la conversación – ¡Señor! Necesito hablar con usted. –La muchacha se veía enojada, interrumpió una conversación de hombres, cosa que no le gustó al duque. Pero como era una de esas pocas veces en que ella se mostraba segura de sí misma, se disculpó con los anticuarios y fue hasta donde se encontraba la muchacha. -Gardenia, eso fue de mala educación, ¿Se puede saber para que me llamó? –Metió la mano en su bolsillo sintiendo el papel, asintió mirando a la cara sin siquiera inmutarse un poco. -Señor, es algo personal, por eso lo llamé. ¿Algo personal? Gardenia jamás quería hablarle a él, y menos de cosas personales, se sintió intrigado en ese momento. –Pues hable ya Gardenia, para que podamos los dos volver a trabajar. Apretó los labios y entrecerró los ojos, tomó la hoja de su delantal y la puso en la mano del duque. –Presento mi dimisión. Tiene un mes para encontrar un reemplazo. ¡¿QUÉ ERA LO QUE ELLA ACABABA DE DECIR?! Al mirar la hoja y verla a ella, su enojo subió casi al cielo, dejó caer la carta en el suelo, era testarudo, no iba a dejarla marchar. –No puede hacerlo y no aceptaré su carta. -Tampoco puede rechazarla, la esclavitud es un delito, y usted no quiere un escándalo social. –Ella se cruzó de brazos sintiendo como sus mejillas se iban poniendo rojas, arrugaba la nariz y sus ojos casi tenían lágrimas otra vez. Respiró para evitar hacer una escena mucho más bochornosa de lo que ya estaba siendo. - ¡¿ESTÁ LOCA?! ¡¿ES ESO GARDENIA?! –Wendell levantó la voz haciendo que varios voltearan a ver qué pasaba entre la restauradora y el duque. Al notar el gesto, bajo un poco el tono. –Personas como usted no crecen en los árboles, usted lo dijo, es la mejor, el mejor restaurador disponible, y mi museo de presentación romana merece al mejor, es importante para mí, no permitiré que se vaya. Aquellas palabras solo aumentaron el enojo de Gardenia, el grito de ella hizo que todos permanecieran aún más atentos, comentando que llevaría a la dulce mujer a semejante arrebato de ira. – ¡USTED! ¡USTED! ¡USTED! Todo el mundo gira en torno a usted, acaba de darme todas sus razones para que me quede, pero no quiero estar aquí, quiero buscar mi camino, quizás casarme, tener familia. - ¡FALTAN AÑOS PARA QUE ACABE EL MUSEO! ¡¿LO QUE QUIERE ES CASARSE?! ¡LA PUEDO AYUDAR! –Se cruzó de brazos casi imitándola, se desafiaban, sus ojos no se apartaban ni un poco, Gardenia tragó saliva, su pecho se inflaba reteniendo el aire, no iba a ceder. - ¡Y SUPONGO QUE HARÁ DESFILAR A LOS CAPATACES PARA QUE YO ELIJA! –Suspiró tratando de relajarse y tomar una actitud más calmada. –Lo siento señoría, pero quiero entrar en sociedad, no puede rechazar mi dimisión. –Dio media vuelta y comenzó a caminar a la "Casa del Fuego" a restaurar las últimas piezas llevadas allá. - ¿Quiere dinero? ¡¿ES ESO?! –Gritó enojado Wendell... Si ella quería dinero iba a darle dinero. – ¡¡¡GARDENIA!!! ¡LE TRIPLICARÉ EL SUELDO! Se detuvo en seco, se volteó a mirarlo y entrecerró los ojos. –Nunca, no quiero su dinero, no trabajaré más para usted señoría, porque es una mala persona, me cae mal, es arrogante, egocéntrico y no le importa herir a los demás siempre y cuando sus asuntos estén a salvo, ¡YO LO ODIO! –Su corazón se encogió casi quebrándose de nuevo, pero ya no importaba, las lágrimas brotaron, rechinó sus dientes. – ¡NO TRABAJARÉ PARA USTED! –No soportándolo, Gardenia se fue en carreras hasta la casa de Fuego, Wendell se había quedado mudo, sin ninguna palabra que decir. Tomó la carta del suelo y observó su perfecta caligrafía. Lo sacó del límite... Gardenia lo había hecho perder el control. Nunca la había visto actuar así, ella era tímida y recatada, jamás la había visto tener una sola pizca de emoción, era la segunda vez que la veía segura de sí misma, ¡Se había atrevido a gritarle y no apartó en un instante su mirada!, la primera vez que la vio tan segura fue cuando en su vestíbulo dijo que era la mejor y trabajó por demostrarle que era la mejor, él no iba a dejar que la mejor restauradora se le fuera por un capricho banal como casarse. – ¿Casarse? ¡AZUCENA! –Comprendió con esa palabra quien le había "lavado el cerebro" a su empleada. Ella le había metido esas ideas a la cabeza, era momento de hablar con su hermana, entró a prisa en la casa ducal, hecho una furia caminó rápido al estudio donde se encontraba Azucena aun escribiendo cartas, junto a su dama de compañía, quien cosía uno de los vestidos de su hermana. - ¿Se puede saber que ideas locas le metiste a Gardenia en la cabeza? –Golpeó la puerta haciendo temblar a la sirvienta con miedo. Azucena sonrió sintiendo ganas de reírse en la cara de su hermano, verlo perder el control era algo que nunca pasaba. Era casi irresistible no hacerle jugarretas. -Ninguna, ¿Ya presentó su dimisión? –Siguió escribiendo con total tranquilidad mientras ocultaba una risita. -No solo eso, me enfrentó como nunca, es tu culpa. ¡Incluso me gritó! Azucena, debes arreglar esto ¡Y ya! Azucena miró a su dama. –Karin, sal. –Tras la doncella haber cerrado la puerta, Azucena volvió la mirada a su hermano. –Mínimo si vamos a discutir que no estén testigos presentes. - ¡ES QUE LA HUBIERAS VISTO! Desafió mi autoridad, ¿Y todo lo importante? ¡¿QUÉ PASARA CON MI MUSEO?! ¡¿Qué hay de mi excavación?! Le dije que no iba a permitir que ella dimitiera porque era la mejor. –Zuce no pudo evitar reírse en la cara de su hermano encrespándolo más. -Hermano por como hablas ahora, tú expusiste todo lo importante para ti y no la escuchaste, ¿A poco? –Se reía al ver como Wendell caminaba por la habitación como un león enjaulado, pero aun no comprendía porque Gardenia había decidido irse de la noche a la mañana. - ¡HASTA LE OFRECÍ MAS DINERO! ¡¡¡ES UNA...!!! –Calló de repente, se aferró a su autocontrol apretando los puños, aunque lo que quería era tomar el jarrón de rosas en la mesa y estamparlo contra la pared, respiró, contó hasta diez y luego miró a su hermana. –Dijo que me odiaba porque yo era arrogante, y que no me importaban los sentimientos de los demás... ¡¿PUEDES CREERLO?! –Azucena se lo quedó mirando, analizaba con perspicacia la situación. ¿Cómo? ¿Sentimientos? ¿Sería posible? Gardenia estaba enamorada de su hermano, lo sabía por la forma detallada en la que lo dibujaba, y la había visto sonrojarse cuando le habló de él ¿Por qué ese repentino ataque de ira? "Sosa, aburrida, sin ningún atractivo... una máquina, nunca se enferma... Tan atractiva como un insecto pegado a una hoja", abrió la boca y los ojos a la par, aquellas palabras le vinieron a la mente. ¡Gardenia lo había escuchado! Era la explicación que su mente le daba. – ¡NO LO PUEDO CREER! - ¡Eso te decía Azucena! Esta loca. –Ni siquiera había escuchado la rabieta de su hermano mayor pues estaba muy ocupada atando cabos sueltos. –No pienso permitir esto... ¡Le dirás que eso de Roma, los bailes y los juegos de bodas se acabó! -Lo siento Wendell, pero no voy a convencerle de que siga trabajado para ti si no quiere hacerlo, si caes mal, caes mal. –Seguía pensando, Gardenia era una mujer apasionada, amaba a su hermano de eso estaba segura, era posible que ese arranque de ira lo hubiera provocado la conversación que ella tuvo con Wendell, los escuchó, era casi que obvio, si tan solo Wendell la viera diferente entonces él se casaría con ella y ella no tendría por cuñada a la estúpida de Anastasia Renaldi. ¡Mientras más lo pensaba más le gustaba la idea! Ella solo guiaría a su hermano a que convenciera a Gardenia de quedarse en Vernazza, si el amor de Gardenia era más fuerte que su enojo, no tenía dudas de que su hermano la vería, el resto se lo dejaría al destino. –Wendell... yo creo que lo mejor será que me vaya a Roma, y si ella es importante trata de verla diferente, negocia con ella, ve si acepta tus propuestas. Recuérdate que Gardenia tiene veintiséis, tiene los sueños propios de una mujer, no es una máquina y tampoco es una oruga. –Salió del salón dejándolo solo con sus pensamientos, fue hasta el Fuoco y encontró a Gardenia desechando los dibujos de su hermano, sonrió, cada vez más estaba segura de a quien quería por cuñada, entró sin anunciarse. –Me hablaron de tu arranque de ira. –Le quitó de las manos un dibujo que Gardenia estaba a punto de lanzar a la chimenea encendida. - ¿Ah sí? Lo siento, yo no quería llevarlo al extremo. -Gardenia, te admiro, tomaste las riendas, le hiciste cara al tirano de mi hermano, eso fue valiente, me dijo que te tomaste un mes para que él consiguiera reemplazo para ti, mañana yo parto a Roma, te esperaré en la capital el día que decidas irte. Pero por favor, trata de no verlo como alguien malo, no es malo en realidad. ¿Vale? –Tenía trabajo, había que cambiar el pensamiento de dos personas a la vez. Miró a Gardenia suspirar y arreglarse los lentes, se quitó el delantal lanzándolo a la mesa. -Trataré Azucena. -Y éste. –Levantó el dibujo de su hermano sin camisa en medio de la excavación. –Me lo quedo, no estoy segura de que quieras deshacerte de él, cuando vayas a Roma te lo devolveré... –Salió de la habitación y fue hasta su alcoba y llamando a su dama comenzó a empacar su ropa para regresar a su mansión. A la mañana siguiente Azucena mandó a subir todas sus cosas a su carruaje, mientras los sirvientes hacían la labor, una figura masculina se posó en el marco de la puerta. –Avisa con algún mensajero cuando llegues, y si el estúpido de tu esposo llega a hacer algo... -Te avisaré inmediatamente. Ya lo sé. –Abrazó a su hermano con cariño, le plantó un beso en la mejilla antes de subir a su carruaje. –Estaré bien Wendell, yo que tú pienso es en Gardenia, un consejo, no le hables de tus prioridades, considera las de ella, si quieres que se quede deberás ofrecerle lo que ella quiere, habla más con ella, te aseguro que no es lo que piensas. –Subió a su carruaje y este partió, dejando a su hermano con pensamientos turbulentos. ¿Pensar en Gardenia? Para empezar ¿Qué quería Gardenia? Ella solo habló de matrimonio.
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